LEYENDA DE PERUSA

Traducción: José Ángel L. de Guevara, o.f.m.

 

EFICACIA DE SU ORACIÓN

76. En el curso de uno de sus viajes por una provincia, el bienaventurado Francisco se encontró con el abad de un monasterio que le tenía mucho afecto y veneración. El abad se apeó del caballo y habló con él, aproximadamente durante una hora, sobre el estado de su alma. Al despedirse, el abad le pidió con gran devoción que orase por él. "De buena gana lo haré", dijo el bienaventurado Francisco. Cuando el abad se había alejado un tanto, el Santo dijo a su compañero: "Hermano, esperemos un poco; voy a rogar por el abad, como le he prometido". Y rezó por el.

76. Era costumbre del bienaventurado Francisco, cuando alguien por devoción le suplicaba que pidiese por el bien de su alma, hacer oración por él cuanto antes, para que no se olvidara. El abad continuaba su camino, y no estaba todavía muy distante del bienaventurado Francisco, cuando recibió en su corazón la visita del Señor. Un dulce calor inundó su rostro y quedó enajenado un instante. Cuando volvió en sí, conoció que el bienaventurado Francisco había rogado por él. Alabó a Dios y sintió la alegría interior y exterior. Desde entonces tuvo todavía mayor devoción al santo Padre, pues había comprobado él mismo la excelencia de su santidad. Durante su vida refirió este suceso muchas veces a los hermanos y a otras gentes, pues lo consideraba como un gran milagro.

OLVIDA SUS PROPIOS DOLORES RECORDANDO LOS DE CRISTO

77. El bienaventurado Francisco padeció durante mucho tiempo y hasta su muerte del hígado, del bazo y del estómago. Y, cuando marchó a ultramar para predicar al sultán de Babilonia y Egipto , contrajo una grave enfermedad de la vista a consecuencia de lo que sufrió por la fatiga del viaje, en el que, tanto de ida como de vuelta, tuvo que soportar grandes calores . Y era tal el fervor de su espíritu desde su conversión a Cristo, que, a pesar de los ruegos de los hermanos y de otras personas, por la compasión que les producía, no quiso preocuparse con que fuera atendida alguna de estas enfermedades. Se portaba así porque, gracias a la gran dulzura y compasión qué a diario percibía en la meditación de la humildad y los pasos del Hijo de Dios, lo que para la carne era amargo, se le hacía dulce para el espíritu . Es más: de tal manera se dolía a diario de los sufrimientos y amarguras que Cristo toleró por nosotros y de tal manera se afligía de ellos interior y exteriormente, que no se preocupaba de sus propias dolencias.

LLORA LA PASIÓN DE CRISTO

78. En cierta ocasión, a los pocos años de su conversión, mientras caminaba solo no lejos de la iglesia de Santa María de la Porciúncula, iba llorando y sollozando en alta voz. Yendo así Francisco, tropezó con él un hombre piadoso - le conocemos y de él escuchamos este relato - que le había ayudado mucho y consolado cuando todavía no tenía hermano alguno e incluso más tarde. Conmovido de piedad para con él, le preguntó: "¿Qué te pasa, hermano?" Pues pensaba que sufría dolores a causa de alguna enfermedad. Respondió Francisco: "De esta manera debería ir yo, sin vergüenza alguna, por todo el mundo llorando y sollozando la pasión de mi Señor". Y aquel hombre comenzó a llorar y a derramar lágrimas abundantes a una con Francisco.

MEDITA LOS EJEMPLOS DE HUMILDAD DEL HIJO DE DIOS

79. Otra vez, durante su enfermedad de la vista sufría tan grandes dolores, que un día le dijo un ministro: "Hermano, ¿por qué no dices a tu compañero que te lea algún pasaje de los profetas algún otro capítulo de las Escrituras? Tu alma se recreará en el Señor y hallará gran consuelo". Sabía que se alegraba mucho en el Señor cuando escuchaba la lectura de las divinas Escrituras. Mas él respondió: "Hermano, siento todos los días tanta dulzura y consuelo en el recuerdo y meditación de la humildad manifestada en la tierra por el Hijo de Dios, que podría vivir hasta el fin del mundo sin mucha necesidad de escuchar meditar otros pasajes de las Escrituras".

79. Con frecuencia recordaba y luego recitaba a los hermanos aquel verso de David: Mi alma no quiere otro consuelo. Por eso, queriendo ser, como él decía frecuentemente a los hermanos, ejemplo y modelo para todos ellos, rehusaba no sólo los medicamentos, sino también la alimentación, que le era necesaria por sus achaques. Y como lo que acabamos de decir lo tenía en cuenta no sólo cuando parecía estar sano que siempre estaba débil y enfermo, sino también en sus enfermedades, era siempre austero con su cuerpo.

SEVERIDAD CONSIGO MISMO DURANTE LA ENFERMEDAD

80. Estando convaleciente de una grave enfermedad, le pareció, examinándose, que durante ella había sido un tanto complaciente en la comida, por más que apenas había comido, porque los muchos, diversos y prolongados males no se lo permitían.

80. Un buen día se levanta, aunque todavía estaba con fiebres cuartanas, y ordena que convoquen a los habitantes de Asís en la plaza para predicarles. Terminado el sermón, les ruega que nadie se marche, porque en seguida va a volver. Entra en la iglesia de San Rufino y baja a la confesión con el hermano Pedro Cattani, primer ministro general elegido por él mismo, y con otros hermanos. Ordena al hermano Pedro que le obedezca y no se oponga a lo que quiere decir y hacer. El hermano Pedro responde: "Hermano, yo no puedo, no debo hacer sino lo que deseas, tanto en lo concerniente a ti como a mí".

80. Entonces, el bienaventurado Francisco se despoja de su túnica y manda al hermano Pedro que le conduzca así, desnudo, con la cuerda al cuello, delante del pueblo. A otro hermano le ordena que tome una escudilla llena de ceniza y que, subiendo al lugar desde donde había predicado, arroje y esparza la ceniza sobre su cabeza; pero este hermano, por piedad y compasión que se le despertó para con él, no le obedece. El hermano Pedro sí le conduce tal como le había ordenado, sollozando fuertemente, y con el los otros hermanos.

80. Cuando está de nuevo, así desnudo, delante del pueblo y en el lugar desde donde había predicado, habla en estos términos: "Vosotros y los que, siguiendo mi ejemplo, dejan el mundo, entran en la Religión de los hermanos y siguen su vida, me creéis un hombre santo. Pues bien, yo confieso delante de Dios y de vosotros que durante esta mi enfermedad he comido carne y caldo de carne".

80. Casi todos se echan a llorar de piedad y compasión de él, sobre todo porque hacía mucho frío y era invierno y él no se había curado todavía de la calentura cuartana. Se golpeaban el pecho y se acusaban, diciendo: "Si este santo, cuya vida conocemos y a quien vemos vivo en una carne ya casi muerta por el exceso de la abstinencia y por la austeridad que ha mantenido respecto del cuerpo desde el comienzo de su conversión a Cristo, se acusa con un gesto corporal de tanta humildad de un caso de clara y justa necesidad, ¿qué hemos de hacer nosotros, miserables, que hemos vivido querido vivir todo el tiempo de nuestra vida según los caprichos y deseos de la carne?"

ABORRECE LA HIPOCRESÍA EN EL VESTIDO Y EN LA ALIMENTACIÓN

81. También aconteció que, durante la cuaresma de San Martín, que hizo en un eremitorio, los hermanos, a causa de su enfermedad, le sirvieran los alimentos condimentados con tocino, porque el aceite le hacía mucho mal. Terminada la cuaresma, y con ocasión de predicar a una gran muchedumbre congregada cerca del eremitorio, comenzó con estas palabras: "Vosotros venís a mí con gran devoción y creyendo que soy un santo; mas yo confieso ante Dios y ante vosotros que durante esta cuaresma que he pasado en este eremitorio he tomado alimentos condimentados con tocino".

81. Más aún, rara era la vez en que, si los hermanos los amigos de éstos, cuando comía en sus casas, le daban algún manjar especial en atención a manifiesta necesidad de su cuerpo por sus enfermedades, no dijera en seguida y en público, ya en casa, ya fuera de ella, delante de los hermanos de los seglares que ignorasen el detalle: "Hoy he comido tal cual manjar", pues no quería ocultar a los hombres lo que era conocido por Dios.

81. Es más: dondequiera ante cualesquiera, religiosos seglares, que estuviere, si su espíritu se veía alguna vez agitado por sentimientos de vanagloria soberbia por cualquier otro vicio, inmediatamente lo confesaba ante ellos con claridad y sin paliativos. Un día dijo a sus compañeros: "Quiero ser ante Dios, lo mismo cuando estoy en eremitorios que en otros lugares, como los hombres me ven y me consideran, porque, si ellos me creen santo y no vivo como tal, sería un hipócrita".

81. Una vez en invierno, en atención a su enfermedad del bazo y al frío del estómago, uno de sus compañeros, que era su guardián, le procuró, porque entonces hacía mucho frío, una piel de zorro y le rogó que le permitiera cosérsela a la túnica por su parte interior y en el lugar que abrigaba el bazo y el estómago. Hay que tener en cuenta que el bienaventurado Francisco, desde que se entregó al servicio de Cristo hasta el día de su muerte, no quiso vestir más que una sola túnica, remendada cuando quería remendarla . El bienaventurado Francisco respondió: "Si quieres que lleve esta piel bajo la túnica, que cosan también un trozo de ella por el exterior, para que todos se den cuenta de que llevo una piel bajo mi hábito". Así se hizo. Pero no la llevó muchos días, aunque la necesitaba por sus enfermedades.

SE ACUSA DE VANAGLORIA

82. En otra ocasión iba por la ciudad de Asís y le seguía mucha gente. Una anciana muy pobre le pidió limosna por el amor de Dios. Rápidamente le da el manto con que cubría sus espaldas. Y a continuación declara delante de todos que aquel gesto había producido en él un sentimiento de vanagloria. Los que vivimos con él vimos y oímos otros muchos ejemplos semejantes, pero no podemos citarlos, porque sería muy largo escribirlos y narrarlos. Su principal y sumo cuidado fue siempre no ser hipócrita a los ojos de Dios. Su enfermedad hacía necesarios ciertos cuidados en la comida, pero él se creía en la obligación de dar buen ejemplo a los hermanos y a los demás para evitar toda ocasión de murmuración y escándalo. Por eso prefería soportar pacientemente y de buena gana las molestias de su cuerpo - esto lo hizo hasta el día de su muerte - antes de poner remedio a las mismas, aunque lo hubiera podido hacer según Dios y el buen ejemplo que debía dar.

EL CARDENAL HUGOLINO LE EXHORTA A QUE SE DEJE CURAR. 
COMPOSICIÓN DEL CÁNTICO DE LAS CRIATURAS

83. Viendo que el bienaventurado Francisco continuaba siendo duro con su cuerpo, como lo había sido siempre, y, sobre todo, que, estando perdiendo la luz de los ojos, rehusaba que se los curaran, el obispo de Ostia, que después fue papa, le hizo esta advertencia con mucho amor y compasión: "Hermano, no obras bien al no cuidar de ser ayudado en la enfermedad de los ojos, pues tu salud y tu vida son muy útiles a ti y a los demás. Si te compadeces de los hermanos enfermos y has sido siempre misericordioso con ellos y continúas siéndolo, ahora no debes ser cruel contigo, porque tu enfermedad es grave y te encuentras en una evidente necesidad. Por eso te ordeno que te dejes ayudar y curar" .

83. Dos años antes de su muerte , estando ya muy enfermo y padeciendo, sobre todo, de los ojos, habitaba en San Damián, en una celdilla hecha de esteras. Viéndole el ministro general tan afligido por la enfermedad de los ojos, le mandó que se hiciera y se dejara ayudar y cuidar; incluso le dijo que deseaba estar presente cuando el médico comenzase el tratamiento, sobre todo para que con mayor seguridad se dejara medicinar y para animarle en aquel gran sufrimiento. Pero entonces hacía mucho frío y él tiempo no era propicio para empezar la cura.

83. Yacía en este mismo lugar el bienaventurado Francisco y llevaba más de cincuenta días sin poder soportar de día la luz del sol, ni de noche el resplandor del fuego. Permanecía constantemente a oscuras tanto en la casa como en aquella celdilla. Tenía, además, grandes dolores en los ojos S día y noche, de modo que casi no podía descansar ni dormir durante la noche; lo que dañaba mucho y perjudicaba a la enfermedad de sus ojos y sus demás enfermedades. Y lo que era peor: si alguna vez quería descansar dormir, había tantos ratones en la casa y en la celdilla donde yacía - que estaba hecha de esteras y situada a un lado de la casa -, que con sus correrías encima de él y a su derredor no le dejaban dormir, y hasta en el tiempo de la oración le estorbaban sobremanera. Y no sólo de noche, sino también le molestaban de día: cuando se ponía a comer, saltaban sobre su mesa; lo cual indujo a sus compañeros y a él mismo a pensar que se trataba de una tentación diabólica, como era en realidad.

83. En esto, cierta noche, considerando el bienaventurado Francisco cuántas tribulaciones padecía, sintió compasión de sí mismo y se dijo: "Señor, ven en mi ayuda en mis enfermedades para que pueda soportarlas con paciencia". De pronto le fue dicho en espíritu: "Dime, hermano: si por estas enfermedades y tribulaciones alguien te diera un tesoro tan grande que, en su comparación, consideraras como nada el que toda la tierra se convirtiera en oro; todas las piedras, en piedras preciosas, y toda el agua, en bálsamo; y estas cosas las tuvieras en tan poco como si en realidad fueran sólo pura tierra y piedras y agua materiales, ¿no te alegrarías por tan gran tesoro?" Respondió el bienaventurado Francisco: "En verdad, Señor, ése sería un gran tesoro, inefable, muy precioso, muy amable y deseable". "Pues bien, hermano - dijo la voz -; regocíjate y alégrate en medio de tus enfermedades y tribulaciones, pues por lo demás has de sentirte tan en paz como si estuvieras ya en mi reino".

