ESPEJO DE PERFECCIÓN

Traducción: Enrique Gutiérrez, o.f.m.

 

PARTE TERCERA
 LA PERFECCIÓN DE LA SANTA HUMILDAD 
Y OBEDIENCIA EN ÉL Y EN LOS HERMANOS

39. Cómo renunció al oficio de prelado e instituyó ministro general al hermano Pedro Cattani

Para guardar la virtud de la santa humildad, pocos años después de su conversión renunció en un capítulo al oficio de la prelacía en presencia de los hermanos, y les dijo: "Estoy ya muerto para vosotros, pero aquí tenéis al hermano Pedro Cattani l a quien yo y vosotros obedeceremos". Y, postrado en tierra ante él, le prometió obediencia y reverencia.

Lloraban todos los hermanos, y el íntimo dolor les arrancaba profundos sollozos al sentir, en cierta manera, la orfandad de tal Padre. El bienaventurado Padre se levantó y con los ojos elevados al cielo y con las manos juntas oró así: "Señor, a ti te recomiendo la familia que hasta ahora has confiado a mi solicitud, y ahora, por las enfermedades que bien conoces, dulcísimo Señor, al no poder cuidar de ella, la pongo en manos de los ministros. Ellos, Señor, tendrán que rendirte cuentas en el día del juicio si algún hermano se ha perdido por negligencia de ellos, mal ejemplo o ásperas correcciones" . Y, desde este momento, él quedó de súbdito hasta su muerte y conduciéndose en todo con más humildad que cualquiera de los hermanos.

40. Cómo se desprendió hasta de sus compañeros no queriendo tener compañero especial

En otra ocasión puso a disposición de su vicario todos sus compañeros, diciendo: "No quiero aparecer singular disfrutando de la prerrogativa de poder elegir un compañero especial, sino que los hermanos me acompañen de un lugar a otro, como el Señor les inspirare". Y añadió: "He visto un ciego que no tenía para guía de su camino más que un perrito, y yo no quiero ser de mejor condición".

41. Por causa de los malos prelados renunció al oficio de la prelacía

Preguntado una vez por un hermano por qué había dejado el cuidado de los hermanos y los había confiado a manos ajenas, como si nada tuviera que ver con ellos, respondió: "Hijo mío, yo amo a los hermanos cuanto puedo; pero, si siguieran mis huellas, los amaría más y no me desentendería de ellos. Hay algunos entre los prelados que los arrastran hacia otras cosas, proponiéndoles el ejemplo de los antiguos, y dan poca importancia a mis avisos. Pero lo que hacen y cómo lo hacen aparecerá más claro al final".

Poco después, estando gravemente enfermo, por la fuerza del espíritu se incorporó en el lecho y exclamó: "¿Quiénes son esos que arrebataron de mis manos mi Religión y mis hermanos? Si voy al capítulo general, yo les demostraré qué es lo que quiero.

42. Cómo humildemente buscaba carne para los enfermos 
y cómo los exhortaba a ser humildes y pacientes

El bienaventurado Francisco no se avergonzaba de buscar carne por los lugares públicos de las ciudades para los hermanos enfermos. A su vez, exhortaba a éstos a que llevaran con resignación las deficiencias y no armaran escándalo cuando no se les pudiera atender suficientemente en todo.

Así, hizo escribir en la primera Regla: "Suplico a mis hermanos que no se irriten en sus enfermedades ni se incomoden contra Dios o contra los hermanos, ni soliciten con ansiedad medicinas, ni deseen en demasía aliviar la carne, que pronto ha de morir y es enemiga del alma. Por el contrario, den gracias a Dios por todo y procuren portarse en la enfermedad como Dios quiere. Pues a los que Dios ha predestinado para la vida eterna, los adoctrina con castigos y enfermedades, como enseña El mismo: "Yo reprendo y castigo a los que amo’".

43. Humilde respuesta de los bienaventurados Francisco 
y Domingo al ser preguntados si querían que sus hermanos fueran prelados en la Iglesia

Estaban en Roma aquellas dos preclaras lumbreras del orbe, los bienaventurados Francisco y Domingo. Se encontraban ambos con el señor ostiense y más tarde sumo pontífice, y tanto el uno como el otro decían exquisiteces de Dios. Al cabo, les dijo el señor ostiense: "En la Iglesia primitiva, los pastores y prelados eran pobres, varones llenos de caridad y nada ambiciosos. ¿Por qué no escogemos de entre vuestros hermanos quienes sean obispos y prelados, que por su doctrina y ejemplo sobresalgan entre los demás?"

Entre los dos santos se originó una devota y humilde porfía, no en plan de mandar, sino en deferencia para con el otro, como queriéndose urgir mutuamente a dar la respuesta. Venció la humildad de Francisco, eludiendo el ser el primero en responder, y se impuso la humildad a Domingo, que respondió primero tan sólo por obedecer humildemente. El bienaventurado Domingo dio por respuesta: "Señor, si mis hermanos quieren ser conscientes, verán que están ya elevados a posiciones distinguidas; yo, en cuanto pueda, nunca permitiré que admitan otra especie de dignidad".

Entonces, el bienaventurado Francisco, inclinándose ante el mencionado señor, dijo: "Señor, mis hermanos se llaman menores para que no aspiren a ser mayores. Su vocación les enseña a vivir en sencillez y a imitar las huellas de la humildad de Jesucristo, a fin de que así, en la visita de los santos, sean ensalzados más que los demás. Si queréis que den fruto en la Iglesia de Dios, tenedlos y mantenedlos en el estado de su vocación. Y si ascienden a lo alto, reducidlos con energía a las llanuras y no consintáis que se eleven a ninguna prelacía".

Así respondieron los santos; con sus respuestas quedó el señor cardenal de Ostia altamente edificado y dio rendidas gracias a Dios. Marchando ambos a la vez, el bienaventurado Domingo pedía San Francisco se dignara darle el cordón con que se ceñía. El bienaventurado Francisco rehusó por humildad lo que el bienaventurado Domingo pedía por caridad. Triunfó, sin embargo, la bendita devoción del que pedía, y la cuerda que logró arrancar la violencia del amor, se la ciñó el bienaventurado Domingo debajo de su hábito y la llevó desde entonces devotamente.

Finalmente, puestas las manos del uno entre las del otro, se encomendaron mutuamente con toda dulzura. Y Santo Domingo dijo a San Francisco: "Desearía, hermano Francisco, que nuestras Ordenes se fusionaran en una sola y nosotros viviéramos en la Iglesia la misma forma de vida". Cuando, por fin, se despidieron, el bienaventurado Domingo dijo en presencia de muchos que estaban allí: "Os digo en verdad que todos los religiosos deberían imitar a este santo varón Francisco. Tanta es la perfección de su santidad".

44. Cómo quiso que todos sus hermanos sirviesen a los leprosos para fundarse en la humildad

Desde el principio de su conversión, el bienaventurado Francisco, como sabio arquitecto, se fundamentó, con la ayuda de Dios, sobre roca viva, esto es, sobre la máxima humildad y pobreza del Hijo de Dios; y por esta humildad llamó a su Religión de los hermanos menores. Al principio de la Religión quiso que sus hermanos vivieran en leproserías al servicio de los enfermos, y allí se afianzaran en la santa humildad. Por eso, cuando venían a la Orden, ya fueran nobles, ya plebeyos, entre otras, se les hacía la advertencia de que habían de servir humildemente a los leprosos y vivir en sus casas, como se contiene en la primera Regla. No habían de querer tener bajo el cielo sino la santa pobreza, por la cual les nutre el Señor corporal y espiritualmente y por la que conseguirán en el futuro la herencia del cielo.

De esta manera se cimentó, para sí y para los demás, sobre la máxima humildad y pobreza. Y, siendo gran prelado en la Iglesia de Dios, eligió y prefirió estar postergado no sólo en la Iglesia, sino entre sus hermanos, si bien este abatimiento era, a su juicio y según su corazón, la mayor exaltación ante Dios y ante los hombres.

45. Cómo quería que en todas sus palabras y obras buenas se atribuyera sólo a Dios la gloria y el honor

Habiendo predicado al pueblo de Terni en la plaza de la ciudad, en cuanto acabó sus palabras, se levantó el obispo de la misma ciudad, varón discreto y espiritual, y habló así al pueblo: "El Señor, desde los días en que plantó y edificó la Iglesia, la ha venido iluminando con los resplandores de hombres santos, que con su palabra y ejemplo la cultivaran. Ahora, en estos últimos tiempos, la ha esclarecido con este hombre Francisco, pobrecillo, despreciable y sin letras. Por eso estáis obligados a amar y reverenciar a Dios y a guardaros de pecar. No se porta así el Señor con todas las gentes. Luego de estas palabras, el obispo bajó del lugar donde había predicado y entró en la catedral.

El bienaventurado Francisco se acercó a él y, arrojándose a sus pies, dijo: "Señor obispo, os confieso en verdad que ningún hombre me ha honrado tanto en el mundo como vos en este día. Los otros hombres dicen: ‘¡Este es un varón santo!’, y me atribuyen a mí, y no al Creador, la gloria y la santidad. Vos, en cambio, como muy discreto, habéis separado lo precioso de lo que es vil".

Cuando el bienaventurado Francisco era alabado y decían de él que era santo, respondía así a tales encomios: "Todavía no me puedo fiar de no tener hijos e hijas. En cualquier momento que el Señor apartara de mí el tesoro que me ha confiado, ¿qué otra cosa me quedaría sino el cuerpo y el alma, como lo tienen también los paganos? Es más, debo creer que, si el Señor hubiera otorgado a cualquier ladrón o pagano tantas gracias como me ha dado a mí, serían mucho más fieles el Señor que lo soy yo. Como en la imagen dé Dios o de la Virgen Santísima pintada en una tabla es honrado el Señor y la Santísima Virgen y ningún honor se arroga la pintura, así el siervo de Dios es como una pintura de Dios en que el mismo Dios es honrado para gloria suya. Pero el siervo de Dios nada se debe atribuir, porque, con relación a Dios, es menos que la pintura y la tabla. Es más: es pura nada, y a sólo Dios corresponde la gloria y el honor; al hombre, la vergüenza y la tribulación mientras vive entre las miserias de este mundo".

