Tomás de Celano:
VIDA SEGUNDA DE SAN FRANCISCO


Introducción

Prologo

Parte primera

Su conversión
Santa María de la Porciúncula
Tenor de vida de San Francisco y de los hermanos

Parte segunda

Introducción
Espíritu de profecía que tuvo San Francisco
La pobreza
La pobreza de los edificios
La pobreza de los enseres
La pobreza en los lechos
Algunos casos contra el dinero
La pobreza en los vestidos
La Mendicació
Los que renuncian al mundo
Una visión que se refiere a la pobreza
Compasión de San Francisco para con otros pobres
El Amor de San Francisco a la oración
La inteligencia que de las Sagradas Escrituras tenía el Santo
Contra la familiaridad con las mujeres
Las tentaciones que padecío
Cómo lo azotaron los demonios
La verdadera alegría espiritual
La falsa alegría
Su cuidado en ocultar las llagas
La humildad
La obedienca
Los que dan ejemplo bueno o malo
Contra el ocio y los ociosos
Los ministros de la palabra de Dios
La contemplación del Creador en las creaturas
La caridad
Descripción del ministro general y de otros ministros
Las devociones especiales del Santo
Las damas pobres
Recomendación de la regla a los hermanos
Las enfermedades de San Francisco
Tránsito del Padre Santo

Notas


 

Tomás de Celano:
VIDA SEGUNDA DE SAN FRANCISCO

Introducción: Lázaro Iriarte, o.f.m.cap.
Traducción: Leonardo Celaya, o.f.m.

Texto tomado de:
San Francisco de Asís.
Escritos. Biografías. Documentos de la época.
Edición preparada por José Antonio Guerra, o.f.m.

Biblioteca de Autores Cristianos (BAC 399)
Madrid, 1998, 7ª edición (reimpresión), págs. 229-359.

 


 

Introducción
por Lázaro Iriarte, o.f.m.cap.

Tomás de Celano ingresó en la fraternidad en 1214 ó 1215, cuando San Francisco regresó de España, renunciando a su proyectado viaje a Marruecos. «Dios en su bondad -escribe él mismo al referir el hecho- tuvo a bien acordarse de mí y de muchos otros... A poco de la vuelta del Santo a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, se reunieron a él resueltamente algunos letrados y nobles» (1 Cel 56s).

Al número de esos letrados, que Francisco recibía con alborozo aun a sabiendas de que en manos de ellos se pondría a prueba la sencillez evangélica inicial, pertenecía Tomás. No figuraría entre los «compañeros» íntimos del Fundador; pero, por su cultura y por la amplia experiencia de la difusión de la Orden, poseería una visión más realista que ellos del ideal común. En 1221 formó parte de la expedición a los países germánicos. En 1223 estaba al frente, en calidad de custodio, del grupo de hermanos de la región renana. En 1224 regresó a Italia. Asistió a la canonización del Fundador el 16 de julio de 1228 en Asís y, asimismo, a la traslación del cuerpo del Santo en 1230. Debió de residir habitualmente en Asís, o al menos aquí trabajó en diferentes tiempos en la composición de la Vida segunda, del Tratado de los Milagros y de la Leyenda de Santa Clara. Parece que pasó los últimos años de su vida en su tierra natal, los Abruzzos. Murió en Tagliacozzo hacia 1260.

Hombre de amplia cultura eclesiástica, hábil escritor y buen latinista, era también poeta. La crítica ha vuelto a atribuirle la paternidad de la secuencia Dies irae. Y no le faltaba el vuelo oratorio, efectista, que aparece en muchos pasajes de sus obras. Teólogo y moralista, pero no hombre de cátedra, tiene una visión del mundo y de los acontecimientos muy dominada por los esquemas ascéticos tradicionales.


La «Vida segunda» (1246-47)

En 1246, o, más exactamente, a partir de la decisión del capítulo general de 1244, Celano tuvo que asumir de nuevo la tarea de biógrafo oficial de San Francisco; esta vez por mandato del ministro general, Crescencio de Jesi. Así lo afirma en el prólogo. No habla, sin embargo, en nombre propio, sino como jefe de un equipo de compiladores: «Plugo a la santa asamblea del capítulo general pasado y a vos, reverendísimo padre..., encomendar a nuestra pequeñez el encargo de escribir para consuelo de los presentes y recuerdo de los venideros, los hechos y los dichos del glorioso Padre nuestro Francisco; a nosotros que tuvimos de él un conocimiento mayor que los demás por el trato familiar y constante con él por espacio de muchos años». Todo hace pensar que Celano no fue solamente el encargado de sistematizar y dar forma al material recibido de los «tres compañeros» reunidos en Greccio -León, Ángel y Rufino- y de otros informadores, sino que él mismo formaba parte del grupo, a no ser que se trate de un mero gesto de cortesía fraterna para con los autores del «florilegio», teniendo a la vista la carta con que ellos presentaban los relatos al ministro con fecha 11 de agosto de 1246. Esta identificación con sus colaboradores aparece en forma más viva en la plegaria final, dirigida a San Francisco: «Mientras escribíamos, nos sentíamos bajo el dulce encanto de tu recuerdo, y quisiéramos hacerlo gustar a otros...». Que se trata, más bien, de un recurso literario, aparece a continuación en la petición que hace por sí mismo: «Y te suplicamos con todo el afecto del corazón, padre benignísimo, por este hijo tuyo, que ahora y en otro tiempo escribió, por devoción, tus méritos; él, juntamente con nosotros, te ofrece y dedica esta obra, que ha logrado llevar a término...» (2 Cel 221-24).

Lo cierto es que las páginas de la Vida segunda, por la unidad de estilo, por el lenguaje, por la sistematización de los temas, ponen de manifiesto la mano de Celano como único responsable de la redacción.

El título dado por el autor era: Memoriale in desiderio animae (Is 26,8) de gestis et verbis sanctissimi Patris nostri Francisci. Un «memoriale», en la nomenclatura de la época, era algo diferente de una leyenda. En efecto, no se trata de una biografía propiamente dicha, sino de una ejemplificación consistente en refrescar en la memoria de los hermanos las enseñanzas y los hechos de Francisco dignos de imitación. Aquí precisamente estriba la diferencia fundamental con la Vida primera: ésta es una biografía, con una sucesión cronológica bien cuidada, destinada al pueblo fiel; la Vida segunda, por el contrario, es una agrupación ordenada de cuanto interesa saber a un hijo de San Francisco para una mayor fidelidad a su magisterio. No se tiene en cuenta el público de fuera, sino el lector de casa. Es un libro para la fraternidad.

Pero la fraternidad ha sufrido una transformación muy notable en los dos decenios transcurridos desde que Celano escribió su Vida primera. Hay toda una problemática interna, centrada en la formulación práctica del ideal y en la aplicación de la letra y del espíritu de la Regla. Esta problemática no sólo condiciona las actitudes oficiales de la «comunidad», sino aun el material proporcionado a Celano por los informadores. A la tensión latente, a veces irrumpente, entre las dos tendencias, espiritual y jurídica, se añade, como en toda institución religiosa adulta, una pedagogía de familia, con tendencia cada vez más acusada hacia la ascética monástica tradicional. De aquí que muchas de las máximas puestas en boca de Francisco se hallen en contradicción con las enseñanzas contenidas en sus escritos personales.

Hay un clima polémico, al que con frecuencia cede el mismo Celano, a veces conscientemente, guiado del deseo de presentar la vida del Fundador como dechado y ejemplo (véase 2 Cel 26 y 221). Sólo que, a fuer de hombre de la «comunidad» y ligado a un encargo oficial, se esfuerza por poner de relieve los valores de la vida regular, disciplinada y ordenada, con una marcada desconfianza hacia la espontaneidad de los primeros años, que tan bellamente había descrito en la primera biografía. A veces, no duda en modificar las palabras del Fundador para mejor servir a las posiciones de la comunidad en la interpretación de la Regla. Así, por citar un ejemplo, atribuye por su cuenta a Francisco la distinción entre propiedad y uso, violentando la fuente de que se ha servido; en este caso, el texto conservado por la Leyenda de Perusa (compárese 2 Cel 18 y 59, con LP 56 y 57).

El plan de la obra aparece en el prólogo. Se propone, en primer lugar, completar el relato de la conversión de Francisco con pormenores que no constan en la Vida primera, «porque no habían llegado a conocimiento del autor». La visión que en esos 11 capítulos ofrece de la juventud de Francisco difiere bastante de la que dio en 1228. Entonces era el pecador sacado de su triste situación por la gracia de Dios; ahora es el gran predestinado, «siervo y amigo del Altísimo, hijo de la gracia» ya desde el nacimiento. La segunda parte (nn. 26ss), mucho más extensa, trata de poner en claro «lo que Francisco quiso para sí y para los suyos, cuál fue su intención santa, agradable y perfecta, su ejemplaridad en el modo de darse a las enseñanzas celestiales y a la más alta perfección» (Pról. 2).

Sigue un esquema ascético muy bien ideado, dejando de lado divisiones convencionales de escuela. Los temas se agrupan y relacionan en una visión genuinamente franciscana, sobre todo cuando presenta los elementos integrantes de la fraternidad.

El estilo es menos cultivado que en la Vida primera. La narración marcha rápida, densa, viva, sincera. El entusiasmo cálido de los relatos originales no ha quedado traicionado al mejorar la prosa.

Ninguna otra fuente biográfica ofrece tan copiosa información como la Vida segunda. Por ello es de consulta obligada para todo estudioso de San Francisco y de su espiritualidad. Pero deberá utilizarla con cautela, sabiendo leer más allá de la letra, que tantas veces refleja posiciones polémicas de los informadores, apreciaciones personales del biógrafo o, quizá, criterios oficiales dictados por Crescencio de Jesi con miras a eliminar el contraste entre los ideales del Fundador y la mentalidad evolucionada de la «comunidad».


PROLOGO

En el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Al ministro general
de la Orden de los Hermanos Menores

1. A la santa asamblea del capítulo general ya celebrado y a ti, reverendísimo padre (1), ha parecido bien encomendar, no sin disposición divina, a nuestra pequeñez que, para consuelo de los contemporáneos y recuerdo de los venideros, escribamos los hechos y también los dichos de nuestro glorioso padre Francisco; nosotros precisamente que, por la larga experiencia de asiduo trato y familiaridad con él, le hemos conocido más que los demás (2).

Acudimos, pues, con prontitud pía a obedecer los santos mandatos, que en modo alguno es permitido desoír; pero como la reflexión tira más fácil a mirar lo endeble de nuestras fuerzas, nos sacude el justo temor de que a asunto tan digno, por no haberlo tratado como merece, se le pegue algo nuestro que vaya a desagradar a los demás. Tememos mucho, queremos decir, que esta materia, digna de llevar en sí todo sabor de suavidad, se vuelva desabrida por incapacidad de quienes la tratan y que el mero hecho de haberlo intentado se atribuya más a presunción que a obediencia.

Porque si a este trabajo, fruto de muchos desvelos, sólo le esperase el juicio de tu benevolencia, venerable padre, que no creyese oportuno publicarlo, recibiríamos muy contentos igual la enseñanza de la corrección que el gozo de la aprobación. Desde luego, tan gran diversidad de dichos y de hechos, ¿quién puede pesarla en balanza de tanta precisión, de modo que la exposición de cada uno de ellos consiga de todos los oyentes un mismo y único juicio de aceptación?

