La Leyenda de santa Clara virgen

 

Carta proemio dirigida al Sumo Pontífice
acerca de la Leyenda de santa Clara virgen

Como si lo arrastrase todo la decrepitud misma de aquel mundo ya caduco, la visión de la fe se entenebrecía, se debilitaba el vigor de las costumbres, decaían las varoniles empresas, de suerte que a la descomposición de la época se sumaba la podredumbre de los vicios, cuando el incansable amador de los hombres, Dios, extrayendo de los secretos tesoros de su misericordia nuevas formas de vida religiosa, proveyó, por medio de ellas, de apoyo firme a la fe y de norma segura a la reforma de costumbres. A estos modernos fundadores y a sus fieles seguidores me atrevería a proclamarlos «lumbreras del orbe, guías del camino, maestros de la vida»; pues por ellos surgió un sol de mediodía en aquel mundo crepuscular, «para que vea la luz quien caminaba en tinieblas» (Is 9,2).

Y no podía faltar esta providencial ayuda al sexo débil, que, atrapado también en el torbellino de la concupiscencia, si con parecida violencia sentía la atracción del vicio, aún más fácilmente, por su misma debilidad, era arrastrado a él. Por eso, el misericordioso Dios suscitó a la venerable virgen Clara, haciendo de ella clarísimo luminar para todas las mujeres; a la que tú, santísimo Padre, «colocándola en el candelero para que alumbre a todos los que están en la casa» (Mt 5,15), gratamente forzado por la evidencia de sus milagros, has inscripto en el catálogo de los Santos.

De estas Órdenes a ti te honramos como a padre, te confesamos su providencia, te abrazamos como a su protector, te veneramos como a su señor. Y reconocemos que, pese a que el gobierno de la inmensa nave universal de la Iglesia te exige un cuidado permanente, no dejas de prestar tu solicitud singular a esta pequeña navecilla.

Ahora bien, ha parecido conveniente a vuestra Señoría encargar a este pobrecillo que, examinadas las actas o proceso de canonización de santa Clara, componga una biografía suya; labor esta que mi impericia literaria no osara acometer, de no habérmela requerido de palabra, repetidas veces, vuestra autoridad pontificia. Disponiéndome, por tanto, a secundar lo mandado y no juzgando método seguro poner manos a la obra utilizando el documental incompleto que leía, acudí a los compañeros del bienaventurado Francisco (1) y aun a la misma comunidad de las vírgenes de Cristo, repensando frecuentemente en mi corazón aquella norma antigua de que no está permitido urdir una historia sin haberse informado de testigos oculares o de quienes se han enterado por ellos. Documentado, pues, más ampliamente con total veracidad en presencia de Dios por tales testigos, he recogido unas cuantas cosas, he eliminado otras muchas y he procurado escribirlo todo sencillamente, a fin de que las maravillas de esta virgen, que se gozarán en leer las vírgenes consagradas, no resulten ininteligibles, por la ampulosidad del lenguaje, a los sencillos e indoctos. Vayan, por tanto, los hombres en seguimiento de estos varones, nuevos discípulos del Verbo encarnado; imiten las doncellas a Clara, impronta de la Madre de Dios, nueva capitana de mujeres.

Y a vos, santísimo Padre, así como os está reservada la plena facultad de corregir, eliminar y añadir en esto lo que os plazca, así os queda totalmente rendida, sometida, entregada a vuestro parecer mi voluntad. El Señor Jesucristo os conceda toda prosperidad ahora y por siempre. Amén.


Parte Primera

  1. Comienza la Leyenda de la virgen santa Clara y, primeramente, de su nacimiento

  2. Del tenor de vida en la casa paterna

  3. Del conocimiento y amistad del bienaventurado Francisco

  4. Cómo, convertida por el bienaventurado Francisco, pasó del siglo a la religión

  5. Cómo resistió, con firme perseverancia, el asalto de los parientes

  6. De la fama de sus virtudes difundida por todas partes

  7. Cómo la noticia de su bondad llegó a lugares remotos

  8. De su santa humildad

  9. De la santa y verdadera pobreza

  10. Milagro de la multiplicación del pan

  11. Otro milagro del aceite regalado por divina virtud

  12. De la mortificación de la carne

  13. Del ejercicio de la santa oración

  14. De las maravillas de su oración y, primero, de los sarracenos puestos en fuga milagrosamente

  15. Ítem, otro milagro de la liberación de la ciudad

  16. De la eficacia de su oración en la conversión de su hermana

  17. Otro milagro: la expulsión de los demonios

  18. De su maravillosa devoción al Sacramento del Altar

  19. De una consolación verdaderamente admirable que el Señor le otorgó en la enfermedad

  20. Del ferventísimo amor al Crucificado

  21. Una conmemoración de la pasión del Señor

  22. Diversos milagros que obraba con la señal y la virtud de la cruz

  23. De la instrucción diaria de las monjas

  24. Del afán de escuchar la palabra de la santa predicación

  25. De su gran caridad en favor de las hermanas

  26. De sus enfermedades y continuos dolores

  27. Cómo, estando enferma, el señor Inocencio la visitó, la absolvió y la bendijo

  28. Cómo responde a su hermana que llora

  29.  Cómo la Curia romana asistió a las exequias de la virgen

    con gran concurso del pueblo


Parte Segunda

  1. De los milagros de santa Clara después que salió del mundo

  2. De los liberados del demonio

  3. Otro milagro

  4. De uno que sanó de locura furiosa

  5. De la curación de un epiléptico

  6. De un ciego que recobró la vista

  7. De la recuperación de una mano inutilizada

  8. De los contrahechos

  9. De los salvados de los lobos

  10. De la canonización de la virgen santa Clara

1. Comienza la Leyenda de la virgen santa Clara
y, primeramente, de su nacimiento

Admirable ya por su nombre, Clara de apelativo y de virtud, esta mujer, nacida en Asís, procedía de muy ilustre linaje: conciudadana primero en la tierra del bienaventurado Francisco, comparte ahora con él el reino de los cielos. Su padre era caballero, y toda su progenie, por ambas ramas, pertenecía a la nobleza militar; de casa rica, con bienes muy copiosos en relación al nivel de vida de su patria. Su madre, Hortulana de nombre, que había de dar a luz una planta muy fructífera en el huerto de la Iglesia, abundaba ella misma en no escasos frutos de bien. Pues, no obstante las exigencias de sus deberes de esposa y del cuidado del hogar, se entregaba según sus posibilidades al servicio de Dios y a intensas prácticas de piedad. Tanto, que pasó a ultramar en devota peregrinación, y tras visitar los lugares que el Dios-Hombre dejó santificados con sus huellas, regresó gozosa a su ciudad. Por dos veces fue a orar al santuario de San Miguel Arcángel y también visitó piadosamente las basílicas de los Apóstoles.

¿Para qué más? Por el fruto se conoce el árbol y por el árbol se recomienda el fruto. Tanta savia de dones divinos gestaba ya la raíz, que es natural que la ramita floreciera en abundancia de santidad. Estando encinta la mujer, muy próxima ya al alumbramiento, oraba en la iglesia ante la cruz al Crucificado para que la sacara con bien de los peligros del parto, cuando oyó una voz que le decía: «No temas, mujer, porque alumbrarás felizmente una luz que hará más resplandeciente a la luz misma». Ilustrada con este oráculo, al llevar a la recién nacida a que renaciera en el santo bautismo, quiso que se la llamara Clara, confiando en que, de acuerdo con el beneplácito de la voluntad divina, de alguna manera se cumpliría la promesa de aquella luminosa claridad.

 

2. Del tenor de vida en la casa paterna

Dada a luz de allí a poco, la pequeña Clara empezó a brillar con luminosidad muy precoz en medio de las sombras del siglo, y a ganar esplendor durante la tierna infancia, por la rectitud de costumbres. De labios de su madre recibió con dócil corazón los primeros conocimientos de la fe e, inspirándole y a la vez moldeándole en su interior el Espíritu, aquel vaso, en verdad purísimo, se reveló como vaso de gracias. Alargaba placentera su mano a los pobres y de la abundancia de su casa colmaba la indigencia de muchos. Y para que su sacrificio fuese más grato a Dios, privaba a su propio cuerpecito de los alimentos más delicados y, enviándolos a hurtadillas, sirviéndose de intermediarios, reanimaba el estómago de sus protegidos. De este modo, creciendo con ella desde la infancia la misericordia, manifestaba un espíritu compasivo demostrando conmiseración con las miserias de los miserables.

Era muy aficionada a la santa oración; en ella, rociada frecuentemente con la fragancia de lo alto, se introducía paso a paso y con diligencia en la vida espiritual. Y, al no disponer de otro medio con el que llevar la cuenta de sus oraciones, contaba ante Dios sus breves plegarias mediante unas piedrecitas. Cuando empezó a sentir los primeros estímulos del amor, comprendió, ilustrada por la unción del Espíritu, que debía desdeñar la apariencia caduca de los adornos mundanos, tasando en su vil precio las cosas viles. Por eso, debajo de los vestidos preciosos y sensuales, llevaba escondido un pequeño cilicio, mostrándose por fuera aparentemente mundana, pero revistiéndose interiormente de Cristo. Por último, cuando los suyos quisieron desposarla con un marido de su nobleza, no accedió en absoluto; al contrario, aparentando dejar para más adelante el matrimonio con un mortal, confiaba su virginidad al Señor.

De este modo comenzó a paladear la virtud en su casa paterna, tales fueron sus primicias espirituales, tales los preludios de su santidad. Y así, al estar tan rebosante del perfume interior, su fragancia misma la delataba, como sucede con un pomo de aroma exquisito, por más cerrado que se halle. En efecto y sin que ella lo percibiese, comenzó a estar elogiosamente en boca de sus vecinos; y se fue divulgando entre el pueblo la noticia de su bondad descubriendo una justa fama sus obras secretas.


3. Del conocimiento y amistad del bienaventurado Francisco

Oyó hablar por entonces de Francisco, cuyo nombre se iba haciendo famoso y quien, como hombre nuevo, renovaba con nuevas virtudes el camino de la perfección, tan borrado en el mundo. De inmediato quiere verlo y oírlo, movida a ello por el Padre de los espíritus, de quien tanto él como ella, aunque de diverso modo, habían recibido los primeros impulsos. Y no menos deseaba Francisco, entusiasmado por la fama de tan agraciada doncella, verla y conversar con ella, por si de algún modo él, que estaba ávido de conquistas, que se sentía llamado a destruir el imperio del mundo, lograba arrebatar tan noble presa al siglo malvado y reivindicarla para su Señor. La visita, pues, Francisco; y más aún Clara a él; aunque moderan la frecuencia de sus entrevistas para evitar que aquella divina amistad pueda ser conocida de los hombres e interpretada maliciosamente por públicas habladurías; por eso, acompañada solamente de una íntima familiar y dejando el hogar paterno, la doncella menudeaba sus secretos encuentros con el varón de Dios, cuyas palabras le parecían llameantes y las acciones sobrehumanas.