46. Quiso tener como guardián hasta su muerte a uno de sus compañeros y vivir bajo su obediencia

Queriendo permanecer hasta la muerte en perfecta humildad y obediencia, mucho antes de morir dijo al ministro general: "Quiero que nombres a uno de mis compañeros que haga tus veces, a quien yo obedezca en vez de a ti. Por el bien de la obediencia, quiero que, durante la vida y en la muerte, tú estés siempre a mi ado". Desde entonces hasta su muerte tuvo a uno de sus compañeros por guardián, a quien estaba sujeto como a vicario del ministro general. Es más, en cierta ocasión dijo a sus compañeros: "El Señor me ha concedido, entre otras, la gracia de que, si se me diera por guardián a un novicio que acabara de entrar hoy en la Religión, le obedecería con la misma solicitud que si se tratara del primero y más antiguo en años y vida religiosa. El súbdito debe mirar a su prelado no como a hombre, sino como a Dios, por amor del cual se somete a la obediencia de aquél".

Luego añadió: "No hay prelado en el mundo tan temido por sus súbditos como haría el Señor que fuera yo temido por mis hermanos, si yo quisiera. Pero el Señor me ha dado la gracia de querer estar contento en todo, como quien es el menor en la Religión". Nosotros que vivimos con él vimos con nuestros propios ojos lo que él mismo atestigua: que, cuando algunos hermanos no le atendían en sus necesidades o le dirigían alguna palabra de las que suelen turbar al hombre, en seguida se recogía en la oración y luego, de vuelta, no quería acordarse de ello. Y nunca decía: "Tal hermano no me ha atendido o tal hermano me ha dicho aquella palabra".

Y en esta disposición se mantuvo siempre. Y cuanto más se acercaba al fin de su vida, más cuidado ponía en considerar cómo podría vivir y morir en absoluta humildad y pobreza y en la perfección de la virtud.

47. Cómo enseñaba la manera perfecta de obedecer

Decía el Padre santísimo a sus hermanos: "Hermanos carísimos, obedeced a la primera y no esperéis a qué se os mande por segunda vez. No digáis nunca ni penséis que es imposible un precepto, pues, aunque yo os mandara más de lo que vuestras fuerzas pueden, la virtud de la santa obediencia os las daría".

48. Cómo asemejó el perfecto obediente a un cuerpo muerto

En cierta ocasión, sentado con sus compañeros, dijo suspirando: "Es lástima que apenas haya en el mundo religioso que obedezca bien a su prelado". Dijéronle entonces los compañeros: "Dinos, pues, Padre, en qué consiste la perfecta y suma obediencia". Y les contestó, describiéndoles el perfecto y verdadero obediente bajo la figura de un cuerpo muerto: "Toma un cuerpo sin vida y colócalo donde mejor te pareciere. Verás que no se resiste a ser movido, ni a que le cambien de sitio, ni reclama el que ha dejado. Si es sentado en una cátedra, no mira altanero, sino hacia el suelo; si se lo rodea de púrpura, resalta el doble su palidez.

El verdadero obediente es aquel que no juzga por qué se le cambia, ni se preocupa del lugar donde le coloquen, ni insiste en que lo trasladen Si es promovido a algún cargo, se mantiene en su habitual humildad, y cuanto más es ensalzado, más indigno se reconoce del honor" ‘.Llamaba santas obediencias a las que pura y sencillamente eran impuestas, y no a las que eran buscadas. Juzgaba obediencia suma, en que no tiene parte ni la carne ni la sangre, aquella por la que, siguiendo la inspiración divina, se va entre los infieles ya para ganar al prójimo, ya por deseo de martirio. Decía que pedir esta obediencia era muy grato a Dios.

49. Es peligroso mandar precipitadamente por obediencia 
y no obedecer al mandato de la obediencia

Pensaba el bienaventurado Padre que rara vez se debía mandar con precepto de obediencia y que no había de lanzarse de primeras la saeta que debe dispararse en último término. Decía: "No se ha de echar pronto mano a la espada". Añadía también que quien no cumple prontamente el precepto de obediencia, no teme a Dios ni respeta al hombre, a no ser que haya motivo que necesariamente obligue a diferir el cumplimiento. Nada más verdadero, porque la autoridad de mandar en manos de un superior temerario, ¿que otra cosa es que el puñal en manos de un furioso? Y ¿en qué se puede tener menos esperanza que en un religioso que descuida la obediencia y la desprecia?

50. Cómo respondió a los hermanos que querían persuadirle a 
que pidiera privilegio de poder predicar libremente

Algunos hermanos dijeron al bienaventurado Francisco: "Padre, ¿no ves cómo los obispos no permiten a veces que prediquemos y nos hacen estar muchos días sin ocupación en un lugar antes que podamos anunciar la palabra del Señor? Mejor sería que alcanzaras del señor papa algún privilegio sobre esto, y redundaría en bien y salvación de las almas". Les respondió, reprendiéndolos ásperamente: "Vosotros, hermanos menores, no comprendéis la voluntad de Dios ni permitís que yo convierta al mundo entero, como Dios lo quiere. Yo quiero, primeramente, convertir a los prelados mediante la santa humildad y la reverencia; cuando éstos vean nuestra vida santa y nuestra humilde reverencia para con ellos, os rogarán que prediquéis y convirtáis al pueblo. Ellos os llamarán a predicar mejor que vuestros privilegios, los cuales os llevarán a ensoberbeceros.

Y, si estuviereis alejados de toda avaricia y exhortarais al pueblo a que satisfagan a las iglesias sus derechos, los mismos prelados os llamarían para que oyerais las confesiones de los fieles, si bien de esto no os debéis preocupar, porque, si se convierten, fácilmente encontrarán confesores. Yo por mi parte sólo quiero tener un privilegio del Señor: no tener ningún privilegio de los hombres, sino reverenciar a todos, y, cumpliendo lo que manda la santa Regla, tratar de convertir a todos más con el ejemplo que con las palabras".

51. Cómo los hermanos se reconciliaban mutuamente cuando se ofendían

Decía que los hermanos menores habían sido enviados por Dios en estos últimos tiempos para que mostraran ejemplos de luz a los que andan envueltos en las tinieblas del pecado. Decía, asimismo, que se sentía como envuelto en perfumes, como ungido con la fuerza de un bálsamo precioso, cuando llegaban a sus oídos las gestas realizadas por los santos hermanos que andaban dispersos por el mundo.

Sucedió un día que cierto hermano, en presencia de un noble caballero de la isla de Chipre, ofendió de palabra a otro hermano. Advirtiendo el ofensor l que había molestado un tanto a su hermano, al momento cogió un boñigo de asno, se lo metió en su boca para morderlo y dijo: "¡Masque el estiércol la lengua dañina que ha derramado contra mi hermano el veneno de la iracundia!" Ante la escena, aquel caballero quedó estupefacto y marchó con gran edificación. Y desde entonces puso a disposición de los hermanos su persona y sus bienes.

Era costumbre entre los hermanos que, si alguno de ellos profería una palabra injuriosa o molesta contra otro, se postraba de inmediato en tierra y, besando los pies del hermano, le pedía perdón humildemente. Se regocijaba el santo Padre cuando oía que sus hijos daban espontáneamente ejemplos de santidad y bendecía con profusión a aquellos hermanos que de palabra y de obra inducían a los pecadores al amor de Cristo. Repleto como estaba él del celo por la salvación de las almas, quería que sus hijos fueran auténticos imitadores suyos.

52. Cómo se querelló Jesucristo al hermano León, compañero de San Francisco, 
de la ingratitud y soberbia de los hermanos

En cierta ocasión dijo el Señor Jesucristo al hermano León, compañero del bienaventurado Francisco: "Hermano León, estoy disgustado de los hermanos". El hermano León respondió: "¿Por qué, Señor?" Y le contestó el Señor: "Por tres cosas: porque no reconocen mis beneficios, que tan generosa y abundantemente les dispenso, pues, como bien sabes, no siembran ni recolectan; porque todo el día andan murmurando y ociosos y porque con frecuencia se provocan a ira mutuamente y no se reconcilian ni perdonan la injuria que reciben".

53. Cómo respondió con humildad y verdad a un doctor de la Orden de Predicadores 
que le preguntó acerca de un texto de la Escritura

Morando en Siena el bienaventurado Francisco, vino a él un doctor en sagrada teología, de la Orden de Predicadores, varón por cierto humilde y muy espiritual. Platicaron mutuamente por algún tiempo de pasajes de la Sagrada Escritura, y el maestro le preguntó acerca del significado de este texto de Ezequiel: Si no amonestares al impío de su impiedad, yo te demandaré el precio de su alma. Le dijo: "Conozco muchos, bondadoso Padre, que están en pecado mortal, y a los que no advierto de su impiedad. ¿Tendré que responder ante Dios de su alma?"

El bienaventurado Francisco respondió humildemente que él era un idiota, y que más le tocaba hacer el papel de discípulo aprendiendo de él que manifestar el sentido de la Escritura. Entonces aquel humilde maestro añadió: "Hermano, aunque he oído de boca de algunos sabios la interpretación de esas palabras, escucharía de buen grado cómo entiendes tú ese pasaje". Entonces dijo el bienaventurado Francisco: "Si las palabras se han de tomar de una manera general, yo las entiendo así: que el siervo de Dios debe arder y brillar de tal manera por su vida y santidad, que con la luz del ejemplo y la santa conversación sirva de reprensión a todos los pecadores. Así, digo, el esplendor de su vida y el olor de su buen nombre reprocharán a todos sus iniquidades".