Mas porque buscamos con sencillez el provecho de todos y de cada uno, exhortamos a los lectores a interpretar con benevolencia y a aceptar o llevar a bien la sencillez de los narradores, de manera que no venga a menos la reverencia que merece el personaje de quien se habla. Nuestra memoria, de hombres rudos al fin, más débil con el correr del tiempo, no puede abarcar cuantos dichos precisos del mismo circulan y los relatos que encomian sus hechos, ya que ni la agilidad de una mente avezada se valdría para grabarlos del todo aunque se los pusieran delante. Excuse, pues, todos los fallos de nuestra incompetencia la autoridad de quien así lo ha dispuesto reiteradamente.

2. Este opúsculo contiene, en primer lugar, algunos hechos maravillosos de la conversión de San Francisco, que, por no haber llegado de ninguna manera a noticia del autor, quedaron, por tanto, fuera de las leyendas que había escrito ya. A continuación intentamos decir y declarar con esmero cuál fuera la voluntad buena, grata y perfecta del santísimo Padre para consigo y para con los suyos en toda práctica de doctrina del cielo y en la tendencia a la más alta perfección, que mantuvo siempre en sus relaciones santamente amorosas con Dios y ejemplares con los hombres. Se intercalan algunos milagros que hacen al caso. Describimos, en fin, llanamente, sin alardes de estilo, cuanto se nos ofrece, queriendo, en lo posible, aficionar a los despreocupados y complacer a los entusiasmados.

Te pedimos, padre bondadosísimo, que te dignes consagrar con tu bendición los presentes, nada despreciables, que se recogen en este trabajo, y que hemos recopilado con no poco esfuerzo, corrigiendo los yerros y eliminando lo superfluo, para que cuanto tu autorizado criterio abone por bien dicho crezca en todas partes en consonancia con tu nombre de Crescencio, y se multiplique en Cristo. Amén.

PARTE PRIMERA

Comienza el memorial según los deseos de mi alma (3)
o reseña de los hechos y dichos
de nuestro santísimo padre Francisco

SU CONVERSIÓN

Capítulo I

Cómo primero se llamó Juan y después Francisco.
Lo que la madre profetizó de él y lo que predijo él de sí mismo
y la paciencia que tuvo en la prisión

3. Francisco, siervo y amigo del Altísimo, a quien la Providencia divina impuso este nombre (4) para que, por lo singular y desacostumbrado de él, la fama de su ministerio se diese a conocer más pronto en el mundo entero, fue llamado Juan por su madre cuando, renaciendo del agua y del Espíritu Santo, de hijo de ira pasó a ser hijo de gracia.

Esta mujer, amiga de toda honestidad, mostraba en las costumbres una virtud distinguida, como quien gozaba del privilegio de cierta semejanza con Santa Isabel así en la imposición del nombre al hijo como en el espíritu de profecía. Porque a los vecinos, que admiraban la grandeza de alma y limpieza de costumbres de Francisco, les respondía así, como inspirada por Dios: «¿Qué vendrá a ser este hijo mío? Veréis que por sus méritos llegará a ser hijo de Dios».

De hecho era ésta la opinión de algunos que veían complacidos que Francisco, ya algo mayor, se distinguía por aspiraciones muy buenas. Rechazaba en toda ocasión cuanto pudiera parecer injuria a alguno; y viéndole adolescente de modales finos, a todos parecía que no pertenecía al linaje de los que eran conocidos como padres suyos. Como el nombre de Juan dice referencia a la obra del ministerio que recibió, así el nombre de Francisco la dice a la difusión de su fama, la cual, después de haberse convertido él plenamente a Dios, se esparció pronto por todas partes.

Por eso, entre las fiestas de los santos, tenía como la más solemne la de San Juan Bautista; la dignidad de este nombre le imprimió un sello de virtud misteriosa. Entre los nacidos de mujer, no ha aparecido uno más grande que aquél (Mt 11,11); entre los fundadores de religiones, no ha parecido uno más perfecto que éste. Observación, por cierto, merecedora de encomio.

4. Profetizó Juan encerrado en lo secreto del útero materno; Francisco, preso en la cárcel del siglo, desconocedor aún de los designios divinos, anunció lo por venir.

Cuando, en efecto, se desencadena no poco estrago, por el conflicto de la guerra, entre los ciudadanos de Perusa y de Asís (5), Francisco, con otros muchos, cae prisionero, y, encadenado como ellos, experimenta las miserias de la cárcel. Los compañeros de infortunio se sumen en la tristeza, lamentándose desdichados de la desgracia de su prisión; Francisco se alegra en el Señor; se ríe de las cadenas; las desprecia. Dolidos, reprueban aquéllos la conducta del que se muestra alegre entre cadenas; lo juzgan exaltado y loco. Francisco responde en son de profecía: «¿De qué creéis que me alegro? Hay aquí escondido un presentimiento: todavía seré venerado como santo en todo el mundo». Y de hecho ha sucedido así: se ha cumplido al pie de la letra lo que dijo entonces.

Había entre los compañeros de prisión un caballero soberbio e inaguantable. Mientras todos los demás se proponen hacerle el vacío, Francisco le sobrelleva siempre con paciencia. Aguanta al inaguantable, y gana a todos para reconciliarlos con el caballero. Capaz de toda gracia, vaso elegido de virtudes, rebosa ya de carismas.

Capítulo II

El caballero pobre a quien vistió y la visión que,
viviendo aún en el siglo, tuvo sobre su propia vocación

5. Liberado poco después de la prisión (6), se vuelve más compasivo con los pobres. Decide, desde luego, no apartar los ojos del necesitado que al pedir invoque el amor de Dios.

Un día se encontró con un caballero pobre y casi desnudo. Movido a compasión, le dio generosamente, por amor de Cristo, los ricos vestidos que traía puestos. ¿Qué menos hizo que aquel varón santísimo, Martín? Sólo que, iguales los dos en la intención y en la acción, fueron diferentes en el modo. Este dio los vestidos antes que los demás bienes; aquél, después de haber dado los demás bienes, dio al fin los vestidos. El uno como el otro vivieron en el mundo siendo pobres y pequeños y el uno como el otro entraron ricos en el cielo (7). Aquél, caballero, pero pobre, vistió a un pobre con la mitad de su vestido; éste, no caballero, pero sí rico, vistió a un caballero pobre con todos sus vestidos. El uno y el otro, luego de haber cumplido el mandato de Cristo, merecieron que Cristo los visitara en visión: el uno, para recibir la alabanza de lo que había hecho; el otro, para recibir amabilísima invitación a hacer lo que aún le quedaba.

6. Y así, poco después se le muestra en visión un suntuoso palacio, en el cual ve provisión abundante de armas y una bellísima esposa. Francisco es llamado por su nombre en sueños y alentado con la promesa de cuanto se le presenta. Con el objeto de participar en lances de armas, intenta marchar a la Pulla (cf. LM 1,3), y, preparados con exageración los arreos necesarios, se apresta a conseguir los honores de caballero. El espíritu carnal le sugería una interpretación carnal de la visión anterior, siendo así que en los tesoros de la sabiduría de Dios se escondía otra mucho más excelente.

Una noche, pues, mientras duerme, alguien le habla en visión por vez segunda y se interesa con detalle por saber a dónde intenta encaminarse. Y como él le contara su decisión y que se iba a la Pulla a hacer armas, insistió en preguntarle el de la visión: «¿Quién puede favorecer más, el siervo o el señor?» «El señor», respondió Francisco. Y el otro: «¿Por qué buscas entonces al siervo en lugar del señor?» Replica Francisco: «¿Qué quieres que haga, Señor?» Y el Señor a él: «Vuélvete a la tierra de tu nacimiento, porque yo haré que tu visión se cumpla espiritualmente».

Se vuelve sin tardanza, hecho ya ejemplo de obediencia, y, renunciando a la propia voluntad, de Saulo se convierte en Pablo. Es derribado éste en tierra, y los duros azotes engendran palabras acariciadoras; Francisco, empero, cambia las armas carnales en espirituales, y recibe, en vez de la gloria de ser caballero, una investidura divina.

A los muchos que se sorprendían de la alegría desacostumbrada de Francisco, respondía él diciendo que llegaría a ser un gran príncipe.

Capítulo III

Cómo un grupo de jóvenes lo nombró su señor
para que les costeara el banquete, y el cambio obrado en él

7. Comienza a transformarse en varón perfecto (Ef 4,13) y a ser distinto de como era. De regreso ya en casa, le siguen los hijos de Babilonia y lo llevan, contra su gusto, a cosas contrarias a la orientación que había tomado. Un grupo de jóvenes de la ciudad de Asís, que en otro tiempo lo había tenido como abanderado de su vanidad, lo busca todavía para invitarlo a comidas de cuadrilla, en que siempre se sirve a la lascivia y a la chocarrería. Lo nombran jefe, por la mucha experiencia que tenían de su liberalidad, sabiendo, sin duda, que se iba a cargar con los gastos de todos. Se hacen obedientes por llenar el estómago, toleran la sujeción para poder saciarse. Él, para no aparecer avaro, acepta el honor ofrecido, y entre sus reflexiones santas tiene en cuenta la cortesía. Hace preparar un gran banquete y repetir exquisitos manjares; saturados hasta el vómito, los jóvenes manchan las plazas de la ciudad con cantares de borrachos. Tras ellos va Francisco, llevando, como señor, un bastón en la mano. Pero el que interiormente se había hecho sordo por entero a todas estas cosas, va quedando poco a poco distanciado de ellos en el cuerpo, mientras canta al Señor en su corazón.

Como contó él mismo, fue tan grande la dulzura divina de que se vio invadido en aquella hora, que, incapaz de hablar, no acertaba tampoco a moverse del lugar en que estaba. Se enseñoreó de él una impresión espiritual que lo arrebataba a las cosas invisibles, por cuya influencia todas las de la tierra las tuvo como de ningún valor, más aún, del todo frívolas.

Estupenda dignación en verdad esta de Cristo, quien a los que ponen en práctica cosas pequeñas hace merced de muy preciosas y guarda y saca adelante a los suyos en la inundación de copiosas aguas. Cristo dio de comer pan y peces a las turbas (Lc 9,12) y no desdeñó en su mesa a los pecadores (Lc 7,36). Buscado por las gentes para proclamarlo rey, huyó y subió a un monte a orar (Jn 6,15). Son misterios de Dios que Francisco va descubriendo; y, sin saber cómo, es encaminado a la ciencia perfecta.

Capítulo IV

Cómo, vestido con los andrajos de un pobre,
comió con los pobres ante la iglesia de San Pedro
y la ofrenda que hizo en ésta

8. Pero ya se deja ver en él el primer amador de los pobres, ya las santas primicias preludian la perfección que logrará. Así es que muchas veces, despojándose de sus vestidos, viste con ellos a los pobres, a quienes, si no todavía de hecho, sí de todo corazón intenta asemejarse.

Una vez en Roma, adonde había llegado como peregrino, se quitó, por amor a la pobreza, el rico traje que llevaba puesto y, cubierto con el de un pobre, se sentó gozoso entre los pobres en el atrio de la iglesia de San Pedro (que era lugar de afluencia de pobres), y, teniéndose por uno de ellos, con ellos comió de buena gana. Y mucho más a menudo hubiera hecho esto de no haberlo impedido la vergüenza de ser visto de los conocidos. Al acercarse al altar del príncipe de los apóstoles, sorprendido de las escasas aportaciones que dejaban allí los concurrentes, arroja dinero a manos llenas, indicando que merecía especial honor de todos el que había sido honrado por Dios sobre los demás.

Proporcionaba también con frecuencia ornamentos de iglesia a sacerdotes pobres, dando el honor debido a todos, hasta a los de grado más humilde. El que había de recibir la investidura de embajador apostólico y ser todo íntegro en la fe católica, estuvo desde el principio lleno de reverencia para con los ministros y los ministerios de Dios.