83. Por la mañana al levantarse dijo a sus compañeros: "Si el emperador diera un reino entero a uno de sus siervos, ¿no debería alegrarse sobremanera? Y si le diera todo el imperio, ¿no sería todavía mayor el contento?" Y añadió: "Pues yo debo rebosar de alegría en mis enfermedades y tribulaciones, encontrar mi consuelo en el Señor y dar rendidas gracias al Padre, a su Hijo único nuestro Señor Jesucristo y al Espíritu Santo, porque El me ha dado esta gracia y bendición; se ha dignado en su misericordia asegurarme a mí, su pobre e indigno siervo, cuando todavía vivo en carne, la participación de su reino. Por eso, quiero componer para su gloria, para consuelo nuestro y edificación del prójimo una nueva alabanza del Señor por sus criaturas. Cada día ellas satisfacen nuestras necesidades; sin ellas no podemos vivir, y, sin embargo, por ellas el género humano ofende mucho al Creador. Cada día somos ingratos a tantos dones y no loamos como debiéramos a nuestro Creador y al Dispensador de todos estos bienes".

83. Se sentó, se concentró un momento y empezó a decir: "Altísimo, omnipotente, buen Señor..." Y compuso para esta alabanza una melodía que enseñó a sus compañeros para que la cantaran. Su corazón se llenó de tanta dulzura y consuelo, que quería mandar a alguien en busca del hermano Pacífico, en el siglo rey de los versos y muy cortesano maestro de cantores, para que, en compañía de algunos hermanos buenos y espirituales, fuera por el mundo predicando y alabando a Dios.

83. Quería, y es lo que les aconsejaba, que primero alguno de ellos que supiera predicar lo hiciera y que después dé la predicación cantaran las Alabanzas del Señor, como verdaderos juglares del Señor. Quería que, concluidas las alabanzas, el predicador dijera al pueblo: "Somos juglares del Señor, y la única paga que deseamos de vosotros es que permanezcáis en verdadera penitencia". Y añadía: "¿Qué son, en efecto, los siervos de Dios sino unos juglares que deben mover los corazones para encaminarlos a las alegrías del espíritu?" Y lo decía en particular de los hermanos menores, que han sido dados al pueblo para su salvación.

83. A estas alabanzas del Señor, que empiezan por "Altísimo, omnipotente, buen Señor...", les puso el título de Cántico del hermano sol, porque él es la más bella de todas las criaturas y la que más puede asemejarse a Dios.

83. Solía decir: "Por la mañana, a la salida del sol, todo hombre debería alabar a Dios que lo creó, pues durante el día nuestros ojos se iluminan con su luz, por la tarde, cuando anochece, todo hombre debería loar a Dios por esa otra criatura, nuestro hermano el fuego, pues por él son iluminados nuestros ojos de noche". Y añadió: "Todos nosotros somos como ciegos, a quienes Dios ha dado la luz por medio de estas dos criaturas. Por eso debemos alabar siempre y de forma especial al glorioso Creador por ellas y por todas las demás de las que a diario nos servimos".

83. El así lo hizo, y lo hacía con alegría en la salud y en la enfermedad, e invitaba a los demás a que alabaran al Señor. Y, cuando arreciaban sus dolores, él mismo entonaba las alabanzas del Señor y hacía que las continuaran sus compañeros, para que, abismado en la meditación de la alabanza del Señor, olvidara la violencia de sus dolores y males. Así perseveró hasta el día de su muerte.

RESTABLECE LA PAZ ENTRE EL OBISPO Y EL "PODESTÁ" DE ASÍS

84. En este mismo tiempo, estando enfermo y predicadas y compuestas ya las alabanzas, el obispo a la sazón de Asís excomulgó al podestá ; éste, enemistado con aquél, había hecho, con firmeza y de forma curiosa, anunciar por la ciudad de Asís que nadie podía venderle comprarle, ni hacer con él contrato alguno. De esta forma creció el odio que mutuamente se tenían. El bienaventurado Francisco, muy enfermo entonces, tuvo piedad de ellos, particularmente porque nadie, ni religioso ni seglar, intervenía para establecer entre ellos la paz y armonía.

84. Dijo, pues, a sus compañeros: "Es una gran vergüenza para vosotros, siervos de Dios, que nadie se preocupe de restablecer entre el obispo y el podestá la paz y concordia, cuando todos vemos cómo se odian". Por esta circunstancia añadió esta estrofa a aquellas alabanzas:

84. "Loado seas tú, mi Señor, // por aquellos que perdonan por tu amor // y soportan enfermedad y tribulación. // Bienaventurados aquellos que las sufren en paz, // pues de ti, Altísimo, coronados serán".

84. Después llamó a uno de sus compañeros y le dijo: "Vete donde el podestá y dile de mi parte que acuda al obispado con los notables de la ciudad y con toda la gente que pueda reunir".

84. Cuando el hermano partió, dijo a otros dos compañeros: "Id y, en presencia del obispo, del podestá y de toda la concurrencia, cantad el Cántico del hermano. sol. Tengo confianza de que el Señor humillará sus corazones, y, restablecida la paz, volverán a su anterior amistad y afecto".

84. Cuando todo el mundo estaba reunido en la plaza del claustro del obispado, los dos hermanos se levantaron y uno de ellos tomó la palabra: "El bienaventurado Francisco ha compuesto en su enfermedad las alabanzas del Señor por las criaturas para gloria de Dios y edificación del prójimo. El os pide que las escuchéis con gran devoción". Y empezaron a cantarlas. El podestá en seguida se pone en pie, junta sus brazos y manos y con gran devoción y hasta con lágrimas escucha atentamente como si fuera el Evangelio del Señor, pues sentía hacia el bienaventurado Francisco gran confianza y veneración.

84. Al final de las alabanzas del Señor, el podestá habló al pueblo: "En verdad os digo que no sólo perdono al señor obispo, al que debo reconocer por mi señor, sino que perdonaría al asesino de mi hermano o de mi hijo". Y, arrojándose a los pies del señor obispo, le dijo: "Por el amor de nuestro Señor Jesucristo y de su siervo el bienaventurado Francisco, estoy dispuesto a daros por todas mis ofensas la satisfacción que deseéis". El obispo le tendió las manos y le levantó, diciendo: "Mi cargo exige en mí humildad, pero tengo un carácter pronto a la cólera; te pido me perdones".

84. Los dos se abrazaron y besaron con gran ternura y afecto. Los hermanos admiraron, una vez más, la santidad del bienaventurado Francisco, pues se había cumplido a la letra lo que había predicho acerca de la paz y concordia de aquellos dos personajes. Todos los testigos de la escena consideraron como un gran milagro, por los méritos del bienaventurado Francisco, el que tan pronto los visitara el Señor y el que, sin recordar palabra alguna ofensiva, hubieran pasado de tan gran escándalo a tan leal avenencia. Nosotros que hemos vivido con el bienaventurado Francisco, damos fe de que, si él decía: "Tal cosa está sucediendo o sucederá", su palabra se cumplía casi a la letra. Con nuestros ojos hemos contemplado lo que sería muy largo de escribir y narrar.

CÁNTICO EXHORTACIÓN A LAS DAMAS POBRES

85. Aquellos mismo días y en el mismo lugar, el bienaventurado Francisco, después de haber compuesto las alabanzas del Señor por sus criaturas, compuso también unas letrillas santas con música, para mayor consuelo de las damas pobres del monasterio de San Damián, particularmente porque sabía que estaban muy afectadas por su enfermedad .

85. Como no podía, a causa de la enfermedad, visitarlas y consolarlas personalmente, hizo que sus compañeros les transmitieran la letra que había compuesto para ellas. Con estas palabras, como siempre, les quiso manifestar brevemente su voluntad: que debían tener una sola alma y vivir unidas en caridad, ya que, por su predicación y ejemplo, ellas se habían convertido a Cristo cuando los hermanos eran todavía pocos. Su conversión y su vida eran prestigio y edificación no sólo de la Religión de los hermanos de la que eran su plantita, sino de la Iglesia entera de Dios

85. Conocedor el bienaventurado Francisco de que desde el principio de su conversión, por voluntad y necesidad, llevaban una vida muy austera y pobre, sentía siempre gran piedad por ellas.

85. Por eso, en el mensaje les ruega también que, como el Señor las había congregado de muchas partes para unirlas en la santa caridad, en la santa pobreza y en la santa obediencia, mantengan hasta morir fidelidad a éstas. Les pide especialmente que con alegría y acción de gracias provean discretamente a sus necesidades corporales, sirviéndose de las limosnas que el Señor les proporcionaba; y, sobre todo, recomienda que tengan paciencia las sanas por los trabajos que soportan por sus hermanas enfermas y estas en las enfermedades y necesidades que sufren.

CAUTERIZACIÓN DE FRANCISCO EN FONTE COLOMBO

86. El tiempo favorable para el tratamiento de los ojos se aproximaba . El bienaventurado Francisco, aunque sufría mucho de los ojos, dejó aquel lugar y se puso en camino. Llevaba la cabeza cubierta con un capuchón que le habían confeccionado los hermanos, y, como no podía soportar la claridad del día por los insufribles dolores provenientes de la enfermedad de los ojos, tapaba sus ojos con una venda de lana y lino cosida al capuchón. Sus compañeros le condujeron en una cabalgadura al eremitorio de Fonte Colombo, cerca de Rieti, para consultar con un médico de esta villa, especialista de los ojos.

86. Vino éste a visitar al bienaventurado Francisco y le dijo que era necesario cauterizar la parte superior de la mejilla hasta el entrecejo del ojo que estaba más afectado por el mal. Pero si bien el bienaventurado Francisco no quiso que empezara el tratamiento hasta que llegara el hermano Elías.

86. Esperó algún tiempo; pero como no llegaba, retenido por toda suerte de impedimentos, Francisco dudaba si someterse al tratamiento; pero, obligado por la necesidad, y, más que nada, por obediencia al señor obispo de Ostia y al ministro general, se decidió a obedecerles; como le resultaba muy gravoso el cuidarse de sí mismo de esta manera, por eso quería que interviniera su ministro.

86. Más tarde, una noche que los dolores no le dejaban dormir, piadosamente y compadecido de sí mismo, dijo a sus compañeros: "Mis queridos hermanos e hijitos míos, no os moleste ni os pese el tener que ocuparos en mi enfermedad. El Señor os dará por mí, su siervecillo, en este mundo y en el otro, el fruto de las obras que no podéis realizar por vuestras atenciones y por mi enfermedad; obtenéis incluso una recompensa más grande que aquellos que prestan sus servicios y cuidados a toda la Religión y a la vida de los hermanos. Debíais decirme: ‘Contigo haremos nuestros gastos y por ti será el Señor nuestro deudor’".

86. Hablaba así el santo Padre para alentar y sostener su pusilanimidad de espíritu y su debilidad, no fuera que, tentados por todo aquello, dijeran alguna vez: "Ni podemos orar ni tampoco tolerar tanto trabajo". Quería prevenirles contra la tristeza y el desaliento, que les llevarían a perder el mérito de sus trabajos.

86. Un día vino el médico provisto de un hierro con que solía cauterizar en casos de enfermedad de los ojos. Mandó hacer fuego para calentarlo; encendido el fuego, puso en él el hierro. El bienaventurado Francisco, para reconfortar su ánimo y apartar todo temor, dijo al fuego: "Hermano mío fuego, el Señor te ha creado noble y útil entre todas las criaturas. Sé cortés conmigo en esta hora, ya que siempre te he amado y continuaré amándote por el amor del Señor que te creó. Pido a nuestro Creador que aminore tu ardor para que yo pueda soportarlo". Terminada la súplica, hizo la señal de la cruz sobre el fuego.

86. Nosotros que estábamos con él, nos retiramos por el amor que le teníamos y la compasión que nos producía; sólo el médico quedó con él. Cuando el médico concluyó su trabajo, volvimos a él y nos dijo: "¡Cobardes! ¡Hombres de poca fe! ¿Por qué habéis huido? En verdad os digo que no he sentido dolor alguno, ni siquiera el calor del fuego; y si, esto no está bien quemado, quémelo mejor".

86. El médico, al ver que ni siquiera se había movido, consideró esto como un gran milagro y dijo: "Os digo, humanos míos, con la experiencia que tengo, que temería pudiera soportar semejante quemadura no sólo uno que es débil y enfermo, sino el que sea fuerte y sano de cuerpo". La quemadura era muy extensa: iba desde la oreja hasta el entrecejo, pues durante muchos años, día y noche, le lagrimeaban los ojos. Por eso, a juicio del médico, era necesario abrir todas las venas, aunque, en opinión de otros médicos, la operación era completamente inconveniente. Y así fue, pues de nada le aprovechó. También otro médico le perforó las dos orejas, sin resultado alguno positivo.

86. No nos debe asombrar que el fuego y las demás criaturas se mostraran algunas veces atentas con él . Pues, como pudimos comprobarlo nosotros que estuvimos con él, con tan gran sentimiento de caridad las amaba y veneraba y de tal manera gozaba con ellas y con tanto cariño y simpatía las quería, que se turbaba cuando alguien no las trataba con delicadeza. Les hablaba con gran alegría interior y exterior, como si ellas tuvieran conocimiento de Dios, como si entendieran y hablaran. Con frecuencia, en esos coloquios quedaba arrebatado en la contemplación de Dios.

86. Sentándose un día junto al fuego, sin que se diera cuenta, el fuego prendió en sus paños de lino en la parte que cubría su pierna. Sintió el calor del fuego; mas cuando uno de sus compañeros, que se dio cuenta que se le quemaban las ropas, corrió a apagárselas, le dijo: "No, mi querido hermano, no hagas mal a nuestro hermano fuego". Y no le permitió apagarlo. Entonces, el otro corrió a donde el hermano que era el guardián y le trajo consigo. Y así, aunque contra la voluntad de Francisco, apagó sus vestidos.

86. Tampoco le gustaba que se apagaran las velas, las lámparas o el fuego, como suele hacerse cuando es necesario: tanta era la ternura y piedad que sentía por el fuego. Ni quería que el hermano arrojara, como se hace muchas veces, las brasas o tizones, sino que los dejara delicadamente extendidos sobre la tierra, por respeto de Aquel de quien es criatura.

NO QUIERE SERVIRSE DE UNA PIEL QUE HABÍA SUSTRAÍDO AL FUEGO

87. Durante una cuaresma que pasó en el monte Alverna aconteció un día que su compañero prendió el fuego para la hora de la comida en la celda donde solía comer. Luego se dirigió a la celda que el bienaventurado Francisco empleaba habitualmente para su oración y descanso, a fin de leerle el evangelio de la misa del día. El bienaventurado Francisco, en efecto, cuando no podía acudir a la misa, quería oír el evangelio del día antes de la comida.