El doctor quedó altamente edificado y dijo al marchar a los compañeros del bienaventurado Francisco: "Hermanos míos, la teología de este varón, apoyada en pureza y contemplación, es águila que vuela; nuestra ciencia, en cambio, se arrastra por tierra sobre el vientre".

54. Cómo se ha de vivir en humildad y paz con los clérigos

Aunque el bienaventurado Francisco quería que sus hijos tuvieran paz con todos y con todos se portaran como pequeños, sin embargo, demostró con las palabras y con el ejemplo que habían de ser humildes, en particular con los clérigos. Decía él: "Hemos sido enviados en ayuda de los clérigos para la salvación de las almas; para que en aquello a que no lleguen, los suplamos nosotros. Cada uno recibirá su recompensa no según la autoridad que ostenta, sino a medida de la labor que realiza .

Tened presente, hermanos, que es muy grato a Dios ganar las almas; pero esto lo conseguiremos mucho mejor fomentando la paz que no sembrando discordias con los clérigos. Y, si ellos fueran obstáculo a la salvación de los pueblos, a Dios pertenece la venganza, y a su tiempo les dará su merecido 2. Así que estad sumisos a los prelados y evitad, en cuanto de vosotros dependa, un celo desordenado. Si sois hijos de la paz, ganaréis al clero y al pueblo, y esto es más agradable a Dios que ganar al pueblo sólo con escándalo del clero. Tapad sus caídas y suplid sus múltiples deficiencias; cuando hagáis así, sed más humildes".

55. Cómo consiguió humildemente la iglesia de Santa María de los Ángeles
 del abad de San Benito de Asís y quiso que los hermanos habitaran 
y convivieran siempre allí en humildad

Comprendiendo el bienaventurado Francisco que el Señor quería aumentar el número de hermanos, les dijo: "Carísimos hermanos e hijitos míos, veo que el Señor quiere multiplicarnos. Por eso, me parece bueno y religioso que consigamos del obispo, o de los canónigos de San Rufino, o del abad de San Benito alguna iglesia donde los hermanos puedan rezar sus horas, y tener junto a ella tan sólo una pequeña casa pobrecilla, construida de mimbres y de barro, en que puedan los hermanos descansar y trabajar. Este lugar no es apropiado ni suficiente para los hermanos cuando vemos que el Señor los quiere multiplicar, y, sobre todo, porque aquí no tenemos iglesia donde poder rezar las horas. Además, si alguno muere, no sería conveniente sepultarlo aquí ni en la iglesia del clero secular". La proposición agradó a todos los hermanos.

Marchó, pues, a ver al obispo de Asís y le expuso todo lo dicho arriba. El obispo le dijo: "Hermano, yo no tengo ninguna iglesia que pueda daros". Y lo mismo respondieron los canónigos. Entonces fue al abad de San Benito de Monte Subasio y le expuso lo mismo. Conmovido el abad, celebró consejo con sus monjes, y, por obra de la gracia y por voluntad de Dios, concedió al bienaventurado Francisco y a sus hermanos la iglesia de Santa María de la Porciúncula, como la iglesia más pobre y pequeña que tenían. El abad dijo al bienaventurado Francisco: "Hermano, hemos atendido tu petición. Pero, si el Señor se digna multiplicar vuestra familia, queremos que este lugar sea la cabeza de todos vosotros".

Agradó lo dicho al bienaventurado Francisco y a sus hermanos; el santo Padre se alegró mucho de la donación del lugar hecha a los hermanos por varios motivos; principalmente, porque la iglesia llevaba el título de la madre de Cristo; porque era pequeña y muy pobre; por su sobrenombre de Porciúncula, en lo que veía prefigurado que había de ser cabeza y madre de los pobres hermanos menores. Se llamaba Porciúncula porque tal era el nombre del paraje desde tiempos muy remotos.

El bienaventurado Francisco decía: "Esta es la razón por la que el Señor quiso que no dieran ninguna otra iglesia a los hermanos y que los primeros hermanos no construyeran una iglesia nueva ni tuvieran otra distinta de ésta: que así, por la venida de los hermanos menores, se ha cumplido una profecía". Y, aunque era muy pobre y estaba casi destruida, los ciudadanos de Asís y de toda aquella comarca la tuvieron durante mucho tiempo en gran veneración; esta veneración ha venido creciendo hasta el presente y se va reforzando cada día. Tan pronto como fueron los hermanos a vivir allí, el Señor aumentaba casi a diario su número, y el buen olor de su fama se ha difundido de manera admirable por todo el valle de Espoleto y hasta por muchas partes del mundo. Antiguamente, se llamaba Santa María de los Ángeles, porque es fama que allí se oían muchas veces cantares angélicos.

Si bien el abad y los monjes la cedieron de buen grado al bienaventurado Francisco y a sus hermanos, sin embargo, éste, como prudente y experto maestro, quiso fundar su casa, es decir, su Religión, sobre roca firme, o sea, sobre la máxima pobreza, y enviaba al abad y a los monjes una canasta o cesto de peces que llaman lochas. Obraba así para que los hermanos no tuvieran ningún lugar propio, ni habitasen lugar alguno que no fuese ajeno. Lo que buscaba era que los hermanos no tuvieran derecho para venderlo o enajenarlo de alguna manera. Cuando los hermanos llevaban todos los años la porción de peces a los monjes, éstos, en atención a la humildad del bienaventurado Francisco, que espontáneamente se los ofrecía, les correspondían con una vasija llena de aceite.

Nosotros que estuvimos con el bienaventurado Francisco damos testimonio de que afirmaba expresamente que en esta iglesia le había sido revelado que, por las muchas gracias que allí había mostrado el Señor, era, entre las iglesias que la Virgen ama en el mundo, la que ella ama con mayor predilección. Por eso, desde entonces tuvo para con ella la mayor reverencia y devoción; y para que los hermanos tuvieran siempre un memorial en sus corazones, en la hora de la muerte hizo que se escribiera en el testamento que ellos hicieran lo mismo.

Próximo ya a morir, dijo en presencia del ministro general y de otros hermanos: "Quiero tomar ciertas disposiciones acerca del lugar de Santa María de la Porciúncula y dejarlo en testamento a mis hermanos para que lo tengan siempre en gran devoción y veneración. "Es lo que hicieron nuestros antiguos hermanos; pues con ser este lugar santo predilecto y preferido por Cristo y la Virgen gloriosa, sin embargo, conservaban su santidad con oración continua y silencio de día y de noche. Y si alguna vez hablaban después de la hora fijada para el silencio, era para tratar, con la mayor devoción y en la forma más adecuada, sólo de las cosas tocantes a la alabanza de Dios y a la salvación de las almas. Cuando sucedía, que era raro, que algún hermano iniciaba una conversación inútil u ociosa, inmediatamente era corregido por otro hermano.

Mortificaban sus cuerpos con ayunos y largas vigilias, con el rigor del frío, con desnudez y con el trabajo de sus manos. Muchas veces, para evitar la ociosidad, ayudaban en las faenas del campo a pobres labradores, y éstos les daban pan por amor de Dios. Con estas y otras virtudes santificaban el lugar y se mantenían a sí mismos en la santidad. Después, debido a que hermanos y seglares visitaban el lugar con más frecuencia de lo acostumbrado y porque los hermanos se han vuelto más tibios en la oración y en obras virtuosas y más disipados que antes para decir palabras ociosas y comunicar noticias del siglo, este lugar no goza de tanta reverencia y devoción como antes y como yo querría".

Habiendo dicho el bienaventurado Francisco lo que antecede, luego añadió, concluyendo con gran fervor de espíritu: "Quiero, por tanto, que este lugar esté siempre sujeto inmediatamente a la jurisdicción del ministro y siervo general, para que tenga de él el mayor cuidado y se preocupe de proveerlo de una familia buena y santa. Elíjanse los clérigos de entre los hermanos mejores, más santos y honestos y de entre los que en toda la Religión mejor sepan decir el oficio litúrgico, para que no sólo los seglares, sino los demás hermanos, los vean y escuchen con agrado y devoción.

"De entre los hermanos laicos santos y discretos, humildes y honestos, sean elegidos quienes sirvan a aquellos. Quiero también que ninguna persona, aunque sea hermano, entre en este lugar, si no es el ministro general y los hermanos que les sirven. Y no hablen con persona alguna, a no ser con los hermanos que les atienden y con el ministro cuando los visita. Quiero asimismo que los hermanos laicos que les sirven estén obligados a no hablar con ellos de cosas ociosas, ni de novedades del siglo o de cualquier cosa que no sea provechosa a sus almas. Y por eso quiero especialmente que ninguno entre en este lugar, para que los que en el viven conserven mejor su pureza y santidad; y que en este lugar nada en absoluto se diga ni se haga inútilmente, sino que el lugar todo entero sea mantenido puro y santo en himnos y alabanzas al Señor.

"Y, cuando alguno de estos hermanos volare al Señor, quiero que, para cubrir la plaza del difunto, el ministro general llame, de dondequiera que esté, a otro hermano santo. Y, aunque otros hermanos decayeren alguna vez de la pureza y santidad de vida, quiero que este lugar sea bendito y se conserve siempre como espejo y buen ejemplo para toda la Religión y como candelabro que arde y luce siempre ante el trono de Dios y de la Santísima Virgen. Y por el que el Señor se apiade de los defectos y faltas de todos los hermanos y conserve y proteja siempre a esta Religión y plantita suya".

56. Humilde respeto a las iglesias barriéndolas y limpiándolas

En cierta ocasión, cuando vivía en Santa María de la Porciúncula, siendo todavía pocos los hermanos, iba el bienaventurado Francisco por los pueblos y las iglesias de los alrededores de Asís predicando y exhortando a los hombres a la penitencia. En estas salidas iba provisto de una escoba para barrer las iglesias sucias. Al bienaventurado Francisco le dolía profundamente el ver alguna iglesia menos limpia de lo que deseara.

Por eso, luego que acababa la predicación, reunía a los sacerdotes presentes en un lugar apartado, para que no escucharan los seglares, y les predicaba acerca de la salvación de las almas, y, sobre todo, les exhortaba a ser cuidadosos en mantener limpias las iglesias y altares y todo lo que se necesita para la celebración de los divinos misterios.