Capítulo V

Cómo, estando él en oración, el diablo le mostró una mujer,
y la respuesta que le dio Dios y lo que hizo con los leprosos

9. Francisco lleva alma de religioso bajo el traje seglar, y, huyendo del público a lugares solitarios, es instruido muchísimas veces con visitas del Espíritu Santo. Lo abstrae y atrae aquella dulzura generosa que desde el principio experimentó penetrarle tan plenamente, que nunca más le faltó por toda la vida.

Cuando frecuenta lugares retirados, como más propicios a la oración, el diablo se esfuerza con sugestiones malignas en separarlo de allí. Le trae a la imaginación la figura de una mujer de Asís monstruosamente gibosa, que causaba horror a cuantos la veían. Lo amenaza con hacerlo semejante a ella si no desiste de sus propósitos. Pero, confortado por el Señor, experimenta el gozo de la respuesta de salvación y de gracia: «Francisco -le dice Dios en espíritu-, lo que has amado carnal y vanamente, cámbialo ya por lo espiritual, y, tomando lo amargo por dulce, despréciate a ti mismo, si quieres conocerme, porque sólo a ese cambio saborearás lo que te digo». Y de pronto es inducido a obedecer el mandato de Dios y guiado a probar la verdad de lo sucedido.

Si de algunos -entre todos los seres deformes e infortunados del mundo- se apartaba instintivamente con horror Francisco, era de los leprosos. Un día que paseaba a caballo por las cercanías de Asís le salió al paso uno. Y por más que le causara no poca repugnancia y horror, para no faltar, como transgresor del mandato, a la palabra dada, saltando del caballo, corrió a besarlo. Y, al extenderle el leproso la mano en ademán de recibir algo, Francisco, besándosela, le dio dinero. Volvió a montar el caballo, miró luego a uno y otro lado, y, aunque era aquél un campo abierto sin estorbos a la vista, ya no vio al leproso.

Lleno de admiración y de gozo por lo acaecido, pocos días después trata de repetir la misma acción. Se va al lugar donde moran los leprosos, y, según va dando dinero a cada uno, le besan la mano y la boca. Así toma lo amargo por dulce y se prepara varonilmente para realizar lo que le espera.

Capítulo VI

La imagen del crucifijo que le habló y el honor en que la tuvo

10. Ya cambiado perfectamente en su corazón, a punto de cambiar también en su cuerpo, anda un día cerca de la iglesia de San Damián, que estaba casi derruida y abandonada de todos. Entra en ella, guiándole el Espíritu, a orar, se postra suplicante y devoto ante el crucifijo (8), y, visitado con toques no acostumbrados en el alma, se reconoce luego distinto de cuando había entrado. Y en este trance, la imagen de Cristo crucificado -cosa nunca oída-, desplegando los labios, habla desde el cuadro a Francisco. Llamándolo por su nombre: «Francisco -le dice-, vete, repara mi casa, que, como ves, se viene del todo al suelo». Presa de temblor, Francisco se pasma y como que pierde el sentido por lo que ha oído. Se apronta a obedecer, se reconcentra todo él en la orden recibida.

Pero... nos es mejor callar, pues experimentó tan inefable cambio, que ni él mismo ha acertado a describirlo. Desde entonces se le clava en el alma santa la compasión por el Crucificado, y, como puede creerse piadosamente, se le imprimen profundamente en el corazón, bien que no todavía en la carne, las venerandas llagas de la pasión.

11. ¡Cosa admirable e inaudita en nuestros tiempos! ¿Cómo no asombrarse ante esto? ¿Quién ha pensado algo semejante? ¿Quién duda de que Francisco, al volver a la ciudad, apareciera crucificado, si aun antes de haber abandonado del todo el mundo en lo exterior, Cristo le habla desde el leño de la cruz con milagro nuevo, nunca oído? Desde aquella hora desfalleció su alma al oír hablar al Amado (cf. Ct 5,4). Poco más tarde, el amor del corazón se puso de manifiesto en las llagas del cuerpo.

Por eso, no puede contener en adelante el llanto; gime lastimeramente la pasión de Cristo, que casi siempre tiene ante los ojos. Al recuerdo de las llagas de Cristo, llena de lamentos los caminos, no admite consuelo. Se encuentra con un amigo íntimo, que, al conocer la causa del dolor de Francisco, luego rompe a llorar también él amargamente.

Pero no descuida por olvido la santa imagen misma, ni deja, negligente, de cumplir el mandato recibido de ella. Da, desde luego, a cierto sacerdote una suma de dinero con que comprar lámpara y aceite para que ni por un instante falte a la imagen sagrada el honor merecido de la luz. Después, ni corto ni perezoso, se apresura a poner en práctica lo demás, trabajando incansable en reparar la iglesia. Pues, aunque el habla divina se había referido a la Iglesia que había adquirido Cristo con su sangre, Francisco, que había de pasar poco a poco de la carne al espíritu, no quiso verse de golpe encumbrado.

Capítulo VII

La persecución del padre y del hermano

12. Pero el padre según la carne persigue al que se entrega a obras de piedad, y, juzgando locura el servicio de Cristo, lo lacera donde quiera con maldiciones. Entonces, el siervo de Dios llama a un hombre plebeyo y simple por demás, y, tomándolo por padre, le ruega que, cuando el padre lo acose con maldiciones, él, por el contrario, lo bendiga. Evidentemente, lleva a la práctica el dicho del profeta y declara con hechos lo que dice éste de palabra: Maldicen ellos, pero tú bendecirás (Sal 108,28).

Por consejo del obispo de la ciudad, que era piadoso de veras, devuelve al padre el dinero que el hombre de Dios habría querido invertir en la obra de la iglesia mencionada, pues no era justo gastar en usos sagrados nada mal adquirido. Y, oyéndolo muchos de los que se habían reunido, dijo: «Desde ahora diré con libertad: Padre nuestro, que estás en los cielos (9), y no padre Pedro Bernardone, a quien no sólo devuelvo este dinero, sino que dejo también todos los vestidos. Y me iré desnudo al Señor». ¡Animo noble el de este hombre, a quien ya sólo Cristo basta! Se vio entonces que el varón de Dios llevaba puesto un cilicio bajo los vestidos, apreciando más la realidad de las virtudes que su apariencia.

Un hermano carnal, a imitación de su padre, lo molesta con palabras envenenadas. Una mañana de invierno en que ve a Francisco en oración, mal cubierto de viles vestidos, temblando de frío, el muy perverso dice a un vecino: «Di a Francisco que te venda un sueldo de sudor». Oyéndolo el hombre de Dios, regocijado en extremo, respondió sonriente: «Por cierto que lo venderé a muy buen precio a mi Señor». Nada más acertado, porque recibió no sólo cien veces más, sino también mil veces más en este mundo y heredó en el venidero, para sí y para muchos, la vida eterna.

Capítulo VIII

La vergüenza vencida y la profecía de las vírgenes pobres

13. Se esfuerza de aquí en adelante por convertir en austera su anterior condición delicada y por reducir a la bondad natural su cuerpo, hecho ya a la molicie.

Andaba un día el hombre de Dios por Asís mendigando aceite para alimentar las lámparas de la iglesia de San Damián, que reparaba por entonces. Y como viese que un nutrido grupo de hombres se entretenía jugando a la puerta de la casa donde pensaba entrar, rojo de vergüenza, hace para atrás. Pero, vuelta luego su noble alma al cielo, se reprocha la cobardía y se juzga severamente. Vuelve en seguida sobre sus pasos, y, confesando ante todos con franqueza la causa de su vergüenza, como ebrio de espíritu, pide, expresándose en lengua francesa, la provisión de aceite, y la obtiene. En un transporte de fervor, alienta a todos a favorecer la obra de la iglesia, y en presencia de todos profetiza, hablando en francés con voz clara, que llegará a haber en ella un monasterio de santas vírgenes de Cristo. Y es que siempre que le penetraban los ardores del Espíritu Santo, comunicaba, expresándose en francés, las ardientes palabras que le bullían dentro, conociendo de antemano que en aquella nación singularmente le habían de tributar honor y culto especial.

Capítulo IX

Los alimentos, mendigados de puerta en puerta

14. Desde que comenzó a servir al Señor de todos, quiso hacer también cosas asequibles a todos, huyendo en todo de la singularidad, que suele mancharse con toda clase de faltas.

Así, al tiempo en que se afanaba en la restauración de la iglesia que le había mandado Cristo, de tan delicado como era, iba tomando trazas de campesino por el aguante del trabajo. Por eso, el sacerdote encargado de la iglesia, que lo veía abatido por la demasiada fatiga, movido a compasión, comenzó a darle de comer cada día algo especial, aunque no exquisito, pues también él era pobre. Francisco, reflexionando sobre esta atención y estimando la piedad del sacerdote, se dijo a sí mismo: «Mira que no encontrarás donde quieras sacerdote como éste, que te dé siempre de comer así. No va bien este vivir con quien profesa pobreza; no te conviene acostumbrarte a esto; poco a poco volverás a lo que has despreciado, te abandonarás de nuevo a la molicie. ¡Ea!, levántate, perezoso, y mendiga condumio de puerta en puerta».

Y se va decidido a Asís, y pide cocido de puerta en puerta, y, cuando ve la escudilla llena de viandas de toda clase, se le revuelve de pronto el estómago; pero, acordándose de Dios y venciéndose a sí mismo, las come con gusto del alma. Todo lo hace suave el amor y todo lo dulce lo hace amargo.

Capítulo X

El desprendimiento de bienes del hermano Bernardo

15. Un hombre de Asís llamado Bernardo, que después fue un hijo perfecto, al decidir despreciar del todo el siglo a imitación del varón de Dios (cf. 1 Cel 24), pide consejo a éste. En la consulta se expresó en estos términos: «Padre, si alguien hubiera poseído por largo tiempo bienes de un señor y no quisiere retenerlos ya más, ¿cuál sería el partido más perfecto que tomaría acerca de ellos?»

El varón de Dios le respondió diciendo que el de devolverlos todos a su señor, de quien los había recibido. Y Bernardo: «Sé que cuanto tengo me lo ha dado Dios, y estoy ya dispuesto a devolverle todo, siguiendo tu consejo». «Si quieres probar con los hechos lo que dices -concluyó el Santo-, entremos mañana de madrugada en la iglesia y pidamos consejo a Cristo, con el evangelio en las manos» (cf. 1 Cel 92).

Entran, pues, en la iglesia con el amanecer, y, previa devota oración, abren el libro del evangelio, decididos a cumplir el primer consejo que encuentren. Ellos abren el libro; Cristo, su consejo: Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres (Mt 19,21). Hacen lo mismo por segunda vez, y dan con esto: No toméis nada para el camino (Lc 9,3). Lo repiten por tercera vez, y dan con esto otro: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo (Lc 9,23). Ninguna vacilación: Bernardo cumple todo al pie de la letra, sin dejar pasar ni una iota.

Muy pronto son muchísimos los que se desprenden de los espinosos cuidados del mundo y vuelven, tomando a Francisco por guía, a la patria, al bien infinito. Sería largo decir cómo cada uno de ellos ha logrado el premio de la vocación divina.