El padre Francisco la exhorta al desprecio del mundo; demostrándole con vivas expresiones la vanidad de la esperanza y el engaño de los atractivos del siglo, destila en su oído la dulzura de su desposorio con Cristo, persuadiéndola a reservar la joya de la pureza virginal para aquel bienaventurado Esposo a quien el amor hizo hombre.

¿A qué detenernos en tantos pormenores? A instancias del santísimo padre, que actuaba hábilmente como fidelísimo mensajero, no retardó su consentimiento la doncella. Se le abre entonces la visión de los goces celestes, en cuya comparación el mundo entero se le vuelve despreciable, cuyo deseo la hace derretirse de anhelos, por cuyo amor ansía las bodas supremas. Y así, encendida en el fuego celeste, tan soberanamente despreció la vanagloria terrena, que jamás nada de los halagos mundanos se pegó a su corazón. Aborreciendo igualmente las seducciones de la carne, decidió ya desde ahora no conocer lecho de pecado (Sab 3,13), deseando hacer de su cuerpo un templo consagrado a Dios y esforzándose por hacerse merecedora de las bodas con el gran Rey. En consecuencia, se sometió totalmente a los consejos de Francisco, tomándolo por su guía, después de Dios, para el camino. Desde entonces queda pendiente su alma de sus enseñanzas y recoge con cálido pecho cuanto le predica del buen Jesús. Soporta con molestia la pompa y ornato secular, y desprecia como basura todo lo que aplaude el mundo, a fin de poder ganar a Cristo (cf. Flp 3,8).


4.Cómo, convertida por el bienaventurado Francisco,
pasó del siglo a la religión

Muy pronto, para que el polvo mundano no empañe en adelante el espejo de aquella alma intacta ni el contagio de la vida secular fermente su juventud ázima, el piadoso padre se apresura a sacar a Clara del siglo tenebroso.

Se acercaba el día solemne de Ramos cuando la doncella, fervoroso el corazón, fue a ver al varón de Dios, inquiriendo el qué y el cómo de su conversión.

Ordénale el padre Francisco que el día de la fiesta, compuesta y engalanada, se acerque a recibir la palma mezclada con la gente y que, a la noche, saliendo de la ciudad, convierta el mundano gozo en el luto de la pasión del Señor.

Llegó el Domingo de Ramos. La joven, vestida con sus mejores galas, espléndida de belleza entre el grupo de las damas, entró en la iglesia con todos. Al acudir los demás a recibir los ramos, Clara, con humildad y rubor, se quedó quieta en su puesto. Entonces, el obispo se llegó a ella y puso la palma en sus manos. A la noche, disponiéndose a cumplir las instrucciones del santo, emprende la ansiada fuga con discreta compañía. Y como no le pareció bien salir por la puerta de costumbre, franqueó con sus propias manos, con una fuerza que a ella misma le pareció extraordinaria, otra puerta que estaba obstruida por pesados maderos y piedras.

Y así, abandonados el hogar, la ciudad y los familiares, corrió a Santa María de Porciúncula, donde los frailes, que ante el pequeño altar velaban la sagrada vigilia, recibieron con antorchas a la virgen Clara. De inmediato, despojándose de las basuras de Babilonia, dio al mundo «libelo de repudio»; cortada su cabellera por manos de los frailes, abandonó sus variadas galas.

Ni hubiera estado bien que la Orden de florecientes vírgenes que surgía en aquel ocaso de la historia se fundara en otro lugar que en el santuario de quien, antes que nadie y excelsa sobre todas, fue ella sola juntamente madre y virgen. Éste es el mismo lugar en el que la milicia de los pobres, bajo la guía de Francisco, daba sus felices primeros pasos; de este modo quedaba bien de manifiesto que era la Madre de la misericordia la que en su morada daba a luz ambas Órdenes. En cuanto hubo recibido, al pie del altar de la bienaventurada María, la enseña de la santa penitencia, y cual si ante el lecho nupcial de esta Virgen la humilde sierva se hubiera desposado con Cristo, inmediatamente san Francisco la trasladó a la iglesia de san Pablo, para que en aquel lugar permaneciera hasta tanto que el Altísimo dispusiera otra cosa.


5.Cómo resistió, con firme perseverancia,
el asalto de los parientes

Apenas vuela a sus familiares la noticia, éstos, con el corazón desgarrado, reprueban la acción y los proyectos de la virgen y, agrupados en tropel, corren al lugar intentando lo que finalmente no pueden conseguir. Emplean el ímpetu de la violencia, el veneno de los consejos, el halago de las promesas, queriendo persuadirla a que abandone tal vileza, indigna de su linaje y sin precedentes en toda la comarca. Pero ella, agarrándose a los manteles del altar, les muestra su cabeza tonsurada, asegurándoles que de ningún modo la arrancarán en adelante del servicio de Cristo. Y a medida que crece la violencia de los suyos, se enciende más su ánimo, y le inyecta nuevas energías el amor herido por las injurias. Y, de este modo, a lo largo de muchos días, sufriendo obstáculos en el camino del Señor, frente a la oposición de sus familiares a su propósito de santidad, no decayó su ánimo, no se entibió su fervor; por el contrario, en medio de los insultos y de los enojos, su decisión va convirtiéndose finalmente en esperanza, hasta que los parientes, quebrantado su orgullo, tienen que desistir.

Transcurridos pocos días, pasó a la iglesia del Santo Ángel de Panzo; mas como no encontrara allí su espíritu la plena paz, se trasladó finalmente, por consejo del bienaventurado Francisco, a la iglesia de San Damián. Aquí, clavando ya en seguro el ancla de su espíritu, no fluctúa más por posibles cambios de lugar, no vacila frente a aquella estrechez, no se arredra ante la soledad. Ésta es aquella iglesia en cuya restauración sudó Francisco con tan admirable esfuerzo; a cuyo sacerdote ofreció sus dineros para reparar la fábrica. Es ésta la iglesia en la que, orando Francisco, una voz, brotada desde el madero de la cruz, resonó en su alma: «Francisco, ve, repara mi casa que, como ves, se desmorona toda». En la cárcel de este estrecho lugar se encerró la virgen Clara por amor a su celeste Esposo. Aquí, guareciéndose de la tempestad del mundo, encarceló su cuerpo de por vida. Anidando en las grietas de esta roca (Cant 2,14), la paloma de plata engendró un colegio de vírgenes de Cristo, instituyó un santo monasterio e inició la Orden de las Damas Pobres. Aquí, en el camino de la penitencia, trituró los terrones de sus miembros, aquí sembró las semillas de la perfecta justicia, aquí con su propio caminar dejó marcadas las huellas para sus seguidoras. En este estrecho reclusorio, durante cuarenta y dos años, quebró con los azotes de la disciplina el alabastro de su cuerpo, a fin de que la casa de la Iglesia se inundara de sus aromas (cf. Jn 12,3). Se referirá más al detalle cuán gloriosamente habitó aquí una vez que se haya hecho relación de cuántas y qué grandes almas vinieron a Cristo gracias a ella.


6.De la fama de sus virtudes difundida por todas partes

Se esparce, en efecto, poco después, la opinión de santidad de la virgen Clara por las regiones vecinas, y tras el olor de sus perfumes corren de todas partes las mujeres. Las vírgenes, a ejemplo de ella, se aprestan a guardar para Cristo lo que son; las casadas se esmeran por portarse más castamente; las de la nobleza y las de ilustre rango, desechados los vastos palacios, se construyen monasterios reducidos y tienen a grande honra el vivir por el amor de Cristo «enceniza y cilicio». Nada menos que el entusiasmo de los jóvenes se siente llamado a estos certámenes de pureza y es animado a despreciar los engaños de la carne por los valerosos ejemplos del sexo débil. En fin, son muchos los que, estando ligados por el matrimonio, se ciñen ahora con la ley de la continencia, y pasan los hombres a las Órdenes y las mujeres a los monasterios. La madre invita a la hija, la hija a la madre a seguir a Cristo; la hermana atrae a las hermanas y la tía a las sobrinas. Todas con fervorosa emulación desean servir a Cristo. Todas aspiran a hacerse partícipes de esta vida angélica que Clara esclareció. Innumerables vírgenes, movidas por la fama de Clara, mientras no pueden abrazar la vida del claustro, se esfuerzan por vivir en sus hogares según la Regla, sin haber logrado profesarla todavía. Tantos y tales frutos de salvación daba a luz con sus ejemplos la virgen Clara, que se veía cumplido en ella el dicho profético: Más son los hijos de la abandonada que los hijos de la casada.


7.Cómo la noticia de su bondad llegó a lugares remotos

Entretanto, a fin de que la vena de esta celestial bendición, que corre por el valle de Espoleto, no quede retenida dentro de unos límites reducidos, por divina providencia se transforma en torrente, de modo que los brazos del río recrean la ciudad (Sal 45,5) entera de la Iglesia. De hecho, la novedad de tan notables sucesos cundió de un extremo a otro de la tierra y comenzó a ganar almas para Cristo. Estando encerrada, Clara empieza a ser luz para todo el mundo y con la difusión de sus alabanzas refulge clarísima. La fama de sus virtudes invade las estancias de las señoras ilustres, llega a los palacios de las duquesas y penetra hasta en la mansión de las reinas. Lo más granado de la nobleza se inclina a seguir sus huellas y desde una engreída ascendencia de sangre desciende a la santa humildad. Algunas, dignas de matrimonios con duques y reyes, invitadas por el mensaje de Clara, hacen rigurosa penitencia, y las que se habían casado con potentados imitan, según pueden, a Clara. Innumerables ciudades se engalanan con monasterios, y hasta los lugares campestres y montañosos se embellecen con la fábrica de tan celestiales edificios. Se multiplica el culto de la castidad en el siglo, abriendo la marcha la santísima Clara, y queda restaurado el renacido estado virginal. Con estas flores espléndidas que Clara produce, reflorece hoy felizmente la Iglesia, la misma que implora ser sustentada con ellas, cuando dice: Confortadme con flores, reanimadme con manzanas, que estoy enferma de amor.

Pero vuelva ya la pluma a su propósito, para que se conozca cuál era su tenor de vida.


8.De su santa humildad

Clara, piedra primera y noble fundamento de su Orden, desde un principio se aplicó a levantar el edificio de todas las virtudes sobre la base de la santa humildad. En efecto, prometió santa obediencia al bienaventurado Francisco y no se desvió en nada de lo prometido. Es más, a los tres años de su conversión, declinando el nombre y el oficio de abadesa, prefirió humildemente vivir sometida y no presidir, servir entre las esclavas de Cristo, y no ser servida. No obstante, porque le obligó el bienaventurado Francisco, asumió, por fin, el gobierno de las damas y de ello brota en su corazón la humildad del temor, no el tumor de la soberbia, y crece en ella no la independencia, sino la servicialidad. De modo que, cuanto más encumbrada se ve por una tal apariencia de superioridad, tanto más baja se encuentra en la propia consideración, más dispuesta al servicio, más despreciable en su condición. Nunca rehúsa las ocupaciones más serviles, sino que es ella la que, de ordinario, se encarga de verter agua en las manos de las hermanas, de asistir en pie a las que se sientan, de servir a las que comen. Le cuesta mucho tener que dar órdenes; las cumple, en cambio, de grado, porque prefiere realizarlas por sí misma antes que imponerlas a las hermanas. Limpiaba las vasijas residuales de las enfermas; con su magnánimo espíritu, ella las fregaba, sin echarse atrás ante las suciedades, sin hacer ascos ante lo hediondo. Con frecuencia, lava los pies de las hermanas externas cuando regresan de fuera y, después de haberlos lavado, los besa. En una ocasión lavaba los pies de una externa; al ir a besárselos, no soportando ésta tanta humildad, retira el pie y golpea con él el rostro de su señora; mas ella vuelve a tomar con ternura su pie y, bajo la misma planta, le clava un apretado beso.