57. Un campesino lo encontró barriendo humildemente la iglesia, 
se convirtió, entró en la Orden y fue un hermano santo

Un día fue a la iglesia de una villa de la ciudad de Asís y empezó a barrerla y limpiarla humildemente. Luego corrió el rumor por todo el pueblo, y todos veían el hecho con buenos ojos y se complacían en oírlo. Tan pronto como se enteró un campesino de admirable sencillez, llamado Juan, que estaba arando su tierra, se dirigió deprisa a donde estaba Francisco, y lo encontró barriendo la iglesia con devota humildad. Al verlo, le dijo: "Hermano, déjame la escoba, que quiero ayudarte". Y, cogiendo la escoba de sus manos, barrió lo que faltaba.

Sentados los dos, dijo el rústico labrador al bienaventurado Francisco: "Hace ya mucho tiempo, hermano, que quiero servir a Dios, y más aún desde que me han llegado noticias de ti y de tus hermanos; pero no sabía cómo venir a ti. Ahora que el Señor ha querido que te vea, quiero hacer lo que te agrade". Viendo el bienaventurado Francisco el fervor del campesino, se alegró en el Señor, particularmente porque entonces tenía pocos hermanos, y esperaba que por su sencillez y pureza había de ser buen religioso. Así, le dijo: "Si quieres vivir con nosotros y alistarte en nuestra familia, es preciso que te desprendas de todo cuanto justamente puedas poseer y lo des a los pobres, para seguir el consejo del santo Evangelio, pues así lo han hecho todos mis hermanos que han podido hacerlo".

Oído esto, marchó inmediatamente al campo, donde había dejado los bueyes uncidos, y los desunció. Llevó uno al bienaventurado Francisco y le dijo: "Hermano, he servido muchos años a mi padre y a todos los de mi casa; y, aunque valga poco esta partija de mi herencia, quiero tomar este buey por la parte que me corresponde para darlo a los pobres como mejor te parezca a ti".

Cuando supieron sus padres y hermanos, todavía pequeños, que quería dejarlos, rompieron a llorar amargamente y a dar tales gritos de dolor, que el bienaventurado Francisco se movió a compasión. Era familia numerosa e incapaz de valerse. Les dijo: "Preparad comida para todos y comamos juntos. No lloréis, porque os voy a dejar muy contentos". Prepararon en seguida la comida, y todos comieron con mucha alegría.

Después de comer dijo el bienaventurado Francisco: "Este hijo vuestro quiere servir a Dios y no debéis por esto entristeceros, sino alegraros inmensamente. Pues no solamente según Dios, mas también según la estima del mundo, redundará para vosotros en gran honor y bien espiritual y temporal, porque en vuestra propia carne será honrado Dios, y todos nuestros hermanos serán vuestros hijos y vuestros hermanos. El es creatura de Dios, y quiere consagrarse al servicio de su Creador; servirle a El es reinar, y yo no puedo ni debo dejároslo. Mas para que recibáis de él un consuelo, quiero que se desprenda de este buey y os lo dé a vosotros como pobres, si bien debería darlo a otros pobres según el Evangelio". Quedaron muy consolados con las palabras del bienaventurado Francisco y se alegraron en gran manera, porque les había entregado el buey, pues eran muy pobres.

El bienaventurado Francisco, que amaba tanto en sí como en los demás la santa sencillez, le vistió sin tardar el hábito de la Religión y lo llevaba como compañero con toda humildad. E ra tan simple, que se creía obligado a imitar al bienaventurado Francisco en todo lo que hacía. Así, cuando el bienaventurado Francisco estaba en alguna iglesia o en otro lugar para orar, lo observaba con atención para imitarlo exactamente en todas sus acciones y gestos. Si el bienaventurado Francisco se arrodillaba, o levantaba las manos hacia el cielo, o escupía, o tosía, o suspiraba, también él lo hacía de igual manera. Cuando el bienaventurado Francisco se dio cuenta de esto, le comenzó a corregir con gran alegría estas simplicidades. A lo que respondió: "Hermano, yo he prometido hacer todo lo que tú haces; por eso, he de ajustarme a ti en todo". El bienaventurado Francisco se admiraba y maravillosamente se alegraba al ver en él tal sencillez y pureza de alma.

Iba progresando de tal manera en las virtudes y costumbres, que el bienaventurado Francisco y los demás hermanos se maravillaban sobremanera de su gran perfección. Al poco tiempo murió, dechado de virtudes. Y así, el bienaventurado Francisco se gozaba interior y exteriormente contando a los hermanos su vida y llamándole no hermano Juan, sino "San Juan".

58. Cómo se castigó comiendo en la misma escudilla 
con un leproso por haberle avergonzado

Una vez que volvió el bienaventurado Francisco a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, encontró allí al hermano Santiago el simple I con un leproso cubierto de llagas. Se lo había recomendado el bienaventurado Francisco, lo mismo que otros leprosos. Era para con ellos un verdadero médico, que con mucha delicadeza les palpaba las llagas, se las limpiaba y se las curaba. Por este tiempo vivían los hermanos en leproserías.

El bienaventurado Francisco dijo al hermano Santiago como censurando su proceder: "No debes llevar contigo a los hermanos cristianos, pues no es conveniente ni para ti ni para ellos". Aunque deseaba que los sirviera, no quería, sin embargo, que llevara fuera del hospital a los que estaban muy llagados, porque los hombres, como por instinto, los miraban con horror; pero el hermano Santiago era tan simple, que iba con ellos desde la leprosería hasta Santa María de la Porciúncula lo mismo que hubiera ido con cualquier hermano. El bienaventurado Francisco llamaba a estos enfermos "hermanos cristianos".

Luego de haber hablado así el bienaventurado Francisco, se reprendió a sí mismo, pensando que aquel enfermo pudo haberse avergonzado por la corrección hecha al hermano Santiago. Y, con vivo deseo de dar satisfacción a Dios y al enfermo, confesó su falta al hermano Pedro Cattani, entonces ministro general, y le suplicó: "Quiero que me confirmes la penitencia que he pensado hacer por esta falta, y te ruego que no me contradigas". El hermano Pedro respondió: "Hermano, haz lo que mejor te plazca". Es de saber que el hermano Pedro lo veneraba y respetaba tanto, que no osaba contradecirle, aunque después muchas veces le pesara.

Entonces, el bienaventurado Francisco dijo: "Mi penitencia sea ésta: comer de una misma escudilla con el hermano cristiano". Sentado el bienaventurado Francisco a la mesa con el enfermo y otros hermanos, pusieron una escudilla entre el bienaventurado Francisco y el leproso. Este, todo llagado, causaba horror; sobre todo, los dedos, con los que tomaba los bocados de la escudilla, los tenía contrahechos y sanguinolentos, de tal modo que, cuando con ellos tocaba el recipiente, destilaban en él sangre y pus. Viéndolo el hermano Pedro y los otros hermanos, se entristecieron muchísimo, pero ninguno se atrevió a decir nada, por el respeto y reverencia que tenían al santo Padre. Quien lo vio, lo escribe y da testimonio.

59. Cómo ahuyentó a los demonios con palabras humildes

Cierto día fue el bienaventurado Francisco a la iglesia de San Pedro de Bovara, cerca del castro de Trevi, en el valle de Espoleto; le acompañaba el hermano Pacífico, que en el mundo era llamado "rey de los versos"; era noble y cortesano maestro de cantores. La iglesia estaba abandonada. El bienaventurado Francisco dijo al hermano Pacífico: "Vuélvete al hospital de los leprosos porque esta noche quiero estar solo aquí. Mañana, muy de mañana, vente de nuevo".

Luego que se quedó solo y rezó la hora de completas y otras oraciones, se echó a descansar, pero no pudo dormir. Su espíritu empezó a sentirse sobrecogido de temor, y su cuerpo a temblar, y fue presa de sugestiones diabólicas. Al momento salió de la iglesia y, santiguándose, dijo: "De parte de Dios todopoderoso, os conjuro a vosotros, demonios, que ejerzáis sobre mi cuerpo cuanto el Señor Jesucristo os permita. Estoy dispuesto a soportarlo todo. Porque, como mi cuerpo es el mayor enemigo que tengo, tomaréis venganza de mi adversario y pésimo enemigo". Con esto, las sugestiones cesaron como por encanto, y, vuelto al rincón donde estaba acostado, se durmió en paz.

60. Visión que tuvo el hermano Pacífico, en la que oyó 
que el trono de Lucifer estaba reservado al humilde Francisco

Al amanecer volvió el hermano Pacífico. El bienaventurado Francisco estaba en oración ante el altar. El hermano Pacífico lo esperó fuera del coro, orando también ante el crucifijo. Comenzada su oración, fue elevado y arrebatado al cielo - si en el cuerpo o fuera del cuerpo sólo Dios lo sabe -, y vio en el cielo muchos tronos, entre los que sobresalía uno más alto, más glorioso y más resplandeciente que los demás y recamado de toda clase de piedras preciosas. Cautivado por su singular belleza, empezó a pensar dentro de sí de quién sería aquel sitial. Y al momento oyó una voz que le decía: "Este sillón que de Lucifer, y en su lugar se sentará en él el humilde Francisco".

En cuanto volvió del rapto, el bienaventurado Francisco salió fuera y fue a donde él. El hermano Pacífico, con los brazos cruzados en el pecho, se arrojó a los pies de Francisco. Y, considerándolo ya sentado en el sillón que había visto en el cielo, sollozaba: "Padre, ten piedad de mí y pide al Señor que se compadezca de mí y me perdone los pecados". El bienaventurado Francisco, dándole la mano, lo levantó, y conoció al instante que algo había visto en la oración. Aparecía todo transformado, y hablaba al bienaventurado Francisco no como a persona viviente, sino como a quien reina en el cielo.