87. Cuando se dirige Francisco para comer a la celda donde el compañero había preparado el fuego, ve que las llamas alcanzan la cumbre de la celda y que está ardiendo. El compañero trata de apagar el incendio como puede; pero él solo nada consigue. El bienaventurado Francisco no quiere ayudarle. Toma una piel con que se cubría de noche y marcha al bosque.

87. Los hermanos del lugar, aunque estaban lejos de la celda, pues la celda estaba distante del lugar de los hermanos, tan pronto como se dieron cuenta del incendio, vinieron y sofocaron el fuego. El bienaventurado Francisco volvió luego para comer. Después de la comida dijo a su compañero: "No quiero abrigarme en adelante con esta piel, pues he pecado de avaricia al no querer que el hermano fuego las destruyera.

AMOR A LAS CRIATURAS

88. Cuando se lavaba las manos, escogía un lugar donde el agua de las abluciones no fuera luego pisada. Cuando tenía que caminar sobre las piedras, su paso era tímido y respetuoso por amor de aquel que es llamado piedra.

88. Si recitaba el pasaje del salmo: Me pusiste en alto sobre la roca; por reverencia y devoción lo cambiaba, diciendo: "Bajo los pies de la roca me has levantado". Al hermano que hacía leña para el fuego le recomendaba que no cortase el árbol entero, sino una parte tan sólo, para que continuara viviendo la planta. Esto mismo mandó a un hermano del lugar donde él residía.

88. Al hermano que cultivaba el huerto le decía que no dedicara todo el terreno al cultivo de verduras comestibles, sino que reservara parte de él, para que produjera hierba verde y a su tiempo las hermanas flores. Más aún: decía que el hermano hortelano debía tener en algún lugar del huerto un hermoso jardín donde cultivase toda clase de hierbas aromáticas y de plantas de bellas flores, a fin de que en su estación invitasen a la alabanza de Dios a cuantos las contemplasen, porque toda criatura dice y proclama: "Es Dios quien me creó para ti, ¡oh hombre!"

88. Nosotros que hemos vivido con él hemos podido apreciar cómo hallaba en casi todas las criaturas un motivo de alegría íntima, que se manifestaba interiormente; cómo las acariciaba y las contemplaba amorosamente como si su espíritu estuviera no en la tierra, sino en el cielo. Y es verdadero y manifiesto que, a causa de los muchos consuelos que había recibido y recibía en las criaturas de Dios, compuso poco antes de su muerte unas Alabanzas del Señor por sus criaturas, para mover los corazones de los que las escuchasen a la alabanza de Dios y a fin de que el Señor fuera alabado por todos en sus criaturas.

DESAPEGO Y GENEROSIDAD

89. Por este mismo tiempo, una mujer muy pobre de Machilone vino a Rieti para curar sus ojos. Un día en que el médico visitó al bienaventurado Francisco, le dijo: "Hermano, una mujer que sufre de la vista ha venido a verme; pero es tan pobre, que me creo en la obligación de ayudarle y de pagar sus gastos".

89. En seguida, el bienaventurado Francisco, movido a compasión por esta mujer, llamó a uno de sus compañeros, que era su guardián, para decirle: "Hermano guardián, tenemos que restituir lo ajeno". "¿De qué se trata, hermano?" "Este manto que recibimos prestado de una mujer muy pobre y que sufre de la vista, es preciso devolvérselo". Le dijo el guardián "Hermano, haz lo que te parezca mejor". El bienaventurado Francisco, lleno de alegría, llamo a uno de sus íntimos, hombre espiritual, y le mandó: "Toma este manto y también doce panes; vete y di a la mujer pobre y enferma que te indicará el médico que la atiende: ‘Un hombre pobre a quien prestaste este manto te da las gracias por el préstamo que le hiciste; ahora toma lo que es tuyo".

89. Fue el hermano y transmitió a la mujer las palabras del bienaventurado Francisco. Ella, creyendo que se le burlaba, replicó tímida y avergonzada: "Déjame en paz; no sé de qué me hablas". El otro puso en manos de la mujer el manto y los doce panes. Viendo la mujer que era verdad lo que decía el hermano, aceptó todo temblorosa, pero radiante de gozo. Mas, temiendo que le robaran el obsequio, se levantó por la noche sin ser notada y regresó contenta a su casa.

89. El bienaventurado Francisco había dicho a su guardián que por amor de Dios socorriese diariamente a la mujer mientras permaneciese allí. Nosotros que hemos vivido con el bienaventurado Francisco damos testimonio de que, estando sano, tenía tanta caridad y piedad no sólo hacia sus hermanos, sino también hacia los pobres, sanos o enfermos, que, halagándonos primero a nosotros, para que no nos disgustáramos, con gran gozo interior y exterior daba a otros lo que necesitaba su propio cuerpo, y que los hermanos conseguían a veces con gran solicitud y devoción; privaba a su cuerpo de cosas que le eran muy necesarias.

89. Por eso, el ministro general y su guardián le tenían mandado que no diera la túnica a ningún hermano sin su permiso, pues algunas veces los hermanos se la pedían por devoción, y él al momento se la daba. También sucedía que, al ver él a un hermano enfermizo o mal vestido, a veces le daba su túnica; otras, como nunca llevó ni quiso tener para sí más que una túnica, la partía, para dar un trozo al hermano y quedarse él con el resto.

POR SOCORRER A LOS POBRES DABA HASTA SU PROPIA TÚNICA

90. Recorría cierta provincia predicando, cuando se encontraron con él dos hermanos franceses, que quedaron muy contentos de la entrevista. Antes de despedirse, por la veneración que le profesaban, le pidieron su túnica "por el amor de Dios". En cuanto oyó que invocaban el amor de Dios, se despojó de su túnica, quedando desnudo durante un rato .

90. (Pues el bienaventurado Francisco tenía la costumbre de que, cuando se le decía: "Por el amor de Dios, dame la túnica, la cuerda" u otra cosa que tuviera, en seguida la daba por respeto a aquel Señor que se llama Amor. Se disgustaba mucho, y por eso reprendía a los hermanos cuando observaba que alguno de ellos invocaba por una bagatela el amor de Dios. Decía: "El amor de Dios es algo tan sublime, que no se debe nombrar sino raramente, en caso de gran necesidad y con profundo respeto".

90. Uno de los hermanos franceses se quitó su túnica y se la dio a Francisco. Con frecuencia se veía en gran apuro y necesidad por haber dado a alguien su túnica o parte de ella, pues no le era tan fácil volver a encontrar o hacerse preparar otra; sobre todo, porque siempre quería que fuese muy pobre, hecha de trozos de tela, y algunas veces hasta remendada por dentro y por fuera. Rara vez, o, mejor dicho, nunca, consintió en tener o llevar una túnica de paño nuevo; él se ingeniaba para que algún hermano que la llevaba usada de muchos años se la cediera; y en ocasiones recibía de un hermano una parte de la túnica, y de otro el resto. A causa de sus enfermedades y por motivo del frío, algunas veces reforzaba interiormente su túnica con un trozo de tela nueva.

90. Observó esta práctica de la pobreza en el vestir hasta que volvió al Señor. Como era hidrópico y estaba casi del todo escuálido y tenía otras muchas enfermedades, pocos días antes de su muerte los hermanos le prepararon varias túnicas para poder cambiárselas de día y de noche cuando fuera necesario.

QUIERE SOCORRER A UN POBRE CON UN PEDAZO DE SU TÚNICA

91. Otra vez se acercó a un eremitorio de los hermanos un pobre, vestido de ropas miserables, y pidió a los hermanos por el amor de Dios un pedazo de tela pobre. El bienaventurado Francisco dijo a un hermano que viese si en casa había un paño o un retazo que darle. Buscó el hermano por toda la casa, y nada encontró.

91. Pero, no queriendo que el pobre se volviese con las manos vacías, el bienaventurado Francisco, a ocultas, para que su guardián no se lo prohibiese, tomó un cuchillo y, sentado en un lugar escondido, comenzó a cortar un pedazo de su túnica, el que llevaba cosido interiormente a ésta, para así dárselo en secreto a aquel pobre. En seguida cayó en cuenta el guardián de lo que quería hacer, y, acercándose, le prohibió entregar aquello al pobre; más que nada, porque hacía mucho frío y él estaba enfermo y aterido.

91. Replicó el bienaventurado Francisco: "Si quieres que no se lo dé, es del todo necesario que le proporciones algún pedazo de tela a este hermano pobre". Y así por razón del bienaventurado Francisco, los hermanos le dieron alguna tela de sus propios vestidos.

91. Si los hermanos le procuraban un manto, sea cuando iba a predicar por el mundo a pie o a lomo de asno (desde que comenzó a enfermar no podía ir a pie, y por eso tenía a veces que viajar en asno, ya que no quería cabalgar a caballo sino por estricta y muy grande necesidad, como fue poco antes de la muerte, al írsele agravando la enfermedad), sea cuando estaba en algún lugar, no quería recibirlo sino a condición de que pudiera dárselo al pobre que encontrara o que viniera en su busca, si, a su juicio, estaba evidentemente necesitado de él.

RUEGA AL HERMANO GIL QUE DÉ SU MANTO A UN POBRE

92. Cierta vez, en los comienzos de la Religión, viviendo él en Rivo Torto con los dos únicos hermanos que entonces tenía , un hombre, que sería el tercer compañero, dejó el siglo para abrazar aquel género de vida. Durante algunos días llevó las míseras ropas con que había venido del siglo; y aconteció que vino un pobre pidiendo limosna al bienaventurado Francisco.

92. Este dice al que fue su tercer hermano: "Da tu capa a este hermano pobre". Al instante, gozoso, se la quita de los hombros y la entrega al pobre. Sintió entonces que el Señor inundaba su corazón de una nueva gracia, porque había dado con alegría la capa al pobre.

HACE QUE SE DÉ EL NUEVO TESTAMENTO A LA MADRE DE DOS HERMANOS

93. Otra vez, estando junto a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, llegó una pobrecita anciana, que tenía dos hijos en la Religión de los hermanos, a aquel lugar para pedir al bienaventurado Francisco que la socorriese, ya que aquel año no tenía lo necesario para vivir.

93. El bienaventurado Francisco preguntó al hermano Pedro Cattani , que entonces era ministro general: "¿Tenemos alguna cosa para darle a nuestra madre?" (A la madre de cualquier hermano llamaba su madre y madre de todos los hermanos de la Religión.)

93. El hermano Pedro respondió: "Nada tenemos en casa que podamos darle, especialmente teniendo en cuenta que desearía una limosna tal, que pudiese con ella adquirir las cosas necesarias a su cuerpo. Tan sólo tenemos en la iglesia un Nuevo Testamento, del que hacemos las lecturas en maitines". (En aquel tiempo, los hermanos no tenían breviarios, ni siquiera muchos salterios.)

93. El bienaventurado Francisco le dijo: "Da a nuestra madre el Nuevo Testamento para que lo venda y remedie su necesidad. Creo firmemente que agradará más al Señor y a la bienaventurada Virgen, su madre, que demos el Nuevo Testamento que el que leamos de él". Y se lo dio.

93. Se puede decir y escribir del bienaventurado Francisco lo que se dijo y escribió de Job: La misericordia salió del seno de mi madre y ha crecido al mismo tiempo conmigo . Para nosotros que hemos vivido con él sería muy largo de escribir y narrar, no ya lo que hemos escuchado a otros acerca de su caridad y bondad, sino solamente lo que hemos visto con nuestros propios ojos.

CURACIONES MILAGROSAS

94. Por la misma época, viviendo el bienaventurado Francisco en el eremitorio de San Francisco de Fonte Colombo, la peste bovina, vulgarmente llamada "bove", y de la que ningún vacuno suele librarse, atacó a todos los bueyes de San Elías, villa situada en las proximidades del eremitorio. Todos los bueyes contrajeron la enfermedad y comenzaron a morir.

94. Una noche, un habitante del pueblo, hombre espiritual, tuvo una visión y escuchó una voz que le decía: "Vete al eremitorio donde está el bienaventurado Francisco y procúrate el agua con que se haya lavado las manos y los pies y rocía con ella a los bueyes; quedarán curados al instante. Se levantó muy temprano, marchó al eremitorio y contó la visión a los compañeros del bienaventurado Francisco.

94. A la hora de la comida, éstos recogieron en un recipiente el agua con que se había lavado las manos. Por la tarde le rogaron que les permitiese lavarle los pies, sin manifestarle el motivo de su deseo. Dieron luego esta agua al hombre, quien la llevó, y, como si fuera agua bendita, roció con ella a los bueyes que yacían medio muertos y a los demás. En seguida, por gracia del Señor y por los méritos del bienaventurado Francisco, todos quedaron curados del mal. En este tiempo, el bienaventurado Francisco llevaba ya las llagas en sus manos, pies y costado.

EL CANÓNIGO GEDEÓN DE RIETI

95. Por estos mismos tiempos, cuando el bienaventurado Francisco, por causa de la enfermedad de la vista, residía por algunos días en el palacio del obispo de Rieti, un clérigo de la diócesis llamado Gedeón, hombre muy mundano, se encontraba muy enfermo y con grandes dolores en los riñones, que le tenían postrado en cama desde hacía tiempo. Le era imposible moverse o volverse en su cama sin ayuda; no podía levantarse ni caminar sino llevado por varios; y aun así, iba encorvado y como encogido por los dolores de los riñones, sin ser capaz de ponerse tieso.

95. Un día se hizo llevar a donde el bienaventurado Francisco, se arrojó a sus pies y con abundantes lágrimas le suplicó que trazara sobre él la señal de la cruz. El bienaventurado Francisco le respondió: "¿Cómo voy a signarte con la señal de la cruz a ti que de tiempo atrás vienes viviendo según tus deseos carnales, sin meditar ni temer los juicios de Dios?" Pero, viéndole tan afligido por su enfermedad y por los dolores, se compadeció y le dijo: "Te signo en el nombre del Señor. Pero, si El se digna curarte, guárdate de volver a tu vómito, porque en verdad te digo que, si vuelves a él, te abrumarán mayores males que los anteriores y recibirás un castigo terrible por tus pecados y por tu ingratitud y tu desprecio de la bondad del Señor". E hizo la señal de la cruz sobre el clérigo, quien al momento se puso recto y se levantó curado interiormente. Al erguirse se oyó cómo crujían sus huesos de la parte de los riñones, como crujen las ramas secas al partirlas con las manos.