9.De la santa y verdadera pobreza

Con la pobreza de espíritu, que es la verdadera humildad, armonizaba la pobreza de todas las cosas. Y lo primero que hizo al comienzo de su conversión, fue vender la herencia paterna que le había tocado y, sin reservarse nada para sí, la distribuyó toda entre los pobres. A partir de aquí, dejado el mundo afuera, enriquecida el alma interiormente, corre en pos de Cristo aligerada del peso de las riquezas. Tal alianza selló con la santa pobreza, tal amor le consagró, que nada quería poseer sino a Cristo el Señor, nada permitió que poseyeran sus hijas. Pensaba que la preciosísima perla del deseo del cielo, adquirida con la venta de todos los bienes (cf. Mt 13,45-46), no podía compartirse con el cuidado devorador de los bienes temporales. Mediante pláticas frecuentes inculca a las hermanas que su comunidad sería agradable a Dios cuanto viviera rebosante de pobreza, y que perduraría firme a perpetuidad si estuviera defendida con la torre de la altísima pobreza. Anímalas a conformarse, en el pequeño nido de la pobreza, con Cristo pobre, a quien su pobrecilla Madre acostó niño en un mísero pesebre. Así, con este singular recordatorio, tal que con un collar de oro, se abrochaba el pecho a fin de que no pasase al interior el polvo de lo terreno.

Queriendo, pues, que su religión se ennobleciese con el timbre de la pobreza, solicitó del papa Inocencio III, de feliz recuerdo, el Privilegio de la Pobreza. Este varón magnífico, congratulándose de tan grande fervor de la virgen, le advierte que es extraña la petición, ya que nunca un privilegio semejante había sido solicitado de la Sede Apostólica. Y para corresponder a la insólita petición con un favor insólito, el Pontífice personalmente, con mucho gozo, redactó de propia mano el primer esbozo del pretendido privilegio. El señor papa Gregorio, de feliz recuerdo, hombre tan digno de veneración por sus méritos personales como dignísimo por la Sede Apostólica que ocupaba, amaba muy particularmente, con paternal afecto, a nuestra santa. Mas, al intentar convencerla a que se aviniese a tener algunas posesiones, que él mismo le ofrecía con liberalidad en previsión de eventuales circunstancias y de los peligros de los tiempos, Clara se le resistió con ánimo esforzadísimo y de ningún modo accedió. Y cuando el Pontífice le responde: «Si temes por el voto, Nos te desligamos del voto», le dice ella: «Santísimo Padre, a ningún precio deseo ser dispensada del seguimiento indeclinable de Cristo». Recibía muy alegremente las limosnas más insignificantes y los trocitos de pan que llevaban los limosneros; y como entristecida a la vista de panes enteros, saltaba de gozo a la vista de los mendrugos.

¿Para qué hablar más? Se esforzaba por conformarse en perfectísima pobreza con el Crucificado pobre, de modo que ningún bien caduco apartase a la amante del amado o estorbase su andadura con el Señor.

Voy a contar ahora dos sucesos admirables que la enamorada de la pobreza mereció realizar.


10.Milagro de la multiplicación del pan

Había en el monasterio un solo pan al tiempo en que urgían el hambre y la hora de comer. Llamada la despensera, ordénale la santa que divida el pan y que envíe la mitad a los hermanos, reservando la otra mitad para las hermanas. De esta mitad le manda que haga cincuenta cortes, según el número de las damas, y que los presente en la mesa de la pobreza. Como le respondiese la devota hija que aquí serían necesarios los antiguos milagros de Cristo para que tan escaso pan admita cincuenta porciones, le contestó la madre y le advirtió: «Hija, haz confiada lo que te digo». Se apresuró la hija a cumplir el mandato de la madre; mientras, ésta dirige a su Cristo piadosos suspiros en favor de las hijas. Por divino favor, entre las manos de la que corta crece aquella escasa cantidad, y a cada una de la comunidad se le puede dar una gran rebanada.


11.Otro milagro del aceite regalado por divina virtud

Cierto día, tan del todo se les acabó el aceite a las siervas de Cristo, que no lo había ni para el condimento de las enfermas. Toma madonna Clara un recipiente y, maestra de humildad, lávalo con sus manos; lo pone vacío afuera a fin de que el hermano limosnero lo recoja, y llama a dicho hermano para que vaya a conseguir el aceite. Se apresura el devoto hermano con ánimo de remediar tanta indigencia y corre a recoger la vasija. Pero no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que se apiade. Efectivamente, por sólo la intervención de Dios, se halla la vasija llena de aceite, habiéndose adelantado la oración de santa Clara a la caridad del hermano, en el alivio de las hijas pobres. Ante esto, dicho hermano, creyendo que le habían llamado en balde, comentó murmurando por lo bajo: «¡Estas mujeres me han llamado de bromas, pues, mírala, la vasija está llena!»


12.De la mortificación de la carne

De la admirable mortificación de la carne, quizás fuera más conveniente callar que hablar, ya que hizo tales cosas que el estupor de los oyentes pondrá en duda la veracidad de los hechos. No era lo más notable el que, con una tunicucha y un pobrecillo mantito de paño áspero, cubriera, que no abrigara, su cuerpo delicado. Ni era lo más admirable que desconociese por completo el uso del calzado. No era gran cosa que prorrogara sus ayunos sin límites de tiempo y no usara lecho de plumas. Como quiera que en estas prácticas tenía en su convento a otras que también las hacían, no merecería tal vez por ello particulares elogios. Pero ¿qué relación había entre su carne virginal y aquel vestido de piel de puerco? Porque es de saber que aquella virgen santísima se había procurado un vestido de piel de puerco y lo llevaba bajo la túnica, en secreto, aplicando a la carne la aspereza hirsuta de las cerdas. Usaba algunas veces un cruel cilicio, trenzado de crin de caballo y con nudos, que ajustaba fuertemente a una y otra parte del cuerpo con ásperas cuerdas. Se la prestó a una de las hijas, que le pedía la tal indumentaria, la cual no pudo con tal aspereza y, si alegremente la pidió, más velozmente la devolvió al cabo de tres días. La desnuda tierra y de vez en cuando unos sarmientos le servían de lecho, y un tosco leño debajo de la cabeza hacía las veces de almohada. Cierto que, andando el tiempo, extenuado el cuerpo, tendió una estera en el suelo y a la cabeza le concedió por clemencia un poco de paja. Y desde que una larga enfermedad comenzó a adueñarse del cuerpo tan severamente maltratado, por orden del bienaventurado Francisco, utilizó un saco lleno de paja.

Además, era tanto el rigor de su abstinencia en los ayunos, que apenas hubiera podido sobrevivir su cuerpo con el liviano sustento que tomaba si otra fuerza no la sostuviera. Mientras estuvo sana, ayunando a pan y agua la cuaresma mayor y la cuaresma de san Martín obispo, solamente los domingos probaba el vino, si lo tenía. Y para que admires, lector, lo que no puedes imitar, durante esas cuaresmas, tres días a la semana, a saber, los lunes, miércoles y viernes, no tomaba nada de alimento. Se sucedían así alternativamente los días de refección escasa y los días de ayuno total, de modo que una víspera sin comer precedía a un festín de pan y agua. No es de maravillar que tanto rigor, mantenido durante largo tiempo, rindiera a Clara ante las enfermedades, consumiera sus fuerzas y privara de vigor a su cuerpo. Se compadecían por ello de la santa madre las devotísimas hijas y lamentaban con lágrimas aquellas muertes que voluntariamente soportaba cada día. Prohibiéronle, por fin, el bienaventurado Francisco y el obispo de Asís aquel agotador ayuno de tres días, ordenándole que no dejase pasar un solo día sin tomar para sustento al menos una onza y media de pan. Y, si bien es cierto que la grave aflicción del cuerpo engendra de ordinario la aflicción del espíritu, de forma muy distinta sucedía en Clara, quien conservaba en medio de sus mortificaciones un aspecto festivo y regocijado, de modo que parecía demostrar o que no las sentía o que se burlaba de las exigencias del cuerpo. De lo cual se da a entender claramente que la santa alegría de la que abundaba interiormente, le rebosaba al exterior, porque el amor del corazón hace leves los sufrimientos corporales.


13.Del ejercicio de la santa oración

Así, muerta anticipadamente a la carne y del todo ajena a la vida del mundo, ocupaba su alma de continuo en santas oraciones y divinas alabanzas. Había clavado en la Luz eterna el ardentísimo dardo de su ansia íntima y, trascendiendo la esfera de las realidades materiales, abría más plenamente el seno de su alma al torrente de la gracia. Después de completas, oraba largo rato con las hermanas, y en tanto que en ella se desataban lluvias de lágrimas, las excitaba también en las demás. Y una vez retiradas éstas a reponer sus cansados miembros sobre duras camas, ella permanecía en oración, despierta e infatigable, para recoger entonces furtivamente la vena del divino susurro (Job 4,12), mientras el sueño se había apoderado de las otras. Muchísimas veces, postrada rostro en tierra en oración, riega el suelo con lágrimas y lo acaricia con besos: diríase que tenía siempre a su Jesús entre las manos, llorando a sus pies, besándoselos. Una vez, mientras lloraba en lo profundo de la noche, se le apareció el ángel de las tinieblas en figura de un niño negro, diciéndole: «No llores tanto, que te vas a quedar ciega». Y ella le respondió de inmediato: «No quedará ciego quien verá a Dios»; el diablo, confundido, desapareció. Aquella misma noche, después de maitines, estando Clara en oración y bañada en llanto como de costumbre, se acercó el consejero engañoso: «No debieras llorar tanto -insistió-, no suceda que al fin, derretido el cerebro, vaya a desagüársete por las narices; porque, además, vas a quedar con la nariz torcida». Le respondió ella a bocajarro: «No padece ninguna tortura el que sirve al Señor»; así lo puso en fuga y desapareció.

Hay abundantes pruebas de la mucha fuerza que sacaba del horno de su fervorosa oración, de la gran dulzura con que la regalaba en ella la bondad divina. Cuando, por ejemplo, retornaba con júbilo de la santa oración, traía del fuego del altar del Señor palabras ardientes que encendían también los corazones de las hermanas. Advertían con admiración que de su rostro emanaba una cierta dulzura y el semblante aparecía más radiante que de ordinario. Ciertamente Dios había dispuesto para su pobrecilla un convite de su dulcedumbre (cf. Sal 97,11), y trasparentaba al exterior, a través de los sentidos, el alma colmada en la oración por la luz verdadera. Así, en medio del mundo variable, unida a su noble Esposo con lazo indisoluble, se deleita en las cosas celestes con gozo inmutable; así, en medio del rodar versátil de lo humano, afirmada en virtud sobrehumana, y guardando en vaso de arcilla un tesoro de gloria, mientras vive con el cuerpo en la tierra, mora ya su alma en el cielo. Tenía la costumbre de avisar para maitines a las jovencitas, a las que, llamando sigilosamente por medio de una campanilla, excitaba a alabar al Señor. Frecuentemente, mientras aún dormían las demás, encendía ella las lámparas; muchas veces tocaba ella con sus propias manos la campana. No había en su claustro lugar para la tibieza, no lo había para la desidia; sino que con fuerte estímulo aguijoneaba la posible flojera, para orar y servir al Señor.