Acto seguido, como no quería revelar la visión al bienaventurado Francisco, empezó a proferir palabras inquiriendo como de lejos, y, entre otras, le dijo: "¿Qué piensas de ti, hermano?" "Me parece - dijo el bienaventurado Francisco - que soy el mayor pecador de todo el mundo". Y, de pronto, el hermano Pacífico percibió en su alma esta voz: "Por aquí puedes comprender que es verdadera la visión que has tenido. Como Lucifer, por su soberbia, fue arrojado de aquel sitial, así Francisco, por su humildad, merecerá ser ensalzado y sentarse allí".

61. Cómo se hizo conducir desnudo ante el pueblo con una soga al cuello

Al tiempo en que iba convaleciendo de una grave enfermedad, le pareció que se había regalado un tanto durante dicha enfermedad, aunque fue muy poco lo que había comido. Y, levantándose un día, sin que todavía le hubiera dejado la fiebre de cuartanas, hizo que se reuniera en la plaza el pueblo de Asís para una predicación. Acabada ésta, les rogó que ninguno se marchara hasta que él viniera de nuevo.

Luego entró en la iglesia episcopal de San Rufino con muchos hermanos y con Pedro Cattani, que había sido canónigo en aquella iglesia y era el primer ministro general elegido por el bienaventurado Francisco; y, dirigiéndose al hermano Pedro, le mandó por obediencia que, sin contradecirle, hiciera lo que le iba a exponer. El hermano Pedro le respondió: "Hermano, ni puedo ni debo querer o hacer de mí ni de ti otra cosa que lo que mejor te parezca".

Entonces, el bienaventurado Francisco se desnudó de túnica y le mandó que, atada una cuerda al cuello, lo arras desnudo en presencia del pueblo hasta el lugar en que había predicado. A otro hermano le mandó que tomara un plato con ceniza y subiera al mismo lugar donde había predicado y, cuando hubiera sido conducido hasta ese lugar, le arrojara la ceniza sobre su rostro. Este hermano se resistió a obedecer por la mucha pasión y pena que le daba. Pero el hermano Pedro, toman cuerda atada al cuello, tiraba de ella, como se lo había mandado. El hermano Pedro sollozaba profundamente, y los otros hermanos rompieron a llorar con él, transidos de compasión y de pena.

Conducido en esta guisa en presencia del pueblo hasta el lugar donde había predicado, habló así: "Vosotros y todos los que, siguiendo mi ejemplo, dejan el mundo y abrazan la religión y vida de los hermanos, pensáis que soy un santo; pero confieso ante Dios y ante vosotros que en esta enfermedad he comido con carne y caldo condimentado con carne". Casi todos comenzar sollozar por la compasión y pena que les daba; sobre todo, porque era tiempo de invierno, y el frío era muy intenso y todavía no le había desaparecido la fiebre de las cuartanas.

Y, golpeándose el pecho, se acusaban a sí mismos, diciendo: "Si este santo, cuya vida sabemos que es santa y a quien vemos vivo en una carne ya casi muerta por el exceso de abstinencias y por la austeridad que ha mantenido respecto del cuerpo desde el comienzo de su conversión a Cristo, se acusa con un gesto corporal de tanta humildad de un caso de clara y justa necesidad, haremos nosotros, infelices, que durante toda nuestra vida hemos vivido y seguimos viviendo según las apetencias de la carne?

62. Quería que todos conociesen cualquier satisfacción que daba a su cuerpo

Asimismo, en otra ocasión, en un eremitorio había tomado alimentos condimentados con tocino en la cuaresma de San Martín a causa de sus enfermedades, para las cuales era nocivo el aceite. Acabada la cuaresma, al predicar a un numeroso concurso de fieles, sus primeras palabras fueron éstas: "Vosotros habéis venido a mí con gran devoción, pensando que soy un varón santo; pero tengo que confesar ante Dios y ante vosotros que en esta cuaresma he tomado alimento condimentado con tocino".

Y casi siempre que comía en casas de seglares o los hermanos le proporcionaban algún alivio corporal por sus enfermedades, luego lo manifestaba claramente en casa o fuera de ella delante de los hermanos y de los seglares que no lo sabían, diciendo: "Tales alimentos he tomado". No quería ocultar a los hombres lo que estaba de manifiesto ante el Señor. Asimismo, dondequiera y ante cualesquiera religiosos y seglares, si su espíritu se sentía tentado hacia la soberbia o vanagloria o a cualquiera otra pasión, al punto lo confesaba ante ellos claramente y sin tapujos. Una vez dijo a sus compañeros: "En los eremitorios y otros lugares donde more quiero vivir de tal manera como si todos los hombres me mirasen. Pues, si me juzgan por hombre santo y no llevo vida de tal, sería un hipócrita".

Debido a su enfermedad del bazo y a enfriamientos del estómago, uno de los compañeros que era guardián quiso coserle, por la parte interior de la túnica, un pedazo de piel de raposa para abrigo del bazo y del estómago, porque entonces hacía mucho frío. Pero el bienaventurado Francisco respondió: "Si quieres que lleve cosida bajo el hábito la piel de raposa, has de coserme por la parte de fuera otro pedazo de la misma piel, para que sepan todos lo que llevo por dentro". Así lo hicieron, pero muy poco tiempo llevó cosida la piel, a pesar de que le era necesaria.

63. Cómo se acusó de la vanagloria que le vino al dar una limosna

Yendo por la ciudad de Asís, se le acercó una pobre viejecita y le pidió limosna por amor de Dios. Al instante le dio el manto que llevaba a la espalda. E inmediatamente, sin tardanza, confesó también ante los que le seguían que había tenido vanagloria en ello. Nosotros que hemos convivido con él hemos visto y oído otros muchos ejemplos parecidos de su profunda humildad, que no podemos explicar ni de palabra ni por escrito.

El bienaventurado Francisco puso su principal y mayor empeño en no ser hipócrita ante Dios. Aunque por sus enfermedades necesitaba muchas veces mejor alimentación, como se consideraba obligado a dar siempre buen ejemplo a sus hermanos y a los demás, sufría pacientemente toda indigencia por quitar a todos toda ocasión de murmuración.

64. Cómo describió el estado de la perfecta humildad en sí mismo

Al acercarse la celebración de un capítulo, el bienaventurado Francisco dijo a su compañero: "No me parece que soy hermano menor si no tengo las disposiciones que te diré: suponte que los hermanos me invitan al capítulo con gran reverencia y devoción; llevado de este afecto, me reúno en el capítulo con ellos. Y, una vez reunidos, me instan a que les anuncie la palabra de Dios y les predique. Yo, poniéndome en pie, les dirijo la palabra según me inspirase el Espíritu Santo. Luego, acabada la predicación, supongamos que todos gritan contra mí: ‘No queremos que tengas mando sobre nosotros, pues no tienes la elocuencia conveniente; eres, en cambio, demasiado simple e ignorante, y nos avergonzamos de tener por prelado a un hombre tan simple y despreciable. Así que no te llames en adelante prelado nuestro’.

Y, con esto, me echan entre vituperios y denuestos. Pues mira, yo te digo que no me parecería ser hermano menor si no me gozo en igual forma cuando me desprecian y rechazan afrentosamente diciendo que no quieren tenerme por prelado, como cuando me enaltecen y honran, siempre supuesto que en un caso y en otro quedan igualmente a salvo el provecho y utilidad de los hermanos. Pues si, cuando me enaltecen y honran, me alegro por su bien y devoción, aunque pueda haber peligro para mi alma, mucho más debo alegrarme por el bien y la salvación de mi alma cuando me vituperan, puesto que en esto hay ganancia cierta del alma".

65. Cómo quiso, por humildad, ir a regiones lejanas, igual que había enviado a otros hermanos,
 y cómo enseñó a los hermanos a andar por el mundo humilde y devotamente

Acabada la celebración del capítulo, en el que muchos hermanos fueron enviados a regiones ultramarinas, el bienaventurado Francisco se quedó con algunos hermanos y les dijo: "Queridos hermanos, yo debo ser forma y ejemplo para todos los hermanos. Si yo los he enviado a tierras lejanas, donde tendrán que pasar por trabajos y afrentas, por hambre y sed y otras muchas calamidades, es muy justo y lo reclama la santa humildad que yo vaya también a alguna provincia lejana. Así, los hermanos, oyendo que yo soporto las mismas contrariedades que ellos, las sobrellevarán con más paciencia.

"Id, pues, y rogad al Señor que me dé a conocer la provincia que sea para su mayor gloria, bien de las almas y buen ejemplo de nuestra Religión". Cuando el santísimo Padre quería ir a alguna provincia, tenía por costumbre orar antes al Señor, y pedir a sus hermanos que rogaran también, para que dirigiera su corazón hacia el lugar de su mayor agrado. Los hermanos se fueron a orar, y, acabada la oración, se volvieron a él. Al verlos, les dijo radiante de alegría: "En nombre de nuestro Señor Jesucristo, y de su gloriosa madre la Virgen María, y de todos los santos, elijo la provincia de Francia, porque la gente es allí católica y, sobre todo, porque tiene una gran reverencia al santísimo cuerpo de Cristo; esto me es sumamente grato, y por eso viviré con ellos de muy buen grado".

Tenía el bienaventurado Francisco tanta devoción y veneración al santísimo cuerpo de Cristo, que quiso que en la Regla se dijese que los hermanos, en cualquier provincia en que vivieran, tuvieran para el misterio sumo cuidado y solicitud y que exhortaran a clérigos y sacerdotes a que guardaran el cuerpo de Cristo en lugares buenos y decentes; y que, si éstos lo descuidaban, lo hicieran los hermanos.

Quiso también que se escribiera en la Regla que, dondequiera que los hermanos encontraran los nombres del Señor y las palabras por las que se confecciona el cuerpo de Cristo en lugares decorosos o menos decentes, los recogieran y los guardaran reverentemente, honrando así al Señor en sus palabras. Y, aunque no llegó a escribir esto en la Regla, porque a los ministros no les parecía bien que los hermanos lo tuvieran como precepto, sin embargo, en su testamento y en otros escritos dejó claramente consignada su voluntad acerca de este punto.