95. Como, pasados algunos años, volvió él a su mala vida sin atender a las recomendaciones que el Señor le hizo por medio de su siervo Francisco, sucedió que, habiendo cenado cierto día en casa de otro canónigo y habiendo quedado a dormir en ella, de repente cayó sobre todos el techo de la casa. Los demás pudieron escapar. Sólo quedó atrapado y murió el miserable.

ELOGIO DE LA MENDICIDAD

96. A su regreso de Siena y de Celle di Cortona, el bienaventurado Francisco vino junto a la iglesia de Santa María de la Porciúncula; marchó luego a vivir en Bagnaia, encima de Nocera, donde acababan de construir una casa para los hermanos y donde éstos moraban. Permaneció allí bastante tiempo.

96. Pero, como comenzaron a hinchársele los pies y las piernas a causa de la hidropesía, comenzó a sentirse muy mal. Al tener noticia las gentes de Asís de que estaba muy enfermo, vinieron en seguida a aquel lugar unos caballeros para llevarle a Asís. Temían que muriese allí y que otros se adueñaran de su santísimo cuerpo.

96. Cuando le llevaban enfermo, se detuvieron para comer en un castro del común de Asís . El bienaventurado Francisco con sus compañeros descansó en casa de un hombre que le recibió con mucha alegría y cariño. Los caballeros recorrieron todo el poblado para comprar lo que necesitaban, pero no encontraron cosa alguna. Volviéndose a donde el bienaventurado Francisco, le dijeron bromeando: "Hermano, vas a tener que damos parte de tus limosnas, porque nada hemos hallado para comer". El bienaventurado Francisco respondió con gran fervor de espíritu: "Si no habéis hallado cosa alguna, ha sido porque habéis puesto la confianza en vuestras moscas, es decir, en vuestros dineros y no en

96. Dios. Volved a las mismas casas donde quisisteis comprar y, sin avergonzaros, pedid limosna por el amor de Dios. El Espíritu Santo les inspirará y recibiréis todo en abundancia". Marcharon y pidieron limosna, como les había recomendado el santo Padre.

96. Todos, hombres y mujeres, les dieron en abundancia y con gran alegría de lo que tenían. Regresaron muy contentos y contaron al bienaventurado Francisco todo lo sucedido. Consideraron el caso como un gran milagro, pues todo había acaecido exactamente como él les había anunciado. Pedir limosna; por el amor del Señor Dios era, para el bienaventurado Francisco, una acción de la más alta nobleza, dignidad y distinción ante los ojos de Dios, y también ante los del mundo .

96. En efecto, todo lo que el Padre celestial creó para utilidad del hombre, continúa concediéndolo después del pecado, gratuitamente y a título de limosna, a dignos e indignos, por el amor que tiene a su querido Hijo. Por eso decía el bienaventurado Francisco que el siervo de Dios ha de pedir limosna por el amor del Señor Dios con mayor confianza y alegría que quien, queriendo comprar algo, por su generosidad y liberalidad fuese proclamando: "A quien me dé una moneda, le daré cien marcos de plata y hasta mil veces más". Pues el siervo de Dios ofrece el amor de Dios como pago a quien hace limosna; y, en su comparación, son nada todas las cosas que hay en la tierra y hasta las que hay en el cielo.

96. Tanto cuando eran pocos los hermanos como cuando fueron muchos, si, al ir por el mundo predicando el bienaventurado Francisco, algún noble o rico le invitaba por devoción a que quedara a comer en su casa y a hospedarse en ella (en muchas de las ciudades y castros a los que iba a predicar no había entonces lugares de los hermanos) aun cuando supiera que el que le había invitado había preparado por amor de Dios abundantemente todo lo necesario para el cuerpo, por motivo del buen ejemplo que debía dar a los hermanos y por la nobleza y dignidad de la dama Pobreza, a la hora de comer salía por limosna, y a veces decía al que le había invitado: "Jamás renunciaré a mi dignidad real, a mi herencia, a mi vocación y profesión y a la de todos los hermanos menores: ir a pedir limosna, aunque no recoja más que tres mendrugos, pues quiero ejercer mi oficio".

96. Y, contra la voluntad del anfitrión, salía por limosna. El que le había invitado le acompañaba en la mendicación, recogía las limosnas que daban al bienaventurado Francisco y luego las conservaba como reliquias por devoción a él. El que esto escribe lo ha visto muchas veces, y de ello da testimonio.

HOSPEDADO POR EL CARDENAL HUGOLINO, 
VA POR LIMOSNA ANTES DE LA COMIDA

97. Un día en que el bienaventurado Francisco visitaba al señor obispo de Ostia - que más tarde fue papa -, salió a la hora de comer a pedir limosna, eras lo hizo a escondidas para no molestar a dicho señor. Cuando regresó Francisco, el obispo estaba sentado a la mesa y había empezado a comer, pues aquel día tenía invitados unos caballeros parientes suyos. El bienaventurado Francisco puso la limosna sobre la mesa del señor obispo y se sentó junto a él (el señor obispo quería que el bienaventurado Francisco ocupara ese puesto cuando estaba a su mesa). El obispo estaba un tanto confuso por esta salida a mendigar, pero nada le dijo; sobre todo, en atención a los invitados.

97. Después de comer algo, el bienaventurado Francisco tomó sus limosnas y les fue dando un poco, de parte del Señor Dios, a los caballeros y a los capellanes del obispo. Todos recibieron su parte con gran respeto: unos la comieron; otros, por devoción a Francisco, la guardaron, y todos se descubrían la cabeza al recibir la limosna por devoción al santo Francisco. El señor obispo se alegró al observar la veneración que manifestaban los comensales, máxime teniendo en cuenta que el pan que recibían no era de trigo.

97. Terminada la comida, se retiró el señor obispo a su habitación, llevándose consigo al bienaventurado Francisco; elevó sus brazos y le abrazó allí con alegría y gozo desbordante, diciéndole: "Hermano mío simplón, ¿por qué me has afrentado saliendo a pedir limosna, cuando mi casa es la casa de tus hermanos?" El bienaventurado Francisco respondió: "Al contrario, señor, yo os he hecho un gran honor. En efecto, cuando un inferior cumple con su oficio y obedece a su señor, rinde homenaje al Señor y a su prelado". Y añadió: "Yo debo ser ejemplo y modelo de vuestros pobres. Sé que en la vida y religión de los hermanos hay y habrá hermanos menores de nombre y de hecho que, por el amor del Señor Dios y por la unción del Espíritu Santo que les instruye e instruirá en todas las cosas, se abajarán a toda humildad, sumisión y servicio de sus hermanos. Pero hay y habrá otros que, por vergüenza o por malas costumbres, rehusan y rehusarán humillarse y abajarse para mendigar y para desempeñar trabajos serviles. Por eso debo enseñar con mi comportamiento a quienes están en la Religión y a los que vendrán a la miseria para que no tengan excusa delante - de Dios ni en este mundo ni en el otro.

97. Así, pues, cuando estoy en vuestra casa, señor nuestro y papa nuestro , y en la de los grandes y de los ricos de este mundo, que por el amor del Señor Dios no sólo me reciben en sus casas con mucha devoción, sino que me obligan a quedarme con ellos, no quiero avergonzarme de ir a pedir limosna. Más bien, quiero tenerlo según Dios, como gran nobleza, como dignidad real y honor de aquel soberano Rey que, siendo Señor de todos, quiso hacerse por nosotros servidor de todos, y, siendo rico y glorioso en su majestad, vino a ser pobre y despreciado en nuestra humanidad. Por eso quiero que los hermanos presentes y los venideros sepan que para mí es mayor consuelo interior y exterior cuando me siento a la mesa pobre de los hermanos y contemplo ante mí las pobres limosnas que recogen pidiendo de puerta en puerta por el amor del Señor Dios, que cuando me siento a vuestra mesa o a la de otros señores y la veo cubierta abundantemente de toda clase de manjares, aunque sé que me los ofrecéis con gran devoción. El pan de la limosna es pan santo, santificado por la alabanza y por el amor de Dios, pues el hermano que va a mendigar debe empezar por decir: ‘Alabado y bendito sea el nombre de Dios’, y luego debe pedir: ‘Dadnos una limosna por el amor del Señor Dios’".

97. El señor obispo, muy edificado de esta conversación con el santo Padre, le dijo: "Hijo mío, haz como bien te parezca, pues el Señor está contigo y tú con El". El bienaventurado Francisco quería - y lo decía con frecuencia - que ningún hermano estuviera mucho tiempo sin salir a mendigar, para que luego no sintiera vergüenza cuando tuviera que hacerlo. Es más: cuanto más grande y noble había sido un hermano en el mundo, tanto más edificado quedaba y mayor alegría sentía al verle ir por limosna y desempeñar los trabajos humildes, por el buen ejemplo que daba a los demás. Es lo que se practicaba en los primeros tiempos.

97. En los comienzos de la Religión, cuando los hermanos moraban en Rivo Torto, había entre ellos uno que oraba poco y no trabajaba ni quería tampoco ir por limosna, porque le daba vergüenza, pero comía bien. El bienaventurado Francisco, considerando esta conducta, fue advertido por el Espíritu Santo de que se trataba de un hombre carnal. Por lo que le dijo: "Anda tu camino, hermano mosca, que quieres comer a costa del trabajo de tus hermanos y quieres vivir ocioso en el servicio de Dios, como el hermano zángano entre las abejas, que no recoge ni trabaja, y come el fruto y trabajo de las buenas abejas". Aquel hermano marchó por su camino, y, como era un hombre carnal, no imploro misericordia.

BESA EL HOMBRO DE UN HERMANO QUE TRAE LIMOSNA

98. Durante una de las permanencias del bienaventurado Francisco junto a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, volvía un varón espiritual de pedir limosna en Asís. Al llegar cerca de la iglesia, empezó a alabar a Dios en alta voz y con gran alegría. Al oírle el bienaventurado Francisco, salió de casa, corrió hacia él con gran alborozo y le besó en el hombro del que colgaba la alforja de las limosnas. Luego le arrebató la alforja y, cargándosela, la llevó a la casa de los hermanos y dijo ante ellos: "Así quiero ver a mi hermano al ir por limosna y al regresar con ella: contento y alegre".

SERENIDAD Y ALEGRÍA EN VÍSPERAS DE MORIR

99. Aquellos días en que, de regreso de Bagnaia, el bienaventurado Francisco estaba en cama muy enfermo en el palacio episcopal de Asís, los habitantes de la ciudad, temiendo que, si moría de noche, los hermanos llevasen secretamente el santo cuerpo para enterrarlo en otra ciudad, decidieron hacer guardia diligentemente todas las noches en tomo al palacio. El bienaventurado Francisco estaba muy enfermo. Para confortar su espíritu y para evitar que decayera su ánimo por las muchas y diversas dolencias, con frecuencia mandaba por el día a sus compañeros que cantaran las alabanzas del Señor que había compuesto mucho antes durante su enfermedad. También les hacía cantar por la noche, para edificación de los que, por él, montaban guardia alrededor del palacio.

99. El hermano Elías, viendo que el bienaventurado Francisco encontraba así contento y fortaleza en el Señor para sobrellevar tantas dolencias, le dijo un día: "Carísimo hermano, me consuela y edifica inmensamente la alegría que muestras por ti y tus compañeros en medio de tanta aflicción y dolor. Sin duda, los habitantes de esta ciudad te veneran como a un santo en vida y lo harán después que mueras; pero, como están convencidos de que tu enfermedad es grave e incurable y que pronto morirás, podrán pensar y decirse al oír cantar estas alabanzas: ‘¿Cómo puede mostrar tanta alegría próximo a morir? Debería pensar en la muerte’".

99. El bienaventurado Francisco le respondió: "¿Recuerdas la visión que tuviste en Foligno, en la que, según me dijiste, una voz te advirtió que yo no viviría más que dos años? Antes de tu visión, con frecuencia, de día y de noche, pensaba en la muerte por la gracia del Espíritu Santo, que despierta todo buen pensamiento en la mente de sus fieles y pone toda palabra buena en sus labios. Pero después de tu visión he procurado con mayor solicitud pensar en la hora de mi muerte". Y añadió con gran fervor de espíritu: "Deja, hermano, que me alegre en el Señor y que cante sus alabanzas en medio de mis dolencias; por la gracia del Espíritu Santo estoy tan íntimamente unido a mi Señor, que, por su misericordia, bien puedo alegrarme en el mismo Altísimo".

¡BIENVENIDA LA HERMANA MUERTE!

100. En otra ocasión y por aquellos días vino al mismo palacio para visitar al bienaventurado Francisco un conocido y amigo, médico de Arezzo, llamado Buen Juan. El Santo le preguntó sobre su enfermedad: "¿Qué opinas, hermano Juan, de mi hidropesía?" (El bienaventurado Francisco no quería designar por su nombre a los que se llamaban Bueno, por respeto al Señor, que dijo: Nadie es bueno, sino sólo Dios . Asimismo, ni de palabra ni por escrito quería llamar a persona alguna "padre" o "maestro", por respeto al Señor, que dijo: A nadie déis en este mundo el nombre de padre, ni permitáis que os llamen maestros, etc.)

100. El médico le respondió: "Hermano, con la gracia de Dios te irá bien". Lo quería decirle que pronto iba a morir. El bienaventurado Francisco insistió: "Hermano, dime la verdad, yo no soy un cobarde que teme a la muerte. El Señor, por su gracia y misericordia, me ha unido tan estrechamente a El, que me siento tan feliz para vivir como para morir". Entonces, el médico le dijo claramente: "Padre, según nuestros conocimientos médicos, tu mal es incurable, y morirás a fines de septiembre o el de octubre". El bienaventurado Francisco, que yacía enfermo, extendió los brazos y levantó sus manos hacia el cielo con gran devoción y reverencia y exclamó con gozo inmenso interior y - exterior: " Bienvenida sea mi hermana la muerte".

