Crónica 

Jordán de Giano

Prólogo

A los hermanos de la Orden de los Menores establecidos por Alemania, el hermano Jordán de Giano del valle de Espoleto desea en el presente la perseverancia en el bien, y en el futuro la gloria sin fin con Cristo.

Cuando alguna vez contaba cosas sobre las costumbres familiares y sobre la vida de los primeros hermanos enviados a Alemania, muchos hermanos de los que lo oían se sentían edificados, hasta el punto de rogarme muchas veces que recogiera por escrito esos relatos y otras cosas que pudiese recordar, anotando los años en que fueron enviados los hermanos y cuándo sucedió tal o cual episodio. Y puesto que, como dice la Escritura, «es pecado de adivinación no querer someterse e iniquidad de idolatría no querer obedecer», decidí acceder al devoto deseo de los hermanos, sobre todo de fray Balduino de Brandenburgo, quien espontáneamente y a requerimiento de fray Bartolomé, entonces ministro de Sajonia, se me ofreció como escribano.

Por lo tanto, en el año del Señor 1262, después del Capítulo de Halberstadt, celebrado el domingo «Jubilate», nos quedamos en el lugar donde se había celebrado el Capítulo, yo dictando y fray Balduino escribiendo, con el fin de atender de alguna manera el deseo de los hermanos. Si lo he conseguido, incluso yo me alegro. En caso contrario, os será necesario usar de cierta indulgencia porque, como sabéis, he emprendido esta tarea obligado por vosotros y a pesar de considerarme poco formado. Respecto a la datación de los hechos, si tal vez he cometido errores por olvido, cosa natural en un hombre ya viejo y cansado, pido perdón al lector, rogándole que me corrija y rectifique con caridad allí donde encuentre una equivocación. Igualmente, veré bien que alguien quiera embellecer con palabras más elegantes el estilo del escritor y la tosquedad del dictado. Me parece suficiente haber suministrado el material a escritores excelentes y expertos en el arte de escribir.

Cuando pienso en mi poquedad y en la de aquellos otros hermanos enviados conmigo a Alemania y considero la actual prosperidad y gloria de nuestra Orden, en medio de mi confusión exalto de corazón la divina clemencia y me siento obligado a deciros las palabras del Apóstol: «Considerad, hermanos, vuestra vocación, puesto que no fueron muchos los sabios según la carne los que dieron forma a nuestra Orden con su sabiduría, ni muchos los poderosos que emplearon su fuerza para conservarla, ni muchos los nobles que se empeñaron en honrarla con su favor. Sino que Dios ha escogido a los que el mundo considera necios para confundir a los sabios; Dios ha escogido a los débiles según el mundo para confundir a los fuertes, y a los plebeyos y despreciados por el mundo, y a las cosas que no existen, para emular a las que existen, de modo que ningún hombre pueda enorgullecerse delante de Dios». Así, pues, para gloriarnos en Dios, quien hizo surgir esta Orden con su sabiduría y por medio de su siervo Francisco la ofreció al mundo como ejemplo, y no en un hombre, se narrará más detalladamente en los capítulos que siguen cómo, cuándo, de qué manera y por medio de qué personas ella ha llegado hasta nosotros.

1. En el año del Señor 1207, Francisco, mercader de profesión, con el corazón compungido y tocado por el soplo del Espíritu Santo, comenzó una vida de penitencia, vestido de ermitaño. Pero ya que está suficientemente explicado en la Leyenda cómo sucedió su conversión, aquí lo pasamos.

2. En el año del Señor 1209, tercero de su conversión, habiendo escuchado en el Evangelio lo que Cristo dijo a los discípulos al enviarlos a predicar, se deshizo inmediatamente del bastón, la alforja y el calzado, cambió de hábito, adoptando el que llevan ahora los hermanos, y se hizo imitador de la pobreza evangélica y predicador solícito del Evangelio.

3. En el año del Señor 1219, décimo de su conversión, el hermano Francisco, en el Capítulo celebrado junto a Santa María de la Porciúncula, envió hermanos a Francia, Alemania, Hungría, España y a las otras provincias de Italia a las que los hermanos no habían llegado todavía.

4. Los hermanos que fueron a Francia, preguntados si eran Albigenses, respondían que sí, no comprendiendo qué era eso de Albigenses e ignorando que se trataba de unos herejes, hasta el punto de ser tomados casi por tales. Pero el obispo y los maestros, después de leer atentamente su Regla y encontrarla evangélica y católica, consultaron sobre el particular al señor papa Honorio. Éste declaró, por medio de cartas suyas, que su Regla era auténtica, ya que había sido aprobada por la Sede Apostólica, y los hermanos, hijos especiales de la Iglesia Romana y verdaderamente católicos; de este modo los libró de ser sospechosos de herejía.

5. A Alemania fueron enviados los hermanos... y fray Juan de Penna, junto con unos 60 hermanos o más. Éstos penetraron en las regiones germanas sin conocer la lengua, y preguntados si querían alojamiento, comida y demás, respondieron «ja», siendo acogidos por algunos con benevolencia. Y advirtiendo que con la palabra «ja» se les trataba bien, decidieron responder «ja» a cualquier pregunta. Pero sucedió que, al preguntarles si eran herejes y habían llegado con la intención de inficionar toda Alemania, como habían hecho antes con la Lombardía, respondieron también «ja». Entonces, algunos de ellos fueron golpeados, otros encarcelados, a otros se les quitó la ropa y, habiéndoles paseado así desnudos, los convirtieron en espectáculo ridículo para el pueblo. Viendo, pues, los hermanos que no tenían nada que hacer en Alemania, regresaron a Italia. Por este motivo los hermanos miraban a Alemania como un lugar cruel, al que no osaban volver sino inspirados por el deseo del martirio.

6. Los hermanos enviados a Hungría fueron llevados allí por mar, a instancias de un obispo húngaro; y cuando avanzaban por separado a través de los campos, los pastores les azuzaban los perros y, sin cruzar palabra, los golpeaban obstinadamente con el extremo romo de sus picas. Preguntándose los hermanos entre sí por el motivo de tan malos tratos, dijo uno de ellos: «Tal vez quieran nuestras túnicas superiores». Se las dieron, pero ni aun así cesaron los bastonazos. Y añadió: «Tal vez quieran también nuestras túnicas interiores». Se las dieron, pero ni aun así dejaron aquéllos de bastonearlos. Dijo por último: «Tal vez quisieran incluso nuestros calzones». Se los dieron, y aquellos cesaron de golpearlos, dejándolos ir desnudos. Uno de estos hermanos me contaba que había perdido de este modo los calzones unas quince veces. Y dado que, vencido por el pudor y la vergüenza, le dolía más perder los calzones que las otras prendas, los manchó con estiércol de buey y otras porquerías para que los pastores, sintiendo náuseas al verlos, no se los quitasen. Afligidos por éstas y otras muchas injurias, se volvieron a Italia.

7. De los hermanos que pasaron a España, cinco fueron coronados por el martirio. Si estos cinco fueron enviados por este mismo Capítulo o por el precedente, como fray Elías y sus compañeros de ultramar, no podría decirlo con seguridad.

8. Cuando fueron referidos a Francisco el martirio, la vida y la Leyenda de dichos hermanos, viendo que en dicha Leyenda se les alababa, y dándose cuenta de que los hermanos se gloriaban del martirio de aquéllos, siendo como era un gran despreciador de sí mismo y enemigo de toda alabanza y gloria, rechazó la Leyenda y prohibió su lectura, diciendo: «Cada uno gloríese de su propio martirio, y no del ajeno».

Y así toda aquella misión, tal vez porque se había enviado antes de tiempo, pues el tiempo para cada cosa está escrito en el cielo, no llegó a conseguir nada.

9. Fray Elías fue nombrado por Francisco ministro provincial de ultramar. Por su predicación, un clérigo llamado Cesáreo fue admitido en la Orden. Este Cesáreo, alemán nacido en Espira y subdiácono, había sido discípulo en teología del maestro Conrado de Espira, predicador de la cruzada y más tarde obispo de Hildesheim. Siendo aún secular, fue un gran predicador e imitador de la perfección evangélica. Dado que ciertas matronas en su ciudad iban a su predicación llevando un vestido sencillo y dejados los adornos, sus maridos, indignados, quisieron mandarlo a la hoguera como hereje. Pero librado por el maestro Conrado, se volvió a París. Más tarde, atravesando el mar con ocasión del solemne tránsito, por la predicación de fray Elías, como se dijo, se convirtió a nuestra Orden y llegó a ser un hombre de gran doctrina y ejemplo.