Es más: en cierta ocasión quiso enviar a algunos hermanos por todas las provincias con abundantes copones, hermosos y limpios, para que, si en algunos lugares encontraren el santísimo cuerpo de Cristo reservado con indecencia, lo depositaran con todo el honor en los nuevos copones. Asimismo, quiso enviar también a otros hermanos por todas las provincias con buenos y hermosos moldes de hierro para hacer hostias limpias y perfectas.

Cuando el bienaventurado Francisco eligió a los hermanos g que quería enviar, les dijo: "En el nombre del Señor, id de dos en dos por el camino con humildad y dignidad, y, sobre todo, en riguroso silencio desde la mañana hasta pasada la hora de tercia orando al Señor en vuestros corazones y sin que salgan de vuestra boca palabras ociosas e inútiles. Aunque vayáis de viaje, sea vuestro hablar tan humilde y mirado como si estuvieseis en el eremitorio o en la celda. Porque, dondequiera que estemos o caminemos, tenemos la celda con nosotros, ya que el hermano cuerpo es nuestra celda y el alma es el ermitaño que vive dentro de ella para orar al Señor y meditar en El. Por eso, si el alma no tiene reposo en su celda corporal, de nada le servirá al religioso la celda fabricada por mano de hombre".

En un viaje a Florencia encontró allí al señor Hugolino, obispo de Ostia, que fue después el papa Gregorio IX. Como le manifestara el bienaventurado Francisco que pensaba ir a Francia, se opuso, diciéndole: "Hermano, no quiero que vayas a provincias ultramontanas, porque hay prelados que impedirán el bien de tu Religión en la curia romana. Yo y otros cardenales conmigo, que la amamos, de buen grado la protegeremos y le prestaremos nuestra ayuda si os quedáis en los contornos de esta provincia" .

El bienaventurado Francisco le hizo esta observación: "Señor, es para mí de mucha vergüenza que, habiendo enviado a otros hermanos a provincias lejanas, yo me quede en estas provincias y no pueda participar de las contrariedades que ellos han de soportar por el Señor". El señor obispo le contestó como reconviniéndole: "¿Y por qué has enviado tan lejos a tus hermanos a morir de hambre y a tener que soportar otras tribulaciones?" El bienaventurado Francisco, con gran fervor y con espíritu profético, respondió: "Señor, ¿creéis que el Señor ha suscitado esta familia para que envíe hermanos solamente a estas provincias? Os digo en verdad que el Señor ha elegido y enviado a los hermanos por el bien y salvación de las almas de todos los hombres del mundo; y no solamente serán recibidos en tierras de cristianos, sino también de paganos; y ganarán muchas almas".

El señor obispo de Ostia quedó admirado de tales palabras y convencido de que decía verdad. Al no permitirle salir para Francia, el bienaventurado Francisco envió para allí al hermano Pacífico con otros muchos hermanos. El volvió al valle de Espoleto.

66. Cómo enseñó a algunos hermanos a conquistar las almas de unos ladrones 
mediante la humildad y la caridad

Había un eremitorio de los hermanos parte arriba de Borgo San Sepolcro, y unos bandoleros que se ocultaban en los bosques y se dedicaban a robar a los transeúntes venían a veces a él en busca de pan. Algunos hermanos decían que no estaba bien darles limosna, y otros se la daban por compasión, exhortándolos a la penitencia.

Entre tanto, el bienaventurado Francisco vino allí, y le preguntaron los hermanos si estaba bien darles limosna. El bienaventurado Francisco les dio la lección: "Si hiciereis lo que os dijere, tengo confianza en el Señor de que ganaríais sus almas. Mirad: haceos con buen pan y buen vino y llevádselo al bosque donde viven; y gritad, diciendo: ‘Hermanos ladrones, venid hasta nosotros, pues somos hermanos y os traemos buen pan y mejor vino’. Ellos vendrán al instante. Vosotros entonces extended un mantel en el suelo y colocad sobre él el pan y el vino, y servidles con humildad y alegría mientras comen. Después de la comida les comunicaréis algo de la palabra del Señor y, finalmente, les haréis, por el amor de Dios, una primera petición: que os prometan que no maltratarán ni harán mal a ninguna persona.

Porque, si les pidieseis todo de una vez, no os harían caso; pero ellos, en atención a vuestra humildad y caridad, os lo prometerán. Otro día, como recompensa a su promesa, les llevaréis, con el pan y el vino, huevos y queso, y les serviréis mientras comen. Después de la comida les diréis: ‘¿Por qué estáis por aquí todo el día muriéndoos de hambre y soportando tantas adversidades? Además, cometéis tantos males de deseo y de obra, que vais a perder vuestras almas si no os convertís al Señor. Mejor es que empleéis vuestras fuerzas en el servicio del Señor, y El os dará en este mundo lo necesario para el cuerpo y, finalmente, salvará vuestras almas’. Entonces, el Señor les inspirará que se conviertan en virtud de la humildad y caridad que les habéis demostrado".

. Los hermanos lo hicieron tal como les había ordenado el bienaventurado Francisco, y los ladrones, por la gracia y misericordia de Dios, escucharon y cumplieron literal y puntualmente cuanto los hermanos les pidieron con tanta humildad. Es más: por la humildad y afabilidad con que los hermanos los habían tratado, comenzaron ellos también a servir humildemente a los hermanos, llevando sobre sus hombros haces de leña al eremitorio; y algunos, por fin, entraron en la Religión. Otros, habiendo confesado sus pecados, hicieron penitencia de su mala vida y prometieron en manos de los hermanos que en adelante querían vivir del trabajo de sus manos y que no volverían a las andadas.

67. Cómo, a causa de los azotes propinados por los demonios, comprendió 
que era más grato a Dios que estuviera en lugares pobrecitos 
y humildes que con los cardenales

El bienaventurado Francisco fue en una ocasión a Roma a visitar al señor cardenal de Ostia. Y, habiendo permanecido algunos días con él, visitó también al señor cardenal León que le era muy devoto. Como era entonces invierno y el tiempo era molestísimo para caminar por el frío, viento y lluvias, le rogó que se quedara en su casa unos días y comiera en lugar de un pobre de los que todos los días comían en su casa. Le habló así porque el bienaventurado Francisco quería siempre ser recibido como un pobrecillo dondequiera que fuera hospedado, aunque el señor papa y los cardenales lo recibían con la mayor devoción y reverencia y lo veneraban como santo. Y añadió: "Pondré a tu disposición una buena casa apartada, donde podrás dedicarte a la oración y hacer tus comidas, si quieres".

Entonces, el hermano Angel Tancredi, uno de los doce primeros compañeros, que moraba con el mencionado cardenal, dijo al bienaventurado Francisco: "Hermano, hay aquí una torre muy espaciosa y apartada, donde podrás estar como en un eremitorio". El bienaventurado Francisco salió a verla y le agradó. De vuelta a la casa del señor cardenal, le dijo: "Señor, tal vez me quede en vuestra casa algunos días".

El señor cardenal se alegró mucho. El hermano Angel salió para la torre y preparó en ella un lugar para el bienaventurado Francisco y su compañero. Y porque Francisco no quería bajar de aquel lugar mientras fuera huésped del señor cardenal, ni quería tampoco que nadie lo visitara, mandó al hermano Angel que todos los días trajera la comida para él y su compañero.

Cuando llegó allí el bienaventurado Francisco con su compañero y se retiró la primera noche a descansar, sucedió que vino un escuadrón de demonios y lo azotaron cruelmente. Llamando a su compañero, le dijo: "Hermano, me han azotado cruelmente los demonios. Quiero que te quedes cerca de mí, porque tengo miedo de estar solo. El compañero se quedó haciendo compañía al Santo toda aquella noche, porque el bienaventurado Francisco temblaba todo él, como un hombre acometido de la fiebre; los dos estuvieron en vela toda la noche.

Entre tanto, confiaba el bienaventurado Francisco a su compañero: "¿Por qué me habrán azotado así los demonios y con qué designios les habrá dado poder el Señor para hacerme daño?" Y continuó: "Los demonios son los verdugos mandados por nuestro Señor: como la autoridad envía su verdugo para castigar al que peca, así el Señor, por medio de sus verdugos - esto es, por los demonios, que en esto son sus ministros -, corrige y castiga a quienes ama. Porque muchas veces aun el buen religioso peca por ignorancia, y, cuando no conoce su falta, es castigado por el diablo, para que interior y exteriormente se examine en qué ha faltado. Dios no deja nada impune en esta vida a quienes ama con un amor tierno. Yo, por la misericordia y gracia de Dios, no conozco que en algo le haya ofendido y no me haya enmendado por la confesión y la satisfacción. Es más: por su gran misericordia, me ha concedido Dios la gracia de conocer en la oración todo lo que le agrada o desagrada en mí.

Pero puede suceder que el Señor me haya castigado ahora por SUS verdugos porque, si bien el señor cardenal me trata con bondad y de buen grado y mi cuerpo tiene necesidad de este descanso, sin embargo, cuando mis hermanos que van por el mundo soportando hambre y otras penurias o viven en eremitorios y casas pobrecitas, se enteren de que yo me hospedo en la casa del señor cardenal, pueden tomar de ello ocasión para murmurar de mí, diciendo: ‘Mira: nosotros toleramos tantas calamidades y él se permite sus desahogos’. Yo estoy obligado a darles siempre buen ejemplo, y para esto les he sido dado. Siempre será de mayor edificación para los hermanos que viva con ellos en lugares muy pobres, que no en otros; y con mayor paciencia sobrellevarán sus tribulaciones si saben que yo paso por las mismas".