14.De las maravillas de su oración y, primero,
de los sarracenos puestos en fuga milagrosamente

Me agrada narrar ahora los prodigios de su oración, con tanta fidelidad en cuanto a cómo fueron como con merecidísima veneración. Durante aquella tormenta que azotó a la Iglesia en diversas partes del mundo, bajo el emperador Federico, el valle de Espoleto tuvo que beber más frecuentemente del cáliz de la ira.

A modo de enjambres de abejas, estaban estacionados en el valle, por mandato imperial, escuadrones de caballería y arqueros sarracenos, con el propósito de destruir las fortalezas y expugnar las ciudades fortificadas. En esta situación, lanzóse una vez el furor enemigo contra Asís, ciudad predilecta del Señor, y avecinándose ya el ejército a las puertas, los sarracenos, gente pésima sedienta de sangre cristiana y capaz de los peores crímenes, cayeron sobre San Damián y entraron en él, hasta el claustro mismo de las vírgenes.

Se derriten de terror los corazones de las damas pobres, balbucean presas de espanto y acuden a su madre entre lágrimas. Ésta, impávido el corazón, manda, pese a estar enferma, que la conduzcan a la puerta y la coloquen frente a los enemigos, llevando ante sí la cápsula de plata, encerrada en una caja de marfil, donde se guarda con suma devoción el Cuerpo del Santo de los Santos.

Y prosternándose de bruces en oración ante el Señor, le dice a su Cristo entre lágrimas: «¿Te place, mi Señor, entregar inermes en manos de paganos a tus siervas, a las que he criado en tu amor? Guarda, Señor, te lo ruego, a estas tus siervas a las que no puedo defender en este trance». En seguida, desde este propiciatorio de la nueva gracia, una voz como de niño se dejó sentir en sus oídos: «Yo siempre os defenderé». «Mi Señor -añadió Clara-, protege también, si te place, a esta ciudad que nos sustenta por tu amor». Y Cristo a ella: «Soportará molestias, mas será defendida por mi fuerza». En esto la virgen, levantando el rostro bañado en lágrimas, conforta a las que lloran diciéndoles: «Hijitas, yo salgo fiadora de que no sufriréis nada malo; basta que confiéis en Cristo». De inmediato, repentinamente, la audacia de aquellos perros, rechazada por fuerza misteriosa, se convierte en pánico, y, escapándose de prisa por los muros que habían escalado, fueron dispersados por el valor de la suplicante. A continuación Clara conmina a las que habían oído la referida voz, prohibiéndoles con seriedad: «Hijas carísimas, guardaos en absoluto, mientras yo viva, de revelar esto a nadie».


15. Ítem, otro milagro de la liberación de la ciudad

En otra ocasión, Vidal de Aversa, hombre codicioso de gloria e intrépido en las batallas, desplegó contra Asís el ejército imperial que capitaneaba. En consecuencia, taló los árboles del territorio, asoló todos los alrededores y se asentó para asediar la ciudad. Declaró con amenazadoras palabras que de ningún modo se retiraría hasta que no la hubiese tomado. De hecho, se había llegado a tal extremo, que se temía su inminente caída. En oyendo esto Clara, la sierva de Cristo, suspira vehementemente y, convocando a las hermanas, les dice: «Hijas carísimas, recibimos a diario muchos bienes de esta ciudad; sería gran ingratitud si, en el momento en que lo necesita, no la socorremos en la medida de nuestras fuerzas». Manda que le traigan ceniza, ordena a las hermanas destocarse las cabezas. Y, en primer lugar, sobre su cabeza descubierta derrama mucha ceniza; después la esparce también sobre las cabezas de las otras. «Acudid -añade- a nuestro Señor y suplicadle con todas veras la liberación de la ciudad». ¿Para qué narrar más detalles? ¿Para qué recordar las lágrimas de las vírgenes, sus ansiosas plegarias? Dispuso el Dios misericordioso, que con la tentación da el poder resistirla con éxito (1 Cor 10,13), que a la mañana siguiente se desbandara todo el ejército; que su soberbio jefe, en contra de sus propósitos, abandonara el sitio; y que nunca más pudiera hostigar aquella comarca. Ya que, al poco tiempo, aquel caudillo guerrero fue muerto a espada.


16.De la eficacia de su oración
en la conversión de su hermana

En verdad que no debe quedar sepultada en el silencio la eficacia admirable de su oración, que en las primicias de su consagración convirtió una primera alma para Dios, y convertida la defendió. Es el caso que tenía una hermana de tierna edad, hermana según la carne y según la pureza; como deseaba su conversión, entre las principales plegarias que ofrecía a Dios con plenitud de afecto pedía esto con mayor insistencia: que, así como en el siglo había tenido con la hermana conformidad de sentimientos, así ahora se unieran ambas para el servicio de Dios en una sola voluntad. Ora, por lo tanto, con instancias al Padre de las misericordias para que a su hermana Inés, a la que había dejado en casa, el mundo se le convierta en amargura y Dios en dulzura; y que así, transformada, de la perspectiva de unas nupcias carnales se eleve al deseo del divino amor, de modo que a una con ella se despose en virginidad perpetua con el Esposo de la gloria.

Existía realmente entre ambas un extraordinario cariño mutuo, el cual, aunque por diferentes motivos, había hecho para una y otra más dolorosa la reciente separación. Muy pronto la divina Majestad accede a tan excepcional orante, y se apresura a concederle aquel primer don, pedido por sobre todo otro, y que más agrada a Dios el regalárselo.

Y así, a los dieciséis días de la conversión de Clara, Inés, inspirada por el divino Espíritu, se dirige presurosa a donde su hermana y, descubriéndole el secreto de su voluntad, le confesó que quería consagrarse por entero al Señor. Ella, abrazándola gozosamente, exclamó: «Doy gracias a Dios, dulcísima hermana, porque ha atendido a mi solicitud en favor de ti».

A la conversión maravillosa siguió una no menos maravillosa defensa de la misma. Cuando las felices hermanas estaban en la iglesia del Santo Ángel de Panzo, aplicadas a seguir las huellas de Cristo, y la que más sabía del Señor instruía a su hermana y novicia, de pronto se levantan contra las jóvenes nuevas persecuciones de los familiares.

En cuanto se enteran de que Inés había pasado a vivir con Clara, corren al día siguiente hacia el lugar doce hombres encendidos en furia y, disimulando al exterior el malvado plan, fingen una visita pacífica.

Pero en cuanto se encaran con Inés -pues, respecto a Clara, ya habían perdido anteriormente la esperanza- le dicen: «¿A qué has venido tú a este lugar? Date prisa en volver de inmediato a casa con nosotros». Al responder ésta que no quería separarse de su hermana Clara, se lanzó sobre ella un caballero con ánimo enfurecido y, sin perdonar puñetazos ni patadas, trataba de arrastrarla por los pelos, mientras los otros la empujaban y la alzaban en brazos. A todo esto la jovencita, viéndose arrebatada de las manos del Señor, como presa de leones, grita diciendo: «Ayúdame, hermana carísima, y no permitas que me aparten de Cristo Señor».

En tanto que los enfurecidos asaltantes arrastran por la ladera del monte a la jovencita que se resistía, y le rasgan los vestidos, y dejan señalado el camino con los cabellos arrancados, Clara, postrándose en oración entre lágrimas, pide para su hermana constancia en el propósito y suplica que la fuerza de aquellos hombres se vea superada por el divino poder.

Y de pronto, efectivamente, el cuerpo de Inés, caído en tierra, parece cargarse de tanto peso, que, aunados los esfuerzos de los numerosos hombres, no pueden de ninguna manera transportarlo más allá de un arroyuelo. Acuden otros más desde los campos y las viñas con la intención de prestarles ayuda, pero les resulta imposible levantar del suelo aquel cuerpo. Y cuando ya tienen que desistir de su empeño, comentan entre bromas el milagro: «Toda la noche ha estado comiendo plomo, no es extraño que pese». Pero el señor Monaldo, su tío paterno, llevado de furiosa rabia, intenta golpearla brutalmente con el puño, cuando sintió de repente que un dolor atroz le invadía la mano levantada para golpearla y por mucho tiempo le siguió atormentando este angustioso dolor.

Y en esto, tras la prolongada batalla, llegándose Clara hasta el lugar, ruega a los parientes que desistan de la pelea y dejen a su cuidado a Inés, que yace medio muerta. Mientras se retiran éstos, amargados por el fracaso de su empresa, se levantó Inés jubilosa y, gozando ya de la cruz de Cristo, por quien había combatido esta primera batalla, se consagró para siempre al servicio divino. Luego, el bienaventurado Francisco la tonsuró con sus propias manos y, junto con su hermana, la amaestro en los caminos del Señor.

Pero como no podría ser explicada en breves palabras la magnífica perfección de su vida, volvemos a tratar de Clara.


17.Otro milagro: la expulsión de los demonios

No es extraño que la oración de Clara tuviera poder contra la maldad de los hombres cuando también lo tenía para irritar a los demonios.

Sucedió que una mujer devota, de la diócesis de Pisa, vino una vez al lugar a dar las gracias a Dios y a santa Clara porque, en virtud de sus méritos, había sido liberada de cinco demonios. Confesaban los demonios, en el momento mismo de ser expulsados, que la oración de santa Clara los impelía y los desalojaba de aquel vaso de su posesión.

No sin razón el señor papa Gregorio tenía una fe extraordinaria en las oraciones de la santa, cuyo valimiento había experimentado ser tan eficaz.

Pues, en verdad, muchas veces, al presentársele, como suele acontecer, alguna nueva dificultad, tanto cuando era obispo de Ostia como después que fue elevado a la cima del poder apostólico, se dirigía por carta a la mencionada virgen pidiendo la ayuda de sus oraciones; y de inmediato experimentaba su auxilio. Acto de humildad este verdaderamente digno de admiración y de fervorosa imitación: el Vicario de Cristo reclamando ayuda de la esclava de Cristo y recomendándose a sus virtudes. Conocía sabiamente cuánto puede el amor y qué fácilmente se les franquea a las vírgenes puras el acceso al consistorio de la divina Majestad. Si ciertamente el Rey de los cielos se entrega a sí mismo a quienes le aman con fervor, ¿qué es lo que no ha de conceder, si conviene, a quienes le ruegan con devoción?