10. Dadas estas disposiciones, el bienaventurado padre, dándose cuenta de haber mandado a sus hijos al martirio y al sacrificio, no quiso dar la impresión de buscar su propia tranquilidad mientras los demás sufrían por Cristo. Debido a su gran coraje y no queriendo que nadie le superase en el seguimiento de Cristo, sino más bien preceder a todos, y puesto que sus hijos habían sido enviados a peligros inciertos y entre fieles, él mismo, ardiendo en amor por la pasión de Cristo, en el mismo año en que mandó a los otros hermanos, es decir, en el decimotercero de su conversión, afrontó los peligros ciertos del mar y, pasando a los infieles, se presentó ante el sultán. Pero antes de poder llegar hasta él, tuvo que sufrir muchas injurias y ofensas, e ignorando la lengua gritaba en medio de los golpes: «¡Sultán, Sultán!» Así fue conducido hasta su presencia y recibido por él con mucho honor y atendido humanitariamente en su enfermedad. Y cuando decidió volver, ya que allí no podía hacer nada, el Sultán le hizo acompañar, por una escolta armada, hasta el ejército cristiano que estaba entonces asediando Damieta.

11. Cuando el bienaventurado Francisco cruzó el mar con Pedro Cattani, experto en leyes y jurisconsulto, dejó dos vicarios, fray Mateo de Narni y fray Gregorio de Nápoles. Estableció a Mateo en Santa María de la Porciúncula, con el encargo de estar allí para recibir a los que debían ser acogidos en la Orden, y a Gregorio para que, yendo por Italia, confortara a los hermanos. Ahora bien, puesto que según la primitiva Regla, los hermanos ayunaban miércoles y viernes y, con el permiso de Francisco, también lunes y sábados, mientras que los otros días comían carne, estos dos vicarios, con algunos hermanos más ancianos de Italia, tuvieron un Capítulo, en el que establecieron que los hermanos no adquirieran carne en los días permitidos, sino que la comiesen solamente en el caso de que los fieles la ofrecieran espontáneamente. Además, establecieron el ayuno obligatorio los lunes y los otros dos días, añadiendo que los lunes y sábados no debían procurarse lacticinios, sino que se debían abstener de ellos, a menos que los fieles devotos los ofrecieran de modo espontáneo.

12. Un hermano laico, indignado por estas constituciones, dado que pretendían añadir algo a la Regla del santo padre, tomó consigo las constituciones y cruzó el mar sin licencia de los vicarios. Y llegado a donde estaba el bienaventurado Francisco, lo primero que hizo fue confesar ante él su culpa pidiendo perdón por haberse presentado sin permiso, aunque movido por la necesidad, desde el momento en que los vicarios que había dejado habían tenido la presunción de añadir nuevas normas a su Regla; además, añadió que la Orden estaba removida en toda Italia, tanto por los dos vicarios como por algunos otros hermanos que reclamaban novedades. Leídas las constituciones en el preciso momento en que el bienaventurado Francisco estaba sentado a la mesa y se disponía a comer la carne que le habían preparado, preguntó a fray Pedro: «¿Señor Pedro, qué hacemos?» Y él respondió: «¡Ah, señor Francisco!, lo que os parezca ya que vos tenéis la autoridad». Dado que fray Pedro era docto y noble, el bienaventurado Francisco, por cortesía, le honraba llamándole «señor». Y este recíproco respeto permaneció entre ellos tanto en ultramar como en Italia. Por fin, concluyó el bienaventurado Francisco: «Comamos, pues, como dice el Evangelio, la comida que nos han preparado».

13. Por aquel mismo tiempo, vivía en ultramar una pitonisa que había predicho muchas cosas ciertas, y por eso la llamaban la «Verídica». Ésta había dicho a los hermanos que estaban con Francisco: «Volved, volved, porque la Orden está revuelta, dividida y a punto de disgregarse por la ausencia del hermano Francisco». Y esto era verdad, pues fray Felipe, que tenía el cuidado de las Damas Pobres, en contra del bienaventurado Francisco, quien prefería superar todos los conflictos con la humildad más que con la potestad judicial, había obtenido de la Sede Apostólica cartas que le autorizaban a defender a las Damas y excomulgar a quienes las molestasen. Igualmente, fray Juan de Campello, habiendo reunido un gran número de leprosos, hombres y mujeres, salió de la Orden y quiso hacerse fundador de otra nueva; escribió una Regla y se presentó con sus seguidores a la Sede Apostólica para que la aprobaran. Además de todas estas cosas, durante la ausencia del bienaventurado Francisco, surgieron otros motivos de turbación, tal como lo había predicho la Verídica.

14. El bienaventurado Francisco, tomando consigo a fray Elías, a fray Pedro Cattani y a fray Cesáreo -aquel que había sido admitido por fray Elías cuando era ministro de Siria, como ya se dijo-, y a otros hermanos, se volvió a Italia. Una vez allí y conocidas más a fondo las causas de tales desórdenes, no se dirigió a los agitadores, sino que se fue al señor papa Honorio. No atreviéndose el humilde padre a llamar a la puerta de tan gran príncipe, se acostó en el atrio del señor papa, esperando con paciencia que saliera espontáneamente. Cuando salió, el bienaventurado Francisco le hizo una reverencia y le dijo: «Padre papa, Dios te dé la paz». Y él: «Dios te bendiga, hijo». Y el bienaventurado Francisco: «Señor, dado que eres grande y estás ocupado a menudo en grandes asuntos, los pobres no pueden muchas veces llegar hasta ti, ni hablar contigo cada vez que tienen necesidad. Tú me has concedido muchos papas. Dame uno con el que pueda hablar cuando lo necesite y que, haciendo tus veces, escuche y resuelva mis problemas y los de mi Orden». A lo que contestó el papa: «¿A quién quieres que te dé, hijo?» Y Francisco respondió: «Al señor de Ostia». Y se lo concedió. Habiendo, pues, el bienaventurado Francisco referido al señor de Ostia, su papa, las causas de su turbación, éste revocó inmediatamente las cartas a fray Felipe, mientras que fray Juan y sus seguidores, avergonzados, fueron expulsados de la Curia.

15. Y así, con el fervor de Dios, los perturbadores se calmaron inmediatamente y el bienaventurado Francisco reformó la Orden según sus normas. Y viendo el bienaventurado Francisco que fray Cesáreo era docto en Sagrada Escritura, le confió el trabajo de adornar con palabras del Evangelio la Regla redactada por él con palabras sencillas. Y él lo hizo. Y puesto que la mayoría de los hermanos estaban turbados por las voces que corrían sobre el bienaventurado Francisco, diciendo algunos que había muerto, otros que lo habían asesinado y otros que había naufragado, cuando se enteraron de que estaba vivo y había vuelto, debido a la alegría, les pareció que amanecía una nueva luz para ellos. El bienaventurado Francisco anunció inmediatamente el Capítulo general en Santa María de la Porciúncula.

16. En el año del Señor 1221, el 23 de mayo, indicción XIV, en el santo día de Pentecostés, el bienaventurado Francisco celebró el Capítulo general en Santa María de la Porciúncula. Al Capítulo, según la costumbre entonces en vigor, asistieron tanto los profesos como los novicios, estimándose en unos 3.000 el número de hermanos que acudieron. En el Capítulo estuvo presente el señor Reinerio, cardenal diácono, con otros muchos obispos y religiosos. Por orden del cardenal, un obispo celebró la misa, y se cree que el bienaventurado Francisco leyó el Evangelio y otro hermano la Epístola. Al no tener los hermanos edificios suficientes para tantos, se alojaron en un campo ancho y vallado, al abrigo de unos cobertizos de ramas, comiendo y durmiendo divididos ordenada y espaciosamente en grupos de veintitrés mesas. La gente del lugar servía con suma prontitud a este Capítulo, proveyendo en abundancia de pan y vino, y contenta de una reunión tan grande de hermanos y del regreso del bienaventurado Francisco. En este Capítulo el bienaventurado Francisco predicó a los hermanos escogiendo el tema: «Bendito el Señor, mi Dios, que prepara mis manos para la lucha», enseñándoles las virtudes y exhortándoles a la paciencia y a servir de ejemplo al mundo. De igual manera predicaba al pueblo, quedando edificados tanto el pueblo como el clero. ¿Quién podrá explicar la gran caridad, paciencia, obediencia y alegría fraterna que reinaba entonces entre los hermanos? Un Capítulo como éste, tanto por el número de hermanos como por la solemnidad de las ceremonias, no lo vi nunca en la Orden. Y no obstante la multitud de hermanos, el pueblo proveía de todo con tanta alegría que después de siete días de Capítulo los hermanos tuvieron que cerrar la puerta para no aceptar nada más, permaneciendo otros dos días aún con el fin de agotar los alimentos que habían recibido.