El sumo y continuo afán de nuestro Padre fue el dar buen ejemplo siempre a todos y quitar a los demás hermanos todo pretexto de murmuración. Y así, fueron tantas y tan grandes las privaciones que, sano o enfermo, padeció, que cuantos tuvieren noticia de ellas - como la tenemos nosotros que vivimos con él hasta el día de la muerte -, cuantas veces las leyeren o recordaren, no podrán contener las lágrimas y soportarán con más paciencia y alegría todas las tribulaciones y necesidades

El bienaventurado Francisco bajó muy de mañana de la torre, y fue a ver al señor cardenal y le contó cuanto le había sucedido y lo que había comentado con su compañero. Y añadió: "Creen los hombres que soy hombre santo, pero los demonios me han echado de la cárcel". El señor cardenal disfrutó mucho con él. Mas, por lo mismo que lo tenía por santo y lo veneraba como tal, no osó contradecirle cuando le dijo que no quería quedarse allí. El bienaventurado Francisco se despidió y se volvió al eremitorio de Finte Colombo, cerca de Rieti.

68. Cómo reprendió a los hermanos que querían seguir el camino de su saber 
y ciencia y no el de la humildad y cómo les predijo la reforma 
y retorno de la Orden al estado primitivo

Estaba el bienaventurado Francisco en el capítulo general en Santa María de la Porciúncula llamado de las esteras, porque los hermanos se guarecían en tiendas protegidas de esteras; en él se reunieron cinco mil hermanos. Muchos de los sabios y letrados fueron a hablar con el señor ostiense, que se encontraba allí, y le dijeron: "Señor, querríamos que persuadierais al hermano Francisco a que siguiera el parecer de los hermanos sabios y se dejara guiar de su consejo". Y aludían a la regla de San Benito, de San Agustín y de San Bernardo, que enseñan a vivir ordenadamente de esta y de aquella forma.

Cuando el cardenal refirió al bienaventurado Francisco todo esto en forma de advertencia, el Santo no respondió nada; y, tomando de la mano al señor cardenal, lo llevó a donde estaban los hermanos reunidos en capítulo, y, con gran fervor y movido por la virtud del Espíritu Santo, les habló así: "Hermanos míos, hermanos míos: Dios me ha llamado por el camino de sencillez y de humildad y me ha manifestado que éste es el verdadero camino para mí y para cuantos quieren creer en mi palabra e imitarme. Por eso, no quiero que me mentéis regla alguna, ni de San Benito, ni de San Agustín, ni de San Bernardo, ni otro camino o forma de vida fuera de aquella que el Señor misericordiosamente me mostró y me dio.

. Y me dijo el Señor que quería que fuera yo un nuevo loco en este mundo; y no quiso conducirnos por otro camino que el de esta ciencia. Mas, por vuestra ciencia y sabiduría, Dios os confundirá. Y yo espero que el Señor, por medio de sus verdugos, os dará su castigo, y entonces, queráis o no, retornaréis con afrenta a vuestro estado". El cardenal quedó estupefacto y no respondió nada. Todos los hermanos quedaron sobrecogidos de temor.

69. Cómo supo y predijo que la ciencia sería ocasión de ruina para la Orden 
y cómo prohibió a uno de los compañeros el afán de predicar

Le dolía mucho al bienaventurado Francisco que, pospuesta la virtud, se buscase la ciencia que hincha, máxime si cada cual no permanecía en la vocación en que había sido llamado desde el principio. Y decía: "Los hermanos que se dejan arrastrar por la curiosidad del saber, se encontrarán con las manos vacías en tiempo de tribulaciones. Por eso, los quiero muy fuertes en la virtud, para que, cuando venga el día de la tribulación, tengan al Señor durante la prueba. Porque la tribulación ha de venir, y entonces los libros para nada servirán, y los tirarán a las ventanas y a rincones ocultos".

No hablaba así porque le desagradara el estudio de la Sagrada Escritura, sino por apartar a todos del superfluo afán de saber. Quería que fueran virtuosos por la caridad, más bien que sabios por la curiosidad de la ciencia. Presentía con buen olfato que vendrían tiempos, y no muy lejanos, en los que la ciencia que hincha sería ocasión de ruina. Por eso, después de su muerte, se apareció a uno de sus compañeros dedicado con demasía a veces al ejercicio de la predicación y le reprendió y se lo prohibió. En cambio, le mandó que se esforzara en avanzar por el camino de la humildad y simplicidad. En el tiempo de la futura tribulación, aquellos que ingresaren en la Orden serán benditos, y, después de probados, serán mejores que sus antecesores

70. En el tiempo de la futura tribulación, aquellos que ingresaren en la Orden
serán benditos, y, después de probados, serán mejores que sus antecesores

Decía el bienaventurado Francisco: "Vendrán tiempos en que esta Religión amada de Dios, por los malos ejemplos de los hermanos, perderá su fama, de suerte que sus miembros tengan vergüenza de salir en público. Mas los que en este tiempo vinieren a tomar el hábito de la Orden, lo harán movidos tan sólo por el Espíritu Santo; la carne y la sangre no dejarán en ellos mancha ninguna, y serán en verdad benditos del Señor. Y como en éstos no habrá aún obras meritorias, al languidecer el ambiente de caridad, que es la que mueve a los santos a obrar con fervor, les sobrevendrán tentaciones enormes. Y los que en ese tiempo hubieren salido victoriosos de la prueba, serán mejores que sus antecesores.

"Pero ¡ay de aquellos que, halagados de su vana y aparente vida religiosa y confiando en su sabiduría y ciencia, fueren encontrados ociosos, es decir, sin ejercitarse en obras virtuosas en el camino de la cruz y de la penitencia y en la pura observancia del Evangelio, que están obligados a guardar con pureza y sencillez en fuerza de su profesión! A los tales les faltará la constancia para resistir a las tentaciones que el Señor permite para prueba de los elegidos. Mas todos los que, probados; salieren victoriosos de la prueba, recibirán la corona de la vida, para cuya consecución les ejercita entre tanto la malicia de los réprobos".

71. Cómo respondió a un compañero que le preguntó por qué no corregía los excesos 
que corrían en la Orden en su tiempo

Un compañero dijo una vez al bienaventurado Francisco: "Padre, perdóname que me atreva a decirte lo que muchos vienen observando. Sabes bien que antes, por la gracia de Dios, toda la Religión florecía vigorosa en perfección; cómo todos los hermanos guardaban en todo la santa pobreza con gran fervor y empeño: en cuanto a los edificios, pequeños y muy pobres; en cuanto a los utensilios; en cuanto a los libros, de poca importancia y pobres; en cuanto al vestido; y en esto como en todas las demás cosas exteriores tenían un mismo deseo y fervor en su voluntad de guardar todo lo concerniente a nuestra vocación y profesión y al buen ejemplo de todos; y, cual varones en verdad apostólicos y evangélicos, eran también unánimes en el amor de Dios y del prójimo.

"De un tiempo a esta parte, esta pureza y perfección han comenzado a deteriorarse de formas distintas, a pesar de que haya muchos que excusen a los hermanos alegando su crecido número, y digan que por esto no se pueden guardar todas estas cosas; han llegado incluso a tanta ceguera, que piensan que el pueblo queda más edificado y convertido a mayor devoción con los usos actuales que con los primitivos. Y les parece que de esta forma viven más ajustadamente a la vocación, y desprecian, negándole todo valor, el camino de la santa sencillez y pobreza, que fue el comienzo y fundamento de nuestra Religión. Pensando todo esto, creemos firmemente que también te desagrada a ti, y estamos muy admirados de cómo lo toleras y no lo corriges si en verdad te disgustan".

El bienaventurado Francisco respondió y dijo: "El Señor te perdone, hermano, por querer ser mi adversario y enemigo y enredarme en cosas que no pertenecen a mi cargo. Mientras tuve el oficio de prelado de los hermanos y ellos perseveraron en su vocación y profesión - aunque desde los días de mi conversión fui siempre enfermizo -, a poco que me preocupaba, les satisfacía con mi ejemplo y mis exhortaciones. Después he visto que, multiplicando el Señor el número de hermanos, éstos, por su tibieza y falta de espíritu, empezaron a apartarse del camino recto y seguro por el que acostumbraban andar, y, sin prestar atención a su vocación y profesión ni al buen ejemplo, tiraron por el camino ancho que conduce a la muerte; no quisieron cortar ese camino exhortaciones y el buen ejemplo que continuamente les daba. Por eso, dejé en manos del Señor y de los ministros la prelacía y el gobierno de la Religión.

Y aunque, al renunciar al Oficio de prelado, me excusé ante los hermanos en capítulo general diciendo que por mis enfermedades no podia cuidarme de ellos, sin embargo, si hubiesen querido conducirse como yo deseaba, para su consuelo y utilidad hoy no querría que hasta mi muerte hubieran tenido otro ministro que yo. Pues desde el momento en que el súbdito bueno y fiel conoce y cumple la voluntad de su prelado, poca atención y cuidado se requiere en el prelado. Es más: yo me gozaría tanto en la virtud de los hermanos mirando a su bien y al mío, que, aunque yaciere enfermo en cama, no me gravara el atenderles, porque mi oficio, esto es, la prelacía, es sólo espiritual, dirigido a domar los vicios, corregirlos espiritualmente y enmendarlos. Pero después que no puedo corregirlos ni enmendarlos con la predicación, amonestación y buen ejemplo, no quiero constituirme en verdugo que castigue y flagele, como las autoridades de este mundo.

"Yo espero del Señor que los enemigos invisible, que son los ministros de que se vale para infligir castigos en este mundo y en el otro, aún tomarán venganza de los que quebrantan los mandamientos de Dios y el voto de su profesión, y harán que sean corregidos por los hombres de este mundo para deshonra y vergüenza de ellos, y que, así confundidos, retornen a su vocación y profesión. "Mas, a pesar de todo, yo no cesaré, hasta el día de mi muerte, de enseñar a los hermanos, por lo menos con ~l ejemplo y buena conducta, a que anden por el camino que Dios me ha mostrado y yo les he enseñado de palabra y con el ejemplo, para que no tengan excusa delante del Señor y yo no esté en adelante obligado a darle a Dios cuenta de sus almas".