Capítulo XI

La parábola que propuso ante el papa

16. Cuando Francisco se presentó con los suyos al papa Inocencio para pedir la aprobación de la regla de su vida (10), viendo el papa que el plan propuesto por Francisco sobrepasaba las fuerzas normales, le dijo, como hombre muy discreto: «Hijo, pide a Cristo que nos manifieste por ti su voluntad, para que conociéndola accedamos con mayor seguridad a tus piadosos deseos». Acata el Santo la orden del pastor supremo, recurre confiado a Cristo, ora con insistencia y exhorta a los compañeros a orar devotamente a Dios. Es más: obtiene respuesta en la oración, y transmite a los hijos un mensaje de salud. La conversación familiar de Cristo se da a conocer mediante parábolas:

«Francisco -le dice-, así hablarás al papa: Había en un desierto una mujer pobre, pero hermosa. Por su mucha hermosura llegó a amarla un rey; convino gustoso con ella, y tuvo de ella hijos graciosísimos. Algo mayores ya éstos y educados en nobleza, la madre les dice: "No os avergoncéis, queridos, de ser pobres, pues sois todos hijos de un gran rey. Idos en hora buena a su corte y pedidle cuanto necesitéis". Ellos, al oír esto, se admiran y alegran, y, animados con que se les ha dado fe de su linaje real, sabedores de que son futuros herederos, la pobreza misma la miran ya como riqueza. Se presentan confiados al rey, sin temer severidad en él, cuyos rasgos ostentan. El rey se reconoce retratado en ellos, y pregunta, sorprendido, de quién son hijos. Y como ellos aseguraran ser hijos de una mujer pobre que vive en el desierto, abrazándolos dice: "Sois mis hijos y mis herederos; no temáis. Si los extraños comen de mi mesa, más justo es que me esmere yo en alimentar a quienes está destinada con todo derecho mi herencia". Y el rey manda luego a la mujer que envíe a la corte, para que se alimenten en ella, todos los hijos tenidos de él».

El Santo se llena de alegría con la parábola y lleva luego al papa la respuesta divina (11).

17. Esta mujer representaba a Francisco, por la fecundidad en muchos hijos, no por lo que tienen de molicie los hechos; el desierto es el mundo, inculto entonces y estéril en enseñanzas virtuosas; la descendencia hermosa y numerosa de hijos, el gran número de hermanos, hermoseado con toda suerte de virtudes; el rey, el Hijo de Dios, a quien, por la semejanza que les da la santa pobreza, reproducen configurados con él, y se alimentan de la mesa real, sin avergonzarse de su pobreza, pues, contentos de imitar a Cristo y viviendo de limosna, están seguros de que a través de los desprecios del mundo llegarán a ser bienaventurados.

El señor papa se admira de la parábola propuesta y ve claro que Cristo mismo le ha hablado en este hombre. Se acuerda de una visión tenida pocos días atrás, que -afirma, ilustrado por el Espíritu Santo- se cumplirá precisamente en este hombre. Había visto en el sueño que la basílica de Letrán estaba a punto de arruinarse y que un religioso pequeño y despreciable, arrimando la espalda, la sostenía para que no cayera. «Ciertamente -dijo- es este quien con obras y enseñanzas sostendrá la Iglesia de Cristo». Por eso, el señor papa accede con facilidad a la petición de Francisco; por eso, lleno de devoción divina, amó siempre con amor especial al siervo de Dios. Y le otorgó luego lo pedido, y, ofrecido a él, prometió que le otorgaría aún mucho más.

Desde esa hora, en virtud de la facultad que se le había concedido (12), Francisco empezó a esparcir la semilla de virtudes y a predicar con mayor fervor por ciudades y castillos.

SANTA MARÍA DE LA PORCIÚNCULA

Capítulo XII

El amor del Santo a este lugar,
la vida de los hermanos en él
y el amor de la Virgen Santísima a él

18. El siervo de Dios Francisco, pequeño de talla, humilde de alma, menor por profesión, estando en el siglo, escogió para sí y para los suyos una porcioncilla del mundo, ya que no pudo servir de otro modo a Cristo sin tener algo del mundo. Pues no sin presagio divino se había llamado de antiguo Porciúncula este lugar (13) que debía caberles en suerte a los que nada querían tener del mundo.

Es de saber que había en el lugar una iglesia levantada en honor de la Virgen Madre, que por su singular humildad mereció ser, después de su Hijo, cabeza de todos los santos. La Orden de los Menores tuvo su origen en ella, y en ella, creciendo el número, se alzó, como sobre cimiento estable, su noble edificio.

El Santo amó este lugar sobre todos los demás, y mandó que los hermanos tuviesen veneración especial por él (cf. 1 Cel 106), y quiso que se conservase siempre como espejo de la Religión en humildad y pobreza altísima, reservada a otros su propiedad, teniendo el Santo y los suyos el simple uso (14).

19. Se observaba en él la más estrecha disciplina en todo, tanto en el silencio y en el trabajo como en las demás prescripciones regulares. No se admitían en él sino hermanos especialmente escogidos, llamados de diversas partes, a quienes el Santo quería devotos de veras para con Dios y del todo perfectos. Estaba también absolutamente prohibida la entrada de seglares. No quería el Santo que los hermanos que moraban en él, y cuyo número era limitado, buscasen, por ansia de novedades, el trato con los seglares, no fuera que, abandonando la contemplación de las cosas del cielo, vinieran, por influencia de charlatanes, a aficionarse a las de aquí abajo. A nadie se le permitía decir palabras ociosas ni contar las que había oído. Y si alguna vez ocurría esto por culpa de algún hermano, aprendiendo en el castigo, bien se precavía en adelante para que no volviera a suceder lo mismo. Los moradores de aquel lugar estaban entregados sin cesar a las alabanzas divinas día y noche y llevaban vida de ángeles, que difundía en torno maravillosa fragancia.

Y con toda razón. Porque, según atestiguan antiguos moradores, el lugar se llamaba también Santa María de los Angeles. El dichoso Padre solía decir que por revelación de Dios sabía que la Virgen Santísima amaba con especial amor aquella iglesia entre todas las construidas en su honor a lo ancho del mundo, y por eso el Santo la amaba más que a todas.

Capítulo XIII

Cierta visión

20. Un hermano devoto de Dios había tenido, antes de convertirse, una visión, relativa a la misma iglesia, que es digna de ser contada. Veía alrededor de esta iglesia incontables hombres heridos de ceguera lastimosa, de rodillas, con la faz vuelta al cielo. Todos, con voz que movía a lágrimas, levantadas las manos al cielo, invocaban a Dios, pidiendo misericordia y luz. De pronto sobrevino del cielo un gran resplandor, que, difundiéndose sobre todos, comunicó luz y llevó la curación anhelada a cada uno.

TENOR DE VIDA DE SAN FRANCISCO Y DE LOS HERMANOS

Capítulo XIV

El rigor de la disciplina

21. El bizarro caballero de Cristo no tenía miramiento alguno con su cuerpo, al cual, como a extraño, le exponía a toda clase de injurias de palabra y de obra. Quien intentara enumerar sus sufrimientos sobrepasaría el relato del Apóstol, que cuenta los que padecieron los santos (15). Otro tanto habría que decir de toda aquella primera escuela de hermanos, que se sometía a toda clase de incomodidades, hasta el punto de considerar vicioso complacerse en algo que no fuera consuelo del espíritu. Y hubieran desfallecido muchas veces al rigor de los aros de hierro y cilicios con que se ceñían y vestían, de las prolongadas vigilias y continuos ayunos con que se maceraban, de no haberse atenuado, por reiterados avisos del piadoso pastor, la dureza de tan gran mortificación.

Capítulo XV

La discreción de San Francisco

22. Una noche, mientras los demás descansan, una de sus ovejas rompe a gritar: «Hermanos, ¡que me muero, que me muero de hambre!» Se levanta luego el egregio pastor y corre a llevar el remedio conveniente a la oveja desfallecida. Manda preparar la mesa, y ésta bien provista de exquisiteces rústicas, en la que, como muchas otras veces, el agua suple la falta de vino. Comienza a comer él mismo, y, para que el pobre hermano no se avergüence, invita a los demás a hacer la misma obra de caridad. Después de comer en el temor del Señor, para que no falte nada a los servicios de caridad, propone a los hijos una parábola extensa acerca de la virtud de la discreción. Manda que siempre se ofrezca a Dios un sacrificio condimentado con sal (16) y les llama la atención para que cada uno sepa medir sus fuerzas en su entrega a Dios. Enseña que es el mismo pecado negar sin discreción al cuerpo lo que necesita y darle por gula lo superfluo. Y añade: «Sabed, carísimos, que, si he comido, lo he hecho por obligación (17) y no cediendo a mi deseo, ya que la caridad fraterna me lo ha dictado. Sea para vosotros ejemplo la caridad, no el hecho de comer, pues la caridad es pábulo del espíritu, y la comida lo es de la gula».

Capítulo XVI

La providencia que tomó para el porvenir,
cómo encomienda la Religión a la Iglesia romana
y una visión que tuvo

23. El Padre santo, que progresaba sin cesar en méritos y en virtud, viendo que sus hijos aumentaban en número y en gracia por todas partes y extendían sus ramos maravillosos por la abundancia de frutos hasta los confines de la tierra, se dio a pensar muchas veces con cuidado sobre el modo de conservar y de ayudar a crecer la nueva plantación teniéndola enlazada con lazo de unidad.

Observaba ya entonces que muchos se revolvían furiosos, como lobos, contra la pequeña grey, y que, envejecidos en la maldad, tomaban ocasión de hacer daño (cf. 1 Cel 74) por el solo hecho de su novedad. Preveía que entre los mismos hijos podrían ocurrir percances contrarios a la santa paz y a la unidad, y, como sucede muchas veces entre los elegidos, dudaba de si llegaría a haber algunos rebeldes, hinchados del sentimiento de su propia valía y dispuestos en su espíritu a discordias e inclinados a escándalos.

24. Y como el varón de Dios diese en su interior muchas vueltas a estas y parecidas preocupaciones, una noche mientras dormía tuvo la siguiente visión. Ve una gallina pequeña y negra, semejante a una paloma doméstica, con las piernas y las patas cubiertas de plumas. La gallina tenía incontables polluelos, que, rondando sin parar en torno a ella, no lograban todos cobijarse bajo las alas. Despierta el varón de Dios, repasa en su corazón lo meditado y se hace intérprete de su propia visión: «Esa gallina -se dice- soy yo, pequeño de estatura y de tez negruzca, a quien por la inocencia de vida debe acompañar la simplicidad de la paloma, la cual, siendo tan extraña al mundo, vuela sin dificultad al cielo. Los polluelos son los hermanos, muchos ya en número y en gracia, a los que la sola fuerza de Francisco no puede defender de la turbación provocada por los hombres, ni poner a cubierto de las acusaciones de lenguas enemigas. Iré, pues, y los encomendaré a la santa Iglesia romana, para que con su poderoso cetro abata a los que les quieren mal y para que los hijos de Dios tengan en todas partes libertad plena para adelantar en el camino de la salvación eterna. Desde esa hora, los hijos experimentarán las dulces atenciones de la madre y se adherirán por siempre con especial devoción a sus huellas veneradas (18). Bajo su protección no se alterará la paz en la Orden ni hijo alguno de Belial (19) pasará impune por la viña del Señor. Ella que es santa emulará la gloria de nuestra pobreza y no consentirá que nieblas de soberbia desluzcan los honores de la humildad. Conservará en nosotros inviolables los lazos de la equidad y de la paz imponiendo severísimas penas a los disidentes. La santa observancia de la pureza evangélica florecerá sin cesar en presencia de ella y no consentirá que ni por un instante se desvirtúe el aroma de la vida».

Esto es lo que el santo de Dios únicamente buscó al decidir encomendarse a la Iglesia; aquí se advierte la previsión del varón de Dios, que se percata de la necesidad de esta institución para tiempos futuros.