17. Al final de este Capítulo o, mejor, cuando estaba a punto de terminar, le vino a la memoria al bienaventurado Francisco que la Orden no había conseguido todavía implantarse en Alemania; encontrándose entonces delicado de salud, todo lo que tenía que comunicar al Capítulo lo decía por medio de fray Elías. El bienaventurado Francisco, sentado a los pies de éste, tiró de su hábito, quien, inclinándose hasta él y escuchando lo que quería, se irguió y dijo: «Hermanos, el Hermano -entendiendo por tal al bienaventurado Francisco, que entre ellos era llamado el hermano por excelencia- dice que existe un país, Alemania, donde viven hombres cristianos y devotos; como bien sabéis, éstos pasan muchas veces por nuestra tierra con sus largos bastones y grandes botas, cantando alabanzas a Dios y a sus santos, y aguantando, sudorosos, los ardientes rayos del sol, y visitan los sepulcros de los santos. Pero como los hermanos que fueron antes entre ellos volvieron maltratados, el Hermano no obliga a nadie a que vaya. Pero si algunos, inspirados por el celo de Dios y de las almas, quieren ir, les dará la misma obediencia e incluso más amplia que la que daría a cuantos van a ultramar. Y si hay algunos que tienen intención de ir, que se levanten y se pongan en un grupo aparte». Inflamados por el deseo, se levantaron cerca de 90 hermanos, dispuestos a ofrecerse a la muerte y, sentados aparte según se les había dicho, esperaban saber quiénes, cuántos, cómo y cuándo debían partir.

18. En aquel Capítulo había un hermanoque solía suplicar al Señor que su fe no fuera corrompida por los herejes de Lombardía ni puesta en peligro por la brutalidad de los alemanes, y que el Señor, en su misericordia, se dignase liberarlo de estas dos pruebas. Éste, viendo levantarse a muchos hermanos dispuestos a ir a Alemania, pensó que serían inmediatamente martirizados por los alemanes, y doliéndose de no haber conocido personalmente a los enviados y ya martirizados en España, quiso evitar que le sucediera lo mismo con éstos; se levantó de en medio de la multitud y fue hacia ellos, preguntándole a cada uno: «¿Quién eres y de dónde?», pues consideraba una gran gloria, caso de que fueran martirizados, poder decir: «Yo conocí a éste, o conocí a aquél». Entre ellos había un hermano diácono llamado Palmerio, que después fue guardián del convento de Magdeburgo, persona alegre e ingeniosa, oriundo del monte Gárgano en la Pulla. Cuando llegó hasta él el hermano curioso y le preguntó quién era y cómo se llamaba, éste respondió: «Me llamo Palmerio», y cogiéndolo de la mano, añadió: «Tú también eres de los nuestros y te vendrás con nosotros», queriendo llevárselo consigo entre los alemanes, mientras que el otro había pedido ya muchas veces al Señor que lo mandase donde quisiera excepto allí. Mas él, al oír el nombre de alemanes, replicó horrorizado: «No soy de los vuestros, y he venido solamente para conoceros, no para irme con vosotros». Mas aquél, siguiendo con su buen humor, lo retuvo y, no obstante se le opusiera con palabras y gestos, lo atrajo a tierra, obligándole a sentarse con él en medio de los otros. Entre tanto, cuando sucedía esto y el hermano curioso era retenido aún con los otros, fue asignado a otra Provincia con la fórmula: «El hermano tal vaya a la provincia cual». Mientras los 90 hermanos esperaban la decisión, fue designado ministro de Alemania el alemán Cesáreo, nacido en Espira -como se dijo- , con la facultad de escogerse de entre los 90 a los que quisiese. Y habiendo encontrado entre ellos al hermano curioso, le sugirieron que se lo llevara consigo. Pero éste, que iba de mala gana entre los alemanes, al no cesar de repetir: «No soy de los vuestros, ni me he levantado con la intención de ir con vosotros», fue llevado ante fray Elías. Los hermanos de la provincia a la que había sido destinado, oyendo esto, trataban de tenerlo consigo, puesto que estaba delicado de salud y el país donde debía ir era demasiado frío. Sin embargo, fray Cesáreo intentaba por todos los modos llevárselo consigo. Fray Elías terminó el pleito diciendo: «Te ordeno, hermano, por santa obediencia, que decidas de una vez si quieres ir o quedarte». Pero él, sujeto a la obediencia y no sabiendo qué hacer, no se decidía a elegir según su conciencia, para no dar la impresión, si escogía, de obrar según su propia voluntad. Debido a la crueldad de los alemanes, tenía miedo de ir poniendo en peligro su alma en caso de perder la serenidad por los tormentos. Así, perplejo entre las dos alternativas y no encontrando por sí solo la solución, se acercó a un hermano que había pasado ya por muchas tribulaciones, el mismo que en Hungría -como se dijo-  había perdido los calzones hasta 15 veces, y le pidió consejo con estas palabras: «Hermano carísimo, he recibido esta orden, pero tengo miedo de elegir y no sé qué hacer». A lo que contestó el otro: «Ve y dile a fray Elías: "Hermano, ni quiero ir ni quedarme, pero haré lo que me mandes". Y así te librarás de tal perplejidad». Y así lo hizo. Cuando fray Elías oyó esto, le mandó, por santa obediencia, que se diera prisa a ir a Alemania con fray Cesáreo. Éste es fray Jordán de Giano, el mismo que ahora os escribe y que, precisamente por estas circunstancias, llegó a Alemania, se libró de la furia de los alemanes, por los que sentía horror, y juntamente con fray Cesáreo y otros hermanos plantó por primera vez en Alemania la Orden de los Menores.

19. El primer ministro de Alemania fue fray Cesáreo, el cual, preocupado por cumplir eficazmente la obediencia que se le había encargado, tomó consigo a los hermanos Juan de Pian del Cárpine, predicador en latín y lombardo, el alemán Bernabé, óptimo predicador en lombardo y en alemán, Tomás de Celano, el que después escribió la primera y la segunda Leyenda de san Francisco, José de Treviso, el húngaro Abraham, el toscano Simón, hijo de la condesa de Colazzone, el clérigo alemán Conrado, el sacerdote Pedro de Camerino, los sacerdotes Santiago y Gualterio, el diácono Palmerio, y fray Jordán de Giano, diácono, y algunos otros hermanos laicos, exactamente el alemán Benito de Soest, el suebo Enrique, además de otros muchos cuyos nombres no recuerdo. Fueron en total 12 clérigos y 13 laicos. Después que los hubo escogido, fray Cesáreo, que era un hombre piadoso y abandonaba de mala gana al bienaventurado Francisco y a los otros santos hermanos, con la autorización del bienaventurado Francisco distribuyó a los compañeros asignados por las distintas casas de Lombardía para que esperasen allí sus instrucciones. Él mismo se entretuvo durante tres meses en el valle de Espoleto. Y cuando se decidió a emprender el viaje a Alemania, llamó a los hermanos y envió a fray Juan de Pian del Cárpine y a fray Bernabé y a algunos otros por delante, para que preparasen alojamiento en Trento, tanto para ellos como para los otros hermanos que debían seguirles inmediatamente en grupos de tres y cuatro.

20. Congregados, pues, los hermanos llegados sucesivamente a Trento, antes de la fiesta de san Miguel, fueron acogidos con benevolencia por el obispo de la ciudad durante los seis días que tardaron en llegar todos. El día de san Miguel, fray Cesáreo predicó al clero y fray Bernabé al pueblo. Como fruto de sus predicaciones, un ciudadano de Trento llamado Pellegrino, rico y conocedor de las lenguas alemana y lombarda, dio a los hermanos hábitos y túnicas nuevas, y, habiendo vendido todos sus bienes y distribuido su importe entre los pobres, fue acogido en la Orden.