ULTIMAS VOLUNTADES DE SAN FRANCISCO

101. El hermano Ricerio, de la Marca de Ancona, noble por su nacimiento y más noble por su santidad, a quien el bienaventurado Francisco tenía gran afecto , vino un día al mismo palacio para visitarle. En el curso de la conversación, que versó sobre el hecho de la Religión y la observancia de la Regla, le suplicó: "Dime, Padre: ¿cuáles fueron tus intenciones cuando empezaste a tener hermanos y cuáles son las que ahora tienes y las que crees has de mantener hasta el día de tu muerte? Quisiera estar seguro de tus intenciones y de tu voluntad primera y última, para saber si nosotros hermanos clérigos, que tenemos tantos libros, los podemos guardar aunque digamos que pertenecen a la Orden".

101. El bienaventurado Francisco le contestó: "Hermano, ésta fue mi primera y última intención y voluntad, si mis hermanos me hubieran creído: ningún hermano debería tener otra cosa que el hábito, como se nos concede en la Regla, con la cuerda y los calzones".

101. Por lo que un día dijo a sus hermanos: "La religión y vida de los hermanos menores es un pequeño rebaño que el Hijo de Dios pidió en estos últimos tiempos a su Padre celestial, diciéndole: ‘Padre, yo quisiera que suscitaras y me dieras un pueblo nuevo y humilde que en esta hora se distinga por su humildad y su pobreza de todos los que le han precedido y que se contente con poseerme a mí solo’". El Padre dijo a su Hijo amado: "Hijo, lo que pides queda cumplido".

101. "Por eso - añadió el bienaventurado Francisco - , quiso el Señor que los hermanos se llamasen hermanos menores, pues ellos son este pueblo que el Hijo de Dios pidió a su Padre, y del que el mismo Hijo de Dios dice en el Evangelio: No temáis, pequeño rebaño, porque el Padre se ha complacido en daros el reino ; y también: lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis . Sin duda, se ha de entender que el Señor habló así refiriéndose a todos los pobres espirituales, pero principalmente predijo el nacimiento en su Iglesia de la Religión de los hermanos menores".

101. Tal como le fue revelado al bienaventurado Francisco que su Religión debía llamarse la de los hermanos menores, hizo él insertar este nombre en la primera reglas que presentó al señor papa Inocencio III, y que éste aprobó y le concedió y luego anunció a todos en el consistorio . El Señor le reveló también el saludo que debían emplear los hermanos, como hizo consignar en su testamento: "El Señor me reveló que para saludar debía decir: ‘El Señor te dé la paz’".

101. En los comienzos de la Religión, yendo de viaje el bienaventurado Francisco con un hermano que fue uno de los doce primeros, éste saludaba a los hombres y mujeres que se le cruzaban en el camino y a los que trabajaban en el campo diciéndoles: "El Señor os dé la paz" .

101. Las gentes quedaban asombradas, pues nunca habían escuchado un saludo parecido de labios de ningún religioso. Y hasta algunos, un tanto molestos preguntaban: "¿Qué significa esta manera de saludar?" El hermano comenzó a avergonzarse y dijo al bienaventurado Francisco: "Hermano, permíteme emplear otro saludo".

101. Pero el bienaventurado Francisco le respondió: "Déjales hablar así; ellos no captan el sentido de las cosas de Dios. No te avergüences, hermano, pues te aseguro que hasta los nobles y príncipes de este mundo ofrecerán sus respetos a ti y a los otros hermanos por este modo de saludar". Y añadió: "¿No es maravilloso que el Señor haya querido tener un pequeño pueblo, entre los muchos que le han precedido, que se contente con poseerle a El solo, Altísimo y glorioso?"

101. Mas, si alguno quisiera preguntar por qué el bienaventurado Francisco no obligó en su tiempo a los hermanos a observar una pobreza tan estricta como aquella de la que habló al hermano Ricerio, ni ordenó que la observasen los hermanos, nosotros que vivimos con él respondemos, tal como lo oímos de su boca, que él había dicho a los hermanos eso mismo y otras muchas cosas, e hizo también escribir en la Regla muchas cosas que pedía al Señor en asidua oración y meditación para utilidad de la Religión, afirmando que ésa la absoluta voluntad del Señor.

101. Pero, cuando las exponía a los hermanos, éstos las consideraban pesadas e insoportables, ignorando ellos entonces lo que había de sobrevenir a la Religión después de su muerte. No quiso entrar en lucha con los hermanos, ya que temía mucho el escándalo en sí como en los hermanos, y así cedió, a disgusto suyo, a la voluntad de ellos. Y se excusaba delante del Señor. Mas, a fin de que la palabra que el Señor había puesto en su boca para bien de los hermanos no volviera vacía al Señor , él quería cumplirla en sí mismo, y así obtener del Señor la recompensa. Con esto, finalmente, encontraba su espíritu descanso y paz.

"HEMOS PROMETIDO LA OBSERVANCIA DEL SANTO EVANGELIO"

102. En cierta ocasión y por los días en que acababa de regresar de ultramar, un ministro hablaba con él del capítulo de la pobreza con el deseo de conocer su voluntad y pensamiento en esta materia. Le preguntó, sobre todo, para que le esclareciese aquel pasaje de la Regla que cita las prohibiciones del Evangelio: "No llevéis cosa alguna para el camino, etc. El bienaventurado Francisco le respondió: "Mi pensamiento es que los hermanos no deberían tener más que el hábito con la cuerda y los calzones, como se prescribe en la Regla; y, en caso de necesidad, calzado". El ministro replicó: "¿Qué he de hacer yo, que tengo tantos libros que suponen un valor superior a las cincuenta libras?"

102. Preguntó esto porque quería tenerlos con seguridad de conciencia y, sobre todo, porque tenía remordimientos de poseer tantos libros, sabiendo que el bienaventurado Francisco interpretaba estrictamente el capítulo de la pobreza.

102. El bienaventurado Francisco le dijo: "Hermano, yo no puedo ni debo obrar contra mi conciencia, ni contra la observancia del santo Evangelio que hemos prometido". Al oír estas palabras, el ministro quedó triste; Viéndole tan turbado, el bienaventurado Francisco le dijo con fervor de espíritu, dirigiéndose en él a todos los hermanos: "Vosotros los hermanos menores queréis que los hombres os consideren y os llamen los observadores del santo Evangelio, pero en la práctica queréis tener bolsas" .

102. Los ministros sabían muy bien que, según la Regla, los hermanos estaban obligados a observar el santo Evangelio. Sin embargo, hicieron que se suprimiese el pasaje de la Regla que dice: No llevéis cosa alguna para el camino, etc., juzgando que ellos no estaban obligados a observar la perfección del santo Evangelio.

102. Por eso, el bienaventurado Francisco, advertido por el Espíritu Santo, se expresó así delante de algunos hermanos: "Los ministros, ¿piensan burlarse de Dios y de mí? Pues bien, a fin de que todos los hermanos sepan y queden advertidos de que están obligados a observar la perfección del santo Evangelio, quiero que se escriba al principio y al fin de la Regla: Los hermanos están obligados a observar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.

102. Y para que los hermanos nunca tengan excusa ante Dios, quiero mostrarles con las obras y observar siempre, con la ayuda del Señor, las prescripciones que El ha puesto en mi boca, como ya les dije y ahora les anuncio, para salud y bien de mi alma y de mis hermano". Efectivamente, él observó a la letra el santo Evangelio desde el día en que empezó a tener hermanos hasta la hora de su muerte.

EFICACIA APOSTÓLICA DE LOS SANTOS HERMANOS

103. Hubo una vez un hermano novicio que sabía leer el salterio, pero no bien. Como gustaba mucho de la lectura, pidió al ministro general permiso para tener un salterio. El ministro se lo concedió. Sin embargo, el novicio no quiso tener el salterio sin haber obtenido el consentimiento del bienaventurado Francisco, principalmente porque había oído decir que no quería que sus hermanos estuvieran ansiosos de ciencia y de libros, sino, más bien, los quería ver - como les predicaba - apasionados por la pura y santa simplicidad , por la santa oración y por la dama Pobreza. En ella se habían formado los santos y primeros hermanos, y creía el bienaventurado Francisco que éste es el camino más seguro para la salvación del alma. Y no es que despreciase o mirase con malos ojos la ciencia sagrada; al contrario, profesaba un afectuoso respeto a los sabios de la Religión y a todos los sabios, como lo dice en su testamento: "A todos los teólogos y a los que nos administran las palabras divinas les debemos honrar y tener en veneración, como a quienes nos administran el espíritu y la vida" .

103. Mas, mirando al futuro, sabía por el Espíritu Santo, y lo decía muchas veces a los hermanos, que muchos, con el pretexto de edificar a los demás, abandonarían su vocación, es decir, la pura y santa simplicidad, la santa oración y nuestra dama Pobreza; les sucedería que, creyendo iban a ser más devotos e iban a sentirse más inflamados en el amor de Dios por sus conocimientos de la Escritura, precisamente por este saber se encontrarían interiormente fríos y vacíos, y no podrían volver a su primera vocación por haber dejado pasar el tiempo que se les había dado para vivir su vocación. "Y temo mucho - concluía - que les sea quitado lo que creían tener , porque abandonaron su vocación".

103. Decía también: "Muchos son los hermanos que de día y de noche ponen todo su afán y empeño en la adquisición del saber, olvidando su santa vocación y la devota oración. Cuando hablan con algunos o predican al pueblo y ven o conocen que las gentes quedan edificadas o se convierten a penitencia al oír sus palabras, se hinchan y enorgullecen del trabajo y ganancia de otros. Ellos creen que los hombres se han edificado o convertido a penitencia por sus discursos, cuando ha sido el Señor quien les ha edificado y convertido por las oraciones de los santos hermanos, aunque estos lo ignoren, porque Dios quiere que no lo adviertan para que no encuentren en ello ocasión de orgullo. Estos son mis caballeros de la Tabla Redonda: los hermanos que viven ignorados en lugares desiertos y apartados para dedicarse con mayor diligencia a la plegaria y meditación, para llorar por sus pecados y por los de otros. Su santidad es conocida por Dios, aunque algunas veces sea ignorada por los hermanos y por las gentes. Cuando sus almas sean presentadas por los ángeles al Señor, éste les hará conocer el fruto y recompensa de sus trabajos, es decir, la multitud de almas salvadas por sus oraciones: puesto que habéis sido fieles en las cosas pequeñas, yo os constituiré sobre las grandes .

103. He aquí cómo explicaba el bienaventurado Francisco aquel d texto: La mujer estéril dio a luz muchos hijos y la madre de muchos se vio abandonada . "La mujer estéril - decía - es el religioso que por sus oraciones y virtudes se santifica y edifica a los demás".

103. Repetía frecuentemente estas palabras en sus coloquios con los hermanos, y, sobre todo, en el capítulo, junto a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, ante los ministros y los demás hermanos. De esta manera formaba a los ministros y a los predicadores para que obraran bien. Les inculcaba que la prelatura y el oficio y la solicitud de predicar jamás les debía llevar a abandonar la santa y devota oración, el ir por limosna y el trabajar con sus manos, como hacen los otros hermanos, por el buen ejemplo y para ganar sus almas y las de los demás.

103. Y añadía: "Los hermanos súbditos se edifican en gran manera al ver que sus ministros y los predicadores se entregan con gusto a la oración y se abajan y se humillan". Como fiel discípulo de Cristo, él mismo, mientras tuvo salud hacía lo que enseñaba a sus hermanos. Llegó cierto día el bienaventurado Francisco al eremitorio donde vivía el novicio de quien se ha hablado más arriba. Este se le acercó para decirle: "Padre, sería para mí un consuelo muy grande tener un salterio; pero, aunque el ministro general haya querido concedérmelo, quiero tenerlo de acuerdo con tu conciencia".

103. La respuesta del bienaventurado Francisco fue ésta: "El emperador Carlos, Rolando y Oliverio y todos los paladines y valientes guerreros, que fueron esforzados en el combate, persiguieron a los infieles hasta la muerte, sin ahorrar sudores y fatigas, y consiguieron sobre ellos una victoria gloriosa y memorable; y, por fin, los mismos santos mártires murieron en la lucha por la fe de Cristo. Son muchos los que buscan el honor y la alabanza de los hombres por la sola narración de estas gestas que aquéllos realizaron". Por eso, escribió la explicación de estas palabras en sus admoniciones, donde escribe: "Los santos hicieron las obras, y nosotros, con narrarlas y predicarlas, queremos recibir honor y gloria". Es como si dijera: La ciencia hincha y la caridad edifica .

DICHOSO QUIEN SE HACE ESTÉRIL POR DIOS

104. En otra ocasión, estando el bienaventurado Francisco sentado y calentándose junto a la lumbre, volvió el novicio a hablarle del salterio. El bienaventurado Francisco le dijo: "Cuando tengas un salterio, anhelarás tener un breviario; y, cuando tengas un breviario, te sentarás en un sillón como un gran prelado y dirás a tu hermano: ‘Tráeme mi breviario’". Diciendo esto, con gran fervor de espíritu tomó ceniza con la mano, la esparció sobre su cabeza y la restregó en la miseria como quien la lava, mientras decía: "¡Quiero breviario! ¡Quiero breviario!" Y repitió muchas veces estas palabras mientras continuaba haciendo el mismo gesto de la mano en la cabeza. El hermano quedó confuso y avergonzado.

104. Luego continuó el bienaventurado Francisco: "También yo, hermano, sufrí la tentación de tener libros; pero para conocer la voluntad del Señor sobre este punto tomé el libro de los evangelios y le pedí al Señor que me diera a conocer, en la primera página que yo abriese al azar, lo que El quería de mí. Terminada mi plegaria, abrí el libro, y ante mis ojos apareció este versículo: A vosotros se os ha dado conocer el misterio del reino de Dios, pero a los otros todo se les dice en parábolas" . Continuó: "Son tantos los que desean adquirir ciencia, que es dichoso quien se hace estéril por amor del Señor Dios".

EL NOVICIO QUE QUIERE UN SALTERIO

105. Muchos meses más tarde, estando el bienaventurado Francisco junto a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, se hallaba cerca de su celdilla en el camino que pasa detrás de la casa, cuando de pronto viene aquel hermano a hablarle otra vez del salterio. Le dijo el Santo: "Vete y haz lo que tu ministro te diga". Apenas oyó esto el hermano, inició el regreso por el mismo camino que había traído.