18.De su maravillosa devoción al Sacramento del Altar

Cuán señalado fuera el devoto amor de santa Clara al Sacramento del Altar lo demuestran los hechos. Así, por ejemplo, durante aquella grave enfermedad que la tuvo postrada en cama, se hacía incorporar y asentar al apoyo de unas almohadas; sentada así, hilaba finísimas telas, de las cuales elaboró más de cincuenta juegos de corporales que, envueltos en bolsas de seda o de púrpura, destinaba a distintas iglesias del valle y de las montañas de Asís. Y cuando iba a recibir el Cuerpo del Señor, primero se bañaba en ardientes lágrimas y luego, acercándose estremecida, no menos reverenciaba a quien está escondido en el sacramento que al que rige cielo y tierra.


19.De una consolación verdaderamente admirable
que el Señor le otorgó en la enfermedad

Comoquiera que durante la enfermedad «todo era recordar» a Cristo, por eso también Cristo la visitaba en sus dolencias. En aquella hora de la Navidad, cuando el mundo se alegra con los ángeles ante el Niño recién nacido, todas las monjas se marcharon al oratorio para los maitines dejando sola a la madre, víctima de sus enfermedades. Ella, puesta a meditar sobre el niñito Jesús y lamentándose porque no podía tomar parte en sus alabanzas, le dice suspirando: «Señor Dios, mira que estoy sola, abandonada para ti en este lugar». Y he aquí que de pronto comenzó a resonar en sus oídos el maravilloso concierto que se desarrollaba en la iglesia de San Francisco. Escuchaba el júbilo de los hermanos salmodiando, oía la armonía de los cantores; percibía hasta el sonido de los instrumentos.

No estaba tan próximo el lugar como para que pudiera alcanzar todo esto por humano recurso: o la resonancia de aquella solemnidad había sido amplificada hasta ella por el divino poder, o su capacidad auditiva le había sido reforzada más allá del límite humano. Pero, sobre todo, lo que supera a este prodigio de audición es que la santa mereció también ver el pesebre del Señor.

Cuando las hijas acudieron a verla por la mañana, díjoles la bienaventurada Clara: «Bendito sea el Señor Jesucristo, que no me abandonó cuando me abandonasteis vosotras. He escuchado, por cierto, por la gracia de Cristo, las solemnes funciones que se han celebrado esta noche en la iglesia de San Francisco».


20. Del ferventísimo amor al Crucificado

Le es familiar el llanto sobre la pasión del Señor; y unas veces apura, de las sagradas heridas, la amargura de la mirra; otras veces sorbe los más dulces gozos. Le embriagan vehementemente las lágrimas de Cristo paciente, y la memoria le reproduce continuamente a aquel a quien el amor había grabado profundamente en su corazón. Enseña a las novicias a llorar a Cristo crucificado; y, a un tiempo, lo que enseña de palabra lo ejemplifica con hechos. En efecto, cuando en privado las exhortaba a tales afectos, antes que la abundancia de las palabras fluía el riego de sus lágrimas.

Sexta y nona son las horas del día en las que con mayor compunción se emociona de ordinario, queriendo inmolarse con el Señor inmolado. Precisamente ocurrió en una ocasión durante la hora de nona que, mientras oraba en la celda, el diablo, golpeándola en la mejilla, le inyectó de sangre un ojo y le dejó lívido el párpado.

Para alimentar su alma ininterrumpidamente en las delicias del Crucificado, meditaba muy a menudo la oración de las cinco llagas del Señor. Aprendió el Oficio de la Cruz, tal como lo había compuesto el amador de la cruz Francisco, y lo recitaba frecuentemente con afecto devoto como él. Ceñíase bajo el vestido, sobre la carne, una cuerdecilla anudada con trece nudos, memorial secreto de las heridas del Salvador.


21. Una conmemoración de la pasión del Señor

Sucedió un año, en el día de la santísima Cena en la cual el Señor amó a los suyos hasta el extremo (cf. Jn 13,1). Hacia el anochecer, cuando se acercaba la agonía del Señor, Clara, acongojada y triste, se encerró en lo secreto de la celda. Y acompañando con la oración al Señor en oración, su alma triste a par de muerte se embebe en aquella angustiosa tristeza de Él, y la memoria poco a poco queda compenetrada con la escena del prendimiento y de los escarnios, y así queda recostada en el lecho. Durante toda aquella noche y al día siguiente permanece abstraída, de tal modo ajena a sí misma que, con la mirada ausente, clavada siempre en su visión única, parecía concrucificada con Cristo, totalmente insensible. Vuelve repetidas veces donde ella una hija familiar por ver si acaso necesita alguna cosa, y la encuentra siempre en la misma actitud.

Llegada ya la noche del sábado, la devota hija enciende una candela y, con una seña, no con palabras, trae a la memoria de la madre el mandamiento de san Francisco. Porque es de saber que le había mandado el santo que no dejara pasar un solo día sin comer. Estando, digo, aquélla delante, Clara, cual si volviese de otro mundo, profirió esta frase: «¿Qué necesidad hay de luz? ¿Es que no es de día?» «Madre -repuso la otra-, se fue la noche, y se pasó un día, y volvió otra noche». Clara a ella: «Bendito sea este sueño, hija carísima, porque lo que tanto he ansiado me ha sido concedido. Mas guárdate de contar a nadie este sueño mientras yo esté con vida».


22. Diversos milagros que obraba
con la señal y la virtud de la cruz

Corresponde a su amante el Crucificado amado; y así, la que se inflama en tan grande amor para con el misterio de la cruz, es distinguida con prodigios y milagros por la eficacia de la cruz. Efectivamente, cuando traza la señal de la vivificante cruz sobre los enfermos, aleja de ellos prodigiosamente las enfermedades. Espigaré algunos entre los muchos casos.

A un hermano, de nombre Esteban, que padecía accesos de furia, lo envió el bienaventurado Francisco a madonna Clara con el fin de que trazase sobre él la señal de la santísima cruz. No en vano conocía su extraordinaria perfección y veneraba en ella su extraordinaria virtud. La hija de obediencia lo signa conforme a la orden del padre, y déjale dormir un rato, en el lugar donde ella misma solía orar. Con esto, muy poco después, vuelto del sueño, levántase sano y regresa libre de la locura donde el padre (cf. Proceso II 15).

Un niño de tres años, Mattiolo de nombre, de la ciudad de Espoleto, habíase introducido una piedrecita en las narices. Nadie se daba maña para extraérsela ni tampoco el niño para expulsarla. En tal extremo y angustia, es llevado a madonna Clara y, mientras es signado por ella con la señal de la cruz, de pronto, expulsa la piedra y queda libre el niño.

Otro niño, de Perusa, tenía todo un ojo velado por una mancha: fue conducido a la santa sierva de Dios. Ésta, después de palpar el ojo del niño, lo signó con la señal de la cruz y dijo: «Llevadlo a donde mi madre, que ella repita sobre él la señal de la cruz». Doña Hortulana, su madre, siguiendo a su plantita, había ingresado también después de la hija en la religión; y en aquel huerto cerrado, ella, viuda, servía con las vírgenes al Señor. Y he aquí que, en cuanto recibió de ella la señal de la cruz, inmediatamente el ojo del niño quedó limpio de la mancha y vio clara y diáfanamente. En consecuencia, asegura Clara que aquel niño ha sido curado por mérito de su madre; la madre, por su parte, declina en favor de la hija el crédito de la alabanza y se confiesa indigna de tanto honor.

Una de las hermanas, de nombre Bienvenida, había sobrellevado durante casi doce años bajo un brazo la llaga de una fístula que destilaba pus por cinco orificios. La virgen de Dios Clara, compadecida de ella, le aplicó aquel su peculiar emplasto de la señal salutífera. Y de repente, a la señal de la cruz, quedó perfectamente curada de aquella úlcera de tantos años.

Otra hermana de la comunidad, Amada de nombre, yacía enferma de hidropesía desde hacía trece meses, consumida además por la fiebre, por la tos y por un dolor de costado. Compadecida de ella, madonna Clara recurre a aquel noble sistema de su arte medicinal: la signa con la cruz en el nombre de Cristo y al instante le devuelve la completa salud.

Otra sierva de Cristo, oriunda de Perusa, de tal manera había ido perdiendo la voz a lo largo de dos años, que apenas podía ya articular palabra audible. La noche de la Asunción de nuestra Señora, habiéndole sido revelado en visión que madonna Clara la curaría, aguardaba ansiosa a que llegase el día. En amaneciendo, va presurosa a donde la madre, le pide que la signe con la cruz y recupera la voz apenas ha sido signada.

Una hermana de nombre Cristiana, que había soportado durante largo tiempo la sordera de un oído, había probado, aunque en balde, muchos medicamentos contra aquel mal. Madonna Clara le signa la cabeza con dulzura, le toca la oreja y al punto recobra la facultad de oír.

Había en el monasterio una multitud de hermanas enfermas afligidas con diversos achaques. Entra Clara en la estancia, según costumbre, con su habitual medicamento y, hecha la señal de la cruz por cinco veces, al momento libra de la dolencia a cinco. A través de estos hechos queda patente que en el corazón de la virgen estaba plantado el árbol de la cruz, cuyo fruto restaura el alma, cuyas hojas ofrecen medicina para el cuerpo.


23. De la instrucción diaria de las monjas

Como maestra que era de las jóvenes sin formación y algo así como preceptora de las doncellas en el palacio del gran Rey, con tan acertado método las enseñaba y con tan delicado amor las formaba, que no hay elocuencia que pueda explicarlo cabalmente. Primero las enseña a apartar del interior del alma todo estrépito, a fin de que puedan permanecer fijas únicamente en la intimidad de Dios. Enséñales después a no dejarse llevar del amor de los parientes según la carne y a olvidar la casa paterna si quieren agradar a Cristo. Las exhorta a no hacer caso de las exigencias de la fragilidad del cuerpo y a frenar con el imperio de la razón las veleidades de la naturaleza. Les demuestra que el enemigo insidioso tiende lazos ocultos a las almas puras, y que tienta a los santos de un modo, y de otro a los mundanos. Quiere, por último, que a determinadas horas se ocupen en labores manuales, pero de modo que, conforme al deseo del fundador, vuelvan en seguida a enfervorizarse mediante el ejercicio de la oración y, abandonando la pesadez de la negligencia con el fuego del santo amor, desechen el frío de la indevoción. Jamás en lugar alguno hubo mayor observancia del silencio, ni fue más evidente no sólo la apariencia, sino la realidad de una vida de total honestidad. No hay allí fáciles charlas que entretengan el ánimo disipado, ni palabras ligeras que alimenten frívolos afectos. Pues la maestra misma, parca en palabras, ciñe en brevedad de expresión la riqueza de su pensamiento.


24. Del afán de escuchar la palabra de la santa predicación

Provee a las hijas, por medio de predicadores devotos, del alimento de la palabra de Dios, del que se reserva para sí una buena ración. Ya que, al oír la santa predicación, se siente inundada de tales transportes de gozo y de tal modo se deleita en el recuerdo de su Jesús, que en cierta ocasión, mientras predicaba fray Felipe de Atri, un bellísimo niño se le apareció a la virgen Clara y durante gran parte del sermón la recreó con sus gracias. A la vista de semejante aparición, la hermana que mereció ser testigo de tal visión de su madre se sentía inundada de una suavidad inefable.