21. Después, fray Cesáreo convocó a sus hermanos en Trento y habiéndoles exhortado a conservar la humildad y la paciencia, [dejó algunos hermanos para la edificación del pueblo, y a los otros]  los mandó por delante de sí a Bolzano en grupos de dos y de tres, encargando a uno para lo temporal y a otro para lo espiritual. También aquí se encargó el señor obispo de Trento de mantener durante varios días a los hermanos que iban llegando sucesivamente, y les concedió facultad para predicar en su diócesis. Llegados a Brixen desde Bolzano, fueron recibidos con benevolencia por el obispo del lugar. De Brixen, penetrando por regiones montañosas, llegaron a Sterzing después de la hora de la comida. Y como la gente no tenía pan a mano y los hermanos no sabían pedirlo, esperando llegar antes que anocheciera a un lugar en el que la caridad de sus habitantes les permitiera refocilarse, llegaron a Mittenwald. Mas aquí, habiendo gran escasez de comida, mataron el hambre con dos trozos de pan y siete nabos, y la sed con la alegría del corazón, aunque más bien los despertaron aún más. Consultando entre ellos el modo de llenarse el estómago para poder disfrutar del descanso de la noche, después de andar siete fatigosas millas, decidieron beber del río, que traía el agua limpia, para que el estómago vacío no se quejase. Cuando amaneció, se levantaron hambrientos y ayunos, reemprendiendo el camino. Habrían avanzado media milla, cuando empezó a nublárseles la vista, flaquearles las piernas, doblárseles las rodillas por el ayuno y perder las fuerzas en todo el cuerpo. Obligados por los calambres que les producía el hambre, arrancaban frutos de los arbustos y demás clases de árboles y hierbas que encontraban por el camino. Pero como era viernes, tenían miedo de romper el ayuno. Incluso, el mismo hecho de llevarse consigo los frutos de los árboles y arbustos les daba la impresión de estar ya un tanto refocilados porque, en caso de extrema necesidad, tenían de qué comer. Y así, unas veces deteniéndose, otras andando con lentitud, llegaron con dificultad a Matrei. Y he aquí que Dios, a quien se confía el pobre, solícito con sus pobres, hizo que encontrasen al entrar en la ciudad dos hombres hospitalarios que les compraron un pan de dos denarios. Pero, ¿qué era esto para tantos?Como era tiempo de los nabos, no les quedó otro remedio que mendigarlos para suplir con ellos la falta de pan.

22. Después de haber comido, más llenos que alimentados, prosiguieron el camino a través de aldeas, castillos y monasterios, hasta llegar a Augsburgo. Allí, el señor obispo del lugar y su «vicario», sobrino suyo y canónigo de la catedral, los acogieron con mucha benevolencia. El mismo obispo de Augsburgo les tomó tal cariño a los hermanos, que los recibió con un beso a cada uno, y con un beso los despidió. También el vicario los recibió con igual cariño, hasta el punto de dejarles su propia curia para que se establecieran los hermanos. Igualmente el clero y el pueblo los acogieron con benevolencia y los saludaron con reverencia.

23. En el año del Señor 1221, por la fiesta de san Galo, fray Cesáreo, primer ministro de Alemania, convocó en Augsburgo a sus hermanos en número de 31, y celebrado el primer Capítulo después de entrar en Alemania, los envió por las diversas provincias de la misma. Mandó delante a fray Juan de Pian del Cárpine y fray Bernabé para que predicasen en Würzburgo. Después pasaron a Maguncia, Worms, Espira, Estrasburgo y Colonia. En todos estos sitios se presentaban al pueblo, predicaban la penitencia y preparaban alojamiento a los hermanos que les seguían.

24. En este mismo Capítulo, fray Cesáreo envió a fray Jordán de Giano con dos compañeros, Abraham y Constantino, a Salzburgo. Ellos fueron recibidos muy bien por el obispo del lugar. Envió también a Ratisbona a otros tres hermanos con fray José. Después, fray Cesáreo, siguiendo los pasos de los que iban delante, confirmaba a los hermanos en el bien con la palabra y el ejemplo.

25. En el mismo año, fray Cesáreo, llegado a Würzburgo, recibió en la Orden a un joven hábil y culto llamado Hartmuth y a quien los italianos, no siendo capaces de pronunciar su nombre, llamaban Andrés, puesto que había entrado en la Orden el día de san Andrés. Al poco tiempo fue hecho sacerdote y predicador, y en seguida lo hicieron custodio de Sajonia. También recibió a un laico llamado Rüdiger que después fue guardián de Halberstadt, y fue también maestro de vida espiritual de santa Isabel, enseñándole a conservar la castidad, la humildad y la paciencia, a pasar las vigilias en oración y dedicarse asiduamente a las obras de misericordia. Igualmente recibió a cierto laico llamado Rodolfo.

26. En el año del Señor 1222, fray Cesáreo había recibido ya en la Orden tal cantidad de hermanos, tanto clérigos como laicos, que, llamando a los hermanos de las ciudades vecinas, celebró en Worms el primer Capítulo provincial. Puesto que el lugar donde se hospedaban los hermanos era estrecho y poco apto para celebrar misa y predicar, debido a su gran número, aconsejados por el obispo y los canónigos, se reunieron en la catedral para la celebración y la predicación; los canónigos se juntaron en un coro, y dejaron el otro a los hermanos. Celebró la misa un hermano de la Orden, y, cantando a porfía uno y otro coro, recitaron el oficio divino con gran solemnidad .

27. Desde este Capítulo, fray Cesáreo envió a dos hermanos con cartas para los hermanos de Salzburgo , los cuales no habían venido al Capítulo, para que fueran a verle si querían. Pero ellos, que se habían entregado completamente a la obediencia hasta el punto de no querer hacer nada por propia voluntad, turbados por la condición puesta en la carta, «si querían ir», se dijeron: «Vamos a preguntarle por qué nos ha escrito así a nosotros que no queremos sino lo que él quiera». Puestos en camino, llegaron a un pueblo con intención de comer; mendigando de dos en dos oían que se les respondía en alemán: «God berad» , que en latín significa: «Dios os ayude», o mejor, «Dios provea de vosotros». Uno de ellos , viendo que con esta expresión no se les ofrecía nada, pensó y dijo: «Este "God berat" hoy nos matará de hambre». Y adelantándose al hermano que mendigaba en alemán, comenzó a hacerlo en latín. Pero los alemanes respondían: «Nosotros no entendemos el latín, háblanos en alemán». Y el hermano les respondió con muy mala pronunciación: «Nicht diudisch» , que en latín quiere decir: «Nada de alemán, sólo lo entiendo». Y añadió en alemán: «Brot durch got» . A lo que respondieron ellos: «Es curioso que hablando el alemán digas que no sabes alemán». Y añadieron: «God berad». El hermano, alegrándose en sus adentros, sonriendo y fingiendo no entender lo que decían, se sentó en un banco. Entonces el hombre y la mujer, mirándose uno al otro y sonriendo por su desfachatez, le dieron pan, huevos y leche. Dándose cuenta de que con tal fácil simulación podía socorrer las necesidades propias y las de sus hermanos, pasó con este sistema por unas 12 casas, recogiendo lo suficiente para siete hermanos. Siguiendo de nuevo el mismo camino llegaron a un pueblo el día de Pentecostés antes de la misa. La oyeron, y uno de ellos comulgó. Al ver la simplicidad y humildad de los hermanos, les entró tal compunción a las gentes del pueblo que se arrodillaban delante de ellos venerando hasta las huellas de sus pies. De allí, pasando por Würzburgo, Maguncia y Worms, llegaron a Espira. Allí encontraron reunidos a fray Cesáreo y otros muchos hermanos y, como era costumbre, fueron acogidos con mucha benevolencia y agasajados con mucho afecto por su llegada. Fray Cesáreo, reprochado por los hermanos por haber escrito de aquel modo, se disculpó dando satisfacciones y explicando su intención.

28. En el mismo año, segundo de la llegada de los hermanos a Alemania, fray Cesáreo, ministro de Alemania, después de haber colocado a los hermanos en Colonia y en las ciudades antes dichas, se encontró con tanta escasez de sacerdotes que en Espira y Worms un solo sacerdote novicio celebraba y confesaba a los hermanos en las grandes solemnidades. En aquel mismo año hizo promover a tres al sacerdocio: fray Palmerio, del que ya se habló antes , el húngaro Abraham y el alemán Andrés, que al principio se llamaba Hartmuth.

29. En el año del Señor 1223, el 29 de noviembre, fue confirmada por el señor papa Honorio III la Regla de los Hermanos Menores.

30. En el mismo año, el 18 de marzo, fray Cesáreo hizo promover a un cuarto sacerdote en la Orden, es decir, a fray Jordán de Giano, del valle de Espoleto, quien durante todo el verano fue el único sacerdote que celebró de forma alternativa en Worms, Maguncia y Espira. En aquel mismo año fray Cesáreo puso como custodio de Maguncia, Worms, Colonia y Espira a fray Tomás de Celano.