105. Quedóse el bienaventurado Francisco en el mismo sitio y se puso a reflexionar sobre lo que había dicho al hermano. Y en seguida le gritó: "Espera, hermano, espera". Y se le acercó para decirle: "Vuelve conmigo a indicarme el sitio donde te he dicho, en cuanto a tu salterio, que hagas lo que tu ministro te diga. Cuando retomaron al lugar, el bienaventurado Francisco se arrodilló ante el hermano, diciéndole: "Mea culpa, hermano, mea culpa. Quien quiera ser hermano menor, no debe tener sino las túnicas que concede la Regla, la cuerda y los calzones, y el calzado, si la manifiesta necesidad o la enfermedad lo exigen".

105. Cada vez que un hermano venía a pedirle consejo de este género, le daba la misma respuesta. Por lo que decía: "Tanto sabe el hombre cuanto obra; y tanto sabe orar un religioso, cuanto practica". Cómo si dijera: Al buen árbol no se le conoce sino por sus frutos

POR QUÉ TOLERABA CIERTOS ABUSOS

106. En los días en que el bienaventurado Francisco residía de nuevo en el mismo palacio, uno de sus compañeros le habló en cierta ocasión: "Padre, perdóname, porque lo que voy a decirte, ya lo han advertido otros muchos. Tú sabes cómo en tiempos anteriores, Por la gracia de Dios, floreció toda la Religión en la pureza de la perfección, cómo los hermanos observaban con celo y fervor la santa pobreza en todas las cosas: en casas pequeñas y pobres, en utensilios pequeños y pobres, en libros pequeños y pobres y en vestidos pobres. En esto como en las demás cosas exteriores eran todos de una sola voluntad, decididos a observar cuanto se refiere a nuestra profesión y vocación y al buen ejemplo; y así eran también unánimes en el amor a Dios y al prójimo. Ahora bien, desde hace poco tiempo esta pureza y esta perfección comenzaron a deteriorarse, aunque los hermanos, excusándose, repitan que todo esto no se puede observar por la multitud de los hermanos; muchos hermanos creen que hasta el pueblo está más edificado por esta nueva manera de vivir y les parece que así se vive de manera más conveniente. Menosprecian el camino de la simplicidad y de la pobreza, que fueron origen y fundamento de nuestra Religión. Viendo todo esto, creemos que te disgusta; pero estamos sorprendidos de cómo lo soportas y no lo corriges, si es que te disgusta". El bienaventurado Francisco respondió: "Hermano, que el Señor te perdone por haber intentado ser mi contrario y adversario y por mezclarme en cuestiones que no son de mi incumbencia". Y añadió: "Mientras tuve el gobierno de los hermanos y ellos permanecieron fieles a su vocación y profesión, a pesar de que desde los comienzos de mi conversión a Cristo era yo enfermizo, a poco que me preocupaba, les satisfacía con mi ejemplo y mis exhortaciones. Pero cuando vi que el Señor multiplicaba cada día el número de los hermanos, y que éstos, por tibieza y por falta de espíritu, empezaban a desviarse del camino recto y seguro por el que antes andaban y a tomar, como dices, otro más ancho, sin tener en cuenta ni su profesión, ni su vocación, ni el buen ejemplo; cuando me apercibí de que ni mis consejos ni mi modo de vivir podían apartarles de ese camino emprendido, entonces puse la Religión en manos del Señor y de los ministros. Yo renuncié a mi cargo, y me excusé ante los hermanos en el capítulo general de no poder, a causa de mi enfermedad, ocuparme del cuidado de los hermanos. Sin embargo, si los hermanos vivieran ahora y hubiesen vivido antes según mi voluntad, no querría, para su consolación, que tuvieran otro ministro que yo hasta el día de mi muerte. En efecto, cuando el súbdito fiel y bueno conoce y observa la voluntad de su prelado, no tiene éste que preocuparse mucho de él. Hasta experimentaría yo tanta alegría por la bondad de los hermanos y recibiría tan gran consuelo a la vista de nuestras ganancias, mías y suyas, que no me resultaría gravoso complacerlos aunque estuviera postrado en el lecho por la enfermedad".

106. Y dijo: "Mi cargo es espiritual: estar sobre los hermanos para contener los vicios y corregirlos. Y, si no puedo reprimirlos y enmendarlos con mis exhortaciones y mi ejemplo, no quiero convertirme en verdugo que castigue y flagele, como hacen los poderes de este mundo. Confío en el Señor que cairán sobre ellos los enemigos invisibles (funcionarios del Señor encargados de castigar en este mundo y en el otro a los transgresores de los mandamientos divinos), y se vengarán haciendo que sean castigados por los hombres de este siglo, con gran vergüenza y confusión suya, y así volverán a su vocación y profesión. Sin embargo, hasta el día de mi muerte no cesaré de enseñar con mi ejemplo y mi vida cómo han de marchar los hermanos por el camino que el Señor me mostró, y que yo les mostré y les enseñé a fin de que no hallen excusa delante del Señor, ni yo tenga que rendir cuentas más tarde ante Dios ni de ellos ni de mí mismo".

106. Por eso, hizo escribir en su testamento que todas las casas de los hermanos debían fabricarse de arcilla y madera, en señal de santa pobreza y humildad, y que las iglesias que habían de constituirse para los hermanos fuesen pequeñas. Es más: quiso que todo esto, y particularmente lo referente a la construcción de las casas dé madera y barro y cuanto hacía a los buenos ejemplos, comenzara a aplicarse en el lugar de Santa María de la Porciúncula, que fue el primer lugar donde, después que estuvieron los hermanos, el Señor comenzó a multiplicarlos; quería que por siempre constituyera un memorial para los hermanos presentes y para los que en el futuro han de entrar en la Religión.

106. Hubo quienes le dijeron que no les parecía bien que las casas se hicieran de barro y madera, porque la madera resultaba más cara que la piedra en muchos lugares y provincias. (El bienaventurado Francisco no quería discutir con ellos, pues estaba muy enfermo y a las puertas de la muerte; efectivamente, murió poco después.)

106. Pero escribió luego en su testamento: "Guárdense los hermanos de recibir en absoluto iglesias y moradas, ni nada de lo que se construye para ellos, si no son como conviene a la santa pobreza que prometimos en la Regla, hospedándose siempre allí como forasteros y peregrinos".

106. Nosotros que estuvimos con él cuando compuso la Regla y casi todos sus escritos, damos testimonio de que en la Regla y otros escritos suyos hizo poner muchas cosas de las que eras contrarios algunos hermanos, particularmente prelados. Y sucede que hoy, después de la muerte del bienaventurado Francisco, serían muy útiles a toda la Religión aquellas cosas a las que algunos hermanos se opusieron. Pero, como tenía tanto horror al escándalo, condescendía de mal grado a los deseos de los hermanos.

106. Decía con frecuencia: "¡Ay de los hermanos que se oponen a lo que sé que es voluntad de Dios para el mayor bien de la Orden! Aunque muy a pesar mío, condescenderé a sus deseos". Y muchas veces decía a sus compañeros: "Este es mi dolor y mi aflicción: que aquellas cosas que consigo de Dios a fuerza de mucha oración y meditación para utilidad actual y futura de toda la Religión y de las que he sido confirmado por El que son según su voluntad, las quitan algunos hermanos valiéndose de su autoridad y de las luces de la ciencia, diciendo: ‘Tales prescripciones se deben guardar y observar; tales otras, no’". Sin embargo, temía . tanto el escándalo, como hemos dicho, que transigía en muchas cosas y condescendía a deseos que iban en contra de su voluntad.

REPARACIÓN DE LAS PALABRAS OCIOSAS E INÚTILES

107. Estaba nuestro Padre junto a la iglesia de Santa María de la Porciúncula. Tenía la costumbre de ocuparse en algún trabajo a una con sus hermanos después de comer, para que ni él ni sus hermanos perdieran, por medio de palabras ociosas e inútiles después de la oración, el bien que con la asistencia de Dios habían ganado en ella. Por eso, un día, para evitar ese lapso de palabras ociosas e inútiles, mandando a sus hermanos que lo observaran, ordenó lo que sigue: "Si un hermano, estando entre los hermanos sin hacer nada o haciendo algo, profiriese alguna palabra ociosa o inútil, esté obligado a recitar una vez el padrenuestro, alabando a Dios al principio y al final de esa su oración. Pero con esta condición: si el transgresor, consciente de su falta, se acusa de ella antes de ser corregido, dirá el padrenuestro y las alabanzas de Dios en bien de su alma; si es advertido por otro hermano antes de que se acuse él mismo, dirá el padrenuestro por el hermano que le ha corregido, según el modo antes indicado. Pero si, advertido por un hermano, trata de excusarse y no quiere recitar el padrenuestro, lo dirá dos veces por el hermano corrector, si del testimonio de éste o tal vez del de otro tercero constase que la palabra vana o inútil había sido pronunciada. Recitará estas alabanzas de Dios al principio y al final de esa oración tan fuerte y clamante, que todos los hermanos presentes las oigan y entiendan; éstos durante tal recitación deben callar y escuchar. Si alguno no guarda silencio y habla mientras el otro reza deberá decir el padrenuestro con las alabanzas de Dios por el rezador. Siempre que un hermano entra a una celda, casa en otro sitio y encuentra allí o en otro sitio a uno o más hermanos, debe alabar y bendecir a Dios diligentemente". El muy santo Padre acostumbraba recitar siempre estas alabanzas, y su gran deseo y voluntad era que también los otros hermanos las dijeran igualmente con fervor y devoción.

DEVOCIÓN A LA EUCARISTÍA

108. Después del capítulo celebrado en el mismo lugar y en el que por primera vez fueron enviados hermanos a algunos países de ultramar, el bienaventurado Francisco, que había quedado allí con algunos hermanos, les dijo: "Mis muy queridos hermanos, yo debo ser modelo y ejemplo para todos. los hermanos. Por tanto, si he enviado a mis hermanos a países lejanos, donde sufrirán fatigas, humillaciones, hambre y pruebas de toda clase, es justo y me parece muy conveniente que también yo vaya a alguna comarca lejana para que mis hermanos puedan sobrellevar con mayor paciencia los sufrimientos y privaciones, sabiendo que también yo los soporto".

108. Y les ordenó: "Id y pedid al Señor para que acierte yo la provincia donde pueda trabajar para mejor gloria suya, provecho y salvación de las almas y buen ejemplo de nuestra Religión. Era, en efecto, costumbre del santísimo Padre, cuando se proponía partir a predicar no sólo en una provincia lejana. sino también en las provincias vecinas, orar y hacer orar a los hermanos para que el Señor le inspirase a dónde debía encaminarse según el deseo de Dios.

108. Los hermanos se retiraron, y, concluida la oración volvieron donde el bienaventurado Francisco, que les habló así: "En nombre de nuestro Señor Jesucristo, de la gloriosa Virgen su madre y de todos los santos, escojo la provincia de Francia, una nación católica que, entre todas las naciones católicas de la santa Iglesia, profesa la más grande veneración al cuerpo de Cristo, lo que me complace sobremanera. Por eso, me será muy grato estar con sus gentes".

108. El bienaventurado Francisco tenía, -en efecto-, grandísima reverencia y devoción al cuerpo de Cristo. Por ello, quiso escribir en la Regla que, en las provincias donde morasen, los hermanos debían tener cuidado y preocupación del mismo, y debían predicar y exhortar a los clérigos y sacerdotes a que tuviesen el cuerpo de Cristo en lugar decente y conveniente; si éstos no lo hacían, quería que lo hicieran los hermanos.

108. Y en cierta ocasión quiso también enviar por todas las provincias algunos hermanos con copones para que colocasen en ellos con respeto el cuerpo de Cristo cuando lo hallasen colocado en contra de las normas. Por reverencia al santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, quiso también insertar en la Regla que, "si los hermanos hallan escritos con las palabras y los nombres del Señor por los que se confecciona el santísimo sacramento no bien colocados o tirados indecorosamente por el: suelo, los recojan y levanten, honrando de esta manera al Señor en las palabras que El pronunció; muchas cosas se santifican, en verdad, por las palabras de Dios, y el sacramento del altar se realiza por la virtud de las palabras de Cristo".

108. Y aunque no escribió esta prescripción en la Regla, sobre todo porque los ministros no juzgaron oportuno ponerla como precepto, el santo Padre quiso manifestar a los hermanos en su testamento y en sus escritos su voluntad a este respecto. Quiso también enviar hermanos a todas las provincias con buenos y hermosos utensilios de hierro para la elaboración de las hostias.

108. Escogió el bienaventurado Francisco los hermanos que debían de acompañarle y les ordenó: "En el nombre del Señor, id de dos en dos en compostura y, sobre todo, en silencio, orando al Señor en vuestros corazones desde la mañana hasta después de tercia. Evitad las palabras ociosas o inútiles, pues, aunque vayáis de camino, vuestro comportamiento debe ser tan digno como cuando estáis en el eremitorio o en la celda. Pues dondequiera que estemos o a dondequiera que vayamos, llevamos nuestra celda con nosotros; nuestra celda, en efecto, es el hermano cuerpo, y nuestra alma es el ermitaño, que habita en ella para orar a Dios y para meditar. Si nuestra alma no goza de la quietud y soledad en su celda, de poco le sirve al religioso habitar en una celda fabricada por mano del hombre".

108. Cuando llegaron a Arezzo, casi la ciudad entera era presa de un escándalo espantoso y de una guerra que se mantenía día y noche. Había, en efecto, dos facciones que se odiaban desde tiempos atrás. El bienaventurado Francisco se alojó en un hospital a las afueras de la ciudad. En seguida se percató de la situación, y, al oír tanto alboroto y fragor durante el día y durante la noche, se persuadió de que eran los demonios quienes gozaban de ello e incitaban a todos los habitantes de la ciudad a destruirla por el fuego y otros medios peligrosos. Movido a piedad en favor de la ciudad, llamó al hermano Silvestre, sacerdote, hombre de Dios, de fe sólida y de una simplicidad y pureza admirables. El santo Padre le veneraba como a santo. "Vete - le dijo - a la puerta de la ciudad y en alta voz ordena a los demonios que salgan todos ellos de esta ciudad". El hermano Silvestre se levantó, marchó a la entrada de la ciudad y gritó con todas sus fuerzas: "Loado y bendito sea el Señor Jesucristo. De parte de Dios todopoderoso y en virtud de la santa obediencia a nuestro santísimo padre Francisco, ordeno a todos los demonios que salgan de esta ciudad".