Capítulo XVII

Cómo pidió que el obispo de Ostia hiciese las veces de papa

25. Al llegar el varón de Dios a Roma fue recibido con mucha devoción por el señor papa Honorio y por todos los cardenales. Y es que cuanto había difundido la fama brillaba en la vida, resonaba en el habla, y ante eso no podía faltar la devoción. Predica ante el papa y los cardenales con resolución y fervor, hablando de su plenitud cuanto el Espíritu le sugería. A su palabra se conmueven los montes (20), y, prorrumpiendo éstos en profundos suspiros que brotan desde sus mismas entrañas, lavan con lágrimas al hombre interior.

Después de predicar conversa familiarmente por algún tiempo con el papa y le hace esta petición: «Como sabéis, señor, los pobres y despreciados no pueden llegar fácilmente a tan alta majestad. Tenéis el mundo entero en vuestras manos y las enormes preocupaciones no os dejan tiempo para ocuparos de asuntos de menos monta. Por eso, señor -concreta Francisco-, acudo a las entrañas de vuestra santidad, para que nos concedáis, con veces de papa, al señor obispo de Ostia aquí presente, para que, sin mengua de vuestra dignidad, que está sobre todas las demás, los hermanos puedan recurrir en sus necesidades a él y beneficiarse con su amparo y dirección».

Agradó al papa esta santa petición, y, como había pedido el varón de Dios, confió luego la Orden al señor Hugolino, que era entonces obispo de Ostia. El santo cardenal toma a su cuidado la grey que se le confía, y, hecho padre solícito de la misma, fue hasta su dichosa muerte su pastor y director (21).

A esta sumisión especial se debe la prerrogativa de amor y la solicitud que la santa Iglesia romana nunca cesa de manifestar a la Orden de los Menores.

* * * * *


PARTE SEGUNDA

Introducción

26. Dejar para recuerdo de los hijos constancia de las glorias de los padres que han precedido, indica honra de los padres, amor de los hijos. Quienes no llegaron a conocerles personalmente, al menos con sus hechos se sienten provocados al bien, se sienten promovidos a mejorar cuando los padres, distanciados por el tiempo, vuelven a recordar a sus hijos enseñanzas dignas de memoria.

Pero considero al bienaventurado Francisco como espejo santísimo de la santidad del Señor e imagen de su perfección. Quiero decir que todas sus palabras y acciones exhalan un aroma divino, y si dan con alguien que las considera atentamente y es discípulo humilde, muy pronto, imbuido de enseñanzas saludables, lo llevan a amar eso que es la más alta filosofía.

Después de haber adelantado ya, con sencillez y como de pasada, algunas cosas de San Francisco, creo que no estará de más añadir unas cuantas entre muchas, de modo que el Santo quede avalado, y nuestro amor decaído, estimulado.

ESPÍRITU DE PROFECÍA QUE TUVO SAN FRANCISCO

Capítulo I

27. Elevado, en cierto modo, sobre las realidades mundanas, el bienaventurado Padre había sometido con admirable eficacia las cosas de la tierra; y, teniendo puesta siempre la mirada de su entendimiento en la luz suprema, conocía por revelación no sólo lo que él había de hacer, sino que predecía muchos sucesos con espíritu de profecía, escudriñaba los secretos de los corazones, conocía las cosas lejanas, preveía y anunciaba de antemano el porvenir. Los ejemplos van a probar lo que decimos.

Capítulo II

Cómo descubre la impostura de un hermano tenido por santo

28. Había un hermano que, a juzgar por las apariencias, se distinguía por una vida de santidad excepcional; pero era él muy singular. Entregado a todas horas a la oración, guardaba un silencio tan riguroso, que tenía por costumbre confesarse no de palabra, sino con señas. Con las palabras de la Sagrada Escritura concebía un gran ardor, y, oyéndolas, se mostraba transido de extraña dulzura. Pero ¿a qué continuar? Todos lo tenían por tres veces santo.

Llegó un día al lugar el bienaventurado Padre, vio al hermano, escuchó al santo. Y como todos lo encomiaran y enaltecieran, observó el Padre: «Dejadme, hermanos, y no me ponderéis en él las tretas del diablo. Tened por cierto que es caso de tentación diabólica y un engaño insidioso. Para mí esto es claro, y prueba de ello es que no quiere confesarse». Muy duro se les hacía a los hermanos oír esto, sobre todo al vicario del Santo. Y objetan: «¿Cómo puede ser verdad que entre tantas señales de perfección entren en juego ficciones engañosas?» Responde el Padre: «Amonestadle que se confiese una o dos veces a la semana; si no lo hace, veréis que es verdad lo que os he dicho».

Lo toma aparte el vicario y comienza por entretenerse familiarmente con él y le ordena después la confesión. El hermano la rechaza, y con el índice en los labios, moviendo la cabeza, da a entender por señas que en manera alguna se confesará. Callaron los hermanos, temiendo un escándalo del falso santo. Pocos días después abandona éste, por voluntad propia, la Religión, se vuelve al siglo, retorna a su vómito. Y, duplicada su maldad, quedó privado de la penitencia y de la vida.

Hay que evitar siempre la singularidad, que no es sino un precipicio atrayente. Lo han experimentado muchos tocados de singularidad, que suben hasta los cielos y bajan hasta los abismos. Atiende, en cambio, la eficacia de la confesión devota, que no sólo hace, sino que da a conocer al santo.

Capítulo III

Otro caso parecido contra la singularidad

29. Algo parecido ocurrió con otro hermano llamado Tomás de Espoleto. Todos lo tenían en buen concepto y emitían juicio seguro de su santidad. Mas la apostasía comprobó el juicio del santo Padre, que lo creía un perverso. No perseveró por mucho tiempo, como tampoco dura mucho la virtud que se disfraza con disimulo. Salió de la Religión, y, al morir fuera de ella, sólo entonces se dio cuenta de lo que había hecho.

Capítulo IV

Cómo predijo la derrota de los cristianos en Damieta

30. Cuando el ejército de los cristianos asediaba Damieta, estaba presente el santo de Dios con sus compañeros, que habían atravesado el mar con ansias de martirio (22).

Y como los nuestros se preparasen a la batalla para el día señalado, oyéndolo el Santo, se dolió en lo profundo. Y dijo al que le acompañaba: «Si el encuentro tiene lugar en ese día, me ha dado a entender el Señor que no se les resolverá en éxito a los cristianos. Pero, si descubro esto, me tomarán por fatuo; y, si me callo, la conciencia me lo reprochará. Dime: ¿qué te parece?» Respondió el compañero: «Padre, no se te dé nada ser juzgado por los hombres, que no es precisamente ahora cuando vas a empezar a ser tenido por fatuo. Descarga tu conciencia y teme, más bien, a Dios que a los hombres».

Corre luego el Santo y se enfrenta a los cristianos con consejos saludables, disuadiéndoles de la batalla, anunciándoles la derrota. Los cristianos hacen escarnio de la verdad: se endurecieron en su corazón y no quisieron tomar en consideración el aviso. Se van. Se entabla el combate. Se lucha. Muchos de los nuestros se ven acorralados por el enemigo. Durante el combate, el Santo, con el alma en vilo, hace que el compañero se levante a observar, y como ni a la primera ni a la segunda ha visto nada, le manda observar por tercera vez. Y ve ahí que todo el ejército cristiano se da a la fuga, reportando de la batalla la deshonra en vez del triunfo. Y fue tal el desastre de los nuestros, que quedaron muy reducidos, pues entre muertos y cautivos perdieron 6.000. Consumía, por tanto, al Santo la compasión que sentía de ellos, y no menos a ellos el arrepentimiento de lo que habían hecho. Y lloraba, sobre todo, por los españoles, al ver que su arrojo los había diezmado (23).

Conozcan esto los príncipes de toda la tierra y sepan que no es fácil guerrear contra Dios, es decir, contra la voluntad del Señor. La obstinación -que al apoyarse en las propias fuerzas desmerece la ayuda del cielo- suele tener un fin desastrado. De esperar del cielo la victoria, hay que entablar las batallas con espíritu de sumisión a Dios.

Capítulo V

De un hermano cuyos secretos de alma conoció

31. Al volver de ultramar en compañía del hermano Leonardo de Asís, el Santo, por la fatiga del camino y por su debilidad, tuvo que montar por algún tiempo sobre un asno. El compañero que le seguía, fatigado también él, y no poco, comenzó a decir para sí, víctima de la condición humana: «Los padres de él y los míos no se divertían juntos. Y ahora él va montado y yo voy a pie conduciendo el asno».

Iba pensando esto el hermano, cuando de pronto se desmontó el Santo y le dijo: «No, hermano, no está bien que yo vaya montado y tú a pie, pues en el siglo tú eras más noble y poderoso que yo». Quedó sorprendido el hermano, y, todo ruborizado, se reconoció descubierto por el Santo. Se le postró a los pies, y, bañado en lágrimas, confesó su pensamiento, ya patente, y pidió perdón.

Capítulo VI

El hermano sobre quien vino el diablo.
Contra los que se apartan de la comunidad

32. Había otro hermano famoso ante los hombres, más famoso aún ante Dios por la gracia. El padre de toda envidia, envidioso de las virtudes de aquél, intenta abatir el árbol que tocaba en los cielos y arrebatar de las manos la corona: ronda, sacude, descubre y ventea las tendencias del hermano, tanteando el modo de ponerle un tropiezo que sea eficaz. Y, so pretexto de mayor perfección, le sugiere el deseo de apartarse de los demás, para hacerle al fin caer más fácil arremetiendo contra él al estar solo, ya que, caído y solo, no tenga quien lo levante (Eclo 4,10). ¿Qué pasó? Se aparta de la Religión de los hermanos y se va como peregrino y huésped por el mundo. Hizo del hábito una túnica corta, llevaba la capucha descosida de la túnica, y andaba en esa forma por la tierra, despreciándose en todo.

Pero andando así, al faltarle luego los consuelos divinos, comenzó a fluctuar en medio de tentaciones borrascosas. Le inundaron las aguas hasta el fondo del alma, y, sufriendo la desolación del hombre interior y exterior, corre como pájaro que se precipita en la red. Al borde casi del abismo, estaba ya en peligro de caer en él, cuando la mirada providente del Padre, compadecido del miserable, le miró con bondad. Y él, sacando lección de la acometida, vuelto por fin en sí, se dijo: «Torna, miserable, a la Religión, que en ella está tu salvación». No aguarda más: se levanta luego y corre al regazo de la madre.

33. Y cuando llegó a Siena, al lugar de los hermanos, San Francisco estaba allí. Y ¡cosa extraña! No bien lo vio, huyó de él el Santo y se encerró precipitadamente en la celda. Turbados los hermanos, indagan la causa de la huida. Les responde el Santo: «¿Por qué os sorprendéis sin saber la causa de la huida? He corrido a refugiarme en la oración para librar a este equivocado. He visto en el hijo algo que con razón me ha disgustado; pero, gracias a Cristo, el engaño se ha desvanecido ya del todo». El hermano se arrodilló, y, cubierto de rubor, se confesó culpable. El Santo le dijo: «Perdónete el Señor, hermano. Pero en adelante ten cuidado de no separarte de tu Religión y de tus hermanos ni con pretexto de santidad». Y, desde entonces, el hermano se hizo amigo de estar reunido y vivir en fraternidad, apreciando, sobre todo, los grupos en los que más brillaba la observancia regular.

¡Grandes son las obras del Señor en la congregación, en la asamblea de los santos! En ella los tentados resisten, los caídos se levantan, los tibios se animan, «el hierro con el hierro se aguza», y el hermano, al amparo del hermano, llega a tener la seguridad de una ciudad fuerte, y, aunque por la turbamulta del mundo no puedas ver a Jesús (cf. Lc 19,3), en nada te estorba, por cierto, la de los ángeles del cielo. Tan sólo esto: no huyas, y, fiel hasta la muerte, recibirás la corona de la vida.