31. En el mismo año, fray Cesáreo, hombre entregado por completo a la contemplación del Evangelio y grandísimo celador de la pobreza -y era tan aceptado por los hermanos que éstos lo veneraban como el mayor de los santos después del bienaventurado Francisco-, este fray Cesáreo, pues, cansado ya y queriendo ver de nuevo al bienaventurado Francisco y a los hermanos del valle de Espoleto, y dado que la Orden estaba ya bien plantada en Alemania, nombró como vicario suyo a fray Tomás de Celano, el único custodio entonces, y, tomando consigo a fray Simón -que ahora goza en Espoleto de fama de santidad - y a algunos otros hermanos virtuosos y devotos, se fue donde estaba el bienaventurado Francisco o fray Elías, siendo acogido con benevolencia por él y por los otros hermanos. Y en el Capítulo que aquel mismo año se celebró en Santa María de la Porciúncula, fray Cesáreo fue relevado del cargo de ministro, desempeñado durante dos años, sustituyéndole fray Alberto de Pisa .

32. Junto con fray Alberto de Pisa, fueron enviados desde Italia hermanos virtuosos e instruidos; concretamente fray Marzio de Milán , fray Santiago de Treviso , un hermano inglés experto en derecho y otros más.

33. Fray Alberto de Pisa, segundo ministro de Alemania, una vez llegado, convocó a los hermanos más ancianos de Alemania, es decir, Juan de Pian del Cárpine, fray Tomás, vicario y único custodio, y algunos otros, y celebró un Capítulo en Espira, junto al lazareto que hay fuera de las murallas, el día de la Natividad de la Virgen . Entonces era guardián de allí fray Jordán, y en aquel Capítulo cantó la misa solemne. En aquel Capítulo, proveyendo con solicitud a la conservación y propagación de la Orden, nombraron a fray Marzio custodio de Franconia, a fray Ángel de Worms custodio de Baviera y Suabia, a fray Santiago custodio de Alsacia y a fray Juan de Pian del Cárpine custodio de Sajonia.

34. Junto con fray Juan de Pian del Cárpine entraron en Sajonia los ingleses fray Juan y fray Guillermo; el clérigo lombardo fray Gil; fray Palmerio, sacerdote; fray Rinaldo de Espoleto, sacerdote; fray Rüdiger, alemán, laico; fray Rokker, laico; fray Benedicto, alemán, laico; fray Titmaro, laico; fray Manuel de Verona, sastre.

35. Todos éstos, a su llegada a Hildesheim, fueron primeramente recibidos y bien repuestos en sus fuerzas por el canónigo Enrique de Tossum. Después, habiéndose presentado al señor obispo Conrado , gran predicador y teólogo, fueron recibidos con solemnidad. El obispo, convocado el clero de su ciudad, hizo predicar a fray Juan de Pian del Cárpine, primer custodio de Sajonia, a la multitud de clérigos. Una vez terminado el sermón, el señor obispo, recomendando al clero y al pueblo a fray Juan y a los otros hermanos de su Orden, les concedió facultad de predicar y de oír confesiones en toda su diócesis. Y muchos, estimulados a la penitencia, por la predicación y el ejemplo de los hermanos, entraron en la Orden. Uno de éstos fue fray Bernardo, hijo del conde de Poppenburgo y canónigo de la catedral; otro, Alberto, maestro de niños y hombre de letras; y un cierto Ludolfo; y un soldado. A causa de la salida de la Orden de algunos hermanos, se creó en aquella ciudad cierta turbación, y el favor del pueblo respecto a los hermanos se enfrió hasta el punto de ofrecerles la limosna con despecho, y cuando mendigaban les daban la limosna casi sin mirarles. Pero muy pronto, con la ayuda de la providencia divina, volvió a florecer el favor perdido y el pueblo amó de nuevo a los hermanos tanto como antes.

36. En el año del Señor 1223, fray Juan de Pian del Cárpine, queriendo extender la Orden, envió muchos hermanos escogidos a Hildesheim, Braunschweig, Goslar, Magdeburgo y Halberstadt.

37. En el año del Señor 1224, convocados los custodios, guardianes y predicadores, se tuvo, el día de la Asunción de la Virgen , el Capítulo provincial en Würzburgo. Fray Juan de Pian del Cárpine fue relevado de su cargo y trasladado a Colonia, y se eligió como segundo custodio de Sajonia a fray Santiago, antes custodio de Alsacia y hombre amable, benigno, modesto y piadoso. Con él fueron enviados hermanos veteranos en la Orden, tanto clérigos como laicos, que con su humildad y el ejemplo de sus vidas consiguieron en poco tiempo la admiración del clero y del pueblo.

38. En aquel mismo año, fray Alberto de Pisa, ministro de Alemania, constatando el incremento en Sajonia, dado que tenía que pasar de Sajonia al Rihn por Turingia, mandó a fray Jordán, guardián de Maguncia, con otros siete hermanos, para que consiguiera en Turingia casas donde pudieran alojarse convenientemente los hermanos.

39. Fray Jordán emprendió el camino con sus hermanos desde Maguncia a Turingia el 27 de octubre, entrando en Erfurt el día de san Martín . Pero como era invierno y no era tiempo de construir casas, los hermanos se alojaron en la casa del capellán de los leprosos, que está fuera de las murallas, en espera de que los vecinos de la ciudad encontrasen algo mejor donde instalarlos.

40. Los hermanos enviados junto con fray Jordán fueron los siguientes: fray Ermanno de Weissensee, sacerdote novicio y predicador; fray Conrado de Würzburgo, subdiácono novicio; fray Enrique de Würzburgo; fray Arnoldo, clérigo novicio; y los laicos fray Enrique de Colonia, fray Gernoto de Worms y el suebo fray Conrado. Más tarde les siguieron fray J[uan] de Colonia y fray Enrique de Hildesheim.

41. En el año del Señor 1225, fray Jordán mandó hermanos laicos por Turingia para que examinaran las condiciones de las distintas ciudades. Les seguía y algunas veces les precedía, fray Ermanno, sacerdote novicio y predicador. Llegado éste a Eisenach, de donde había sido capellán y desde donde había entrado en los hermanos de la Orden Teutónica, predicó varias veces al pueblo. Debido a sus sermones y a su vida ejemplar, pues veían que de las comodidades que tenía en la Orden Teutónica se había rebajado a pasar a otra Orden tan humilde y austera, edificó no poco al pueblo, hasta el punto de que en cualquier lugar donde se anunciaba su predicación allí acudía todo el pueblo. Por este motivo los dos párrocos de la ciudad, temiendo que los hermanos se inclinaran por uno de ellos, dejando sin fieles al otro, les ofrecieron uno dos iglesias y el otro una para que eligiesen la que prefiriesen como sede propia. Pero fray Ermanno, no queriendo elegir sin el parecer de los hermanos, pidió a fray Jordán que, tomando consigo un compañero sensato, viniese a Eisenach y escogiera lo que le pareciese mejor. Y cuando llegó, examinó atentamente el asunto y eligió el lugar donde ahora viven todavía los hermanos.

42. En el mismo año, al comienzo de la Cuaresma -en el II Domingo de Septuagésima- , los hermanos recibieron una residencia en Gotha, donde permanecieron durante 25 años. En ella ejercieron generosamente, y casi por encima de sus posibilidades, todas las obras de misericordia y de hospitalidad en favor tanto de los hermanos de nuestra Orden, como de los hermanos Predicadores y otros religiosos.

43. En el mismo año, aconsejados por el señor Enrique, párroco de San Bartolomé, y del señor Gunther, su vicario, y de otros ciudadanos de Erfurt, los hermanos se trasladaron a la iglesia del Espíritu Santo, entonces abandonada, pero que en otro tiempo la habían ocupado religiosas de la Orden de san Agustín. Aquí permanecieron durante seis años enteros. Preguntado fray Jordán por el procurador de los hermanos designado por los ciudadanos si quería un edificio en forma de claustro, éste, que no había visto nunca ningún claustro en la Orden, le respondió: «No sé lo que es un claustro. Construidnos simplemente una casa cerca del río para que podamos bajar a lavarnos los pies». Y así se hizo.

44. En la fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo del mismo año, fueron enviados los hermanos a Nordhausen. Aquí los ciudadanos los acogieron con afabilidad, alojándolos estupendamente en un pequeño huerto. Pagaban un alquiler de cuatro sueldos anuales y en él había una casa cómoda para frecuentar la iglesia. Pero, debido a que los hermanos allí enviados eran todos laicos y el custodio estaba arto de ir y volver cada vez que había que confesarlos, después de permanecer tres años, el custodio los quitó para consuelo de ellos, distribuyéndolos en otras casas. Pero en el año del Señor 1230, volvieron de nuevo a Nordhausen al hacerles una virgen donación de un solar.