108. Y gracias a la bondad de Dios y a la plegaria del bienaventurado Francisco, sin más predicación, se restablecieron al poco tiempo la paz y concordia entre aquellos ciudadanos. Al no poder predicarles en esta ocasión, el bienaventurado Francisco les dijo más tarde en el primer sermón que les dirigió: "Vengo a hablaros como a gente encadenada por los demonios. Vosotros mismos, por vuestra miseria, os encadenasteis y os vendisteis, como se vende a los animales en el mercado; os entregasteis en manos de los demonios al someteros a la voluntad de aquellos que se destruyen a sí mismos y continúan destruyéndose y quieren vuestra ruina y la de toda la ciudad. Sois miserables e ignorantes, pues no reconocéis los beneficios de Dios; pues, aunque algunos de vosotros lo ignoren, en cierta ocasión liberó a esta ciudad por los méritos de un hermano muy santo llamado Silvestre".

108. Habiendo llegado el bienaventurado Francisco a Florencia, encontró allí al señor Hugolino, obispo de Ostia, que más tarde fue papa. Este había sido enviado por el papa Honorio como legado al Ducado, a Toscana, Lombardía y la Marca de Treviso hasta Venecia . El señor obispo se alegró mucho de la llegada del santo Padre.

108. Pero, cuando le oyó que quería ir a Francia, se lo prohibió, diciéndole: "Hermano, no quiero que vayas a las partes ultramontanas, pues hay en la curia romana prelados y otras gentes que muy a gusto impedirían el bien de tu Religión. Otros cardenales y yo que la amamos, de muy buena gana la protegeremos y ayudaremos si permaneces en los alrededores de esta provincia".

108. El bienaventurado Francisco le respondió: "Señor, es muy vergonzoso para mí quedarme en estas provincias mientras he enviado a mis hermanos a países lejanos". El señor obispo le replicó en son de reproche: "¿Por qué enviaste a tus hermanos tan lejos a morir de hambre y a sufrir tantas calamidades?" El bienaventurado Francisco respondió con gran fervor y con espíritu de profecía: "Señor, ¿pensáis y creéis que el Señor Dios ha enviado a los hermanos sólo para estas provincias? Os digo de verdad: Dios ha elegido y enviado a los hermanos para provecho y salvación de todos los hombres del mundo entero; serán recibidos no sólo en los países de fieles, sino también de infieles. Y, con tal de que observen lo que prometimos al Señor, El les proveerá de lo necesario tanto en tierra de infieles como en la de fieles".

108. El señor obispo quedó admirado de estas palabras y reconoció que tenía razón, pero no le permitió marchar a Francia; el bienaventurado Francisco envió a aquel país al hermano Pacífico con otros hermanos , regresando él al valle de Espoleto.

RETRATO DEL VERDADERO HERMANO MENOR

109. Como se aproximaba la celebración del capítulo que se había de celebrar junto a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, el bienaventurado Francisco dijo un día a su compañero: "No me consideraré hermano menor mientras no tenga lo que te voy a decir: piensa que los hermanos vienen con gran devoción y veneración a visitarme y me invitan al capítulo, y yo, conmovido por su devoción, voy al capítulo con ellos. Estando todos reunidos, me piden que anuncie la palabra de Dios a toda la asamblea. Me levanto y hablo según me inspira el Espíritu Santo. Supongamos que al término de mi sermón reflexionan y se levantan contra mí, diciendo: ‘No queremos que reines sobre nosotros , no tienes elocuencia, eres muy simple; nos avergonzamos de tener por superior a uno tan simple y despreciable; en adelante no tengas la pretensión de decir que mes nuestro prelado’. Y me desprecian y me expulsan del capítulo. Pues bien, no me consideraría hermano menor si no me siento tan gozoso cuando me vilipendian y me arrojan vergonzosamente porque no me quieren de superior, como cuando me honran y veneran, a condición de que el provecho de ellos sea igual en entrambos casos. Pues, si me congratulo de su aprovechamiento y devoción cuando me exaltan y honran - que en esto puede correr peligro mi alma - , más he de alegrarme y regocijarme, por mi aprovechamiento y el bien de mi alma cuando me vituperan y arrojan vergonzosamente, ya que esto es para mí una ganancia".

LA HERMANA CIGARRA

110. Era en verano. El bienaventurado Francisco moraba en el mismo lugar y habitaba la última celda, cerca del seto del jardín detrás de la casa; la misma celda que, después de la muerte del Santo, habitaba el hermano Rainerio el hortelano. Un día, al bajar de aquella celdilla, vio al alcance de su mano una cigarra posada en una rama de la higuera que hay junto a la celda. Extendió la mano hacia la cigarra y le habló: "Ven, mi hermana cigarra". En seguida ésta trepa a lo largo de sus dedos; mientras la acaricia con un dedo de la otra mano, le dice: "Canta, mi hermana cigarra". Ella le obedeció en seguida y se puso a cantar, lo cual inundó de consuelo al bienaventurado Francisco, que también se puso a alabar a Dios. Así transcurrió una hora larga. Luego la colocó en la misma rama de la higuera de donde la había tomado.

110. Cada vez que el Santo bajaba de su celda durante ocho días, la hallaba en el mismo sitio, la ponía en su mano, y tan pronto le decía, acariciándola, que cantase, ella cantaba. Pasados los ocho días, dijo a sus compañeros: "Vamos a dar permiso a la hermana cigarra para que vaya a donde quiera. Nos ha consolado bastante. Y podría ser ocasión de vanagloria para nuestra carne". Recibido el permiso, partió la cigarra y no volvió a aparecer.

110. Los compañeros admiraron la obediencia y la mansedumbre que mostró la cigarra al bienaventurado Francisco. Tanta alegría encontraba él en las criaturas por amor del Creador, que el Señor, para consuelo de su alma y de su cuerpo, amansaba las criaturas que para el resto de los hombres son salvajes.

QUIERE SER EJEMPLO PARA TODOS LOS HERMANOS

111. En cierta ocasión, el bienaventurado Francisco residía en la ermita de San Eleuterio, cerca del castro llamado Condigliano, en la comarca de Rieti. Como no vestía más que una túnica, por razón del frío intenso que hacía y de la necesidad manifiesta reforzó interiormente con algunos retazos su túnica y la de su compañero. Con ello encontró algún alivio su cuerpo.

111. Poco después, al regresar un día de la oración, con gran alegría dijo a su compañero: "Debo ser modelo y ejemplo para todos los hermanos. Por tanto, aunque mi cuerpo necesite llevar la túnica reforzada con retazos, debo pensar en mis hermanos, que, teniendo esta misma necesidad, acaso no tienen ni pueden tener la posibilidad de hacer otro tanto. Entonces yo debo ponerme en su situación y soportar sus privaciones, a fin de que ellos las sobrelleven más pacientemente viendo mi modo de obrar".

111. Nosotros que hemos vivido con él no podríamos contar cuántas fueron las veces que negó a su cuerpo lo necesario en la comida y en el vestido para dar buen ejemplo a los hermanos, y para ayudarles así a soportar más pacientemente su indigencia. En todo tiempo, pero especialmente cuando el número de hermanos comenzó a crecer y él renunció al cargo de superior, el principal y supremo cuidado del bienaventurado Francisco fue enseñar a sus hermanos, con las obras más que con las palabras, lo que debían hacer y lo que debían evitar.

¿QUIÉN HA PLANTADO LA RELIGIÓN DE LOS HERMANOS?

112. Un día, viendo y oyendo que algunos hermanos daban mal ejemplo en la Orden y que otros hermanos se apartaban de la cima de su profesión, con el corazón dolorido se dirigió al Señor en la oración para decirle: "Señor, te confío la familia que me diste". El Señor le respondió: "Dime: ¿por qué estás tan triste cuando un hermano abandona la Religión u otros no van por el camino que te mostré? Dime: ¿quién ha plantado la Religión de los hermanos? ¿Quién hace que el hombre se convierta para que en la religión haga penitencia? ¿Quién da la fuerza para perseverar? ¿No soy yo?"

112. Y le fue dicho en espíritu: "No escogí en tu persona a un sabio, ni a un hombre elocuente para gobernar mi familia religiosa, sino a un hombre simple, para que sepas tú y sepan los demás que soy yo quien vigilaré sobre mi grey. Te puse en medio de los hermanos como un signo para que las obras que hago en ti las vean ellos y las pongan, a su vez, en práctica. Los que andan por mis caminos me poseen y me poseerán más plenamente aún; pero los que no quieren andar por ellos serán desposeídos de lo que creen tener. Por eso, te digo que no te aflijas tanto; haz bien lo que haces, trabaja bien lo que trabajas, pues yo he plantado la Religión de los hermanos en la caridad perpetua. Has de saber que la amo tanto, que, si alguno de los hermanos vuelve a su vómito y muere fuera de la Religión, llamaré a otro para que reciba la corona que le estaba designada a aquél. Y, aun en el caso de que ese otro no hubiera nacido, haré que nazca. Y has de saber que amo de corazón la vida y religión de los hermanos; y tanto la amo, que, aun en la hipótesis de que en la Religión de los hermanos no quedaran más que tres, no la abandonaré jamás".

112. Estas palabras confortaron el ánimo del bienaventurado Francisco, que quedaba muy contristado cada vez que tenía noticias de que los hermanos habían dado algún mal ejemplo. Y, aunque no podía impedir del todo la tristeza cuando le contaban alguna falta de los hermanos, sin embargo, después que el Señor le animó con las dichas palabras, las evocaba en su recuerdo y se las repetía a sus hermanos.

112. Les decía también muchas veces en los capítulos y en las exhortaciones: "He resuelto y he prometido guardar la Regla; los hermanos se obligaron también a observarla. Desde que renuncié al cargo de superior de los hermanos, no me siento obligado, en razón de mis enfermedades, sino a darles buen ejemplo para mayor utilidad de mi alma y de la de todos ellos. Pues he aprendido del Señor, y estoy seguro de ello, que, aunque la enfermedad no fuera razón suficiente para retirarme, el mayor servicio que puedo prestar a la Religión es pedir al Señor todos los días que la gobierne, la conserve, la proteja y la defienda, pues a esto me obligué ante el Señor y ante los hermanos: quiero tener que rendir cuentas al Señor si algún hermano se perdiere por mi mal ejemplo". Cuando algún hermano venía a decirle que debía ocuparse más de los asuntos de la Religión, le contestaba: "Los hermanos tienen su Regla; incluso se comprometieron a ella. Y para que ellos no tengan excusa, volví a prometerla ante ellos cuando plugo al Señor hacerme su superior, y quiero continuar en su observancia hasta el fin de mi vida. Por eso, desde que los hermanos saben lo que han de hacer y han de evitar, no me queda sino predicarles con el ejemplo, ya que para esto les he sido dado durante mi vida y después de mi muerte.

NO SUFRE QUE HAYA OTRO MAS POBRE QUE ÉL

113. Yendo en cierta ocasión de predicación por una provincia el bienaventurado Francisco, se encontró con un hombre muy pobre. Ante el espectáculo de tanta pobreza, dijo a su compañero: "La pobreza de este hombre nos avergüenza y nos reprocha nuestra pobreza". "¿Cómo, hermano?", preguntó el compañero. "Es para mí - dijo él - una gran vergüenza el encuentro con uno que es más pobre que yo. He escogido la santa pobreza para hacerla mi señora, mis delicias, mi tesoro espiritual y temporal. Sepa todo el mundo que he hecho profesión de pobreza ante Dios y los hombres. Por eso, debo sentir vergüenza cuando hallo otro más pobre que yo".

CORRIGE A UN HERMANO QUE PIENSA MAL DE UN POBRE

114. El bienaventurado Francisco había llegado al eremitorio de los hermanos de Rocca di Brizio para predicar a las gentes de aquella provincia; el día del sermón se le acercó un hombre pobre y enfermizo. Al verlo, se fijó en su pobreza y enfermedad, y, compadecido, comentaba con su compañero la desnudez y enfermedad del pobre.

112. Su compañero le dijo: "Hermano, es verdaderamente muy pobre, pero puede ser que no haya en toda la provincia otro que sea más rico que él en el deseo". El bienaventurado Francisco le reprendió por no haber hablado bien, y el hermano reconoció su falta. Entonces le preguntó: "¿Quieres hacer la penitencia que te indique?" "Con mucho agrado", contestó. "Pues bien: despójate de la túnica y vete desnudo a postrarte a los pies del pobre; dile cómo has pecado contra él calumniándole y ruégale que ore por ti para que Dios te perdone".

112. Fue el hermano e hizo lo que le había ordenado; luego se levantó, se puso la túnica y regresó. El bienaventurado Francisco le dijo: "¿Quieres que te diga cómo has pecado contra ese, pobre y hasta contra el mismo Cristo?" Y añadió: "Cuando ves a un pobre, debes pensar en Aquel en cuyo nombre se te acerca, es decir, en Cristo, que vino a tomar sobre sí nuestra pobreza y nuestras dolencias. La pobreza y la enfermedad de este hombre son un espejo en el que debemos ver piadosamente la pobreza y el dolor que nuestro Señor Jesucristo sufrió en su cuerpo para salvar al género humano".

UNOS BANDIDOS SE CONVIERTEN

115. En el eremitorio que los hermanos tienen encima de Borgo San Sepolcro, sucedió que venían, a veces, unos ladrones a pedir pan a los hermanos; vivían escondidos en los grandes bosques de la provincia, pero de vez en cuando salían de ellos para despojar a los viajamos en la calzada o en los caminos. Algunos hermanos del lugar decían: "No está bien que les demos limosnas, ya que son bandidos que infieren tantos y tan grandes males a los hombres". Otros, teniendo en cuenta que pedían limosna con humildad y obligados por gran necesidad, les socorrían algunas veces, exhortándoles, además, a que se convirtieran e hicieran penitencia.