34. Un caso muy parecido ocurrió poco después con otro hermano. No se sometía éste al vicario del Santo, sino que tenía por maestro propio otro hermano. Pero, advertido -mediante un intermediario- por el Santo, que estaba allí (24), se echó luego a los pies del vicario, y, abandonando al maestro de antes, se somete a la obediencia de aquel a quien el Santo le había señalado como prelado. En esto, el Santo suspiró profundamente y dijo al compañero que había hecho de mediador: «Hermano, he visto sobre los hombros del hermano desobediente al diablo, que le apretaba el cuello. Sometido a semejante caballero, despreciando el freno de la obediencia, seguía las bridas de sus sugestiones. Y -añadió- como rogara yo al Señor por él, al instante se alejó el demonio, abatido».

Tan grande era la penetración de este hombre, de ojos debilitados para ver las cosas corporales, perspicaces para las espirituales. Y ¿qué extraño, si se carga sobre sí un peso ignominioso quien no quiere llevar al Señor de la majestad? No hay término medio: o llevas la carga ligera (Mt 11,30), que, por mejor decir, te llevará a ti, o, colgada a tu cuello una muela de molino, la maldad te hunde a ti en un mar de plomo.

Capítulo VII

Cómo libró de lobos feroces y del granizo
a la población de Greccio

35. El Santo moraba a gusto en Greccio, en el lugar de los hermanos, ya porque lo encontrara rico en pobreza, ya porque en una celdilla más apartada, adaptada en el saliente de una roca, se entregaba con más libertad a las ilustraciones del cielo. Éste es el lugar en que, hecho niño con el Niño, celebró, tiempo ha, la navidad del Niño de Belén (cf. 1 Cel 86).

Sucedía por entonces que la población era acometida de muchas desgracias: bandadas de lobos rapaces devoraban no sólo animales, sino también hombres, y el granizo asolaba cada año mieses y viñedos. Predicando un día San Francisco, les dijo: «En honor y alabanza del Dios todopoderoso, oíd la verdad que os anuncio: si cada uno de vosotros confiesa sus pecados y hace dignos frutos de penitencia, yo os doy palabra de que todas esas plagas se alejarán y de que, mirándoos con amor el Señor, os enriquecerá con bienes temporales. Pero -añadió- oíd también esto: os anuncio asimismo que, si, desagradecidos a los beneficios, volviereis al vómito (2 Pe 2,22), sobrevendrá de nuevo la plaga, se duplicará el castigo, y la ira de Dios se encenderá aún más sobre vosotros».

36. Y, de hecho, por los méritos y las oraciones del Padre santo, cesaron desde entonces los desastres, se retiró el peligro, y los lobos y el granizo no les causaron ningún daño. Y lo que es más asombroso: si alguna vez caía granizo en campos vecinos, al acercarse a los de Greccio, o cesaba o se desviaba.

Ya tranquilos, los habitantes de Greccio crecieron mucho en número y se enriquecieron en demasía de bienes temporales. Pero pasó lo que pasa con la prosperidad: que los rostros se abotargan de gordura y se ciegan con la grosura, o, por mejor decir, con la basura de los bienes temporales. Cayendo, en fin, en culpas más graves, se olvidaron de Dios, que los había salvado. Mas no impunemente, porque la sanción de la justicia divina castiga menos la caída que la recaída. Se despierta, pues, la ira de Dios contra ellos, y a la vuelta de los males ahuyentados se unió ahora la espada de los hombres, y la mortandad ordenada por el cielo acabó con muchísimos; en una palabra, el castro entero quedó abrasado por las llamas vengadoras (25). Es bien justo que a quienes vuelven las espaldas a los beneficios caiga sobre ellos la destrucción.

Capítulo VIII

Cómo, predicando a los habitantes de Perusa,
les predijo una sedición que habría entre ellos,
y recomendación de la concordia

37. Pocos días después, una vez que bajó de la mencionada celda, el bienaventurado Padre dijo con voz de queja a los hermanos que estaban allí: «Mucho mal han hecho los perusinos a sus comarcanos y su corazón se ha ensoberbecido, para deshonra suya. Pero el castigo de Dios se avecina, ya tiene puesta su mano en la espada». A los pocos días se levanta movido por el fervor del espíritu y se encamina hacia la ciudad de Perusa. Los hermanos pudieron apreciar claramente que había tenido alguna visión en la celda.

En cuanto llega a Perusa, se pone a predicar al pueblo, reunido de antemano; mas como unos caballeros corrieran, como es costumbre, en torneos y juegos de a caballo con lances de armas e impidieran oír la palabra de Dios, el Santo, vuelto a ellos, dijo entre sollozos: «¡Perversidad deplorable la vuestra, hombres dignos de compasión, que no reparáis ni teméis el juicio de Dios! Pero oíd lo que el Señor os hace saber por mí, pobrecillo. El Señor os ha encumbrado -añadió- sobre cuantos viven en vuestro derredor, por lo que deberíais ser mejores con los comarcanos y más agradecidos con Dios. Pero, ingratos al favor, acometéis con mano armada a los comarcanos, los matáis y los asoláis. Os aseguro que no quedaréis sin escarmiento, porque Dios hará que vosotros, para castigo más violento, caigáis en la ruina por una guerra civil, de modo que, amotinados, os levantéis el uno contra el otro. La indignación de Dios enseñará a quienes la dignación no enseñó».

No muchos días después, desencadenada entre ellos la discordia, empuñan las armas contra el prójimo: los del pueblo arremeten contra los caballeros, y los caballeros, espada en mano, contra los del pueblo. Se lucha, en fin, con tal fiereza y tanta mortandad, que hasta los comarcanos, a quienes habían hecho tanto mal, se compadecían de ellos (26).

¡Sanción digna de alabanza! Pues se habían apartado del que es uno y sumo, era inevitable que no hubiese unión entre ellos. No hay lazo capaz de unir más estrechamente a los hombres de un pueblo como el amor filial a Dios, y la fe no fingida, sino sincera.

Capítulo IX

Una mujer a la que predijo la conversión de su marido

38. Por aquellos días, el varón de Dios marchaba a Celle di Cortona; enterada una mujer noble del castillo llamado Volusiano, corre a su encuentro; fatigada por la larga caminata, ella, que era blanda ya de por sí y delicada, llegó por fin a donde el Santo. El Padre santísimo, al notar el cansancio y la respiración entrecortada de la mujer, compadecido, le dijo: «¿Qué quieres, señora?» «Padre, que me bendigas». Y el Santo: «¿Eres casada o no?» «Padre -respondió ella-, tengo un marido cruel, y sufro con él, porque me estorba en el servicio de Jesucristo. Éste es mi dolor más grande: el de no poder llevar a la práctica, por impedírmelo el marido, la buena voluntad que Dios me ha inspirado. Por eso, te pido a ti, que eres santo, que ruegues por él, para que la misericordia divina le humille el corazón».

Admira el Santo la fortaleza viril de la mujer, la madurez de alma de la joven, y, movido a piedad, le dice: «Vete, hija bendita, y sábete que tu marido te dará muy pronto un consuelo. Dile, de parte de Dios y de la mía -añadió-, que ahora es el tiempo de salvación, y después el de la justicia».

Con la bendición del Santo, se vuelve la mujer, encuentra al marido, le comunica el mensaje. De repente, el Espíritu Santo descendió sobre él, y, cambiándolo de hombre viejo en nuevo, le hace hablar con toda mansedumbre en estos términos: «Señora, sirvamos al Señor y salvemos nuestras almas en nuestra casa» (27). Replicó la mujer: «Me parece que hay que poner la continencia por cimiento seguro del alma, y luego edificar sobre ella las demás virtudes». «Eso es -dijo él-; como a ti, también a mí me place». Y, llevando desde entonces, por muchos años, vida de célibes, murieron santamente en el mismo día, como holocausto de la mañana el uno y sacrificio de la tarde el otro.

¡Dichosa mujer, que ablandó así a su señor para la vida! Se cumple en ella aquello del Apóstol: Se salva el marido infiel por la mujer fiel (1 Cor 7,14). Pero diré con un adagio popular: mujeres como ésa pueden contarse hoy con los dedos de una mano.

Capítulo X

Cómo supo en espíritu que un hermano
había escandalizado a otro hermano
y predijo de él que dejaría la Religión

39. Hace algún tiempo vinieron de la Tierra de Labor (28) dos hermanos, el mayor de los cuales dio muchos escándalos al joven. Había sido, por decirlo así, tirano y no compañero. Pero el joven lo sufría todo por Dios en silencio admirable. Habiendo llegado a Asís y entrando el joven a donde estaba San Francisco (le era, por cierto, familiar al Santo), le preguntó el Santo entre otras cosas: «¿Cómo se ha portado contigo el compañero en este viaje?» «De verdad que muy bien (cf. LM 11,13), amadísimo Padre». Y el Santo: «¡Cuidado, hermano! No mientas so capa de humildad, porque sé cómo se ha portado contigo; pero espera un poco y verás».

Mucho se admiró el hermano de que el Santo hubiese conocido por el Espíritu cosas sucedidas tan lejos. No muchos días después, en efecto, el que había escandalizado a su hermano sale de la Religión, despreciándola.

Indudablemente, es señal de maldad y argumento evidente de poco seso no llevar una misma voluntad llevando un mismo camino con un buen compañero.

Capítulo XI

Cómo conoció que a un joven que vino a la Religión
no le guiaba el espíritu de Dios

40. Por aquellos mismos días vino a Asís un muchacho noble de Luca que quería entrar en la Religión. Presentado a San Francisco, le pedía de rodillas y con lágrimas que le recibiera. Y, mirándolo detenidamente el varón de Dios, conoció al pronto, por inspiración del Espíritu, que no era buena la intención que animaba al muchacho. Y le dijo: «Desgraciado y carnal, ¿cómo crees poder engañar al Espíritu Santo y a mí? Tu llanto es carnal y tu corazón no está en Dios. Vete -intimó-, porque no gustas nada espiritualmente».

Apenas había dicho esto el Santo, avisan que los padres están a la puerta y buscan al hijo para llevarle consigo; y, saliendo luego éste, se volvió gustoso con ellos. Los hermanos quedan admirados del suceso, alabando al Señor en su santo.

Capítulo XII

Un clérigo curado por él, a quien,
a causa de sus pecados, predijo males más graves

41. Cuando el santo Padre yacía enfermo en el palacio episcopal de Rieti, un canónigo de nombre Gedeón, sensual y mundano, guardaba cama, enfermo y aquejado de dolores en todo el cuerpo.

Haciéndose llevar a San Francisco, ruega con lágrimas que le haga sobre sí la señal de la cruz. Le replica el Santo: «¿Cómo quieres que te signe con la señal de la cruz, si has vivido satisfaciendo la concupiscencia de la carne, sin temor de los juicios de Dios? Te signo -añadió- en el nombre de Cristo; pero sábete que si, curado ya, vuelves al vómito, vendrán sobre ti males aún más graves». E insistió: «Por el pecado de ingratitud acaecen a la postre daños peores que a los comienzos». Hecha la señal de la cruz, el que había estado tullido, se levantó luego sano, y, prorrumpiendo en alabanzas, dijo: «Estoy curado». Y los huesos de la cintura hicieron chasquidos, que oyeron muchos, como cuando se rompe la leña seca con las manos.

Pero después de una corta temporada, olvidado de Dios, el clérigo se dio otra vez a los desórdenes carnales. Habiendo cenado una tarde en casa de un canónigo y durmiendo en ella aquella noche, se derrumbó inesperadamente el techo sobre todos los de la casa. Escaparon los demás de la muerte; sólo el miserable pereció aplastado.