45. En el mismo año, a requerimiento del conde Ernesto , fueron enviados a Mülhausen cuatro hermanos laicos. Él les señaló una casa nueva, aunque todavía sin techo, y un pequeño huerto adyacente. Y, esperando que la techasen y vallaran el huerto, los instaló en un granero del castillo. En él los predichos hermanos rezaban, comían, recibían las visitas y dormían. Pero dado que los hermanos laicos, contentos con el granero, no habían intentado en año y medio ni techar la casa ni cercar el huerto, viendo el conde que las obras no avanzaban, les retiró su ayuda. Y así los hermanos, sin medios para techar la casa y hacer la valla, apurados por la necesidad, tuvieron que marcharse y ser redistribuidos por otras casas. Pero en el año del Señor 1231, los hermanos volvieron de nuevo a aquel mismo lugar y, con el permiso del rey Enrique , fueron acogidos en el hospital. El rector del hospital, pensando que todo lo que daban a los hermanos se lo quitaban a él, comenzó a comportarse de forma molesta y capciosa con los hermanos. Éstos, soportándolo de mala gana, tan pronto como un caballero les ofreció un solar, comenzaron a edificar en él y hasta hoy viven allí.

46. También en el mismo año [1231], los hermanos que se habían instalado fuera de las murallas, entraron en Erfurt .

47. En el mismo año [1225], fray Alberto de Pisa, ministro de Alemania, le envió a fray Jordán, entonces custodio de Turingia, como consuelo y ayuda, a fray Nicolás de Rihn, sacerdote y jurista, a quien llamaban el «Humilde». Esta virtud resplandeció en él de modo eminente. Murió en Bolonia dejando abundantes testimonios de su santidad. Fray Jordán salió a su encuentro entre Ghota y Eisenach, se besaron con reverencia y afecto fraterno y se sentaron. Pero ya que fray Nicolás, hombre humilde y simple como una paloma, permanecía en silencio, sentado delante de fray Jordán, entonces fray Pedro de Eisenach, compañero de fray Nicolás, le dijo: «¿Fray Nicolás, no reconoces a nuestro rey y señor?» Y él, juntando las manos, respondió humildemente: «De buena gana acepto y sirvo a mi señor». Y añadió fray Pedro: «Pero él es nuestro custodio». Al oír esto, se levantó pidiendo perdón incesantemente de su culpa por haberlo recibido con tanta irreverencia. Después, de rodillas y con toda humildad, presentó a fray Jordán su obediencia. Fray Jordán lo mandó a la casa de Erfurt, para que esperase allí su destino. Y tres semanas después, fray Jordán le envió la carta por la que le hacía guardián del lugar. Él, recibiéndola reverentemente, dijo: «¿Qué me ha hecho nuestro padre?» Fray Jordán se sentía tan confuso por la humildad de fray Nicolás, que a duras penas lo soportaba, hasta el punto de dejar pasar seis semanas antes de decidirse a ir a Erfurt. Pero fray Nicolás, con sólo su presencia, hacía observar la disciplina a los hermanos mejor que otros con reprimendas y prescripciones.

48. Todavía en el mismo año, fray Santiago, custodio de Sajonia, fundó la iglesia de los Hermanos Menores en la ciudad nueva de Magdeburgo, haciéndola consagrar por el señor Alberto , arzobispo del lugar, el día de la Exaltación de la Santa Cruz . Después de la consagración, el señor arzobispo dejó generosamente a los hermanos todo el ornamento del altar. Dicho fray Santiago, al acabar de celebrar misa en esta iglesia un día de la octava de la dedicación, comenzó a perder las fuerzas hasta el punto que se lo llevaron al hospicio que tenían entonces los hermanos en la ciudad vieja, junto a la iglesia de San Pedro. Los hermanos no tenían aún casa en la ciudad nueva, sólo la iglesia. Y allí, el 20 de septiembre, vigilia de san Mateo, murió en el Señor. Los hermanos, disponiendo solamente del lugar para la sepultura, pero no teniendo derecho a enterrarlo, deliberaron sobre qué debían hacer, sobre todo en vistas al inminente Concilio que debía celebrarse el día de san Mauricio y al que habían acudido ya muchos obispos. Decidieron por fin ir al señor obispo de Hildesheim , puesto que veneraba a fray Santiago como un padre. Él tenía avisados a los suyos que, si los hermanos querían hablar con él, le avisasen, aunque estuviese durmiendo u ocupado en otra cosa. Despertado el obispo cuando ya dormía, se le comunicó que fray Santiago había muerto. Afligido por tal noticia, lloró y dijo: «Efectivamente, éste es el sueño que he tenido». Y añadió: «Iré a enterrarlo». Pues se le había aparecido en sueños un muerto vestido o envuelto de blanco y una voz que le decía: «Ve a librarlo». Trasladado el cadáver a la iglesia de los hermanos en la ciudad nueva, que el mismo fray Santiago había fundado y hecho dedicar, se le enterró en ella con todo honor. Pero en el año del Señor 1238, sus restos y los de fray Simón el Inglés , primer lector de Magdeburgo y tercer ministro, fueron trasladados y sepultados en la ciudad vieja, adonde se habían cambiado los hermanos y donde viven todavía.

49. Después de la muerte de fray Santiago, de buena memoria, los hermanos de Sajonia, habiendo quedado no poco turbados, suplicaron a fray Alberto de Pisa, ministro de Alemania, que se dignara proveer misericordiosamente a sus necesidades con la designación de un custodio. Entonces decidió el ministro mandarles como custodio a fray Nicolás, el guardián de Erfurt. Pero conociendo la humildad de dicho hermano, no quiso enviarle la carta por temor a que, debido a su humildad, rechazase el cargo o, sobre todo, recurriera a él. Por eso decidió visitarlo personalmente por ver si conseguía con una conversación amigable convencerle y que aceptase el cargo. Una vez llegado a Erfurt el ministro y convocado fray Jordán para tal efecto, comenzó a hablarle a fray Nicolás de la necesidad de aceptar el cargo de custodio de Sajonia. Pero él se excusaba humildemente declarándose de mil maneras inepto porque no sabía ni contar ni calcular, y mucho menos hacer el señor y el prelado. Entonces el ministro le tomó la palabra y con ánimo casi indignado le dijo: «Entonces, tú no sabes hacer el señor. ¿Acaso somos señores los que tenemos cargos en la Orden? Reconoce, pues, inmediatamente tu culpa, hermano, porque has considerado señoríos y prelaturas los cargos de la Orden que, más bien, deben llamarse cargas y servicios». Dicha la culpa con humildad, el ministro le dio como penitencia la custodia de Sajonia, y él, como era costumbre, poniéndose de rodillas, obedeció. Y los hermanos, contentísimos de que hubiera aceptado el cargo, celebraron con solemnidad el acontecimiento en la iglesia del Espíritu Santo, en la cual se encontraban entonces, mientras que fray Nicolás cantaba la misa en tono ferial y con ánimo triste. Convertido en el tercer custodio de Sajonia, no abandonó la humildad que tenía hasta el momento de nombrarle, sino que fue siempre el primero y el más humilde en lavar las escudillas y los pies de los hermanos. Si alguna vez ocurría que, por cualquier culpa, debía imponer a un hermano la penitencia de sentarse en tierra o algún otro castigo, cumplía con él humildemente la misma penitencia. Aunque observó en todo momento la humildad y la obediencia, persiguió y censuró de tal modo la desobediencia obstinada, que difícilmente devolvía la confianza, incluso después del castigo, al hermano obstinado en no obedecer. Consideraba la desobediencia de los hermanos un mal tan grande y tan gran bien la obediencia, que no dudó en mostrar con la acción y el ejemplo que los hermanos deben en cualquier situación obedecer con simplicidad.

50. En el año del Señor de 1226, el día 4 de octubre , el primer fundador de la Orden de los Hermanos Menores, el dichoso padre Francisco, se fue con el Señor en Santa María de la Porciúncula. Y aunque el dichoso y bienaventurado padre Francisco hubiese querido ser enterrado en esta iglesia, la gente del lugar y los habitantes de Asís, temiendo que los Perusinos se lo llevasen por la fuerza, a causa de los milagros que Dios había designado cumplir por medio de él, tanto en vida como después de muerto , lo trasladaron y enterraron con honor junto a las murallas de Asís, en la iglesia de san Jorge, donde comenzó a ir a la escuela y después comenzó su predicación . Después de la muerte del bienaventurado Francisco, fray Elías, vicario del Santo, envió por toda la Orden una carta de consolación a los hermanos turbados por la desaparición de tan gran padre, anunciando a todos y a cada uno que, tal como se lo había mandado el bienaventurado Francisco, les bendecía de su parte absolviéndoles de toda culpa. Además daba la noticia de las llagas y demás milagros que el Altísimo se había dignado obrar por el bienaventurado Francisco después de su muerte, recomendando además a los ministros [y custodios] de la Orden que se reunieran para elegir al ministro general .