 

Interpolación El hermano León, compañero y confesor del bienaventurado Francisco, escribió las siguientes palabras al hermano Conrado de Offida diciéndole que las había escuchado de boca del bienaventurado Francisco. El hermano Conrado las refirió en San Damián, junto a Asís.

San Francisco estaba en oración tras la tribuna de la iglesia de Santa María de los Ángeles con las manos levantadas en alto y suplicaba a Cristo que tuviera misericordia del pueblo por las muchas tribulaciones que iban a sobrevenirle. Y le anunció el Señor: "Francisco, si quieres que tenga compasión del pueblo cristiano, haz que tu Orden permanezca en el estado en que ha sido constituida, porque no me queda otra cosa en el mundo. Y yo te prometo que, por amor a ti y a tu Orden, no permitiré que descargue sobre el mundo ninguna tormenta de tribulaciones.

Pero te digo que los hermanos se apartarán del camino en que los puse y suscitarán de tal suerte mi ira, que me levantaré contra ellos y llamaré a los demonios y les daré todo el poder que quieran; y armarán tal escándalo entre ellos y el mundo, que no habrá ninguno que pueda llevar tu hábito, si no es en la espesura de los bosques. Y, cuando el mundo pierda la fe de tu Orden, no quedará otro foco de luz, porque yo los he puesto por luz del mundo". Y San Francisco respondió: "¿Y de qué vivirán mis hermanos que morarán en los bosques?" Y Cristo le dijo: "Yo los alimentaré, como alimenté a los hijos de Israel con el maná en el desierto, porque ellos serán buenos, y entonces volverán al primitivo estado en que la Orden fue fundada y tuvo su origen".

72. Cómo, por las oraciones y lágrimas de hermanos humildes y sencillos, 
se convierten muchas almas que parecen convertidas por la ciencia y predicación de otros

No quería el santísimo Padre que sus hermanos fueran ávidos de ciencia y de libros, sino que quería y les exhortaba a que pusieran todo su afán en cimentarse sobre la santa humildad y en imitar la pura sencillez, la santa oración y la dama Pobreza; sobre ellas edificaron los primeros y santos hermanos. Decía que es éste el único camino seguro para la propia salvación y para la edificación espiritual del prójimo, porque Cristo, a cuya imitación hemos sido llamados, este solo camino nos ha mostrado y enseñado de palabra a la par que con su ejemplo.

El mismo bienaventurado Padre, mirando al porvenir, conoció por virtud del Espíritu Santo, y se lo decía muchas veces a los hermanos, que muchos de ellos, con pretexto de edificación de otros, abandonarían su vocación, es decir, la santa humildad, la pura sencillez, la oración y devoción y nuestra dama la Pobreza. Y les sucederá que, cuando se creían estar más llenos de devoción, más encendidos en el amor de Dios y más iluminados en su conocimiento por la inteligencia de la Sagrada Escritura, entonces precisamente se verán invadidos de la tibieza y vacíos de espíritu, y se sentirán sin fuerzas para retornar a su primitiva vocación, pues perdieron, en afanes vanos y falsos, el tiempo de vivir conforme a su vocación.

Por eso, temo que se les quite aquello que les parecía tener, porque menospreciaron, en absoluto lo que de hecho se les había dado, esto es, conservar su vocación y vivirla". Y añadía: "Hay muchos hermanos que ponen todo su afán y todo su cuidado en adquirir ciencia al margen de su santa vocación, y andan errantes con el alma y con el cuerpo fuera del camino de la humildad y de la santa oración. Y cuando predican al pueblo y ven que se ha producido alguna edificación y que algunos se han convertido a la penitencia, se envanecen y enorgullecen de la obra y ganancia ajena, como si fuera suya, siendo así que predicaron para su propio perjuicio y condenación, y nada en verdad han obrado por sí mismos, sino como meros instrumentos de aquellos a través de los cuales el Señor ha producido tales frutos.

Pues los que se piensa que son edificados y convertidos a la penitencia por obra de su ciencia y predicación, los edifica y convierte el Señor por las oraciones y gemidos de los santos, pobres, humildes y sencillos hermanos, a pesar de que estos santos hermanos, como ocurre muchísimas veces, lo desconozcan. Y Dios quiere que lo ignoren para que no les muerda la pasión de la soberbia. "Estos son mis hermanos, caballeros de la Tabla Redonda, que viven ocultos en los desiertos y en lugares apartados con el fin de dedicarse con más ahínco a la oración y meditación, que lloran los pecados propios y ajenos, que viven con humildad y sencillez; cuya santidad Dios conoce, pero es a veces ignorada por los hermanos y por los hombres.

Cuando sus almas sean presentadas por los ángeles ante el Señor, entonces les mostrará el Señor el fruto y recompensa de sus trabajos, es decir, multitud de almas que se han salvado por sus ejemplos, oraciones y lágrimas, y merecerán escuchar: ‘Mirad, amados hijos míos, que tantas y tales almas se han salvado por vuestras oraciones, lágrimas y ejemplos; y: Porque habéis sido fieles en lo poco, os constituiré sobre lo mucho 1. Otros han trabajado y predicado con discursos de su propia sabiduría y ciencia, y yo, por vuestros merecimientos, he producido el fruto de la salvación. Recibid, pues, la recompensa del trabajo de ellos y el fruto de vuestros méritos, el reino de los cielos que habéis conquistado con la violencia de vuestra humildad y sencillez, de vuestras oraciones y lágrimas.

"Así, éstos, llevando sus gavillas, esto es, el fruto y los méritos de su santa humildad y sencillez, entrarán en el gozo del Señor con alegría y regocijo. Pero los otros que no se han afanado sino por adquirir conocimientos y mostrar a los demás el camino de la salvación, sin obrar nada para sí, se presentarán ante el tribunal de Cristo desnudos y con las manos vacías, sin llevar otras gavillas que las de su propia confusión, vergüenza y amargura.

"Entonces, la verdad de la santa humildad y sencillez, de la santa oración y pobreza, que es nuestra vocación, será ensalzada, y glorificada, y engrandecida; verdad que ellos, hinchados por el viento de su ciencia, vilipendiaron con su vida y con vanos discursos de su sabiduría, afirmando que la verdad era falsedad y persiguiendo, como ciegos, con implacable dureza a los que caminaban en la verdad. Entonces, el error y la falsedad de sus opiniones, que les sirvieron de camino y proclamaron como verdad y que fueron motivo de que muchos cayeran en la hoya de la ceguera, terminarán en dolor, confusión y vergüenza, y ellos, con sus opiniones tenebrosas, serán lanzados a las tinieblas exteriores a hacer compañía a los espíritus de las tinieblas".

Por eso, el bienaventurado Francisco repetía este texto de la g Sagrada Escritura: Parió la estéril siete hijos y se marchitó la que muchos tenía; y lo comentaba así: "La estéril es el buen religioso, sencillo y humilde, pobre y despreciado, vil y humillado, que por sus santas operaciones y virtudes sirve constantemente de edificación a los demás y los da a luz con gemidos dolorosos". Estas palabras las repetía con frecuencia delante de los ministros y de otros hermanos; sobre todo, en capítulo general.

73. Quería y enseñaba que los prelados y predicadores debían ejercitarse 
en la oración y en obras de humildad

El fiel siervo y perfecto imitador de Cristo Francisco, sintiéndose transformado en Cristo principalmente por la virtud de la santa humildad, la deseaba, entre todas las virtudes, en sus hermanos, y les exhortaba incesantemente, de palabra y con el ejemplo y con paternal amor, a que la amaran, desearan, adquirieran y conservaran; y particularmente amonestaba e impulsaba a los ministros y predicadores a que practicaran obras de humildad.

Decía que por el oficio de la prelacía y el cargo de predicar no debían abandonar la santa y devota oración, ni el ir a pedir limosna, ni el ocuparse a veces en trabajos manuales, ni el hacer otras obras de humildad como los demás hermanos, por el buen ejemplo y por el bien de sus almas y del prójimo. Y añadía: "Los hermanos súbditos quedan altamente edificados cuando ven que los ministros y los predicadores se dedican de buen grado a la oración y se abajan a realizar obras de humildad y servicios oscuros. De otra manera, no pueden, sin propia confusión y sin peligro de condenarse, amonestar en esto a los demás hermanos. Es necesario, a imitación de Cristo, obrar antes que enseñar, y obrar a la par que enseñar".

74. Cómo, para humillación suya, enseñó a los hermanos a conocer 
cuándo era siervo de Dios y cuándo no

Una vez reunió el bienaventurado Francisco a muchos hermanos y les dijo l "He suplicado al Señor que se digne manifestarme cuándo soy su siervo y cuándo no. Pues no querría otra cosa que ser su siervo. Y el Señor, benignísimo, se dignó responderme: ‘Conocerás que eres en verdad mi siervo si piensas~ hablas y obras santamente’. Os he reunido, hermanos, y os he confesado esto para que, cuando veáis que falto en todo o en algo de lo que he dicho, pueda avergonzarme ante vosotros".

75. Quiso decididamente que todos los hermanos se dedicaran, 
a tiempos, a trabajos manuales

Decía que los indolentes, que no se dedican con humildad y familiarmente a alguna ocupación, pronto serán vomitados de la boca de Dios. No podía comparecer ante él ningún ocioso sin que lo zahiriera al momento mordazmente. Y él, modelo de toda perfección, trabajaba humildemente con sus manos, no permitiéndose desperdiciar nada del precioso don del tiempo.

Y decía: "Quiero que todos los hermanos trabajen y se ejerciten humildemente en obras buenas, para que seamos menos gravosos a los hombres y para que ni la lengua ni el corazón anden vagabundos en alas de la ociosidad; y los que no saben trabajar, que aprendan". Y afirmaba que la ganancia o la recompensa por el trabajo no pertenecen al que ha trabajado, sino que han de dejarse al arbitrio del guardián o de la familia.

 

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