No hay que extrañar que, como dijo el Santo, las postrimerías fuesen para el canónigo peores que los comienzos, pues el perdón obtenido reclama agradecimiento y la recaída en la culpa ofende al doble.

Capítulo XIII

Un hermano tentado

42. Continuaba el Santo en el mismo lugar. Un hermano espiritual de la custodia de Mársica (29), atormentado por tentaciones pesadas, se dijo para sí: «Si pudiera tener, al menos, un pedacito de las uñas de San Francisco, estoy seguro de que se desvanecería toda esta tempestad de tentaciones y, con el favor del Señor, volvería la calma».

Con el debido permiso, se va al lugar, expone el asunto a un compañero del Padre santo. Le responde el hermano: «No creo que me sea posible conseguírtelas, pues, aunque se las cortamos de vez en cuando, manda que las arrojemos, prohibiéndonos su conservación». De pronto llaman a este hermano y le ordenan que se presente al Santo, que lo busca. «Hijo -le dice-, hazte con unas tijeras para cortarme las uñas». Se las presenta el hermano, que previamente las había tomado con esa intención; y, recogiendo los recortes, se los entrega al hermano que los había solicitado. Éste los recibe con devoción, con mayor devoción aún los conserva, y se ve luego libre de todo asalto.

Capítulo XIV

Un hombre que ofreció el paño
según lo había pedido antes el Santo

43. Una vez, en el mismo lugar (30), el Padre de los pobres, que vestía una túnica vieja, dijo a uno de sus compañeros, a quien había nombrado su guardián (cf. Test 27-28): «Hermano, quisiera que, si puedes, me busques paño para una túnica». Oído esto, el hermano se pone a pensar cómo pueda lograr el paño tan necesario y tan humildemente pedido.

Al día siguiente muy de mañana, ya en la puerta para salir a la villa en busca del paño, se da de cara con un hombre que estaba sentado a la entrada en espera de hablar con el hermano; y le dijo: «Recíbeme, por amor de Dios, este paño que da para seis túnicas, y, reservándote una, distribuye las demás como quieras, para bien de mi alma». Lleno de alegría, vuelve el hermano a donde Francisco y le da la noticia de la oferta hecha por el cielo. El Padre le dice: «Recibe las túnicas, pues fue enviado para atender de esa manera a mi necesidad. Sean dadas gracias -añadió- a aquel que parece ocuparse de nosotros».

Capítulo XV

Cómo convidó a su médico a comer
en ocasión en que los hermanos no tenían qué darle
y cómo, de pronto, proveyó el Señor;
y la providencia de Dios con los suyos

44. Mientras el bienaventurado varón moraba en un eremitorio cercano a Rieti, lo visitaba todos los días el médico para curarle los ojos. Un día dijo el Santo a los suyos: «Convidad al médico y dadle de comer muy bien». Le respondió el guardián: «Padre, confesamos con rubor: tan pobres como nos encontramos ahora, nos da vergüenza convidarlo».

El Santo le replicó: «¿Qué queréis, que os lo repita?» El médico, que estaba presente, observó: «Carísimos hermanos, para mí será un placer participar de vuestra pobreza».

Los hermanos se ponen en movimiento y colocan sobre la mesa cuanto hay en la despensa: un poco de pan, no mucho vino y, para más regalo, algunas legumbres que vienen de la cocina. Entretanto, la mesa del Señor se compadece de la mesa de los siervos: llaman a la puerta, se acude enseguida. Y he aquí que una mujer les obsequia con una cesta repleta de provisiones: una hogaza sabrosa, peces, ensaimadas de camarones y, para colmo, miel y racimos de uvas.

Ante esto, la mesa de los pobres se alegra, y, dejando para el día siguiente los alimentos de pobres, comen hoy los manjares exquisitos. Conmovido muy de veras, el médico exclamó: «Ni vosotros los hermanos, como debierais, ni nosotros los seglares comprendemos la santidad de este hombre». Cierto que hubieran podido hartarse comiendo, si el milagro no los hubiera llenado más que las viandas.

Es que la mirada del Padre no se despreocupa de los suyos, antes bien con mayor providencia mantiene a los que mendigan con mayor necesidad. Como quiera que Dios es más generoso en su liberalidad que el hombre, el pobre disfruta de una mesa más copiosamente abastecida que el tirano.

Cómo libró de una tentación al hermano Ricerio

44bis. Un hermano llamado Ricerio, noble de familia y de costumbres, esperaba tanto de los méritos del bienaventurado Francisco, que creía merecer, desde luego, la gracia de Dios el que tenía a favor la benevolencia del Santo, o la indignación de Dios el que carecía de ella. Y anhelaba de corazón alcanzar el favor de la confianza del Santo; pero temía mucho que éste descubriera en él cualquier asomo de defecto que le era imperceptible, y por eso se encontrase él más ajeno a su favor.

Sufriendo así esta aflicción continua y pesada, que no manifestaba a nadie, ocurrió un día que, turbado como solía estar el hermano, se acercó a la celda en que el bienaventurado Francisco hacía oración. El varón de Dios, que se dio cuenta a la par de su llegada y de su estado de ánimo, lo llamó afectuosamente y le dijo: «Hijo, en adelante no te turbe ningún temor, ninguna tentación, porque me eres muy amado y te distingo con especial aprecio entre los que me son más amados. Ven a mí con confianza cuando quieras, y libremente, cuando quieras, me dejas». Se admiró no poco el hermano y se alegró con las palabras del santo Padre; y en adelante, seguro del aprecio de éste, creció también, según había creído, en la gracia del Salvador (cf. 1 Cel 49-50).

Capítulo XVI

Dos hermanos a quienes, saliendo de la celda, bendijo,
conocido por inspiración del espíritu el deseo que tenían

45. San Francisco acostumbraba pasar todo el día en la celda apartada, sin volverse a los hermanos más que cuando necesitaba tomar algún alimento; y no a las horas señaladas para la comida, porque más viva era en él el hambre de la contemplación, que lo reclamaba del todo para sí con mucha más frecuencia.

Un día llegaron de lejos al lugar de Greccio dos hermanos que vivían una vida grata a Dios. El único motivo del viaje era ver al Santo y recibir de él la bendición hacía tiempo deseada. Pero al llegar no lo encontraron, porque se había retirado de entre los hermanos a la celda, y se entristecieron notoriamente. Por otra parte, la incerteza de cuándo saldría suponía una larga espera. Se alejan, pues, ya, abatidos, echando la culpa del fracaso a habérselo merecido. Iban como a un tiro de piedra del lugar, acompañados de algunos que moraban con el bienaventurado Francisco y que trataban de consolarlos, cuando de pronto el Santo, que los sigue, llama y dice a uno de los compañeros: «Di a mis Hermanos que han venido aquí que me miren». Y, al volver ellos la cara hacia él, los signó con la señal de la cruz y los bendijo con muchísimo afecto. Con esto, ellos, doblemente contentos, porque habían logrado con ventaja su intento y un milagro, se volvieron alabando y bendiciendo al Señor.

Capítulo XVII

Cómo por su oración sacó agua de la roca
y la dio a beber a un campesino

46. Una vez, el bienaventurado Francisco quiso ir a cierto eremitorio (31) para darse allí más libremente a la contemplación; sintiéndose bastante débil, obtuvo de un hombre pobre un asno para el viaje. Montaña arriba en días de verano, el campesino, fatigado por el camino escabroso y largo que hacía siguiendo al varón de Dios, se resiente y desfallece de sed antes de llegar al lugar. Comienza a gritar tras el Santo con vehemencia y pide que se le compadezca; asegura que se muere de sed si no se le reanima con el alivio de una bebida. El santo de Dios, compasivo siempre con los abatidos, saltó en seguida del asno e hincado de rodillas, alzando las manos al cielo, no cesó de orar hasta saberse escuchado. «Ven pronto -dijo después al campesino-, y encontrarás allí agua viva, que Cristo en su misericordia ha hecho brotar ahora de la piedra para que bebas tú».

¡Dignación estupenda de Dios, que se inclina tan fácil a sus siervos! Gracias a la oración del Santo, el campesino bebió del agua que había brotado de la piedra, apagó la sed en la roca durísima. Y aguas no las hubo allí antes, ni han sido descubiertas después, como se ha comprobado escrupulosamente. ¿Qué extraño que quien está lleno del Espíritu Santo reproduzca, a su vez, los prodigios obrados por todos los justos? Ni es para asombrarse si quien, por donación de gracia especial, es uno con Cristo, realiza prodigios semejantes a los de los otros santos.

Capítulo XVIII

Las avecillas que alimentó
y cómo una de ellas pereció por voraz

47. Estaba un día el bienaventurado Francisco sentado a la mesa con los hermanos; aparecen dos avecillas, macho y hembra, que, solícitas por sus crías, a satisfacción de su deseo, recogen cada día de la mesa del Santo unas migajas. El Santo se alegra con las avecillas, las acaricia, como acostumbra, y cuida de darles de comer. Un buen día, la pareja presenta los pajarillos a los hermanos, como en señal de gratitud por haberlos alimentado, y, confiándoselos, desaparecen ya del lugar. Los pajarillos se hacen a los hermanos, y, posándose en sus manos, están en casa no como huéspedes, sino como quien habita junto a los hermanos. Huyen a la vista de los seglares; y se dan a conocer como quienes han sido criados tan sólo por los hermanos. Observa esto el Santo y queda asombrado, e invita a los hermanos a alegrarse: «Ved -dice- lo que han hecho nuestros hermanos petirrojos; ni que tuvieran inteligencia. Como que nos han dicho: "Mirad, hermanos, os dejamos nuestros hijuelos que se han alimentado de vuestras migas. Haced de ellos lo que queráis; nosotros nos vamos a otros lares"». Así, pues, los pajarillos se familiarizan del todo con los hermanos y comen junto con ellos.

Pero la voracidad viene a deshacer la unión cuando la altanería de uno mayor persigue a los más pequeños. Comiendo él por placer hasta hartarse, impide que los demás coman. «Mirad -dice el Padre- lo que hace ese glotón; pletórico él y harto, no puede ver que los hermanos que tienen hambre coman. Con muerte bien triste va a desaparecer». Al dicho del Santo sigue luego el castigo. El perturbador de los hermanos se posa, para beber, sobre una vasija, y, cayendo de improviso en el agua, perece ahogado; y ni gato ni bestia alguna osó tocar el ave que había incurrido en la maldición del Santo.

Horrenda tiene que ser la codicia en los hombres, cuando en las aves es castigada con tanto rigor. Y de temer también la condena de los santos, que atrae tan fácilmente el castigo.

Capítulo XIX

Cómo se cumplió al detalle
cuanto predijo del hermano Bernardo

48. Otra vez habló así, en profecía, del hermano Bernardo, que fue el segundo en la Orden: «Os digo que para probar al hermano Bernardo han sido asignados demonios muy astutos y los más malos entre los malos; pero, por más que se empeñen incansables en hacer caer del cielo la estrella, el resultado, sin embargo, será muy otro. Cierto que será atribulado, aguijoneado, congojado, pero al fin triunfará de todo». Y añadió: «Al acercársele la muerte, calmada toda tempestad, ya vencida toda tentación, disfrutará de admirable serenidad y paz, y al término de la carrera de la vida volará felizmente a Cristo».

Y de hecho así fue: su muerte resplandeció en milagros, y tal como lo había predicho el varón de Dios, así sucedió al detalle; por lo que a su muerte dijeron los hermanos: «A la verdad, mientras vivía, no fue conocido este hermano». Pero dejamos a otros cantar las alabanzas del hermano Bernardo (32).