51. En el año del Señor 1227, el 2 de febrero, después de haber partido el bienaventurado Francisco, fray Alberto de Pisa, ministro de Alemania, antes de ir al Capítulo general para elegir al primer ministro general de la Orden , convocó a todos los custodios, predicadores y guardianes de Alemania y tuvo un Capítulo en Maguncia. [En este Capítulo, fray Nicolás, relevado de la Custodia de Sajonia, fue nombrado vicario, y a él sucedió fray Leandro . Así pues, dejadas todas las cosas ordenadas, fray Alberto partió al Capítulo general junto con los hermanos que había elegido. En este Capítulo] se eligió como primer general de la Orden a fray Juan Parente, ciudadano romano y juez, nacido en Cività Castellana .

52. Éste, aconsejado por el ministro de Francia , relevó a fray Alberto de Pisa de la administración de Alemania, sustituyéndole el inglés fray Simón , custodio de Normandía, varón escolástico y gran teólogo.

53. Fray Simón, que llegó a Alemania junto con fray Julián , el que más tarde compuso en buen estilo y hermosa melodía la historia de san Francisco y san Antonio, anunció inmediatamente la celebración en Colonia del Capítulo provincial para el día de los Apóstoles Simón y Judas . [Pero por una causa necesaria se celebró al año siguiente.]

54. En el año del Señor 1228, fue canonizado el bienaventurado Francisco . Y en el mismo año fray Simón, ministro de Alemania, celebró en Colonia el Capítulo provincial entre Pascua y Pentecostés . En el mismo año, fray Juan Parente, ministro general, oyendo que en Alemania faltaba un lector en teología, relevó a fray Simón del cargo de ministro de Alemania y lo hizo lector, sustituyéndole fray Juan de Pian del Cárpine. Éste, convocado el Capítulo provincial de Worms, enseñó la carta de exoneración de fray Simón y de su propia designación. En aquel mismo Capítulo se anunció a los hermanos la canonización del bienaventurado Francisco. Fray Juan de Pian del Cárpine, queriendo honrar y exaltar a Sajonia, mandó a fray Simón como primer lector a Magdeburgo, y con él a otros hombres probos, honestos e instruidos: fray Marcardo el Largo de Aschaffenburgo, fray Marcardo el Pequeño de Maguncia, fray Conrado de Worms y varios otros.

55. Como fray Juan de Pian del Cárpine era corpulento, acostumbraba a trasladarse en un asno, y los hombres de aquel tiempo, por la novedad de la Orden y la humildad de la cabalgadura, se acercaban con mayor devoción a su asno -por el ejemplo de Cristo, que usó más el asno que el caballo- que ahora a las personas de los ministros, debido a la costumbre de los hermanos de ir siempre a caballo. Él fue un grandísimo propagador de la Orden. Cuando lo hicieron ministro [por segunda vez], envió hermanos a Bohemia, Polonia, Dacia y Noruega . Recibió una casa en Metz e implantó la Orden en Lotaringia. Fue valeroso defensor de su Orden, sosteniéndola constante y personalmente frente a obispos y príncipes. Él, como madre a sus hijos y como una clueca a sus polluelos, protegía y gobernaba a todos sus hermanos con paz, caridad y toda suerte de consuelos.

56. En el año del Señor 1229, fray Juan el Inglés fue enviado a Alemania como primer visitador.

57. En el año del Señor 1230, fray Juan, ministro de Alemania, celebró en Colonia el último Capítulo provincial de Alemania . Instituido en él como vicario fray Juan el Inglés, partió al Capítulo general. En dicho Capítulo fray Juan de Pian del Cárpine fue relevado del cargo que tenía en Alemania y enviado como ministro a España, sustituyéndole fray Simón, primer lector de Alemania. Pero antes que le llegasen las cartas del nombramiento, murió en la vigilia de san Vito , siendo enterrado en Magdeburgo. En el mismo Capítulo general se dividió en dos partes la administración de Alemania: una la del Rhin, y otra la de Sajonia. Para el Rhin se designó como ministro a fray Otón, jurisperito lombardo; para Sajonia, como ya se ha dicho, a fray Simón. En el mismo Capítulo general fueron distribuidos a las diversas provincias los breviarios y antifonarios de la Orden .

58. Muerto fray Simón, primer lector y primer ministro de Sajonia, fray Leonardo, custodio de Sajonia, y fray Jordán, custodio de Turingia, que eran los dos únicos custodios de la provincia de Sajonia, se dirigieron al Capítulo del Rhin en Worms. Ambos fueron admitidos como hermanos del cuerpo capitular, ya que la administración de Alemania había sido única, y sólo recientemente había sido dividida, y además, puesto que fray Simón había muerto inesperadamente y no había tenido ocasión de ejercer el cargo, consideraron la división como no realizada todavía. Fray Jordán, con el consejo del ministro, del vicario y de otros hermanos, y confiada su custodia de Turingia al custodio de Sajonia, partió con un compañero, con la carta de obediencia del ministro del Rhin, a pedir al ministro general un ministro y un lector. Deliberando el ministro general sobre a quien mandar, fray Jordán pidió y obtuvo a fray Juan el Inglés, que había sido visitador de Alemania. Escribió, pues, el ministro general al ministro de Francia para que enviase a fray Juan el Inglés a Sajonia como ministro y a fray Bartolomé el Inglés como lector.

59. Fray Jordán, de regreso a Alemania, fue a ver a fray Tomás de Celano , quien, gozoso de verlo, le dio algunas reliquias del bienaventurado Francisco. Fray Jordán, una vez en Würzburgo, avisó a los hermanos de su custodia que si tenían necesidad de hablar con él fuesen a Eisenach, por donde iba a pasar. Alegres, pues, los hermanos llegaron al lugar convenido y dieron al portero la orden de no dejar entrar a fray Jordán antes de avisarles a ellos. Cuando llegó fray Jordán y tocó a la puerta, el portero no lo hizo pasar, sino que corrió a decir a los hermanos que estaba en la puerta. Éstos le mandaron que no le dejara entrar por la puerta, sino por la Iglesia. Después los hermanos, rebosantes de alegría, entraron en el coro, tomaron cruces, turíbulos, ramos de palmas y cirios encendidos y desde el coro entraron procesionalmente en la iglesia de dos en dos. Una vez puestos de frente unos a otros, abrieron las puertas de la iglesia y, haciendo pasar a fray Jordán, lo recibieron con alborozo y alegría cantando el responsorio «Hic est fratrum amator» . Asombrado fray Jordán por esta nueva forma de acogida, indicaba con la mano que callasen, pero ellos continuaron hasta terminar lo que con alegría habían comenzado. Maravillándose de esto fray Jordán, se acordó de que llevaba consigo las reliquias del bienaventurado Francisco, cosa que, por el estupor, había olvidado. Y alegrándose espiritualmente, dijo al terminar el canto: «Alegraos, hermanos, porque comprendo que no me habéis alabado por mí mismo, sino en mí a nuestro bienaventurado padre Francisco, quien, mientras yo callaba, ha enfervorizado vuestro espíritu con su presencia, cuyas reliquias tengo». Y sacándolas de su seno las puso sobre el altar. Desde este momento fray Jordán comenzó a tener por el bienaventurado Francisco, a quien había conocido en vida y de cuya naturaleza humana se había dejado influenciar, mayor veneración y honor, pues había visto que Dios, inflamando los corazones de los hermanos con el Espíritu Santo, no había consentido que mantuviese ocultas consigo las reliquias del Santo.

60. En el año del Señor 1231, fray Jordán, custodio de Turingia, vuelto a Sajonia, mandó a fray Juan de Penna con fray Adeodato a París para que condujesen con todo honor a Sajonia a fray Juan el Inglés, ministro, y al lector fray Bartolomé.

61. En el año del Señor 1232, en el Capítulo general celebrado en Roma , fue relevado fray Juan Parente, ministro general, y sustituido por fray Elías. En el mismo Capítulo fue relevado igualmente el inglés fray Juan de Reading, ministro de Sajonia, sustituyéndole fray Juan de Pian del Cárpine. Fray Leonardo, custodio de Sajonia, murió en Cremona, su ciudad natal, al volver del Capítulo, y le sustituyó fray Bertoldo de Höxter. Fray Elías, ministro general, queriendo terminar la iglesia comenzada en Asís en honor de San Francisco, hizo exacciones en toda la Orden para completar las obras. Él tenía bajo su poder a toda la Orden, como la había tenido antes el bienaventurado Francisco y fray Juan Parente, su sucesor. De ahí que dispusiera, por propia iniciativa, muchas cosas no convenientes a la Orden. En contra de la Regla, no convocó en siete años ningún Capítulo general, y a los hermanos que se le resistían los dispersaba aquí y allá . Por eso, habiéndose reunido los hermanos, decidieron comunitariamente realizar lo que fuera necesario para el bien de la Orden. En la decisión estuvieron presentes principalmente fray Alejandro de Hales y fray Juan de la Rochelle , maestros de París.