Por otra parte, aunque no se había cultivado en las letras, gozaba, sin embargo, al escuchar la predicación de los letrados, consciente de que dentro de la corteza de las palabras se escondía el meollo que ella penetraba con fina sutileza y lo gustaba bien sabrosamente. Sabía extraer del sermón de cualquier orador lo que aprovechase al alma, a sabiendas de que no es menor habilidad recoger de vez en cuando una flor de un áspero espino que comer el fruto de un árbol de calidad.

En cierta ocasión, el señor papa Gregorio había prohibido que ningún fraile se acercase sin su licencia a los monasterios de las damas. Entonces la piadosa madre, doliéndose de que las hermanas iban a tener más escaso el manjar de la doctrina sagrada, dijo entre gemidos: «Quítenos ya para siempre a todos los frailes toda vez que nos retira a los que nos administraban el nutrimento de vida». Y de inmediato devolvió al ministro todos los hermanos, pues no quería tener limosneros que procuraran el pan corporal cuando ya no disponía de los limosneros del pan espiritual. Oyendo esto el papa Gregorio, remitió inmediatamente tal prohibición al criterio y autoridad del ministro general.


25. De su gran caridad en favor de las hermanas

Y no sólo ama esta venerable abadesa las almas de sus hijas, sino que sirve también, y con admirable celo de caridad, a sus cuerpos. Así, muchas veces las recubre con sus propias manos contra el frío de la noche mientras duermen, y las que comprende que no están capacitadas para la observancia del rigor común, quiere que vivan contentas bajo un régimen más benigno. Si a alguna le turbaba la tentación; si, como suele suceder, a alguna le atacaba la tristeza, llamándola aparte, la consolaba entre lágrimas. Alguna vez llegaba a postrarse a los pies de las afectadas por la melancolía para aliviar con maternales cariños la intensidad de la pena.

Y las hijas, agradecidas a sus bondades, le corresponden con una total entrega de sí mismas. Comprenden, de hecho, el afecto con que la madre las ama, respetan en la maestra su oficio de prelada, siguen a la educadora en su recto proceder y admiran en la esposa de Dios la prerrogativa de una santidad perfecta.


26. De sus enfermedades y continuos dolores

Había corrido durante cuarenta años en el estadio de la altísima pobreza, y he aquí que, precedida de múltiples dolores, se acercaba ya al premio de la llamada suprema. Y es que el vigor de su constitución física, castigado en los primeros años por la austeridad de la penitencia, fue vencido en los últimos tiempos por una cruel enfermedad; y así, la que estando sana se había enriquecido con los méritos de sus obras, estando enferma se enriquecía con los méritos de sus sufrimientos. Puesto que la virtud se perfecciona en la enfermedad.

Hasta qué punto su maravillosa virtud se acrisoló en la enfermedad se manifiesta principalmente en que durante veintiocho años de continuo dolor no resuena en sus labios una murmuración ni una queja; por el contrario, a todas horas brotan de sus labios santas palabras, a todas horas acciones de gracias.

Y aunque, rendida por el peso de las enfermedades, parecía que era inminente su fin, plugo, sin embargo, al Señor retrasar su tránsito hasta el momento en que pudiese ser exaltada con dignos honores por la Iglesia romana, de la que era hechura e hija singular. Es el caso que, mientras el Sumo Pontífice con los cardenales se demoraba en Lyón, Clara empezó a sentirse más apretada que de costumbre por su enfermedad, y la espada de un dolor sin medida atormentaba las almas de sus hijas.

Por aquellos días, una sierva de Cristo, virgen consagrada a Dios en el monasterio de San Pablo de la orden de San Benito, tiene la siguiente visión: se ve a sí misma en San Damián, juntamente con sus hermanas, asistiendo a la enfermedad de madonna Clara, y ve a ésta yacer en un lecho precioso. Y mientras lloran todas aguardando entre lágrimas el tránsito de la bienaventurada Clara, aparece una hermosa mujer a la cabecera del lecho y habla a las que lloran: «No lloréis, ¡oh hijas! -les dice-, a la que aún ha de seguir viviendo; porque no podrá morir hasta que venga el Señor con sus discípulos».

Y he aquí que a poco llegó la Curia romana a Perusa. Enterado el señor Ostiense de que la gravedad iba en aumento, se apresura a visitar desde Perusa a la esposa de Cristo, de la cual había sido por oficio, padre; por la atención, mentor; por afecto purísimo, siempre devoto amigo. Alimenta a la enferma con el sacramento del Cuerpo del Señor, alimenta también a las demás con la exhortación de una saludable plática.

Suplica ella con lágrimas a este padre únicamente que, por el nombre de Cristo, tome bajo su amparo su alma y las de las otras damas. Pero sobre todo le pide que le obtenga del señor Papa y de los cardenales la confirmación del privilegio de la pobreza; lo que aquel fidelísimo amigo de la Orden, cual lo prometió de palabra, lo realizó en los hechos.

Al cabo de un año, el señor Papa se trasladó desde Perusa a Asís con los cardenales, cumpliéndose así la referida visión sobre el tránsito de la santa. Porque hay que tener en cuenta que el Sumo Pontífice, colocado entre Dios y los hombres, representa a la persona misma del Señor; y así, en el templo de la Iglesia militante le rodean familiarmente los señores cardenales, como a Cristo sus discípulos.


27. Cómo, estando enferma, el señor Inocencio
la visitó, la absolvió y la bendijo

Se apresura ya la divina Providencia a cumplir sus propósitos respecto a Clara; se apresura Cristo a sublimar al palacio del reino soberano a la pobre peregrina. Ansía ya ella y suspira con todo su anhelo verse libre de este cuerpo de muerte (cf. Rom 7,24) y contemplar en las etéreas mansiones a Cristo reinante, a quien pobre en la tierra, ella, pobrecilla, ha seguido de todo corazón. Y he aquí que a sus benditos miembros, deshechos ya por viejas dolencias, se les suma una extrema debilidad, que presagia su próxima llamada hacia el Señor y le prepara el camino de la salud eterna.

Se da prisa el señor Inocencio IV, de santa memoria, juntamente con los cardenales, por visitar a la sierva de Cristo, y no duda en honrar con su presencia papal la muerte de aquella cuya vida había comprobado tan superior a la de las demás mujeres de nuestro tiempo. Entrando en el monasterio, se dirige al lecho y acerca su mano a los labios de la enferma para que la bese. La toma ella con suma gratitud y pide besar con exquisita reverencia el pie del Papa. Se acomoda bondadosamente sobre un escaño de madera el cortés Pontífice, y le presenta su pie, que ella llena de besos en la planta y en el empeine, reclinando sobre él reverentemente su rostro.

Pide luego con rostro angelical al Sumo Pontífice la remisión de todos sus pecados. Y él exclama: «¡Ojalá no tuviera yo más necesidad de perdón!»; y le imparte, con el beneficio de una total absolución, la gracia de una bendición amplísima. Cuando todos se retiran, como aquel día había recibido también de manos del ministro provincial la sagrada Hostia, levantados los ojos al cielo y juntas las manos hacia Dios, dice con lágrimas a sus hermanas: «Hijitas mías, alabad al Señor, ya que Cristo se ha dignado concederme hoy tales beneficios, que cielo tierra no se bastarían para pagarlos. Hoy -prosiguió- he recibido al Altísimo y he merecido ver a su Vicario».


28. Cómo responde a su hermana que llora

Rodean el lecho de su Madre aquellas hijas que muy pronto quedarán huérfanas, cuyas almas atravesaba una espada de dolor.

No las retrae el sueño, no las aparta el hambre; sino que, olvidadas del lecho y de la mesa, día y noche tan sólo piensan en llorar. Entre ellas, la devota virgen Inés, saturada de amargas lágrimas, le dice insistentemente a su hermana que no se marche abandonándola a ella. Le responde Clara: «Hermana carísima, es del agrado de Dios que yo me vaya; mas tú cesa de llorar, porque llegarás ante el Señor en seguida de mí, y Él te concederá un gran consuelo antes de que me aparte de ti».


29. Del tránsito final y de lo que en él sucedió y se vio

Se la ve, finalmente, debatirse en la agonía durante muchos días, en los que va en aumento la fe de las gentes y la devoción de los pueblos. La visitan asiduamente cardenales y prelados honrándola cada día como a verdadera santa. Y es ciertamente admirable que, no pudiendo tomar alimento alguno durante diecisiete días, la vigorizaba el Señor con tanta fortaleza, que podía ella confortar en el servicio de Cristo a cuantos la visitaban. Y como el piadoso varón fray Rainaldo la exhortara a la paciencia en aquel prolongado martirio de tan graves enfermedades, ella, con voz clara y serena, le contestó: «Desde que conocí la gracia de mi Señor Jesucristo por medio de aquel su siervo Francisco, ninguna pena me resultó molesta, ninguna penitencia gravosa, ninguna enfermedad, hermano carísimo, difícil».

Mostrándose ya más cerca el Señor, y como si ya estuviera a la puerta, quiere que le asistan los sacerdotes y los hermanos espirituales, para que le reciten la pasión del Señor y sus santas palabras. Cuando aparece entre ellos fray Junípero, notable saetero del Señor, que solía lanzar ardientes palabras sobre Él, inundada de renovada alegría, pregunta si tiene a punto alguna nueva. Él, abriendo su boca, desde el horno de su ferviente corazón, deja salir las chispas llameantes de sus dichos, y en sus palabras la virgen de Dios recibe gran consuelo.

Vuélvese finalmente a las hijas que lloran para recomendarles la pobreza del Señor y les recuerda con ponderación los beneficios divinos. Bendice a sus devotos y devotas e implora la gracia de una larga bendición sobre todas las damas pobres de sus monasterios, tanto presentes como futuros.

¿Quién podrá relatar el resto sin llorar? Están presentes aquellos dos benditos compañeros del bienaventurado Francisco: Ángel el uno, que, lloroso él, consuela a las que lloran; León el otro, que besa el lecho de la moribunda. Plañen las hijas desamparadas ante la separación de la piadosa madre y acompañan con lágrimas a quien se les va y no han de ver más en la tierra. Duélense muy amargamente de que todo su consuelo se les marcha con ella y de que, abandonadas en este valle de lágrimas, ya no se verán más consoladas por su maestra.

A duras penas, únicamente el pudor retiene sus manos para que no se desgarren sus cuerpos; y el fuego del dolor se hace más ardiente porque no puede evaporarse con el llanto exterior. La observancia conventual ordena silencio, pero la violencia del dolor les arranca gemidos y sollozos; los rostros están ya tumefactos por las lágrimas, mas el ímpetu del corazón lacerado les suministra nuevos ríos de llanto.

Entretanto, la virgen santísima, vuelta hacia sí misma, habla quedamente a su alma: «Ve segura -le dice-, porque llevas buena escolta para el viaje. Ve -añade-, porque aquel que te creó te santificó; y, guardándote siempre, como la madre al hijo, te ha amado con amor tierno. Tú, Señor -prosigue-, seas bendito porque me creaste».