Capítulo XX

El hermano tentado que quería tener
algún escrito de puño y letra del Santo

49. Sucedió al tiempo que vivía el Santo en el monte Alverna. Él permanecía retirado en la celda. Uno de los compañeros (33) deseaba con mucho afán tener por escrito, para que le confortase, alguna de las palabras del Señor, acompañada de una breve anotación manuscrita de San Francisco. Creía, en efecto, que con eso desaparecería, o se aliviaría por lo menos, una tentación molesta -no de la carne, sino del espíritu- que lo atormentaba. Aunque se consumía con este deseo, le daba pavor descubrirlo al Padre santísimo; pero a quien no se lo manifestó el hombre, se lo reveló el Espíritu.

Y así, un día llama el bienaventurado Francisco al hermano y le dice: «Tráeme papel y tinta, porque quiero escribir unas palabras del Señor y sus alabanzas que he meditado en mi corazón». En cuanto los tuvo a mano, escribió de su puño y letra las alabanzas de Dios y las palabras que quiso, y, por último, la bendición para el hermano, a quien dijo: «Toma para ti este pliego y consérvalo cuidadosamente hasta el día de tu muerte». Al instante desaparece del todo la tentación; se guarda el pliego, que después ha hecho prodigios.

Capítulo XXI

El mismo hermano a quien, por satisfacerle, dio una túnica

50. Con el mismo hermano se manifestó otro caso maravilloso. Esto ocurrió mientras el Santo yacía enfermo en el palacio de Asís (34). El mencionado hermano pensó para sí: «Ya el Padre se avecina a la muerte; mi alma experimentaría grandísimo consuelo si, una vez que haya muerto, lograra tener yo la túnica de mi Padre». Como si el deseo del corazón hubiera sido una petición hecha de palabra, lo llama poco después el bienaventurado Francisco y le dice: «Te doy esta túnica; tómala, que quede para ti; aunque yo la vista mientras vivo, sin embargo, que pase a ti después de mi muerte». El hermano, admirado de la profunda penetración del Padre, tomó al fin, consolado, la túnica, que más tarde, por santa devoción, fue llevada a Francia.

Capítulo XXII

El perejil que, a su mandato,
se encontró de noche entre hierbas del campo

51. Hacia el fin de su enfermedad, una noche le apeteció comer perejil (35), y lo pidió humildemente. Llamado el cocinero para que se lo trajera, advirtió que a aquella hora no acertaría a encontrarlo en el huerto. «He cogido perejil -dijo- todos estos días y lo he cortado tanto, que aun de día me resultaría difícil acertar con él; cuánto más ahora, que es ya noche cerrada, no podré distinguirlo de otras plantas».

«Vete, hermano -replicó el Santo-; que no te sea enojoso, y trae las primeras hierbas que te vienen a las manos». Se fue el hermano al huerto, y, arrancando hierbas agrestes, las que de primero le venían a las manos -él no veía nada-, las llevó a casa. Miran los hermanos las hierbas silvestres, las remiran con más atención, y descubren entre ellas un perejil lozano y tierno.

El Santo, con lo poco que tomó, se reanimó mucho. Y les dijo el Padre: «Amadísimos hermanos, cumplid los preceptos a la primera indicación, sin esperar que se os repitan. Y no os defendáis con pretexto de imposibilidad, porque, aun cuando yo os mandase algo que está sobre vuestras fuerzas, no le faltarían fuerzas a la obediencia».

Hasta en esto el espíritu de profecía acreditó la prerrogativa del espíritu.

Capítulo XXIII

El hambre que predijo que sobrevendría después de su muerte

52. Los santos son a veces movidos por el Espíritu Santo a hablar de sí mismos algunas cosas admirables, es a saber, cuando la gloria de Dios exige que se revele lo que Él ha dictado o cuando lo reclama la norma de la caridad para edificación del prójimo. Así es que, cierto día, el bienaventurado Padre contó a un hermano a quien amaba muchísimo esto que acababa de conocer en la intimidad familiar con Dios. «Hoy -dijo- hay en la tierra un siervo de Dios por quien el Señor no permite -mientras aquél viva- que el hambre haga estragos entre los hombres».

No hubo en esto asomo de vanidad, sino una manifestación virtuosa que la santa caridad, que no busca lo que sea para sí (1 Cor 13,5), descubrió con palabras de modestia y sencillez para nuestra edificación; ni debía ocultarse en inútil silencio la prerrogativa singular de tan pasmoso amor de Cristo a su siervo.

Los testigos de vista sabemos con cuánta tranquilidad y paz ha transcurrido el tiempo en vida del siervo de Cristo y cuán fecundo ha sido en toda clase de bienes. Ni hubo hambre de la palabra de Dios, porque entonces sobre todo la palabra de los predicadores estaba cargada de toda virtud y porque los corazones de todos los oyentes eran gratos a Dios. Brillaban ejemplos de santidad en quieres profesaban la vida religiosa y la hipocresía de los sepulcros blanqueados no había llegado a inficionar a tan señalados santos, ni las enseñanzas de los que se disfrazan habían despertado mucha curiosidad. Justamente había, pues, abundancia de bienes temporales cuando los eternos eran amados de veras por todos.

53. Después de su muerte, en cambio, la situación era del todo distinta: todo se alteró. Estallaron en todas partes guerras y revueltas, y la mortandad, en diversas formas desastradas, se enseñoreó pronto de muchos reinos (36). Un hambre de muerte se extendió por todas partes, y su ferocidad, que supera toda calamidad, ¡a cuántos arrebató! (37). Debido a ella, la necesidad convirtió en alimento toda suerte de cosas e hizo que los hombres recurrieran a comer lo que ni los animales comían. Se llegó a elaborar pan con corteza de árboles y cáscaras de toda fruta dura; y hubo padre, acosado por el hambre, cuya piedad no hizo duelo por la muerte del hijo -por decirlo menos crudamente-, según es cierto por el testimonio de alguno. Mas para que apareciera a la vista quién había sido aquel servidor fiel por cuyo amor la cólera de Dios había retirado la mano del castigo, el bienaventurado padre Francisco puso de manifiesto pocos días después de su muerte -al hermano a quien había predicho en vida los desastres que sucederían- que el tal siervo del Señor era él mismo. Así fue que una noche, mientras el hermano dormía, lo llamó el Santo con voz perceptible y le dijo: «Hermano, llega ahora el hambre que el Señor no permitió que cayese sobre la tierra mientras viviera yo». Despertó el hermano a la llamada y contó después todo ce por be. Y a la tercera noche de esto, el Santo se le apareció otra vez y le repitió lo mismo.

Capítulo XXIV

La clarividencia del Santo y nuestra ignorancia

54. A nadie tiene que parecer extraño que destacara con tales privilegios el profeta de nuestros días, pues cierto es que su entendimiento, desprendido de las sombras de las cosas terrenas y no atado a los placeres de la carne, volaba a lo más alto, se sumergía puro en la luz. Embebido así en los resplandores de la luz eterna, atraía del Verbo lo que después resonaba en sus palabras.

¡Ay! ¡Cuán desemejantes somos hoy los que, envueltos en tinieblas, no sabemos ni lo necesario! Y ¿por qué así sino porque, complacientes con la carne, también nosotros quedamos envueltos en el polvo de los mundanos? Ciertamente, si alzáramos nuestro corazón y nuestras manos al cielo, si nos decidiéramos a estar pendientes de las realidades eternas, acaso tendríamos noticia de lo que ignoramos: Dios y nosotros. Quien vive en el fango, no puede ver, de fuerza, otra cosa que fango; quien tiene los ojos puestos en el cielo, es imposible que no vea las cosas del cielo.

LA POBREZA

Capítulo XXV

Encomio de la pobreza

55. El bienaventurado Padre, de paso por este valle de lágrimas, desdeña las riquezas pobres, que son patrimonio de los hijos de los hombres, ya que, ambicionando fortuna más cuantiosa, codicia de todo corazón ardientemente la pobreza. La mira, y la ve familiar del Hijo de Dios, pero ya repudiada de todo el mundo, y se empeña en desposarse con ella con amor eterno. Enamorado como estaba de su belleza, para estar más estrechamente unido a su esposa y ser los dos un mismo y solo espíritu, no sólo abandonó al padre y a la madre, sino que se desprendió también de todas las cosas. Así es que la estrecha con castos abrazos y ni por un momento se concede no serle esposo. Enseñaba a sus hijos que ella es el camino de la perfección, ella la prenda y arras de las riquezas eternas.

Nadie ha ansiado tanto el oro como él la pobreza; nadie ha puesto tantos cuidados en guardar su tesoro como él esta margarita evangélica. En esto principalmente se mostraba ofendido: si veía -en casa o fuera de casa- en los hermanos algo que contradecía la pobreza. Él, en efecto, desde el principio de la Religión hasta la muerte, se tuvo por rico con sólo la túnica, el cordón y los calzones; no tuvo más. El hábito pobre indicaba en él dónde tenía amontonadas sus riquezas. Contento con esto, así seguro, ligero, por tanto, para la carrera, se sentía gozoso de haber cambiado las perecederas riquezas por el céntuplo.

LA POBREZA DE LOS EDIFICIOS

Capítulo XXVI

56. Enseñaba a los suyos a hacer viviendas muy pobres, de madera, no de piedra, esto es, unas cabañas levantadas conforme a un diseño muy elemental.

Y, al hablar de la pobreza, solía repetir muchas veces a los hermanos aquello del Evangelio: Las raposas tienen cuevas, y las aves del cielo nidos, pero el Hijo de Dios no tiene dónde reclinar la cabeza (38).

Capítulo XXVII

La casa que comenzó a destruir en la Porciúncula

57. Era el tiempo en que debía celebrarse el capítulo en Santa María de la Porciúncula. Se acercaban ya los días señalados. El pueblo de Asís, dándose cuenta de que les falta en el lugar una casa donde celebrarlo, la construye a toda prisa, ausente y desconocedor de ello el varón de Dios. En cuanto llegó éste al lugar vio la casa, y, disgustado, se dolió amargamente. A seguido se encarama para hacerla desaparecer; sube al tejado y con mano ágil arranca tejas y ladrillos. Manda que suban también los hermanos y que no quede nada hábil de aquello que es la abominación de la pobreza. Pues decía que pronto se divulgaría en toda la Orden, y todos habrían de tomar como modelo aquello que aparecía como tan atentatorio en aquel lugar (39).

Y hubiera destruido la casa hasta los cimientos de no haber estorbado el fervor de su espíritu los caballeros allí presentes, quienes aseguraban que la casa no era de los hermanos, sino del municipio (cf. 2 Cel 18 y 59).

Capítulo XXVIII

La casa de Bolonia de la que hizo salir aun a los enfermos

58. Volviendo un día de Verona con intención de pasar también por Bolonia, oye decir que recientemente habían construido allí la casa de los hermanos. En cuanto oyó la denominación «casa de los hermanos», volvió sobre sus pasos y se encaminó a otro lugar, sin acercarse a Bolonia. Manda luego que los hermanos salgan en seguida de la casa. Ante el mandato, se abandona la casa, de modo que ni los enfermos quedan, pues son desalojados con los demás. Y no hay permiso de volver a ella hasta que Hugolino, a la sazón obispo de Ostia y legado del papa en Lombardía (40), declara en público durante un sermón que la mencionada casa es propiedad suya.

Atestigua y escribe esto uno que en aquella ocasión, con estar enfermo, fue desalojado de la casa (41).

Capítulo XXIX

La celda atribuida a él, donde no quiso entrar más