62. En el año del Señor 1237, fray Elías envió a las distintas provincias visitadores que estuvieran de acuerdo con sus propósitos; pero, a causa de sus abusivas visitas, los hermanos se exasperaron contra él mucho más que antes .

63. En el año 1238, los hermanos de Sajonia apelaron al ministro general en contra del visitador, mandándole mensajeros, sin conseguir absolutamente nada. Por eso se vieron en la obligación de apelar al señor papa . Llegado fray Jordán hasta él y una vez saludado, recibió la orden de marcharse, pero fray Jordán no quiso salir, sino que corriendo alegremente a la cama del señor papa, le sacó un pie desnudo y, habiéndolo besado, dijo gritando a su compañero: «Efectivamente, estas reliquias no las tenemos en Sajonia». Y queriendo el señor papa tirarlos fuera, le dijo fray Jordán: «Señor, por ahora no tenemos nada más que pediros. Estamos bien y no deseamos más. Vos sois el padre de nuestra Orden, su protector y reformador . Pero nosotros hemos venido solamente para veros». El señor papa, divertido, se incorporó y se sentó en la cama, y preguntándoles el motivo de tal visita, añadió: «Sé que habéis apelado. Sin embargo, fray Elías ha venido diciendo que habéis apelado a mí pasando por encima de él, y Nos le hemos respondido que la apelación dirigida a mí absorbe todas las otras». Y cuando fray Jordán explicó al papa los motivos de la apelación presentada, él respondió que los hermanos habían hecho bien. Reunidos, pues, en la curia diversos hermanos para llevar adelante la apelación interpuesta y después de larga discusión, se llegó a la decisión de la mayoría de que no resultaría nada si no atacaban a la raíz, es decir, si no actuaban directamente contra Elías.

64. Sentados y hecho un escrutinio entre los hermanos presentes, pusieron por escrito todo lo que sabían y podían probar contra Elías por experiencia propia o por noticias públicas. Leídas estas acusaciones delante del papa, también delante del papa comenzó su debate. Pero el papa interrumpió la discusión diciendo: «Id a disputar entre vosotros, poned por escrito las objeciones y las respuestas a dichas objeciones y presentádmelas después, y yo juzgaré». Así se hizo. Entonces el señor papa, oídas y examinadas las objeciones y las respuestas, decidió que los hermanos allí reunidos volviesen a sus provincias y que de las distintas provincias, sobre todo de aquellas que habían movido la cuestión de la reforma de la Orden, fuesen enviados 20 hermanos maduros e inteligentes, quienes se reuniesen en Roma cuatro semanas antes del Capítulo, y decidiesen lo referente al estado y reforma de la Orden.

65. En el año del Señor 1239, según lo que se ha dicho, venidos a Roma los hermanos elegidos de las diversas provincias, establecieron, según el consejo y voluntad del señor papa y con la aprobación del Capítulo general, que se hiciesen las elecciones de los ministros, custodios y guardianes, y otras disposiciones que siguen aún hoy en vigor. Decidieron además que los ministros tuvieran en sus provincias un solo capítulo y los súbditos dos.

66. En el mismo Capítulo fue relevado fray Elías, que había gobernado la Orden durante siete años, sustituyéndole fray Alberto de Pisa, a quien el señor papa confirmó.

67. En el mismo Capítulo fueron reorganizadas las provincias .

68. En el mismo Capítulo, fray Juan de Pian del Cárpine, ministro de Sajonia, fue relevado del cargo y sustituido por fray Conrado de Worms. Pero éste, al no recibir el nombramiento, no aceptó el cargo. Al enterarse de esto sor Inés de Praga , lo puso en conocimiento del papa, quien revocó el nombramiento de fray Conrado.

69. En el mismo año, después del Capítulo de Roma, los hermanos de Sajonia tuvieron el Capítulo provincial en Magdeburgo el día de la Natividad de la bienaventurada Virgen María , eligiendo como ministro a fray Marcardo el Pequeño. Una vez hecho ministro se mostró muy preocupado por la Orden y hombre de vida austera. Fue bueno con los buenos, duro con los malvados y severo con los incorregibles. Trabajando en los asuntos de la Orden contra fray Elías contrajo una enfermedad crónica. No obstante, fue elegido ministro. A causa de esta enfermedad, no podía dar aquellos ejemplos de austeridad que mandaba a los otros, por lo que pareció conveniente relevarlo del cargo. [Todavía antes de ser exonerado tuvo tres Capítulos, en Erfurt, Hildesheim y Altenburgo, en el que se le relevó] .

70. En el año del Señor 1240, el 23 de enero, fray Alberto, tercer ministro general, murió después de haber regido la Orden durante ocho meses y algunos días. Le sucedió fray Haymón, inglés .

71. En el año del Señor 1242, fray Haymón celebró capítulo en Altenburgo el día de san Miguel , donde relevó del cargo a fray Marcardo. El Capítulo confió al ministro general el nombramiento del ministro provincial. Cuando el general estaba a punto de marcharse, nombró vicario a fray Jordán y designó como ministro a fray Goffredo.

72. En el año del Señor 1243, Goffredo hizo su entrada en la Provincia. Fue un hombre temperatísimo en el comer y beber, amante de la comunidad y perseguidor de las singularidades. Fue bueno con los buenos y severo con los malvados. Prosiguió el camino iniciado por fray Marcardo y rigió laudablemente la Provincia durante tres años y algunos meses.

73. En el año del Señor 1243, murió fray Haymón, sucediéndole en el mismo año fray Crescencio . Éste hizo llamar al convento de Roma a dos hermanos de cada una de las provincias con el fin de que los hermanos que se dirigían a la curia, de paso, encontrasen hermanos de sus respectivas naciones con los que aconsejarse. Pero debido a que la curia se detuvo en Lyón por un largo período , los hermanos enviados con aquella finalidad fueron devueltos a sus respectivas provincias. En aquel tiempo los hermanos sufrieron muchas vejaciones por parte del emperador Federico, depuesto por un decreto del Concilio de Lyón ; en muchas provincias algunos fueron expulsados, con gran confusión en sus lugares, muchos encarcelados e, incluso, algunos asesinados por el hecho de que, obedientes a los mandatos de la Iglesia, habían defendido virilmente a su piadosa madre, cosa que, excepto los Hermanos Menores, ningún otro religioso hizo.

74. En aquel tiempo Sigfrido, arzobispo de Maguncia, se mostró hostil a los hermanos.

75. En el año del Señor 1247, fray Goffredo, ministro de Sajonia, después de haber gobernado durante tres años y algunos meses, fue relevado del cargo en el Capítulo de Lyón, nombrándose vicario a fray Conrado de Braunschweig, lector en Hildesheim, quien, en el mismo año, fue elegido ministro de Sajonia en el Capítulo de Halle celebrado en la Natividad de la bienaventurada Virgen María, y el día de san Martín se le confirmó su nombramiento . Gobernó la Provincia en la paz en que la habían dejado sus predecesores, con sabiduría y austeridad, con gran madurez y observancia de la Regla de la Orden. Y después de haber gobernado cerca de dieciséis años, cansado por el trabajo y fatigado, con gran insistencia por su parte y con dolor por parte de muchos hermanos, obtuvo la dispensa de su oficio.

76. En el año del Señor 1248, en el Capítulo de Lyón , fray Crescencio fue relevado del cargo después de haber gobernado, junto a fray Haymón, durante siete años. En el mismo año le sustituyó fray Juan de Parma .

77. En el año del Señor 1258, en el Capítulo de Roma celebrado el día de la Purificación , fue relevado fray Juan de Parma, ministro general, que había gobernado durante diez años, y le sustituyó fray Buenaventura, lector de París .

78. En el año del Señor 1262, fray Conrado de Braunschweig, ministro de Sajonia, fue relevado de su oficio en el Capítulo de Halberstadt , y en el mismo Capítulo, el 29 de abril, fue elegido ministro de Sajonia, por unanimidad y al primer escrutinio, fray Bartolomé, ministro de Austria, y en seguida fue ratificado su nombramiento por fray Conrado con la autoridad del ministro general . Llamado, pues había sido elegido estando ausente, y accediendo a los ruegos de los hermanos, no obstante su dolor por la elección, presidió el Capítulo y lo concluyó, con gran consuelo de los hermanos.

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