Preguntándole una de las hermanas que a quién hablaba, ella le respondió: «Hablo a mi alma bendita». No estaba ya lejano su glorioso tránsito, pues, dirigiéndose luego a una de sus hijas, le dice: «¿Ves tú, ¡oh hija!, al Rey de la gloria a quien estoy viendo?»

La mano del Señor se posó también sobre otra de las hermanas, quien con sus ojos corporales, entre lágrimas, contempló esta feliz visión: estando en verdad traspasada por el dardo del más hondo dolor, dirige su mirada hacia la puerta de la habitación, y he aquí que ve entrar una procesión de vírgenes vestidas de blanco, llevando todas en sus cabezas coronas de oro. Marcha entre ellas una que deslumbra más que las otras, de cuya corona, que en su remate presenta una especie de incensario con orificios, irradia tanto esplendor que convierte la noche en día luminoso dentro de la casa. Se adelanta hasta el lecho donde yace la esposa de su Hijo e, inclinándose amorosísimamente sobre ella, le da un dulcísimo abrazo. Las vírgenes llevan un palio de maravillosa belleza y, extendiéndolo entre todas a porfía, dejan el cuerpo de Clara cubierto y el tálamo adornado.

A la mañana siguiente, pues, del día del bienaventurado Lorenzo, sale aquella alma santísima para ser laureada con el premio eterno; y, disuelto el templo de su carne, el espíritu emigra felizmente a los cielos. Bendito este éxodo del valle de miseria que para ella fue la entrada en la vida bienaventurada. Ahora, a cambio de sus austerísimos ayunos, se alegra en la mesa de los ciudadanos del cielo; y desde ahora, a cambio de la vileza de las cenizas, es bienaventurada en el reino celeste, condecorada con la estola de la eterna gloria.


30. Cómo la Curia romana asistió a las exequias de la virgen
con gran concurso del pueblo

La noticia del tránsito de la virgen conmovió de inmediato, con impresionante resonancia, a toda la ciudad.

Acuden en tropel los hombres, acuden en masa las mujeres al lugar, y es tal la marea de gente que afluye, que la ciudad parece desierta. Todos la proclaman santa, todos la llaman amada de Dios y no pocos, en medio de las frases laudatorias, rompen a llorar. Acude el podestá con un cortejo de caballeros y una tropa de hombres armados, y aquella tarde y toda la noche hacen guardia vigilante, no sea que perdiesen algo de aquel precioso tesoro que está al alcance de todos.

Al día siguiente se pone en movimiento toda la Curia: el Vicario de Cristo, con los cardenales, llega al lugar, y toda la población se encamina hacia San Damián. Era justo el momento en que iban a comenzar los oficios divinos y los frailes iniciaban el de difuntos; cuando, de pronto, el señor papa dice que debe rezarse el oficio de las vírgenes, y no el de difuntos, como si quisiera canonizarla antes aún de que su cuerpo fuera entregado a la sepultura. Observándole el eminentísimo señor Ostiense que en esta materia se ha de proceder con prudente demora, se celebra por fin la misa de difuntos.

A continuación, sentándose el Sumo Pontífice, y con él la comitiva de cardenales y prelados, el obispo Ostiense, tomando como tema el de vanidad de vanidades, elogia en notable sermón a esta gloriosa despreciadora de la vanidad.

A continuación, los cardenales presbíteros, con devota deferencia, rodean el santo cadáver y, en torno al cuerpo de la virgen, terminan los oficios de ritual. Al final, considerando que ni es seguro ni conveniente que tan inestimable tesoro quede a trasmano de los ciudadanos, en medio de himnos y cánticos, entre sones de trompeta y júbilo extraordinario, la levantan y la conducen con todo honor a San Jorge.

Este es el mismo lugar donde el cuerpo del santo padre Francisco había sido enterrado primeramente, como si quien le había trazado mientras vivía el camino de la vida, le hubiese preparado como por presagio el lugar de descanso para cuando muriera.

Muy pronto comenzó a acudir al túmulo de la virgen gran concurrencia de pueblo que alababa a Dios y clamaba: «Verdaderamente santa, verdaderamente gloriosa, reina con los ángeles la que tanto honor recibe de los hombres en la tierra. Intercede por nosotros ante Cristo, tú, primiceria de las Damas Pobres, que a tantos guiaste a la penitencia, a tantos a la vida».

Al cabo de pocos días, Inés, llamada a las bodas del Cordero, siguió a su hermana Clara a las eternas delicias; allí entrambas hijas de Sión, hermanas por naturaleza, por gracia y por reinado, exultan en Dios con júbilo sin fin.

Y por cierto que antes de morir recibió Inés aquella consolación que Clara le había prometido. En efecto, como había pasado del mundo a la cruz precedida por su hermana, asimismo, ahora que Clara comenzaba a brillar con prodigios y milagros, Inés pasó ya madura, en pos de ella, de esta luz languideciente, a resplandecer por siempre ante Dios. Por concesión de nuestro Señor Jesucristo, quien vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

 

Parte Segunda


31. De los milagros de santa Clara
después que salió del mundo

Estos son los verdaderos prodigios de los santos, éste es el testimonio digno de veneración de sus milagros: la santidad de sus costumbres y la perfección de sus obras. Juan, ciertamente, no realizó ninguna señal; sin embargo, no serán considerados más santos que Juan los que hacen milagros. Por tanto, bastaría para testimonio de la santidad de la virgen Clara el elogio de su vida perfectísima; pero en parte la tibieza, en parte la devoción popular, piden también otras cosas. Por eso Clara, que, mientras vivía, brilló por sus méritos, ahora que está inmersa en el abismo de la claridad perpetua, no menos refulge por todo el ámbito de la tierra con el esplendor de los milagros. La verdad sincera que he jurado me obliga a describir muchas cosas; su abundancia, a pasar por alto muchísimas.


32. De los liberados del demonio

Un niño de Perusa, de nombre Jacobino, más que enfermo parecía poseído de un pésimo demonio. Así, unas veces se arrojaba desesperadamente al fuego, otras se golpeaba contra el suelo; y, por último, mordía las piedras hasta romperse los dientes, hiriéndose miserablemente la cabeza y desgarrándose hasta dejar ensangrentado todo su cuerpo. Con la boca torcida, sacando la lengua fuera, con tal extraña habilidad contorsionaba frecuentemente sus miembros haciéndose una bola, que colocaba la rodilla sobre el cuello. Dos veces al día le acometía esta locura al muchacho; y ni entre dos personas podían impedir que se despojara de sus vestidos. Se busca la ayuda de médicos competentes, pero no se encuentra quien pueda solucionar su situación.

Su padre, llamado Guidoloto, al no haber encontrado entre los hombres remedio alguno para tanto infortunio, recurre al valimiento de santa Clara. «¡Oh virgen santísima! -exclama-; ¡oh Clara!, digna de veneración para todo el mundo, a ti te ofrezco mi desgraciado hijo, de ti imploro con toda instancia su salud». Lleno de fe, acude presuroso al sepulcro de la santa, y, colocando al muchacho sobre la tumba de la virgen, obtiene el favor en el instante mismo en que lo solicita. En efecto, el muchacho queda al momento libre de aquella enfermedad y nunca más es molestado de semejante mal.


33. Otro milagro

Alejandrina de la Fratta, de la diócesis de Perusa, estaba atormentada por un demonio crudelísimo. A tal punto la había reducido a su poder, que la hacía revolotear como una avecilla encima de una alta roca que se erguía sobre la corriente impetuosa del río; y deslizarse luego por la delgadísima rama de un árbol asomado a las aguas del Tíber, y jugar allí como en un circo; para remate y a causa de sus pecados, habiendo quedado paralítica del costado izquierdo y teniendo la mano contrahecha, de nada le sirvieron los remedios tantas veces intentados.

Con arrepentido corazón se llega a la tumba de la gloriosa virgen Clara e, invocada su protección contra aquella triple desgracia, logra saludable resultado con un solo remedio. Pues queda expedita la mano contrahecha, recobra la salud el costado y la posesa queda libre del demonio.

Otra mujer de la misma localidad obtuvo también por entonces, ante el sepulcro de la santa, el beneficio de verse libre del demonio y de múltiples dolencias.


34. De uno que sanó de locura furiosa

A un joven francés que iba en el séquito de la Curia le había atacado una locura furiosa privándole del uso de la palabra y agitándole el cuerpo monstruosamente. Nadie lograba refrenarlo en modo alguno, antes bien, se revolvía del modo más horrible entre las manos de quienes intentaban contenerlo. Lo atan con cuerdas a unas angarillas y sus compatriotas lo conducen, contra su voluntad, a la iglesia de Santa Clara; lo colocan ante el sepulcro de la santa y de inmediato, gracias a la fe de quienes lo acompañan, se ve libre de su mal.


35. De la curación de un epiléptico

Valentín de Espelo se hallaba tan minado por la epilepsia, que seis veces por día caía en tierra dondequiera que se hallara. Padecía además contracción de una pierna, por lo que no podía andar expeditamente. Montado sobre un asnillo, lo conducen al sepulcro de santa Clara, donde queda tendido durante dos días y tres noches; al tercer día, sin que nadie lo tocase, su pierna hizo un gran ruido e inmediatamente quedó sano de ambas enfermedades.


36. De un ciego que recobró la vista

Santiaguito, llamado el hijo de la Espoletana, enfermo de ceguera por espacio de doce años, necesitaba un guía para moverse, pues de otro modo caminaba perdido. Ya en cierta ocasión, abandonado por su lazarillo, cayó desde una altura fracturándose un brazo e hiriéndose en la cabeza.

Una noche, mientras dormía cabe el puente de Narni, se le apareció en sueños una señora que le dijo: «Santiaguito, ¿por qué no vienes a Asís a verme y te curarías?» Al levantarse por la mañana cuenta, estremecido, a otros dos ciegos su visión. Estos le responden: «Oímos hablar, hace poco, de una dama que ha muerto en la ciudad de Asís, y se dice que el poder del Señor honra su sepulcro con gracias de curaciones y muchos milagros».

Oído esto, se pone en camino con gran diligencia y, albergándose aquella noche en Espoleto, se repite la misma visión. Se apresura aún más, parece que vuela por el ansia de recobrar la vista.

Mas, al llegar a Asís, se encuentra con que son tantos los que se aglomeran alrededor del mausoleo de la virgen, que de ningún modo puede él acercarse hasta la tumba. Lleno de fe y más aún de pena porque no puede pasar, apoya la cabeza sobre una piedra y se duerme allí afuera. Y he aquí que por tercera vez oye la misma voz que le dice: «Santiago, el Señor te concederá el favor si logras entrar».

En despertando, pide entre lágrimas a la muchedumbre, gritando y redoblando sus ruegos, que, por amor de Dios, le permitan pasar. Habiéndole abierto paso, arroja el calzado, se despoja de sus vestidos, cíñese al cuello una correa y, tocando el sepulcro, en esta humilde actitud, se adormece en un leve sueño. «Levántate -le dice la bienaventurada Clara-, levántate, que ya estás curado».

Incorporándose de pronto, disipada toda su ceguera, desaparecida toda oscuridad de sus ojos, contempla, claramente, gracias a Clara, la claridad de la luz; y glorifica al Señor alabándolo e invita a todos a bendecir a Dios por tan maravilloso portento.