115. Entre tanto llegó el bienaventurado Francisco al eremitorio. Y como los hermanos le pidieron su parecer sobre si debían o no socorrer a los bandidos, respondió: "Si hacéis lo que voy a deciros, tengo la confianza de que el Señor hará que ganéis las almas de esos hombres". Y les dijo: "Id a proveeros de buen pan y de buen vino y llevadlos al bosque donde sabéis que ellos viven y gritad: ‘¡Venid, hermanos bandidos. Somos vuestros hermanos y os traemos buen pan y buen vino’. En seguida acudirán a vuestra llamada. Tended un mantel en el suelo y colocad sobre él el pan y el vino y servídselos con humildad y buen talante. Después de la comida exponedles la palabra del Señor y por fin hacedles, por amor del Señor, un primer ruego: que os prometan que no golpearan ni harán mal a hombre alguno en su persona. Si pedís de ellos todo de una vez, no os harán caso. Los bandidos os lo prometerán al punto movidos por vuestra humildad y por el amor que les habéis mostrado. Al día siguiente, en atención a la promesa que os hicieron, les llevaréis, además de pan y vino, huevos y queso, y les serviréis mientras comen. terminada la comida, les diréis: "¿Por qué estáis aquí todo el día pasando tanta hambre y tantas calamidades, maquinando y haciendo luego tanto mal? Si no os convertís de esto, perderéis vuestras almas. Más os valdría servir al Señor, que os deparará en esta vida lo necesario para vuestro cuerpo y luego salvará vuestras almas. Y el Señor, en su misericordia, les inspirará que se conviertan por la humildad y caridad que habéis tenido con ellos".

115. Se levantaron los hermanos y obraron según el consejo del bienaventurado Francisco. Los bandidos, por la gracia y la misericordia de Dios, que descendió sobre ellos, aceptaron y cumplieron a la letra punto por punto todas las peticiones hechas por los hermanos; y, agradecidos a la familiaridad y caridad que les mostraron los hermanos, empezaron a llevar a hombros leña para el eremitorio. Así, por la misericordia de Dios y gracias a la caridad y bondad que los hermanos tuvieron con ellos, unos ingresaron en la Religión, otros se convirtieron a la penitencia y prometieron ante los hermanos no cometer más tales fechorías y vivir en adelante del trabajo de sus manos.

115. Mucho se admiraron los hermanos y cuantos oyeron y conocieron lo sucedido con los ladrones; les hacía ver la santidad del bienaventurado Francisco: tan pronto se convirtieron al Señor quienes mas pérfidos e inicuos, según él lo había anunciado.

DESCUBRE EL ENGAÑO DE UN HERMANO QUE PASABA POR SANTO

116. Había un hermano que llevaba una vida santa y ejemplar: día y noche se dedicaba a la oración y guardaba un silencio tan riguroso, que, a veces, cuando se confesaba con un hermano sacerdote, lo hacía por señas, sin decir una sola palabra. Parecía ser muy devoto y fervoroso en el amor de Dios: cuando se sentaba con los hermanos, aunque no hablase, manifestaba tanta alegría interior y exterior al escuchar cualquiera conversación piadosa, que movía a devoción a los hermanos y a todos los que le veían. Todos le miraban como a un santo.

116. Llevaba este hermano muchos años en este género de vida cuando llegó el bienaventurado Francisco al lugar donde él moraba. Al enterarse de su manera de actuar, dijo a los otros hermanos: "Sabed en verdad que es una tentación diabólica y un engaño, pues no quiere confesarse".

116. Llegó allí el ministro general para visitar al bienaventurado Francisco, y ante éste comenzó a elogiar al hermano. El bienaventurado Francisco le dijo: "Créeme, hermano, que éste está engañado y es conducido por el espíritu maligno". A lo que el ministro general respondió: "Me parece asombroso y casi increíble que un hombre en el que vemos tantas señales y obras de santidad, pueda ser lo que dices". "Haz la prueba - replicó Francisco - . Mándale que se confiese dos veces, o al menos una cada semana. Si no te hace caso, sábete que es verdad lo que te he dicho".

116. Un día en que el ministro general hablaba con este hermano, aprovechó la ocasión para decirle: "Hermano, quiero firmemente que te confieses dos veces, o al menos una por semana". El hermano puso un dedo sobre los labios y movió la cabeza, dando a entender con los gestos que no lo haría. El ministro no insistió más por temor a escandalizarle.

116. Pocos días después, este hermano abandonó voluntariamente la Religión y tornó al siglo vistiendo de seglar. Cierto día, dos de los compañeros del bienaventurado Francisco que iban de camino encontraron a este hombre que andaba solo, como un pobrísimo peregrino. Compadecidos, le dijeron: "Pobrecito, ¿dónde está la vida piadosa y santa que tu llevabas? No querías darte a conocer a tus hermanos ni les hablabas, amante de la vida solitaria. Y ahora vas por el mundo como hombre que no conoce a Dios y a sus siervos". Comenzó a hablarles, perjurando como suelen los hombres del mundo. Dijéronle los hermanos: "Desgraciado, ¿por qué perjuras como los hombres del mundo, cuando en otro tiempo, estando en la Religión, te abstenías no sólo de palabras ociosas, sino incluso de las buenas?" A lo que respondió: "No puede ser de otro modo". Y se separaron. Pocos días después murió.

116. Los hermanos y otras personas admiraron el hecho y se percataron de la santidad del bienaventurado Francisco, que había anunciado su caída cuando era considerado como un santo por los hermanos y otros hombres.

PERSECUCIONES DIABÓLICAS Y CONSUELOS

117. Una vez, el bienaventurado Francisco fue a Roma para visitar al señor Hugolino, obispo de Ostia, que más tarde fue papa. Después de estar con él unos días, y con su anuencia, fue a visitar al señor León, cardenal de Santa Cruz . Era éste muy afable y cortés y tenía suero gusto en estar con el bienaventurado Francisco, a quien veneraba profundamente. Por eso, suplicó a éste con entera devoción que se quedara algunos días con él, pues, siendo invierno, arreciaba el frío y casi todos los días corría un viento fuerte y llovía mucho, como suele ocurrir en esa época del año. "Hermano - le dijo - , este tiempo no es bueno para viajar. Es mi deseo que, si no tienes inconveniente, te quedes en mi casa hasta que el tiempo mejore para viajar; como todos los días doy de comer a cierto número de pobres, recibirás la comida en lugar de uno de ellos". El señor cardenal le hablaba así porque sabía que, aun siendo de tanta santidad que era venerado como santo por el señor papa, por los cardenales y por todos los magnates de este mundo que le conocían, el bienaventurado Francisco en su humildad quería ser recibido siempre como un pobrecillo dondequiera le ofrecieran hospitalidad . Y añadió: "Voy a poner a tu disposición una buena casa retirada, donde podrás comer y orar según lo desees".

117. Estaba con el señor cardenal el hermano Ángel Tancredi , uno de los doce primeros hermanos; dijo éste al bienaventurado Francisco: "Hermano, hay cerca de aquí, en la muralla de la ciudad, una bella torre amplia y espaciosa, con nueve galerías. Allí podrás encontrarte tan apartado del bullicio como en un eremitorio". "Vamos a verla", respondió el bienaventurado Francisco.

117. Cuando la vio le agradó, y, volviendo a donde el señor cardenal, le dijo: "Señor, acaso quede con vos algunos días". El señor cardenal se alegró. Fuese el hermano Ángel y dispuso la torre de manera que el bienaventurado Francisco con su compañero pudieran habitarla de día y de noche, pues, en tanto fuese huésped del cardenal, no quería bajar de allí ni de día ni de noche; el hermano Ángel se ofreció a darles la comida al bienaventurado Francisco y a su compañero desde fuera, pues ni él ni otro debía llegarse a donde él.

117. Marchó el bienaventurado Francisco con su compañero a establecerse en la torre. La primera noche, cuando se disponía a conciliar el sueño, cayeron sobre él los demonios y le apalearon fuertemente. En seguida gritó a su compañero, que estaba alejado de él: "Ven aquí". El hermano se levantó y acudió presuroso. El bienaventurado Francisco le dijo: "Hermano, los demonios me han golpeado con dureza; quiero que quedes aquí conmigo, por que tengo miedo de estar solo". El hermano permaneció junto a él toda la noche. El bienaventurado Francisco temblaba como quien tiene fiebre. Los dos estuvieron de vigilia toda la noche.

117. El bienaventurado Francisco hablaba con su compañero y le decía: "¿Por qué me habrán apaleado los demonios? ¿Por qué habrán recibido del Señor permiso para hacerme mal?" Y proseguía así en su reflexión: "Los demonios son mandatarios de nuestro Señor. Lo mismo que el podestá envía sus guardias para castigar a un culpable, también el Señor corrige y castiga a los que ama por medio de sus guardias, es decir, los demonios, que en esta función son sus ministros. Ocurre frecuentemente que aun el religioso perfecto peca por ignorancia .

117. "Por eso, como ignora su pecado, es castigado por el diablo, para que por este castigo vea y considere diligentemente en su interior y exterior en qué ha ofendido, pues nada queda impune en aquellos a quienes ama el Señor más tiernamente en esta vida. En cuanto a mí, puedo decir que, por la gracia y bondad de Dios, no veo falta alguna de la que no me haya purificado por la confesión y satisfacción.

117. "Más aún, en su misericordia, me ha concedido el don de conocer en la oración las cosas en que le puedo agradar o desagradar. Mas puede ser, según pienso, que el Señor ha querido castigarme por medio de sus mandatarios por el motivo siguiente: sin duda, el señor cardenal me trata con bondad de buen grado; mi cuerpo tiene necesidad de cuidados, y yo los puedo aceptar de él con confianza; pero mis hermanos, que andan por el mundo sufriendo hambre y toda clase de tribulaciones y los que viven en casas pobrecillas y en los eremitorios, al oír que soy huésped del señor cardenal, podrán tener pretexto para murmurar contra mí. Podrán decir: ‘Mientras nosotros sufrimos toda suerte de privaciones, él tiene sus consuelos’.

117. "Por esto, tengo que darles siempre buen ejemplo; máxime teniendo en cuenta que para eso les he sido dado. Los hermanos quedan más edificados cuando vivo con ellos en lugares pobrecillos que cuando estoy en otros lugares; sobrellevan sus tribulaciones con más paciencia cuando oyen y saben que también yo las sufro con ellos". Y, aunque el bienaventurado Francisco fuese enfermo de siempre - estando en el siglo era ya delicado y endeble de constitución - y día a día hasta su muerte fuese enfermo cada vez más, sin embargo, consideraba que tenía que dar buen ejemplo a los hermanos y que debía evitar siempre a éstos todo motivo de murmuración, de suerte que no pudieran decir: "El tiene todo lo necesario y nosotros no lo tenemos". Y fueron tantas las privaciones, que, sano o enfermo, se quiso imponer hasta el día de su muerte, que cuantos tuvieren noticia de ellas como la tenemos nosotros que por algún tiempo convivimos con él hasta el fin de sus días - y las quisieren recordar, no podrán contener sus lágrimas, y, si sufren necesidades y tribulaciones, las soportarán con mayor paciencia.

117. El bienaventurado Francisco bajó muy temprano de la torre y se fue a contar al señor cardenal todo lo que había pasado y todo lo que había comentado con su compañero. Y añadió: "Las gentes tienen gran confianza en mí y me creen un santo. Pero ahora sucede que los demonios me han arrojado de la cárcel". El quería vivir, en efecto, retirado en aquella torre como en una cárcel, sin hablar con nadie más que con su compañero. Mucho se alegró el señor cardenal de verle otra vez; pero, porque le reconocía y veneraba como a un santo, quedó satisfecho de su decisión de no permanecer allí más tiempo. Habiendo conseguido el bienaventurado Francisco el consentimiento para partir, volvió al eremitorio de San Francisco de Fonte Colombo, cerca de Rieti.

LA VISIÓN DEL SERAFÍN EN EL MONTE ALVERNA

118. El bienaventurado Francisco llegó un día al eremitorio del monte Alverna, lugar que le agradó tanto por su aislamiento, que decidió hacer allí una cuaresma en honor de San Miguel Había llegado al lugar antes de la fiesta de la Asunción de la gloriosa Virgen María; contó los días que separaban la fiesta de Santa María de la de San Miguel: mas cuarenta. Entonces dijo: "En honor de Dios y de la bienaventurada Virgen María, su madre, y del bienaventurado Miguel, príncipe de los ángeles y de las almas, quiero hacer aquí una cuaresma"

118. Entró en la celda que pensaba ocupar continuamente durante todo ese tiempo; la primera noche rogó al Señor que le diera una señal de si era voluntad divina que él se quedara allí. Es que, cuando el bienaventurado Francisco se detenía en algún lugar para orar o cuando iba por el mundo a predicar, se preocupaba siempre de conocer la voluntad del Señor para poder agradarle más. Temía algunas veces que, so pretexto de retirarse a la soledad para orar, su cuerpo buscase en realidad descansar y rehuir las fatigas de ir por el mundo a predicar, que es por lo que Cristo bajó del cielo a éste mundo. Incluso hacía que los que él estimaba queridos del Señor rogaran para que les revelara si su deseo era que fuese a predicar por el mundo o si en alguna ocasión quería que quedara en un lugar solitario para dedicarse a la oración .

118. Estaba orando al despuntar el día, cuando pájaros de todas clases vinieron a posarse sobre la celda que habitaba. Pero no todos al mismo tiempo: venía uno, que desgranaba su dulce melodía y se retiraba; venía otro, cantaba y remontaba el vuelo, y así los demás. Este hecho fue para el bienaventurado Francisco motivo de gran admiración y de inmenso consuelo. Como quería saber lo que esto significaba, oyó interiormente la voz del Señor: "Esto es señal de que el Señor te hará bien en esta celda y en ella te concederá muchos consuelos". Y así fue en verdad. Efectivamente, entre otras muchas consolaciones ocultas o manifiestas que le otorgó el Señor, destaca la visión del serafín: inundó su alma de un inmenso consuelo, que, renovando los lazos de sus relaciones con el Señor, perduró a lo largo de su vida. Cuando su compañero le trajo la comida aquel día, le contó todo lo acontecido.

118. Fueron muchas las consolaciones que conoció en esta celda; pero, según refirió a su compañero, los demonios le hicieron sufrir muchas tribulaciones por las noches. Por eso dijo una vez: "Si supieran los hermanos todo lo que me hacen sufrir los demonios, ninguno de ellos me negaría su piedad y compasión". P