37. De la recuperación de una mano inutilizada

Un hombre de Perusa, llamado Bongiovanni di Martino, se había enrolado con sus paisanos contra los de Foligno. Se armó una pelea entre los dos bandos, y una pedrada le fracturó malamente una mano. Deseando vivamente curarse, gastó con los médicos mucho dinero, sin que todos aquellos recursos pudieran evitar que la mano le quedara inútil e incapaz para cualquier trabajo. Molesto de soportar el peso de aquella mano derecha, que ni suya le parecía ya y que de nada le servía, manifestó varias veces el deseo de que se la cortaran.

Pero al oír hablar de los prodigios que el Señor se dignaba realizar por medio de su sierva Clara, hace voto y va presuroso al sepulcro de la virgen: ofrece una mano de cera y se postra sobre la tumba de la santa. Y en seguida, antes ya de salir de la iglesia, su mano recobra la salud.


38. De los contrahechos

Un tal Pedrito, del castillo de Bettona, consumido por una enfermedad de tres años, aparecía como disecado, desgastado por tan prolongado mal. Debido al mismo, se había contrahecho tanto de la cintura, que, siempre encorvado y doblado hacia el suelo, apenas podía andar ayudado de un bastón.

El padre del niño recurre a la experiencia y habilidad de muchos médicos, en particular de los especialistas en fracturas de huesos. Estaba dispuesto a gastar todos sus bienes con tal de recuperar la salud del niño. Mas como todos respondieran que no había curación posible para aquel mal, acudió a la intercesión de la nueva santa, cuyos prodigios oía contar. Lleva al niño a donde descansan los preciosos restos de la virgen y, poco después de presentarse ante el sepulcro, recibió la gracia de la curación completa, ya que inmediatamente se yergue derecho y sano, andando y saltando y alabando a Dios, e invita al pueblo allí congregado a alabar a santa Clara.

Había un muchacho de diez años, de la villa de San Quirico, de la diócesis de Asís, tullido desde el vientre de su madre; tenía las piernas delgadas, andaba de través y, caminando zigzagueante, apenas si podía levantarse cuando caía. Su madre lo había ofrecido muchas veces en voto al bienaventurado Francisco, sin lograr la más leve mejoría.

Enterándose a la sazón de que la bienaventurada Clara brillaba con el esplendor de recientes milagros, condujo al muchacho a su sepulcro. Pasados algunos días, resonaron los huesos de sus tibias, y los miembros se le enderezaron recobrando su forma natural; y aquello que san Francisco, implorado con tantos ruegos, no le había otorgado, se lo concedió su discípula Clara, por el divino favor.

Un ciudadano de Gubbio, de nombre Santiago de Franco, tenía un niño de cinco años que, por debilidad de los pies, ni había andado nunca ni podía andar; el hombre se lamentaba por aquel hijo, cual si fuera un monstruo de su casa y el oprobio de la familia. El niño solía estar tendido en el suelo, se arrastraba por el polvo, intentando de cuando en cuando ponerse en pie con la ayuda de un bastón, sin lograrlo nunca: la naturaleza, que le infundía el deseo de andar, le negaba la posibilidad.

Sus padres lo encomiendan al valimiento de santa Clara y, para expresarlo con sus propias palabras, quieren que sea el «hombre de santa Clara» si logra mediante ella la curación. Hecho el voto, acto seguido, la virgen de Cristo cura a «su hombre», restituyendo la facultad de andar normalmente al niño que le habían ofrecido. De inmediato sus padres, llegándose presurosos a la tumba de la virgen con el niño, que brincaba y saltaba de júbilo, lo consagran al Señor.

Una mujer del castillo de Bevagna, llamada Pleneria, que sufría desde hacía mucho tiempo encogimiento de cintura, no podía andar si no era sosteniéndose con un bastón. Pero a pesar de la ayuda del bastón, no lograda enderezarse, sino que se arrastraba con vacilantes pasos.

Un viernes se hizo llevar hasta el sepulcro de santa Clara; allí, orando con suma devoción, obtuvo de inmediato lo que confiadamente pedía. De modo que al día siguiente, sábado, lograda la completa curación, quien había tenido que ser llevada por los otros regresó a su casa por su propio pie.


39. De la curación de varios tumores de garganta

Una muchacha de Perusa había soportado con mucho dolor y por largo tiempo unos tumores de garganta que comúnmente se llaman escrófulas. Se le podían contar hasta veinte, de modo que su garganta aparecía bastante más abultada que la cabeza de la muchacha. La madre la llevó muchas veces al sepulcro de la virgen Clara, donde, con grandísima devoción, imploraba de la santa su favor. Y habiéndose quedado la muchacha postrada allí toda una noche ante el sepulcro, rompió a sudar, y las escrófulas comenzaron a ablandarse y a derivar un poco de su lugar. Poco a poco, pasado un tiempo, por los méritos de santa Clara, de tal modo desaparecieron, que no quedó en absoluto ni rastro de las mismas.

Un mal semejante tenía en su garganta una de las hermanas, por nombre Andrea, en vida todavía de santa Clara. Extraño es en verdad que, en medio de aquellas piedras incandescentes, se ocultase un alma tan fría y que, entre las vírgenes prudentes, hiciese el tonto tal imprudente. Lo cierto es que una noche apretó Andrea su garganta hasta el ahogo, con el intento de expulsar por la boca aquel cuajarón, queriendo sobreponerse por su cuenta a la divina voluntad.

Mas al momento, Clara, por inspiración, tuvo conocimiento del hecho. «Corre -dice a una de las hermanas-, corre volando al piso de abajo y dale a sorber a la hermana Andrea de Ferrara un huevo pasado por agua, y sube con ella aquí».

Bajando aquélla presurosa, encontró a la dicha Andrea privada del habla, próxima a la asfixia a causa de la opresión de sus manos. La levanta como puede y la lleva consigo a donde la madre; y la sierva de Dios le dice: «Miserable, confiesa al Señor tus pensamientos, que también yo los conozco a fondo. Mira, lo que tú pretendiste curar lo curará el Señor Jesucristo. Pero haz por mejorar tu vida, porque de otra enfermedad que has de padecer no te recuperarás».

Tras estas palabras recibió el espíritu de compunción y mejoró de vida muy notablemente. De allí a poco, ya curada del tumor, falleció de otra enfermedad.


40. De los salvados de los lobos

La salvaje ferocidad de los crueles lobos asolaba la comarca; es más, muchas veces, abalanzándose sobre los hombres, se alimentaban de carne humana.

Sucedióle a una mujer, de nombre Bona, de Monte Galliano, de la diócesis de Asís, que tenía dos hijos; apenas acababa de llorar la pérdida de uno de ellos arrebatado por los lobos cuando he aquí que éstos se precipitaron con la misma ferocidad sobre el segundo. Estaba, en efecto, la madre en su casa entregada a los quehaceres del hogar cuando un lobo clava los dientes en el niño que se entretenía afuera, y, mordiéndolo en el cuello, huye a toda velocidad con su presa a la selva.

Al oír los chillidos del niño, unos hombres que estaban en los viñedos gritan a la madre: «Mira a ver si tienes ahí contigo a tu hijo, porque acabamos de oír hace un momento gritos extraños».

Al darse cuenta la madre de que el hijo le había sido arrebatado por el lobo, levanta al cielo su clamor y, llenando el aire de lamentos, invoca a la virgen Clara, diciendo: «Gloriosa santa Clara, devuélveme a mi desdichado hijo. Devuelve -repite-, devuelve a la infeliz madre su tierno hijo. Si no lo haces así, me suicidaré yo arrojándome al agua».

Entretanto, los vecinos, corriendo tras el lobo, encuentran al niñito abandonado por él en la selva y, junto a él, un perro que le lame las heridas. La fiera salvaje primero lo había atrapado por el cuello; luego, para llevar más fácilmente su presa, lo enganchó por la cintura; en ambas partes había dejado huellas bien marcadas de sus dentelladas salvajes.

La señora, viendo atendido su ruego, acude con las vecinas donde su protectora y, mostrando a quien quiera ver las varias heridas del niño, prorrumpe en agradecimiento a Dios y a la santa.

Una muchacha del castillo de Cannara estaba sentada a pleno día en el campo; otra mujer había reclinado su cabeza en su regazo. Cuando, de pronto, un lobo, ávido de carne humana, dirige sus pasos furtivos en busca de una presa. La muchacha lo vio ciertamente; pero, creyendo que era un perro, ni se alarmó. Y mientras seguía registrando la cabellera de la que tenía en el regazo, la temible fiera se lanza sobre ella y, atrapándole el rostro con sus anchas fauces abiertas, corre con la presa hacia la selva.

Se levanta inmediatamente la mujer enloquecida y, acordándose de santa Clara, grita con todas sus fuerzas: «Auxilio, santa Clara, auxilio; a ti te encomiendo ahora esta jovencita». En seguida -cosa increíble- la que era transportada entre los dientes del lobo le increpa a éste, diciéndole: «Oye, ladrón, ¿te atreverás a llevarme aún, después que me han encomendado a tan santa virgen?» Confundido con esta invectiva, depositó al punto muellemente en tierra a la muchacha y, como ladrón sorprendido, huyó corriendo.


41. De la canonización de la virgen santa Clara

Ocupaba la sede de Pedro el clementísimo príncipe, el señor Alejandro IV, hombre amigo de toda santidad, el cual era a la vez tutela de los religiosos y columna firme de las religiones. Al difundirse la noticia de estas maravillas y resonar más anchamente de día en día la fama de las virtudes de la virgen, todo el mundo aguardaba ya con gran deseo la canonización de tan insigne virgen. Por fin, el mencionado Pontífice, movido por el cúmulo de tan señalados milagros a una decisión casi insólita, comenzó a tratar con los cardenales de su canonización.

Comisiona a personas discretas y dignísimas al examen de los milagros, y les encarga también la investigación de su prodigiosa vida. Aparece Clara como ejemplo clarísimo, en vida, de la práctica de todas las virtudes; se manifiesta, después de su tránsito, admirable por sus milagros auténticos y comprobados.

Siendo esto así, habiéndose reunido el día señalado el colegio de cardenales y estando presente la asamblea de arzobispos y obispos, ante una gran concurrencia de clero, religiosos, sabios y grandes de este mundo, el Sumo Pontífice propuso ante todos aquel asunto tan razonable; e inquiriendo de los prelados su juicio, todos dan inmediatamente su voto favorabilísimo y afirman que Clara debe ser glorificada en la tierra como Dios la ha glorificado en los cielos.

Acércase, pues, la fecha de su tránsito al Señor, dos años después del mismo; congregada una multitud de prelados y de todo el clero, y previo un sermón, el feliz Alejandro, a quien el Señor le había reservado esta gracia, ante una afluencia extraordinaria de gente, inscribió reverentemente a Clara en el catálogo de los santos y decretó que en toda la Iglesia se celebrase solemnemente su fiesta, que él con toda la Curia celebró por primera vez solemnísimamente.

Y todo esto tuvo lugar en Anagni, en la iglesia mayor, el año de la Encarnación del Señor de 1255, primero del pontificado del señor Alejandro, para alabanza de nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

 


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